Capítulo 25 #3
—No me gustan los talleres compartidos. —Recordé las condiciones en que los habían dejado los Crimson Monarchs … y la indignación de mis amigos ante su comportamiento problemático—. Sobre todo, cuando los manchan con la orina de los Waldeck .
—He oído que compite oficialmente contra ti por tu premio —dijo, ignorando mi queja.
—Así es.
Mi padre observó a los estudiantes que se estaban dispersando por el campus.
—Su madre y yo también… —La voz se le quebró, invadida por un matiz parecido a la nostalgia—. Lilac y yo también creamos juntos.
«Y también destruisteis juntos», estuve a punto de replicar.
Ivy la había llamado la Sala de la Vergüenza. La desastrosa historia de nuestras familias.
—¿Tu madre sigue en París? —cambió de tema.
—Como siempre.
—¿Te quedarás en Montfort por Acción de Gracias o te irás a verla?
« Ivy se va a Orlando».
—No lo he decidido todavía.
—Me gustaría que te quedaras aquí, Caleb .
A mí también me habría gustado tener otras opciones, otra vida. Pero debía lidiar con esta. Con su herencia, con su pesado legado.
—¿Lo pensarás, al menos?
«No».
—Claro, papá.
Un miembro del Consejo de Administración le hizo señas para que se acercara.
Mientras mi padre se alejaba, un par de señoras que acompañaban a sus maridos me acorralaron para intentar emparejarme con alguna joven pariente suya.
Mantuve la fachada y, durante todo el tiempo, observé a la tía de Ivy desenvolverse en las relaciones públicas con una habilidad envidiable.
Cuando volví a mirar el reloj de pulsera, había pasado menos de media hora. Estaba muerto del aburrimiento.
Me acerqué a la mesa del bufé y dejé que me llenaran el vaso con un cóctel sin alcohol, que empecé a beber lo más despacio posible para no iniciar más conversaciones inútiles.
— Caleb .
El vaso estuvo a punto de caérseme al suelo.
Lukas había aparecido de la nada. Estaba despeinado, con la frente y la nariz sucias de tierra. Jadeaba.
—¿Qué demonios haces aquí? —Busqué a su compañero de aventuras por los alrededores, pero no había ni rastro del primo Eso—. ¿No has encontrado a tu pareja?
—Tú eres mi pareja, Su Alteza. —Me agarró del codo y me hizo retroceder hasta esconderme detrás del pesado cortinaje damascado, que se amontonaba a ambos lados del enorme ventanal con vistas al campus—. Tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
— Waldeck , eso es lo que pasa.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
« Ivy no está en el campus», me recordé. «No puede hacerle nada».
—¿Qué ha hecho esta vez?
—Va por ahí presumiendo ante sus compañeros de la fraternidad de que le ha dado un susto de muerte.
—No te entiendo, ¿a quién?
—Le está diciendo a todo el mundo que ahora la tiene a su merced. —Tosió—. A Abbott .
La sangre me abandonó el rostro.
—¿Qué…?
—La ha seguido. Ha visto que se marchaba y la ha seguido a no sé dónde.
«Oh, joder».
Un hueco se abrió en mi estómago. Sentí que se me tensaba la mandíbula, que las manos me temblaban sin control. Estaba a punto de vomitar lo poco que había bebido.
—¿Dónde está?
—En el campus. Lo he visto cerca de la residencia la última vez y…
Agarré a mi amigo por el bíceps.
—¿Dónde coño está ella?
—Eh, cálmate. ¿Qué narices te pasa?
Los nervios se me entumecieron hasta la punta de los dedos. Abrí y cerré las manos mientras notaba que un intenso vértigo me dominaba y que las rodillas estaban a punto de cederme. Lukas se volvió borroso, su cara era una mancha descolorida.
—Dónde. Está. Ella.
— Caleb , ¿quieres ponerme al corriente de algo? Por ejemplo, no sé, ¿qué coño te está pasando?
Me faltaba oxígeno. Lo solté y di un paso atrás mientras me masajeaba las sienes para intentar reordenar los pensamientos. Si le había hecho daño… Si le había hecho cualquier cosa…
—Tengo que encontrarla.
—Estamos hablando de Abbott . Quieres encontrar a Abbott .
—Se estaba yendo al pueblo. Si la ha tocado…
Mi amigo frunció el ceño.
—Si lo ha hecho, ¿qué harás?
—¡Está acabado, joder! —Aparté la cortina de un tirón y di un paso decidido hacia la sala—. ¡Lo echo de aquí, pulverizo su vida y hago que cierren esa puta fraternidad de psicópatas de una vez por todas!
—¡ Caleb , te pueden oír! —Con un empujón, Lukas me volvió a meter en el punto ciego detrás de la cortina—. Joder, ¡así que tenía razón! Tú y Abbott … no me lo puedo creer.
De ser él, yo tampoco me lo habría creído. Intenté pasar junto a él para salir, pero Lukas me bloqueó el paso colocándose en medio.
—No puedes irte ahora. Si desapareces, harán preguntas.
—¡Que las hagan! —Me aparté el pelo de la frente—. ¡No pienso dejarla por ahí sin saber cómo está!
—Vale, escucha, voy yo a buscarla.
—¿Tú? —Fruncí el ceño.
—Si eso sirve para salvarte el culo, sí, joder. Para eso están los amigos.
— Lukas , necesito saber si está bien…
Mi amigo me sujetó por los hombros, con el rostro preocupado a la altura del mío.
—Me encargo yo, ¿vale? La encontraré y la traeré de vuelta, te lo prometo.
En el salón, alguien me llamó. Metí las manos en los bolsillos y rompí otra regla de oro: saqué mis llaves maestras y se las entregué a mi mejor amigo.
—Encuéntrala.