Némesis (Monfort College 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Caleb

—Joder, mi padre me va a matar. — Lukas apareció en el umbral de la puerta de su habitación con el pelo revuelto, cara de sueño y solo con los bóxers puestos—. ¿Cuánto me he retrasado?

—Lo suficiente para cabrear a todos tus antepasados.

Mi mejor amigo hundió la cara entre las manos, ahogando una grosería que sonaba mucho a «estoy jodido».

Me ajusté el nudo de la corbata, me alisé la camisa y lo esperé, echando un vistazo al interior de la suite que había convertido en un desastre atómico.

—¿Con quién te peleaste anoche?

Lukas reapareció desde el enorme armario empotrado con el uniforme limpio bajo el brazo.

—Con una de primero. —Se puso los pantalones, una pierna tras otra, manteniendo un equilibrio precario—. Nunca dejaré de agradecerte que me enseñaras a colarlas en el dormitorio sin que nadie se dé cuenta.

—¿Fue una buena noche?

—Excelente. Valoraré repetir en los próximos días.

Silbé.

—Vaya, vaya.

—Ya sabes, yo no me opongo a los placeres de la vida… —Se puso una camisa limpia y luego fue en busca de los zapatos—. Al menos tú estás liberado y no tienes que participar en la búsqueda del tesoro.

Le lancé una mirada de soslayo.

—Sí, vale, te pasarás todo el día con el Consejo de Administración y será un coñazo.

Pero estarás en un bonito salón, sin pasar frío, con un bufé bien surtido y champán como si cayera del cielo, y no congelándote el culo mientras corres de un lado a otro del campus intentando recordar qué antecesor diseñó el maldito Gymnasium.

—Estás muy motivado esta mañana. Evidentemente, anoche no te desfogaste lo suficiente.

Lukas me lanzó su bufanda y la atrapé al vuelo.

—Cabrón.

—Sí, pero soy el cabrón que hace que llegues perfectamente a tiempo para quedar bien con tu familia.

Cerró la puerta y nos dirigimos con paso decidido hacia las escaleras.

Aquella mañana, la residencia bullía de actividad. Los estudiantes iban y venían entre las habitaciones, mochilas llenas de kits de supervivencia improvisados, gente que conspiraba sobre cómo superar las pequeñas misiones asignadas para llegar al final de la competición.

Era mi cuarta Fall Scavenger Hunt como estudiante y como heredero de la familia fundadora. Y, por mucho que Lukas se burlara de la tradición, aquel día me oprimía el corazón.

Era el evento académico favorito de Oliver .

De niño había soñado con sus historias, esperaba con impaciencia mi turno mientras me recreaba en esa sensación eléctrica que precede a un acontecimiento épico.

Como él no podía participar por incompatibilidad de cargo, confiaba en nosotros, sus hermanos pequeños, para traer una victoria a la familia.

Durante años imaginé ganar y que mis padres y él se sintieran orgullosos y, ahora que en principio me tocaría a mí, resulta que ocupaba el lugar de Oliver … porque él ya no estaba.

El vestíbulo de la planta baja era un caos: los estudiantes se dirigían al exterior dándose palmadas de camaradería en la espalda mientras se soltaban pullitas sanas. Todos serían amigos, al menos hasta que empezara la competición.

—¡ Lukas ! — Ambrose se abalanzó sobre mi amigo y, poco después, el brazo de Ben cayó sobre mis hombros—. Su Alteza, ¿listo para coronarnos?

—Yo no contaría con eso, Seymour —gruñó mi mejor amigo.

—¿Y quién nos va a detener, tú? ¡Tienes una resaca de las que hacen historia! —se burló Ambrose .

—Solo estoy… confundido. Ahora me espabilo. ¿Dónde coño está el primo Eso?

Como yo no podía participar por incompatibilidad de cargo, Lukas había reclutado a un pariente lejano de los Cavendish que estudiaba segundo de Economía.

La puerta de entrada se abrió de golpe y dejó vía libre a una ráfaga de aire frío. Una de las secretarias irrumpió en el vestíbulo.

—Señor De Montfort , el rector lo está buscando.

Ahí estaba la convocatoria oficial.

—Buena suerte, chicos. Que gane el mejor.

Ben le dio un empujón a Lukas con el hombro.

—Así que tú no, Cavendish .

—Que te fo… — Lukas se interrumpió con una sonrisa angelical—. Buenos días, señorita Grace . Qué día tan espléndido, ¿a que sí?

La secretaria lo fulminó con una mirada de reproche antes de darse media vuelta y salir. Me puse el abrigo y levanté las solapas del cuello mientras la seguía, ya en el exterior.

El primer sábado de noviembre me acogió con temperaturas frías y un cielo claro y ventoso.

En mi mundo de ojos defectuosos y lentillas, los matices no tenían ningún significado para mí, pero, si hubiera querido jugar y hacer alguna descripción al azar, probablemente habría dicho «gris claro» o «plata oscuro».

Quién sabe qué se habría inventado Ivy , si «castaño» se había convertido en «chocolate caliente con leche, con caramelo fundido dentro». Al pensarlo, sentí que las comisuras de la boca se me elevaban.

—Estamos de buen humor esta mañana.

Me detuve en seco a un paso de la entrada de Waldeck Hall. A mi lado, perfectamente vestido, con algunas arrugas más que cuando la madre de Ivy lo había retratado hacía tanto tiempo, estaba mi padre.

