Némesis (Monfort College 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Caleb

En cuanto el último miembro del Consejo de Administración salió, cerré los ojos en busca de un poco de paz.

Después de pasar horas y horas allí dentro, la luz que caía de las gotas de cristal de las lámparas me lastimaba los ojos. Incluso las lentillas se habían echado a perder.

Di la espalda a la sala vacía, con la excepción de mi padre, que se había entretenido charlando con un par de viejos conocidos, y me acerqué a la mesa del catering.

Había permanecido sobrio durante todo el día, pero necesitaba alcohol de calidad en las venas antes de afrontar la última parte de aquella jornada de locos.

El personal estaba guardando las botellas que habían sobrado en las cajas.

—Disculpe —llamé a la camarera que tenía más cerca—, ¿podría servirme una copa de champán, por favor?

—Enseguida, señor.

Observé cómo el brillo dorado de las burbujas se vertía en la copa, y luego me la llevé a los labios con un suspiro. La representación de hoy había llegado a su fin, pero los problemas no habían hecho más que empezar.

Me tomé de un trago el resto de la copa, que me llegó al estómago, demasiado vacío, en pocos segundos; le di las gracias a la mujer asintiendo con la cabeza y salí a grandes zancadas de Waldeck Hall para dirigirme hacia las tranquilas avenidas del campus por la tarde.

La Fall Scavenger Hunt había sido rápida: Oliver me había hablado en más de una ocasión del año en que los participantes se quedaron bloqueados en el último enigma, y todos tuvieron que esperar hasta bien entrada la noche.

Al final, las dos parejas que quedaban se habían aliado y habían pactado compartir la victoria.

Lástima que, después de resolver el enigma los cuatro juntos, Daisy Abbott e Ian Crawford rompieran el acuerdo con un auténtico «golpe de Estado» y dejaran fuera de juego a los otros dos.

Fueron proclamados ganadores de aquel año y Oliver se vio obligado a premiarlos.

Caminé deprisa hacia mi residencia.

En la entrada me crucé con algunos estudiantes vestidos de etiqueta que salían a la calle.

Estaban relajados. Ya se animarían en la fiesta que el comité de Abbott Hall había organizado, como mandaba la tradición, para celebrar el final de la búsqueda del tesoro.

Isobel tenía gustos refinados que solían reflejarse en las actividades de ocio que pensaba para las estudiantes.

Pero la de esta noche no dejaba de ser una de las pocas ocasiones en que las residencias se volvían promiscuas en todos los sentidos.

Mis amigos ya estaban sumidos en el alboroto, de fiesta: los Seymour , para recuperar el ánimo después de la derrota; Lukas , para olvidar que había estado todo el día haciendo de perro guardián.

Por supuesto, también estarían Becca y Aimee , las ganadoras oficiales de hoy, disfrutando de los honores.

En cuanto a Ivy … ¿cuántas probabilidades había de que hubiera escuchado mi amable petición y se hubiera quedado donde Lukas la había dejado?

Subí los peldaños de la escalinata de mármol de dos en dos, con el corazón martilleándome en las sienes y, al llegar al último piso, acerqué la tarjeta magnética al lector y abrí la puerta de mi dormitorio.

Estaba vacío.

Claro que estaba vacío, ¿en qué momento una Abbott había hecho caso a un De Montfort ?

Con un suspiro frustrado, estrellé la puerta contra el marco.

A la mierda. ¿Por qué me importaba tanto?

¿Por qué, ante la mera idea de que ese despojo humano la hubiera siquiera rozado con un dedo, me sentía como si me hubieran arrojado dentro de un cubo de cristal demasiado estrecho, condenado a morir sin oxígeno ni posibilidad de escape?

Porque yo no había hecho nada para impedirlo, ese era el motivo.

Podría haberlo hecho, mis amigos me habían advertido.

Y había decidido no hacer nada.

Me quité la chaqueta y la lancé sobre el escritorio, luego me descalcé y empecé a pelearme con los botones de la camisa. La vista se me volvió borrosa. Parpadeé, tenía los ojos al límite de lo que podía tolerar. Estaba cansado, pero daba igual.

Me recuperaría, iría a esa estúpida fiesta, la encontraría y me aseguraría en persona de que estaba bien. Necesitaba verla con mis propios ojos… o con lo que quedaba de ellos, al menos.

—Buenas noches.

Di un respingo hacia atrás del susto y estuve a punto de chocar contra la pared.

Un cuerpo femenino estaba tumbado en mi cama y acababa de levantar la cabeza de entre mis sábanas.

Estaba boca abajo, hundida entre la ropa de cama revuelta, con el pelo recogido en una de mis toallas y la cara medio oculta tras un viejo libro de arte sacado de la enorme librería antigua que ocupaba toda la pared.

Ivy .

—Estás… —Me aclaré la garganta—. Estás aquí.

—¡Claro que estoy aquí! —Hizo una especie de pirueta y se sentó sobre el colchón.

Su cuerpo estaba cubierto con mi albornoz, que en ella parecía gigantesco, y debía de haberse duchado mientras me esperaba—.

¡Tu mejor amigo me ha arrastrado por una serie de pasadizos secretos y luego me ha dicho, o más bien, me ha ordenado, que no saliera de tu habitación!

