Némesis (Monfort College 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Todo va bien. —Bajé la barbilla e inhalé el aroma de mi champú en su pelo—. No volverá a molestarte.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya me he encargado de ello. Le he dado lo que quería.

Se tensó entre mis brazos.

—¿Qué le has dado?

—Mi atención. Mi tiempo.

—¿Qué has hecho?

—Shhh. Nada importante.

—¡Claro que es importante! —Se rebeló en mi abrazo—. ¿Qué has hecho, Caleb ?

—Nada. Solo le he dado la autorización que quería. A partir de mañana, Waldeck estará conmigo y con mis amigos.

—¿Qué… qué has dicho?

—Yo también lo detesto, pero era la forma más rápida de conseguir que parara.

—Me permití esbozar una sonrisa amarga—.

Ahora ya no estará interesado en llegar a mí a través de ti, y yo no tendré que preguntarme qué está maquinando.

Lo vigilaré yo mismo, todos los días, mientras esté sentado a mi mesa.

Estará vigilado por mí y por mis amigos como nunca lo ha estado.

—¿La vieja regla de «mantén cerca a tus amigos y todavía más cerca a tus enemigos»?

Sonreí débilmente.

—Algo así.

—¿Igual que hiciste conmigo?

—Sí, pero contigo me gusta mucho más.

Le levanté la barbilla con los dedos. Seguía nerviosa, furiosa, pero algo en su mirada se había suavizado. Observé un instante el arco de Cupido de sus labios y luego, como el capullo redomado que era, tiré por la borda todos los buenos propósitos, todas las reglas de supervivencia.

Incliné el rostro y la besé.

Ivy no se apartó. Abrió la boca, hundió los dedos en mi cabello y pegó su cuerpo al mío.

Me apremió a acelerar, pero no lo hice. Le incliné el rostro con las manos y me tomé todo el tiempo del mundo.

Me quedé en la superficie, sin lengua, sin prisa.

Los labios se movían despacio, una lenta destrucción planificada. Una erosión completa de lo que éramos.

—Dios —murmuró—. Caleb …

Tenía unas ganas locas de quitarle el albornoz e ir más allá, y, al mismo tiempo, quería que aquel momento no terminara nunca. Cuando dejé de besarla, tenía las mejillas encendidas y la respiración agitada.

—¿Y eso por qué ha sido?

—Es mi premio de consolación —la imité—. He tenido un día de mierda.

Bajó las manos hasta el cinturón del albornoz. Deshizo el nudo y dejó que la prenda le resbalara por el cuerpo.

Estaba desnuda.

—Yo también he tenido un día de mierda. —Se acercó hasta quedar a un suspiro de mi boca—. ¿Lo mejoramos?

La ocasión de ir despacio había llegado a su fin.

Con los labios pegados a los suyos, la levanté en brazos y la llevé hasta la cama. A la mierda los buenos propósitos. Necesitaba descubrir qué quedaría de mí cuando estuviera dentro de ella y el mundo a nuestro alrededor desapareciera una vez más.

La acomodé sobre las sábanas y bajé a cubrirle de besos el esternón, el vientre, el ombligo. Bajé todavía más y mi lengua encontró su clítoris mientras sus dedos se hundían en mi pelo.

— Caleb —me suplicó—. Te quiero dentro.

Me incorporé, me quité los pantalones y saqué un preservativo de la bolsa de deporte.

Ivy lo desenrolló sobre mi erección y luego me atrajo sobre ella mientras me besaba con frenesí.

Piel contra piel, me situé entre sus muslos y la penetré mientras me acogían sus jadeos, sus movimientos, que me hicieron dudar de si seguía en la Tierra.

—¿Alguna vez dejará de ser tan bueno?

—Espero que no. —Me hundí en ella rápido, luego lento—. Me encanta.

Ivy me agarró por la nuca y posó los labios sobre los míos; tenía la respiración quebrada por el placer, hasta que me hizo una señal para que me detuviera.

Ralenticé.

—¿Qué pasa?

—Quiero probar sin.

Debería haberme horrorizado. Era la reacción coherente. En lugar de eso, pensar en tenerla sin barreras hizo que mi erección palpitara de deseo.

—Siempre he usado protección y te juro que no es una trampa. Mañana me vendrá la regla, es solo para… —Di un pequeño empujón que la interrumpió y que me llevó al borde del abismo—… solo una vez.

Ivy echó la cabeza hacia atrás sobre el colchón, con las manos en mis nalgas para reclamar el ritmo que yo le estaba negando.

—Por favor.

«Por favor».

No. No, era una idea absurda, no tenía que escucharla.

Con el corazón martilleando en la garganta, un latido feroz que me nublaba la mente, vi mis brazos levantarse mientras salía lentamente de ella. Me senté y, sin tener consciencia de mi cuerpo, observé cómo mis dedos retiraban el preservativo y lo echaban a la papelera.

No tendría que haberlo hecho, y mucho menos con ella.

Estaba mal, lo sabía.

—Te quiero coger en brazos, sobre mí —murmuré sin aliento.

Casi no reconocía mi propia voz, tan baja y ronca.

