Capítulo 29
Caleb
Odiaba a la gente que llegaba tarde y, aun así, paradójicamente, aquella noche era yo quien se había retrasado más allá de la hora en que había quedado con Ivy .
Teníamos que vernos para trabajar en mi estudio, pero me había quedado en el gimnasio tirando esgrima con Lukas . No lo había hecho porque tuviéramos un enfrentamiento inminente con otra universidad, ni porque el entrenador Jones nos hubiera obligado, sino simplemente porque lo necesitaba.
No salí de la pista hasta que la sensación de quemazón en los ligamentos, causada por el enorme esfuerzo, fue más intensa que el caos que daba tumbos entre mi cabeza y mi corazón, y que ya se había instalado dentro de mí.
Me duché sin prisa, pasando más tiempo del necesario bajo el chorro de agua caliente. Luego fui al comedor para recoger la cena, andando con calma, y ahora, tras entrar en el pasillo secundario que conducía a los talleres, mis piernas se negaron a dar un paso más.
Me detuve.
Bajo la luz cálida de las bombillas, Ivy estaba acuclillada sobre los talones, delante de la puerta de mi estudio. La faldita le revoloteaba alrededor de los muslos, tenía los codos apoyados en las rodillas y la barbilla le descansaba sobre las manos entrelazadas mientras miraba al vacío.
Me obligué a retomar el paso y llegué hasta ella. Para poder mirarme a la cara, tuvo que alzar el cuello por completo.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
Le tendí la mano para ayudarla a levantarse. Ivy observó mi oferta con recelo, pero, al final, lanzó un sonoro suspiro y cerró los dedos alrededor de mi muñeca. Con un leve tirón, la atraje hacia mí y los tendones del brazo me respondieron con un quejido.
—Ay —exclamé, conteniendo el dolor.
Ella abrió los ojos de par en par.
—¿Te he hecho daño?
—Es por el entrenamiento. Nada del otro mundo.
Busqué la llave y abrí la puerta. Avancé a tientas tocando la pared hasta que encontré el interruptor.
La lámpara colgante iluminó la zona de trabajo, la enorme cristalera, el sofá que había comprado pensando que acostarme a escondidas con mi némesis, la hija del amor perdido de mi padre, la chica con el apellido incorrecto, con la que competía por el premio que iba a decidir mi futuro, sería una idea excelente.
Ivy dejó la bandolera donde siempre, junto a mi bolsa de deporte. Ignoró todo lo demás y caminó hasta la cristalera, absorta mientras contemplaba la inmensidad del bosque en el exterior. Se sentía atraída por la oscuridad en la misma medida en que la asustaba.
Impulsado por la necesidad de romper aquel silencio asfixiante que me envenenaba los pulmones, la seguí hasta el otro extremo del estudio y me situé detrás de ella.
—Ahora somos oficialmente rivales.
—Ya lo éramos antes.
—Pero no así —repliqué.
—No —confirmó—, así no.
Fuera estábamos acostumbrados a la frialdad, pero era la primera vez que, aquí dentro, ni siquiera nos mirábamos a la cara.
Ivy me daba la espalda a poca distancia de mi cuerpo agotado por el entrenamiento y el día tan largo que había tenido, pero yo necesitaba verla, así que busqué su rostro en el reflejo que se diluía en la oscuridad.
Permanecimos un buen rato atrapados en ese cruce de miradas que no quería romper. Un vínculo frágil seguía siendo un vínculo.
—¿Por qué el Rosenberg es tan importante para ti? —preguntó al fin—. Yo lo hago por la gloria y el dinero, pero ¿tú?
Me mordí el labio inferior hasta notar el sabor metálico de la sangre que me mojaba la lengua.
—Porque, sin el premio, seré un muerto en vida.
Mis palabras tuvieron el poder de captar toda su atención. Se giró.
—¿En qué sentido?
Nada de lo que fuera a confesarle iba a cambiar las cosas.
—Mi padre y yo tenemos un pacto —admití, a regañadientes.
—¿Un pacto?
—En parte también tiene que ver contigo.
Abrió tanto los ojos que tuve la sensación de que iba a caer dentro de ellos.
—¿Conmigo?
—Sí, pero solo porque eres el obstáculo imprevisto.
—Qué definición tan bonita, la imprimiré en chapas y las venderé en Etsy. —Su mueca sarcástica se desinfló enseguida—. No tienes que explicármelo, si no quieres.
—Quiero hacerlo —caí en la cuenta—. Cuando murió Oliver … con él murió también mi posibilidad de elegir.
—¿A qué te refieres?
—Ya te lo dije, Ivy . Hay expectativas puestas en mí.
—Me revolví el pelo en un intento desesperado por dar sentido al caos en que se había convertido mi vida—.
Mi familia posee Montfort a través del Montfort Group.
Por si no me has buscado en Google, es una de las empresas inmobiliarias que tienen propiedades en los cinco continentes.
A Oliver lo educaron con un único objetivo: tomar sus riendas y dirigirla.
Ivy asintió. Ya había intuido a qué me refería.
—Ahora que Oliver no está, mi padre espera que sea yo quien asuma su papel, y que lo haga sin rechistar.
—Y tú no quieres.
—Desde que murió mi hermano he luchado para no hacerlo —reconocí, ya sin defensas.
Lo sabría todo de mí… y se marcharía de mi lado—.
