Capítulo 28
Ivy Rose
—Ya estás lista y ni siquiera son las siete.
De pie, vestida con ropa interior de La Perla, Becca se frotó los párpados y abrió del todo la puerta para dejarme pasar a su habitación.
Era idéntica a la última vez que había estado allí, con la única diferencia de que ahora sabía qué era la puerta que había junto al vestidor, perfectamente camuflada con la moqueta que cubría las paredes.
Me pregunté si conduciría fuera de Abbott Hall, como el pasadizo que conectaba el dormitorio de Caleb con un cuarto de servicio en el segundo piso de la residencia masculina, que a su vez daba a la parte trasera del edificio.
Becca apareció con una montaña de ropa entre los brazos.
—¿Y bien? ¿Novedades del Rosenberg ?
Negué con la cabeza, descargando la agitación y arrancándome con los dientes las pieles de los labios. El aire otoñal de Nueva Inglaterra no era amigo de los pequeños cortes que se me habían hecho en la boca.
—Pero el plazo de la primera fase termina hoy, ¿no?
—Sí.
—¿Entonces? ¡Ostras, Ivy , no me hagas perder el tiempo y habla!
—Todavía no sé nada. El profesor Crawford nos ha convocado hoy, después de clase.
—El profesor Crawford está buenísimo. Tiene ese aire de «te echaría sobre el escritorio una y otra vez» y, después de hacerlo, sería capaz de recomponerse como si tal cosa y fingir que no ha pasado nada —suspiró mientras se ponía las medias.
—Qué situación tan específica, Becca .
—No es más que una observación objetiva. Alguien como él no es exactamente mi tipo, desde luego. ¿Le mandan a él vuestros resultados?
Asentí.
—Contactan con la universidad si alguno de sus estudiantes ha superado la fase de selección.
—Así que hoy tú o mi hermano corréis el riesgo de quedar eliminados…
—No, o sea, todavía no. —Suspiré—. Caleb y yo estamos inscritos en categorías iniciales distintas: yo en pintura y él en escultura.
Primero se celebran las fases eliminatorias de cada categoría.
Después, las dos mejores obras de cada categoría se enfrentan en un «todos contra todos» que decidirá el primer premio.
—Así que nada de sangre hoy, qué pena. ¿Y si no pasas?
«Pues eso significaría que he venido a Montfort para nada».
No, no era verdad: en cualquier caso, conseguiría mi título en Arte y sería más que respetable, al mismo nivel que el de Yale o Harvard . Solo tenía que resistir hasta el final del curso académico y graduarme.
Aunque, sí, poder incluir «finalista del premio Rosenberg » en mi currículum sería algo ya de por sí extraordinario.
Pero lo de «ganadora del premio Rosenberg » y los doscientos cincuenta mil dólares que iban con el galardón me permitirían por fin preocuparme mucho menos por cómo iba a mantenerme durante los próximos años, antes de encontrar un trabajo decente en el mundo del arte que me permitiera vivir de ello.
—Planeta Tierra llamando a Ivy .
—No ocurriría nada, Becca , aparte de mi orgullo herido. —«Y tendré que encontrar un plan B para el futuro»—. Y no podré ganar a tu hermano.
Se metió en el baño y entornó la puerta.
—¡Pues tendrías que ganarle! —gritó, por encima del ruido del agua del grifo, que se oía de fondo—. Se lo merecería. ¡No me creo que haya admitido a ese idiota de Waldeck en su grupo de amigos, después de que me ordenara a mí que me mantuviera lejos de él!
Me estremecí. Si supiera que lo había hecho por mí…, y que después fingía que apenas nos tolerábamos cuando nos cruzábamos en público, por el campus… Madre mía, era la situación más absurda en la que me había metido hasta ahora.
Hundí la cara entre las palmas de las manos para ahogar un gemido. El recuerdo de lo que le había pedido que hiciera en su habitación la semana pasada —aquella cosa estúpida, que lo abarcaba todo y que resultó maravillosa— me invadió de repente sin que pudiera evitarlo.
Para él solo se había tratado de un sexo increíble, pero para mí había sido casi una experiencia sobrenatural.
Había sido tan intenso que, desde aquella noche, me costaba incluso mirarlo a la cara.
De hecho, había pasado días evitándolo todo lo posible, con la esperanza de que, en el ínterin, todo lo que él me hacía sentir no se me notara en el rostro.
