Capítulo 26 #2
—Tu amiga está bien. Yo un poco menos, joder —masculló mientras se incorporaba y se quitaba restos de tortita de la frente.
No era Malcolm .
—¡¿ Lukas ?!
—Hostia, princesita, ¿puedes dejar de gritar?
Parpadeé sin saber muy bien qué hacía.
—¿ Lukas Cavendish ?
—En persona, con trozos de comida mexicana incluidos, por lo visto. —Se sacudió las migas y un pegote de salsa guacamole del abrigo y del cabello rubio ceniza, y luego habló al teléfono—. Eh, quienquiera que seas.
—¡Soy su mejor amiga, capullo! ¡Y si te atreves a ponerle un solo dedo encima, voy para allá y te saco los ojos con la escobilla del váter!
Lukas Cavendish leyó su nombre en la pantalla.
— Gwen —dijo, llevándose otra vez el teléfono a la oreja—, tus amenazas necesitan mejorar.
—Pedazo de mierd…
—Si necesitas un curso acelerado, cuando salga de la universidad puedo echarte una mano. O dos. Y tú puedes cogerlas y metértelas donde quieras…
—¡Idiota deficiente, no te atrevas a…!
—Ha sido un placer, Gwen . Besos. —«Clic».
Le había colgado en la cara.
—Has… has insultado a mi mejor amiga.
Me tendió el teléfono.
—Ella me ha insultado a mí.
—Te lo merecías.
—Princesita, ¿así me das las gracias por haberte salvado?
—¿Salvado?
Desbloqueé el teléfono y escribí un mensaje para disculparme con Gwen . La tranquilicé y le aseguré que no había acabado en manos de otro psicópata.
Luego, ya que estaba, busqué a Lukas Cavendish en Google. En la pantalla apareció la página de Wikipedia de su padre: magnate del sector farmacéutico, filántropo, patrimonio estimado de cuatro mil millones de dólares.
Madre. Mía.
—Esa no es la mejor foto de mi padre. —El rostro de Lukas se acercó al mío—. Tengo muchas más interesantes, si quieres verlas.
—¿No te preocupa que las revenda?
—¿Por qué una Abbott vendería fotos de mi padre? —Su expresión pasó de burlona a seria-como-la-muerte—. No hemos tenido el placer de presentarnos, Ivy Rose .
Extendió la mano y, todavía aturdida, se la estreché.
—Sí, ejem, encantada.
—El placer es mío, créeme. ¿Desde cuándo dura?
—¿Disculpa?
—Con Caleb .
—Ah, no —balbuceé—. No sé qué te hace pensar eso, pero no es verdad…
—Me lo ha confesado él.
Me quedé blanca.
—No tendría que haberlo hecho.
—Bueno, ya sabes cómo es Caleb . Hace un montón de cosas que no debería hacer, es un poco su sello personal.
Cosas tipo acostarse conmigo, imaginé.
—Me he dado cuenta.
—Bueno, ¿qué ha pasado con Waldeck ? Ese capullo se ha pasado media mañana presumiendo de que te había dado un susto de muerte.
—No me ha… —Me tragué el resto de la frase—. Vale, sí, me ha asustado, pero le he dado un rodillazo en las pelotas.
Lukas estuvo a punto de atragantarse.
—¿Cómo?
—Lo que he dicho.
—¿De verdad le has dado un rodillazo en las pelotas?
—¡Estaba demasiado cerca de mí! Además, ¡casi parecía contento!
Recogí la bolsa de comida desparramada por la hierba, metí dentro las tortitas que habían salido disparadas y lo tiré todo en la papelera más cercana. Cuando volví junto al mejor amigo de Caleb , él estaba tecleando en un iPhone de última generación.
—¿Estás aquí por la búsqueda del tesoro?
Dejó de escribir.
—No, estoy aquí porque la alternativa era esperarte en la estación de metro, y ni de coña iba a congelarme el culo durante horas en ese andén fantasmal mientras esperaba a que volvieras a aparecer.
—¿Y por qué me estabas buscando?
Se encogió de hombros.
—Porque me lo ha pedido mi mejor amigo. Ya sabes, después de que perdiera la razón cuando creía que Waldeck te había tocado.
Una oleada de calor me llenó el pecho. ¿ Caleb había enviado a su amigo para que viniera a buscarme y se asegurara de que estaba bien?
—¿De verdad se ha preocupado por mí?
—Sí. Y si él está preocupado, yo también lo estoy. Así que, si puedo hacer algo para que se quede tranquilo, lo hago. El cielo sabe que ese chico necesita un poco de calma, joder.
Me dejé caer en el banco e inspiré hondo el aire que olía a madera y a frío. Enmarcada por las montañas de cumbres nevadas, Montfort era una paleta de casitas elegantes, tiendas caras que daban a la plaza empedrada y hojas de arce que parecían llamas danzando en el aire.
—Bueno, ya me has encontrado.
—Así es.
Dudé.
—¿Vuelves a la búsqueda del tesoro?
—No, princesita.
—¿No quieres volver al campus?
—No me importa demasiado, pero lo que sí me importa es que le he hecho una promesa a mi amigo, que en este instante está muerto de aburrimiento con el Consejo de Administración para representar a los estudiantes.
—Se sentó en el banco y dejó una distancia calculada entre nuestros cuerpos para que estuviéramos cerca, pero sin tocarnos—.
Qué día nos espera. Tú y yo haremos un montón de cosas guais.
—¿Piensas quedarte conmigo todo el día?
—Eso es.
—¿Para vigilarme? —pregunté, levantando las cejas.
—Me pegaré a ti como las notas de una cancioncilla irritante que se te meten en el cerebro y que no puedes olvidar de ninguna manera.
Me puse blanca.
—Es broma, ¿no?
—En absoluto, princesita. Hablo muy en serio. Seré tu sombra hasta la noche, y después te llevaré de vuelta al campus y te dejaré en un lugar seguro. Y, si eres la mitad de lista de lo que creo, harás bien en escucharme y quedarte allí.