Némesis (Monfort College 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Ivy Rose

La parada del metro de Montfort College se encontraba en el lugar más inquietante en el que había estado jamás: la entrada se hundía bajo tierra a través de un número impreciso de escalones que desaparecían en la oscuridad.

Sujeté con fuerza la tarjeta de estudiante que me permitiría atravesar los tornos y, una vez bajé la primera rampa, avancé con una ráfaga de viento que me perseguía escaleras abajo.

Siguiendo las luces de cortesía que señalaban el pasadizo, un poco más adelante encontré otra rampa que descendía aún más.

Los dedos, en el bolsillo, rozaron la linterna que Caleb me había dejado después de la iniciación de los Crimson Monarchs .

La ignoré y saqué el teléfono, que desbloqueé con la huella dactilar.

No había cobertura.

Entre suspiros, bajé los últimos escalones mientras observaba a mi alrededor.

Las barandillas eran de malla metálica y, del techo, una enorme lámpara de araña hecha con la técnica de Boulle proyectaba sombras aquí y allá, convirtiendo aquel lugar en el escenario perfecto para una película de terror.

Me arrebujé en el abrigo al llegar al andén. Estaba desierto, yo era la única que se encontraba allí, envuelta en el silbido del aire que se filtraba desde los túneles.

Eché un vistazo al panel electrónico que parpadeaba con la hora en la que llegaría el tren. Cinco minutos de espera.

Me apoyé en la pared y, por costumbre, saqué el móvil y abrí la galería de fotos que había tomado antes de entrar en Montfort .

Nos observé a Gwen y a mí echadas sobre las mesas de la biblioteca de mi antiguo campus, a Joshua besándome en la mejilla con la silueta de Orlando a nuestras espaldas, el océano Atlántico extendiéndose ante mi cámara bajo los rayos del sol en una superficie de destellos cristalinos.

Esa había sido mi vida.

Y lo seguía siendo. Aunque ahora no la estuviera viviendo, cuando terminara los estudios volvería allí.

Los meses que pasaría entre los muros de Montfort , obedeciendo reglas rígidas y fuera de toda lógica, salpicadas de excepciones igual de crueles e insensatas, no eran más que un segmento suspendido, un periodo de tiempo destinado a terminar.

Y Caleb … él también estaba destinado a llegar a su fin, como todo lo demás.

Bloqueé la pantalla y fui a guardarme el teléfono en el bolsillo cuando una sombra se movió en el extremo de mi campo de visión.

La espalda se me tensó de repente cuando una silueta apareció desde las escaleras. Era alta, masculina y musculosa. Llevaba la chaqueta de Montfort y en el pecho se distinguía el escudo de la universidad bordado en relieve.

— Abbott , Abbott . — Malcolm Waldeck se acercó canturreando el apellido de mi madre como si fuera una pistola cargada—. ¿Te escapas durante una importantísima tradición académica, precisamente tú?

Un río de sudor me recorrió la espalda. Di un paso atrás mientras calculaba mis posibilidades de huida.

«Ninguna».

Waldeck estaba delante de la escalera, y yo solo tenía un estrecho andén donde refugiarme, y luego solo quedaban las vías y los túneles oscuros, donde jamás entraría.

«No respondas a sus provocaciones y no te hará nada», oí que me sugería la voz de Becca en mi cabeza.

«Eres la segunda al mando», siguió la de Caleb .

—¿Y bien? ¿Te estás escapando?

Simulé un gesto de indiferencia.

—Estoy tomando un poco el aire, ¿y tú?

—No me gusta que te vayas sin avisarme, Abbott .

Malcolm dio un paso al frente. Sus movimientos eran deliberadamente lentos y calculados.

Me aparté a un lado, por el andén.

—No te debo nada, Waldeck .

—Te equivocas. Me debes un billete al Olimpo.

—No sé qué significa eso.

Dio un paso adelante y yo di otro a un lado.

Mi hombro chocó contra la pared.

Malcolm curvó los labios en una mueca solo aparentemente apenada.

—Ups, ¿te has quedado sin espacio para salir corriendo?

«Mierda».

—¿Se puede saber qué quieres de mí? —solté.

—Exactamente lo que estoy tomando, Abbott : tu miedo, que te rindas ante mí, que te entren ganas de no salir de tu maldita suite del último piso…

Eran solo palabras. No me tocaría, no podía.

Yo era una Abbott , mi familia lo destruiría si se atrevía a… Mi cerebro se quedó en silencio cuando las puntas de los zapatos brillantes de Waldeck se colocaron contra mis Nike desgastadas.

El corazón empezó a acelerarse en mi pecho, sentí que las palmas de las manos me sudaban. Estaba demasiado cerca, era demasiado grande, me bloqueaba el paso por completo.

Y su mano se alzó en el aire.

Me quedé paralizada de miedo porque pensé que iba a golpearme, pero su palma pasó junto a mi cara y se apoyó en la pared, junto a mi oreja. Malcolm cargó el peso sobre la muñeca y se inclinó implacable sobre mí.

—Llevo semanas intentando hacerte sentir una mierda.

Era triste reconocer que lo estaba consiguiendo.

—Enhorabuena, eres exactamente el tipo de chico del que sentirse orgullosa.

El estruendo del tren sobre las vías aceleró mi respiración, y entonces dos faros de luz aparecieron para cortar la oscuridad del túnel.