Por desgracia, hoy el karma había decidido que la distancia ya no estaba permitida: lo vería en el aula, en la tutoría con Crawford después de clase y, por último, en su estudio privado para trabajar en nuestro proyecto.
Becca salió del baño con el uniforme puesto, el maquillaje perfecto enmarcando sus ojos y una expresión concentrada en el rostro.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—Si existe una cifra lo bastante alta para sobornarte y que te quedes conmigo a pasar Acción de Gracias en Montfort . Estoy dispuesta a llegar a una oferta de cinco cifras.
—No te molestes. Si no tuviera ya el billete de avión y solo tuviera trescientos dólares en la cuenta, me gastaría hasta el último centavo en un vuelo de última hora y me iría de aquí.
—Eres una cabrona, Abbott .
—Es cuestión de supervivencia, De Montfort . Necesito cambiar de aires.
—No me hables de supervivencia. —Cogió la bandolera del escritorio, salimos de la habitación y bajamos con calma—. Caleb se va a París, como siempre; tú vuelas a Orlando, y Aimee vuelve al Estado de las Patatas, así que estoy obligada a quedarme aquí sola con mi padre. Otra vez.
Me detuve al principio de la escalinata, tocada y hundida.
« Caleb se va a París, como siempre».
Así iba a pasar sus vacaciones: se iría a ver a su follamiga «inteligente y de buena familia». Pasaría Acción de Gracias con ella.
La imagen de él desnudo, imponente y hermoso, tal y como lo había dejado la semana pasada en su dormitorio, pero abrazado a una francesa guapa en un ático de lujo con vistas a la Torre Eiffel, me golpeó con violencia y me provocó un dolor sordo en la sien.
—¿Todo bien? —me preguntó Becca .
—Sí. Solo… un calambre en el gemelo. —Me obligué a seguir bajando como si nada—. ¿Qué decías?
—Que tarde o temprano superaré mi fobia a volar en avión, pero, por desgracia, no pasará durante estas vacaciones.
Evité mencionar que su fobia era mucho más comprensible que la mía, teniendo en cuenta que su hermano mayor había muerto precisamente mientras volaba.
—Estoy segura de que lo conseguirás.
Becca me cogió del brazo.
—¿Sabes por qué, de entre todas las personas, paso tanto tiempo contigo?
—Ya lo has dicho. Porque ni Aimee ni yo hacemos que te entren ganas de irte a vivir a otro país.
—Eso también. —Asintió, confirmándolo—. Pero eso pasa porque tú no me doras la píldora. Eres directa. Me gusta tu franqueza. Espero que eso también se aplique en tu caso conmigo.
—Sí, opino lo mismo de ti.
—Bien. Entonces, evitemos las mentiras entre nosotras, incluso las piadosas.
Me arrastró con ella por el campus en dirección a la cafetería. Y, aunque sabía que ella tampoco se abría del todo conmigo, por un momento me sentí culpable por el enorme secreto que le ocultaba.
—Feliz Acción de Gracias a vosotros y a vuestras familias.
Ian Crawford no había terminado de pronunciar esa frase cuando una nube de estudiantes se levantó en un desorden entusiasta de chaquetas y bandoleras.
La cuenta atrás para las vacaciones había impregnado el campus de una expectativa contagiosa, y acababa de llegar a cero.
Al fin tocábamos la libertad con la punta de los dedos, al menos durante unos días.
Cuando el último compañero salió del aula a toda prisa, conté a los supervivientes que permanecíamos en el interior. Éramos tres: el profesor Crawford , que se apresuró a cerrar la puerta; Caleb , sentado a mi lado, y yo.
El profesor regresó de nuevo a su mesa y nos hizo un gesto para que nos acercáramos. Me levanté del banco con el corazón pesado y los oídos zumbando por el silencio repentino, y luego bajé la mirada hacia el cuaderno de dibujo que Caleb estaba guardando en su bandolera.
Durante las últimas clases, habíamos llenado hojas enteras con bromas obscenas. En la de hoy, en cambio, solo había unas pocas palabras breves: mi diplomático «Buena suerte», seguido de su escueto «Igualmente, Hiedra Venenosa», al que había añadido una pequeña hoja de hiedra esbozada a toda prisa.