Me matriculé en Arte poco antes de que muriera, es el único motivo por el que estoy estudiando lo que me gusta, al menos en la mayoría de las asignaturas.
Si Oliver hubiera tenido el accidente unos meses antes, mi padre me habría impedido llenar mi expediente académico con asignaturas de Historia del Arte, talleres y demás, y me habría obligado a tomar clases de Economía, como mi hermano, mi padre y mi abuelo hicieron antes que yo.
Como no me educaron para ser el primogénito, hasta hace pocos años creía que podía elegir lo que quería hacer…
Pero ahora me he convertido en el hijo mayor, y mi margen de maniobra ha cambiado por completo.
—Supongo que un megxit no entra en los planes.
—Tengo mi propio megxit. —Hice una mueca de sufrimiento—. Es el premio Rosenberg .
Ivy abrió los ojos de par en par; las piezas del rompecabezas encajaban poco a poco ante sus ojos para darle una imagen completa de la escena.
—Como te decía, mi padre y yo tenemos un pacto. Si gano el premio, él obtendrá la demostración de que tengo el talento suficiente como para «tirarlo todo por la borda», se rendirá y me dejará en paz.
—Dios, Caleb , es… absurdo.
—Por eso tengo que ganar —la interrumpí—. Para ti el premio significa dinero y una carta de presentación espectacular para tu carrera emergente, y lo respeto. Pero para mí es el pase a la libertad.
Ivy se tensó.
—Entonces, si yo ganara, u otra persona lo hiciera…
—Dejaré a un lado mis sueños y obedeceré a mi familia el resto de mis días, asumiré el papel de Oliver y todas las obligaciones que ello conlleva, como el heredero que esperan que sea.
—¿Y eso incluye casarte con una persona aprobada por la familia, etcétera, etcétera?
Asimilé por completo aquel escenario terrible.
—No de inmediato, pero sí. Tarde o temprano tendré que encontrar a alguien que cumpla los requisitos y luego deberé garantizar la continuidad del apellido familiar dejándola embarazada.
—¡Eso es horrible, Caleb !
—Lo sé. Pero ¿alguna vez has visto a un heredero noble, varón, soltero y sin hijos?
Frunció los labios, su mirada era indescifrable. Habría pagado un porcentaje enorme de mi fondo fiduciario para saber qué se cocinaba en su cabeza. ¿Cuánto había cambiado yo ante sus ojos, ahora que sabía con certeza que nunca podría haber nada entre nosotros?
—Si yo perdiera y tú ganaras —dijo al fin—, ¿qué pasaría?
—Sería libre para hacer lo que quisiera y, en primer lugar, me iría de Montfort . Me gustaría viajar por Europa y luego, no lo sé, divertirme, tener experiencias. Vivir.
Una oleada de felicidad me inundó ante la idea de disponer de una libertad absoluta.
Y entonces la voz de mi padre la barrió de golpe, recordándome que, para alguien como yo, nunca existiría la posibilidad de tener esa «libertad absoluta» .
Mi apellido me perseguiría y me expondría en cualquier circunstancia, tanto si me gustaba como si no.
—Por eso no me pusiste obstáculos cuando preparé la propuesta para el premio. — Ivy reflexionó, absorta en sus pensamientos—. Querías estar seguro de merecer el resultado, independientemente de quiénes fueran tus rivales. Querías ganar de forma limpia.
Me limité a asentir.
—¿Por qué me has contado todo esto?
—Porque eres la única persona con la que puedo ser sincero.
—Su hipótesis de hacía unas semanas se había convertido en la única realidad aceptable—.
Además, no podemos hacer nada al respecto.
Pase lo que pase, ya estamos condenados.
Será el jurado quien decida qué será de nosotros, lo que nos lleva al otro asunto pendiente.
—¿Cuál?
—Ya has oído a Crawford esta mañana, tenemos que seguir trabajando juntos y estamos obligados a colaborar en el proyecto. Ninguno de los dos puede cambiar de compañero hasta que lo hayamos terminado y presentado.
—¿Y? —preguntó, con cautela.
—Tenemos que hacer la obra, pero lo demás no es obligatorio.
—¿Y con «lo demás» te refieres a…?
—A esto. —Señalé con el dedo índice el escaso espacio que había entre nuestros cuerpos—. A nosotros.
Cerró la boca sin pronunciar ni una palabra.
—Solo tienes que decirlo —concluí—. Y lo dejamos.
Después de haberla tenido de un modo absoluto en mi dormitorio, después de que hubiera escapado por un pasadizo a oscuras con tal de evitar que la acompañara a su residencia, y ahora que las cosas al otro lado de la puerta habían cambiado y que ya sabía la verdad sobre lo complicado que era, la entendería si decidiera que no quería saber nada más de mí.
Ivy entreabrió los labios, se los humedeció con la punta de la lengua, inspiró hondo y yo esperé a que la bomba me estallara de lleno en el pecho. Su decisión tenía el poder de una sentencia de muerte.
—No.
Dos letras que pesaban como dos toneladas.
—¿Por qué?
—Porque… porque a mí me gusta. Me gusta muchísimo y… espera. ¿Tú quieres dejarlo? —El rostro se le impregnó de terror. Dio un paso instintivo hacia atrás y se pegó al cristal—. ¿Te sientes obligado a… cada vez que pongo un pie aquí dentro?
Estaba empezando a hiperventilar.