Los frenos entraron en acción con un chirrido agudo y las puertas automáticas se abrieron como un espejismo a punto de esfumarse.

No bajó nadie. En el panel luminoso resplandeció el texto «Próxima salida».

Malcolm también apoyó la otra palma en la pared, al otro lado de mi cabeza. Quería asustarme. Era lo único que podía hacer.

— Abbott , Abbott . ¿Qué haces, pierdes el tren?

Bajó la frente, una sonrisa torcida le deformaba el rostro, y yo dejé de razonar. Levanté la rodilla con todas mis fuerzas y apunté a sus testículos.

Nunca hasta ahora había golpeado a un chico, no estaba segura de si acertaría ni de si funcionaría como en las películas. Por un momento, temí no haberle hecho nada. Pero Malcolm abrió los ojos de par en par, soltó un grito y cayó al suelo mientras se cubría la entrepierna con ambas manos.

Le lancé una mirada desesperada mientras se retorcía en el suelo. Se recuperaría. Sí, seguro que tarde o temprano se encontraría mejor y se levantaría. Y si eso ocurría mientras yo seguía cerca de él…

Eché a correr hacia las puertas y subí al vagón con el corazón martilleándome en las entrañas. Me deslicé entre los asientos vacíos y, una vez a salvo, pegué la nariz al cristal.

Tenía pavor a que se levantara, me persiguiera y me hiciera pagar por lo que le había hecho, así que durante todo el tiempo lo vigilé con la respiración empañando la superficie rayada y opaca del cristal. Las puertas se cerraron con un golpe metálico y me sobresalté.

Waldeck seguía tumbado en el andén cuando los vagones se pusieron en marcha hacia Montfort . Aun así, no sentí ningún alivio. Porque, antes de que se convirtiera en una mancha borrosa, me di cuenta de que no estaba gritando de dolor. Se estaba riendo del error que yo acababa de cometer.

—Podría huir, en realidad.

—Podrías —confirmó Gwen —. No estás obligada a quedarte en esa jaula de locos.

Asentí. Hojas de arce enmarcaban mi campo de visión, un pedazo de cielo ventoso en el que no flotaba ni una sola nube.

—Quizá cuando tenga los resultados del premio Rosenberg .

—¿Cuándo saldrán los resultados de la primera fase?

—Las clasificaciones por categoría se publicarán antes de Acción de Gracias. La clasificación final con las obras mixtas se anunciará antes de que empiece el segundo semestre.

—Hablando de Acción de Gracias, ¿todo en orden con los billetes de avión?

—Me los ha comprado mi padre, los ha pagado de su bolsillo. Desde que supo que estoy en Montfort es… distinto.

—¿Te refieres a desde que su hija cambió de estado y él se enteró varias semanas después, y ahora solo puede hablar con ella por teléfono en días establecidos, como en una academia militar o en la cárcel? ¡Sí, claro, es muy raro que algo así cambie una relación!

Estiré sobre el banco las piernas cubiertas por los pantalones del chándal. Un movimiento borroso me puso en alerta y me incorporé para sentarme, vigilando la zona central del parque de la ciudad.

Algunas personas hacían running con ropa deportiva ajustada de colores llamativos, un grupito de madres jóvenes empujaban carritos perfectamente coordinados, algún señor mayor paseaba mientras disfrutaba de los colores del otoño.

Ningún estudiante psicópata a la vista. Igual que cuando lo había comprobado hacía cinco minutos.

Y como hacía dos minutos de nuevo.

Tenía que tranquilizarme. Venía de Florida, sabía reconocer un «búnker de millonarios» cuando lo veía.

Y, desde luego, la pequeña ciudad universitaria sobre la que se alzaba la universidad lo era.

Aquel rincón paradisíaco era precioso y, en la misma medida, estaba vigilado por la policía privada local.

Evidentemente, los millonarios que debían su dinero a la fama iban a tomar el sol y a divertirse a las playas de Indian Creek, en Miami, mientras que los ricos que debían su patrimonio a su linaje bebían whisky escocés envejecido en barricas de roble en la atmósfera pseudogótica de Nueva Inglaterra.

— Gwen , estoy deseando volver a Orlando. Necesito un descanso de este lugar.

—Mi compañera de piso pasará unos días en Ohio con su familia, su cama es tuya. Antes de que te preocupes, sí, se lo he preguntado y ha aceptado, pero tendrás que usar mis sábanas.

—Haré ese sacrificio.

Cogí la bolsa de Taco Gordo y saqué una tortita. El logo de la piña sonriente me hizo recordar la última vez que había estado en el estudio de Caleb , el sofá rosa antiguo y…

—Por fin te he encontrado.

Una voz a mi espalda me dio un susto de muerte.

El teléfono se me cayó de las manos cuando me puse en pie de un salto. Retrocedí y, presa del pánico, lancé la bolsa de mi comida a la cara de Waldeck , dispuesta a salir corriendo y pedir ayuda a la primera persona que encontrara.

—¿ Ivy ? ¿ Ivy , estás bien? —La voz de Gwen graznó desde el teléfono, perdido en algún lugar en la hierba.

Consideré la opción de lanzarme al suelo para recuperarlo antes de escapar de allí, pero él fue más rápido. Se agachó con calma, lo recogió, limpió la tierra de la pantalla con los dedos y se lo llevó a la oreja.