—¿Cómo estás, Caleb ?

—Bien.

—Todavía no he tenido ocasión de ver a tu hermana, que incomprensiblemente me está evitando, pero me han comunicado que se ha inscrito en la búsqueda del tesoro con una amiga.

—No se lo perdería por nada en el mundo, lleva años queriendo participar.

Los recuerdos universitarios que Oliver había compartido con nosotros también la habían contagiado a ella. La atención que nos dedicaba había sido lo mejor de todas aquellas tristes reuniones familiares a las que estábamos obligados a asistir.

—Supongo que podré saludarla más tarde, si en algún momento deja que me acerque.

No estaba de humor para charlar con mi padre y, desde luego, no quería hablar sobre Rebecca y la complicada relación que tenían.

—Entremos. El Consejo de Administración está casi al completo.

Me cogió del brazo y me condujo al interior, a la misma sala donde se había celebrado la fiesta de inauguración del curso académico.

Ivy se había presentado con mi hermana con el vestido diseñado y cosido por mi madre, y yo había forzado la situación y la había arrastrado al pasillo contiguo para discutir con ella.

Parecía que había sido en otra vida.

—¡ Caleb , estás estupendo! —Una nube de perfume insoportable me golpeó en el instante en que la madre de Isobel acercó su rostro botulínico a ambos lados del mío y me dio un par de besos de compromiso en las mejillas—. ¿Cómo va el último año?

—Muy bien, señora Adams .

—¿Tú e Isobel seguís siendo buenos amigos?

—Claro. —Me obligué a asentir—. Muy buenos amigos.

—Quizá algún día os convirtáis en otra cosa igual de maravillosa. —Soltó una risita maliciosa y mi padre asintió con aprobación.

En protesta, mi cerebro me inundó de imágenes de Ivy .

Ivy con la boca sobre la mía, Ivy rodeándome la cintura con las piernas para retenerme con ella. Ivy enfadada e Ivy riendo entusiasmada mientras mordía un burrito y me deleitaba con sus labios. Ivy concentrada en el dibujo que había hecho yo, Ivy absorta mientras lo completaba.

—¡Señora Adams , señor De Montfort !

Una voz chillona irrumpió en la conversación y mi padre se quedó de piedra. Miró con expresión sombría a la recién llegada, que había aparecido a mi espalda.

—Dalia —la saludó con tirantez.

Resignado, me volví. Una señora elegante de cierta edad se había acercado con el aire de un general que acaba de bajar al campo de batalla.

— Caleb , cuánto tiempo.

Demasiado, pero no lo suficiente. Ni las delicadas facciones de su rostro ni el maquillaje cuidado suavizaban su expresión de hierro, subrayada por la arruga que le surcaba el espacio entre las cejas.

La última vez que la había visto en persona había sido en el funeral de Oliver , cuando, escondido detrás de una estatua del cementerio monumental, la había espiado mientras discutía con mi padre.

Al recordarlo, sentí que me faltaba el aire.

—Señora Abbott .

—Has crecido más. Mi hija tenía razón, te has vuelto todavía más guapo.

Su hija. La querida tía.

—¿Ya has conocido a mi nieta?

Se apartó de repente y reveló a la última persona que habría esperado encontrar en la reunión del comité institucional de la Fall Scavenger Hunt .

Ivy Rose Abbott - Williams apareció detrás de la esbelta figura de su abuela como un conejito deslumbrado por los faros de un camión de treinta toneladas.

Llevaba los mismos pantalones cómodos que vestía cuando chocamos en el aeropuerto y, encima, un jersey cálido que caía sobre sus curvas. El abrigo y la bufanda estaban apretados bajo el brazo en un único bulto indistinguible.

La última vez que la había visto estábamos en la puerta de la residencia Abbott Hall, de noche, cuando la había acompañado de vuelta después de haber tenido sexo en el sofá, cenado comida mexicana y haber llegado a la versión definitiva del boceto del proyecto que realizaríamos juntos.

¿Qué demonios hacía allí?

—Hola, Caleb .

— Ivy . —Le devolví la misma dosis de frialdad fingida—. No sabía que estuvieras en el comité institucional.

—No lo está, de hecho. —Fue su querida abuela quien habló—. La he invitado yo para presentarla oficialmente al Consejo de Administración.

—No me consta que sea necesario —siseé.

—Y a mí no me consta que se haya solicitado tu opinión.

—¡Mamá, hola! —Con un vaso de zumo de naranja en la mano, probablemente aderezado con ginebra, Daisy Abbott se coló entre su madre y su sobrina, separándolas y colocándose entre ellas como un amortiguador.

Y yo me estremecí.

Estaban allí, al completo. Las tres, en fila, de la más joven a la más anciana. La familia que había resquebrajado la mía. Y yo me acostaba con la última en llegar… que parecía querer salir corriendo de la escena en la que la habían metido.

—Mamá, ¿qué habíamos dicho sobre hacer que Ivy Rose se sienta cómoda, sin asustarla?

— Ivy Rose , cariño, ¿te asusto? —La querida abuela soltó un bufido desdeñoso—. Si supieras cuánto nos asustaban a nosotros, te sentirías muy afortunada.

—Los jóvenes de hoy en día, ¿eh? —comentó mi padre.