Suspiré de alivio. Estaba aquí y estaba cabreada, lo que significaba que… que estaba bien.

—Estás exagerando.

—¡No estoy exagerando!

—Yo creo que sí.

—¡Le dijiste a Lukas Cavendish que no me perdiera de vista ni un segundo! —estalló.

—Y tú le diste una patada en los huevos a Waldeck . En un ranking imaginario de delitos, el tuyo es mucho más grave que el mío.

Ivy agarró mi almohada y me la lanzó.

—¡Me has tenido vigilada todo el día!

La esquivé apartándome a un lado.

—Si quieres puedo contarte lo complicado que ha sido escaquearme del Consejo de Administración dos veces para leer a escondidas los correos que Lukas me enviaba, con todo el mundo pendiente de mí.

Me dirigí al baño y, dejando la puerta abierta, abrí el grifo del agua caliente y me lavé las manos con cuidado antes de pasar a ocuparme de los ojos. Pellizqué la lentilla izquierda, la despegué de la córnea y la dejé en el estuche sobre la repisa.

Ivy se asomó al baño, apareció en el límite de mi campo de visión. Se había apoyado en el marco de la puerta, con una expresión de furia desbordada y los brazos sobresaliéndole de las mangas levantadas del albornoz, que era excesivamente grande para ella.

—No me estás escuchando, Caleb .

—Perdona, tenía los ojos muy secos por las lentillas, no podía más.

—Oh. —Se quedó sin palabras, desconcertada.

Pellizqué a continuación la lentilla derecha y la despegué de la córnea. Cuando la dejé en el estuche, parpadeé unas cuantas veces para recuperar un nivel aceptable de lagrimeo.

—Mucho mejor —suspiré—. ¿Querías decirme algo?

—¿Querías decirm…? ¿Hablas en serio?

Crucé una mirada rápida con mi reflejo y en ese momento caí en la cuenta: Ivy Rose Abbott - Williams estaba en mi dormitorio, vestida únicamente con mi albornoz. La imposibilidad de la situación me dejó sin aliento.

«Ni se te ocurra pensar en desnudarla y tocarla después del día que ha pasado», me ordené con un poco de dolor.

—¿Te has divertido con Lukas ?

—¿Te has divertido con…? —repitió, al borde de la incredulidad—. ¡Espero que estés de broma!

—No. Sé que habéis estado en la cafetería de la plaza, donde te has comido un sándwich y has tomado una Cherry Cola.

Has disfrutado de tu dosis de redes sociales y comida basura, y has hablado con tu amiga Gwen , que, por lo que dice Lukas , es tan adorable como una patada en el culo.

Todo ha ido según lo previsto… —La examiné ocultando mi inquietud—… o casi.

—¡Bueno, muchas gracias por mandarme al acosador que no te había pedido! —Entrecerró los ojos con una lentitud teatral—. Te juro que no entiendo nada de lo que haces, Caleb .

Yo tampoco me entendía.

—¡Eres hermético!

—Tú tampoco participas en el premio a la Persona más Transparente del Año.

—¡Al menos yo no te pongo a mis amigas para que te hagan de guardaespaldas!

—Ah, perdona si me preocupa tu seguridad —repliqué con sarcasmo—. La próxima vez que un psicópata intente agredirte en una puta estación de metro desierta, miraré hacia otro lado y fingiré que me da igual.

—¡Pensaba que estabas deseando que alguien me echara de aquí!

—Pues, mira tú por dónde, nadie puede molestarte.

Se le puso la cara roja.

—¿La exclusividad para eso la tienes tú?

—Digamos que sí.

—¡Necesito algo más que un «no hagas preguntas y haz lo que te digo, porque Caleb está preocupado»!

—¡Porque estaba preocupado, joder!

Ivy abrió la boca y enmudeció de repente.

—¡Me preocupaba que te hiciera daño! —La tensión acumulada en mis nervios tomó forma en las palabras que salieron de mi boca sin control—.

¡Tenía miedo de que te hubiera herido! ¡Tenía miedo de que, después de lo que pasó, se sintiera con derecho a acosarte, dejando los jueguecitos a un lado y pasando a hacer algo más serio solo porque respondiste a sus provocaciones!

¡Tenía miedo, no, mejor dicho, me aterraba que tuviera una excusa para vengarse de ti sin que yo pudiera hacer nada para defenderte!

Una oleada caliente me subió por el cuello hasta las orejas. Rabia y orgullo se mezclaron con los latidos descontrolados de mi corazón, y un segundo después me di cuenta de que había hablado demasiado.

Ivy se había quedado muda. Se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia el suelo. La toalla se le soltó de la cabeza y le esparció el cabello «color chocolate caliente con leche, con caramelo fundido dentro» sobre los hombros, y finalmente la tela cayó a sus pies.

—Mierda —murmuró, y le dio una patada para apartarla.

Verla en mi espacio personal, indefensa, más desnuda de lo que había estado durante el sexo, me abrió una herida sangrante en el corazón.

—Ven aquí.

La agarré por los hombros y la atraje hacia mí. Por un momento creí que ofrecería resistencia y que me apoyaría las manos en el pecho para zafarse de mis brazos, pero, en lugar de eso, se abandonó a mí, me rodeó el torso y me abrazó con una fuerza absoluta, imprimiendo su silueta en mi cuerpo.