Ivy se subió a horcajadas, nuestra piel ardiente entró en contacto y sentí cómo temblaban los cimientos de mi mundo. Levantó la pelvis y, con la mirada clavada en la mía, acogió mi erección en su interior.

Ella y yo, sin nada que nos separara.

Nosotros dos, completos.

Infinitos.

—Oh, joder.

La realidad se estaba mezclando con una especie de magia que nunca antes había experimentado. Era un error colosal… y jamás me había sentido tan conectado con nada más. Nunca, con nadie. Ni siquiera con el arte.

Solo con ella.

— Ivy —jadeé, guiando a ciegas su boca hacia la mía.

La devoré a besos, la lengua en su boca, mi polla dentro de ella.

Sentí que se movía, aceleraba el ritmo y luego se disolvía en un orgasmo que llenó la habitación con un suspiro liberador.

Yo estaba al límite. La levanté con rapidez y la aparté antes de ceder a la tentación temeraria de correrme dentro de ella.

Se dejó caer entre mis brazos.

—Ha sido… místico.

—Sí —murmuré.

Se apartó a un lado y se puso de pie.

—Siéntate en el borde de la cama.

—¿Por qué?

—Hazlo y punto, De Montfort .

Aturdido, con las manos apoyadas en el colchón, la cabeza echada hacia atrás y cada nervio del cuerpo entumecido, dejé caer las piernas por el borde de la cama.

Ivy me abrió las rodillas y se acomodó en medio.

Al cabo de un segundo, se inclinó sobre la parte baja de mi vientre y me acogió en su boca, lo que redujo cualquier atisbo de fuerza de voluntad a cenizas.

Solo existía ella, su lengua suave, su forma de darme placer, alternando entre un movimiento lento y meticuloso y un verdadero ataque.

Estaba excitado, ofuscado, dominado por el calor que se me acumulaba bajo la piel.

Todas las células de mi cuerpo la obedecían.

Cerré los ojos y pensé en cuánto la había deseado, en cuánto la deseaba ahora, hasta que sentí el orgasmo inminente.

—Voy a correrme —murmuré.

En respuesta, Ivy apoyó las palmas en mis muslos y me tomó todavía más hondo.

—Joder —jadeé.

Las oleadas de placer se concentraron y estallaron fuera de mí sin control. El orgasmo más largo de la historia de los orgasmos.

Ivy se apartó, satisfecha. Se dejó caer entre las sábanas haciendo un sonido suave y yo me desplomé a su lado, exhausto, aniquilado desde dentro, inundado por sensaciones que hasta ese momento no tenían nombre.

Me quedé mirándola durante unos instantes infinitos como si ella, desnuda en mi habitación, fuera un desafío al universo. Tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas y una expresión feliz con el rostro medio enterrado en la ropa de cama.

Los segundos se convirtieron en minutos cuando decidí aclararme la garganta.

—Eh.

—Eh.

—No… no era lo que imaginaba cuando he entrado.

Ivy se giró sobre las sábanas, los mechones de cabello le caían alrededor de la cara.

—No, yo tampoco, o sea… da igual, olvídalo todo. En cuanto me recupere, vuelvo a mi habitación.

Yo no me recuperaría nunca.

—Te acompaño.

—¡No! Quiero decir, no. No, de verdad. —Me dedicó una sonrisa sesgada mientras se sentaba y casi se caía de la cama al ponerse en pie.

—No hace falta.

—Hay una fiesta en Abbott Hall, los demás estudiantes estarán allí. Si te acompaño, no llamaré la atención.

—Claro, porque a todo el mundo le parecería normal vernos llegar juntos. —Hizo una mueca mientras se ponía los pantalones de chándal y el jersey de aquella misma mañana—. Por cierto, podrías haberme dicho que tienes un pasadizo secreto en tu habitación. Qué fuerte.

—Mi hermana también tiene uno.

—Ahora resulta menos inquietante.

Todavía aturdido, me levanté. Yo seguía desnudo y, mientras tanto, Ivy ya se había puesto el abrigo y cruzaba la habitación hacia el pasadizo que se ocultaba en el armario empotrado.

—Ahí dentro está oscuro —le advertí.

Se sacó del bolsillo de los pantalones la linterna que le había dado la noche de la iniciación de los Crimson Monarchs .

—Esta vez estoy preparada.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe al menos hasta abajo?

—Sí.

Su mirada se detuvo en mi pecho, en mis abdominales, en mis muslos desnudos, como si ella también estuviera aturdida ante la conciencia de que yo había amado su cuerpo tanto como ella había amado el mío.

—Buenas noches, Caleb .

«No te vayas…».

—¿ Ivy ?

Ya estaba en la entrada del túnel cuando se volvió.

—¿Sí?

Dudé. ¿Qué podía decirle que no fuera: «Por favor, vuelve aquí y hazme olvidar otra vez que existe un mundo en el exterior»?

—Ve con cuidado.

—Siempre. —Sonrió ligeramente antes de adentrarse en el túnel, dejándome solo para gestionar la devastación absoluta fruto de lo que acabábamos de hacer.