Me había regalado un atisbo de sonrisa muy breve, luego había dejado de mirarme y había permanecido concentrado en Crawford hasta el último momento.
El calor de su cuerpo sólido e indiferente, una estatua en vida que me calentaba el costado, había sido durante todo el tiempo un doloroso recordatorio de lo indefensa que estaba con él. Había tenido la sensación de que me volvía loca teniéndolo al lado y sin poder siquiera rozarlo.
—Ha llegado la hora. — Caleb recogió las últimas cosas y las guardó en la bandolera—. ¿Estás nerviosa? —añadió en un susurro.
Opté por decir la verdad.
—Muchísimo.
—Estoy seguro de que has pasado.
—¿Cómo lo sabes?
Me guiñó un ojo.
—Vi tu propuesta, ¿recuerdas?
—La criticaste. Dijiste que había demasiada rabia y miedo.
Caleb se levantó y, tras ponerse a mi lado, se inclinó de forma natural hacia mi oído.
—Era magnífica, Ivy .
Se apartó, dándome la espalda en dirección a Crawford , y me di cuenta de que me había dejado sin palabras.
Me apresuré a meter mi cuaderno en la bandolera y, cuando llegué junto a ellos, vi el portátil del señor Crawford abierto sobre la superficie.
—Tenemos los resultados —anunció.
—¿Cuántos correos? —preguntó Caleb .
—¿No queréis el discursito previo? —El profesor se inclinó sobre el teclado y escribió la contraseña—. De acuerdo, tampoco era gran cosa.
En la pantalla se veía un correo electrónico.
Solo uno.
En el silencio sepulcral del aula, me apresuré a leer aquellas líneas, rastreándolas en busca del nombre del candidato admitido.
Nos complace comunicar que…
Bla, bla, bla…
… Caleb de Montfort ha sido admitido en la selección final.
Caleb había sido admitido… y yo no.
Sentí que me disolvía en una sensación de vacío. No lo había conseguido. No había sido lo bastante buena. Lo había intentado, pero había sido inútil, y yo no…
—Y luego…
El dedo del profesor pulsó la tecla de la flecha. En la pantalla apareció otro correo electrónico.
Lo leí con dificultad, luchando contra el blanco deslumbrante del fondo y las letras que no lograba enfocar, hasta que encontré un nombre que flotaba impreciso entre todo aquel mar de texto.
Nos complace comunicar que…
Bla, bla, bla…
… Ivy Rose Abbott - Williams ha sido admitida en la selección final.
Parpadeé una y otra vez.
Era yo.
No era verdad que no hubiera sido suficiente. No era un desperdicio, no era una fracasada, no era la segunda opción, ni la tercera, ni la persona que, por mucho que lo intentara y se esforzara, por alguna razón nunca lo lograba.
Esta vez lo había conseguido.
—La profesora Mitchell tenía razón sobre vosotros: sois los estudiantes más brillantes del año en vuestras respectivas disciplinas.
—Apenas oí al profesor Crawford hablar porque la sangre me retumbaba en los oídos y en las sienes—.
A partir de este momento, también vais a competir de forma directa —añadió.
Nos habían admitido a los dos en la final.
Uno de nosotros eliminaría al otro.
Busqué la mirada de Caleb como si pudiera agarrarme a ella para no caer, y él me devolvió el gesto como si se diera cuenta de mi existencia (y de lo que esas palabras significaban) por primera vez.
—Antes de que me lo preguntéis, vuestra tarea no cambia y no aceptaré solicitudes de cambio de compañero de taller.
Caleb tragó saliva.
—Pero, profesor…
—No. — Crawford lo detuvo levantando la mano con firmeza—. Ahora más que nunca tenéis que entender que los demás artistas no son vuestros verdaderos enemigos. Demonios, prejuicios, ambición, falta de ambición…, muchas cosas os obstaculizarán, pero no ellos.
Inspiré profundamente. Me temblaron las rodillas mientras buscaba un equilibrio temporal y la cabeza me daba vueltas, como en aquellas raras ocasiones en que había bebido alcohol sin ser capaz de controlarlo.
—Eso es todo. —El señor Crawford bajó la pantalla del ordenador y nos regaló un brevísimo destello de orgullo en su rostro, el primer rastro de una emoción distinta al aburrimiento desde que se había convertido en nuestro profesor de referencia—. Enhorabuena. Que gane el mejor.