Némesis (Monfort College 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—¿Te ha molestado alguien?

Una pregunta extraña.

—No. Tenía que llamar a mi padre.

Una chispa de interés le brilló en la mirada.

—¿Por fin le has dicho que estás estudiando aquí, en Montfort ?

—He tenido que hacerlo.

—Y no se lo ha tomado bien.

—¿Tú qué crees? Desde que lo sabe, quiere que hablemos con regularidad.

También me ha obligado a prometerle que le enviaré al menos dos correos electrónicos entre llamada y llamada para contarle cómo va todo, y si no lo hago se presentará en la puerta y montará una escena que ni siquiera voy a describirte.

—Puse los ojos en blanco—. Me parece una reacción muy calmada y tranquila.

—Está preocupado.

Me dejé caer en el taburete.

—Demasiado.

—¿No te gusta?

—¿A ti te gustaría que tu padre fuera hiperprotector?

Caleb esbozó una sonrisa.

—Mi padre es hiperprotector. Y yo no puedo evitar sus escenitas en persona. —Ante mi silencio interrogativo, añadió—: Es el rector. Si quiere verme, me convoca.

—Ah.

—Apuesto a que, de repente, hablar con el tuyo por teléfono y mandarle un par de correos ya te gusta más.

Tomé la hoja del proyecto.

—No me malinterpretes, puede que no haya sido un padre perfecto, pero en el fondo sé que le importo, aunque no como a…

— Stella —terminó por mí—. Su nueva mujer.

—Guau, ¿recuerdas su nombre?

—Me lo dijiste en el avión.

—Es más joven que él —susurré y, al final, confesé lo que me había atormentado desde la última vez que los vi, en su boda—. Están intentando tener un hijo.

—Y tienes miedo de que ya no te vean como parte de la familia.

La facilidad con la que había llegado a la conclusión de aquella pequeña verdad me dejó sin palabras.

—Sí. Además, es una decisión muy egoísta por su parte. Ella es joven, ¡pero él no! Va a traer al mundo a una criatura que, por edad, podría ser su nieta.

Caleb asintió.

—Os estáis distanciando. Y la idea te entristece.

Él había ignorado todos mis patéticos argumentos que, en el fondo, no eran más que excusas.

—No, yo…

—Y te asusta. —Me estudió echándome un vistazo rápido—. Temes que os acabéis alejando tanto que ya no podáis encontrar el camino que antes os unía.

—¡No!

—Crees que tarde o temprano lo perderás y no podrás hacer nada para evitarlo.

—¡No! No, yo…

Apoyó una mano en mi mejilla para detener mi protesta, y recogió una lágrima que ni siquiera me había dado cuenta de que había derramado.

—No estoy hablando de ti, Ivy .

La brutalidad de esa afirmación me golpeó en el pecho de lleno. Hablaba de su padre. Conmigo.

Caleb me retiró la mano de la cara y dejó un vacío donde antes estaba el calor tranquilizador de su piel. Igual que había llegado, aquel instante de disparatada complicidad desapareció.

—Tenemos que organizar el trabajo. Pero antes… —Se agachó y levantó una bolsa de comida.

—¿Qué es eso?

—Tacos de Taco Gordo.

—¡¿Mexicano?! —exclamé de alegría—. ¡Me encanta la comida mexicana!

—Lo sé.

—¿Y eso?

Separó las raciones y me pasó la mía. Mi estómago respondió con un rugido hambriento.

—Te busqué en las redes sociales, ¿recuerdas?

—Lo que resulta inquietante.

—Si no quieres que la gente sepa algo de ti, no cuentes nada sobre ti. Así de simple, Abbott . Y, para que lo tengas en cuenta, tu perfil es público, lo puede ver todo el mundo; cualquiera de nuestros abogados te desaconsejaría que lo mantuvieras activo.

—¡Pero lo viste una sola vez, hace semanas!

—Tengo buena memoria… para las cosas que me interesan.

Me sonrojé. Tomé un taco y me lo llevé a la boca.

—Jo, está delicioso. ¿Podemos cenar esto todas las noches?

Caleb dejó su taco sobre la mesa y se echó a reír. Estaba relajado. Genial. El tipo de chico por el que habría podido perder la cabeza y también el resto del cuerpo.

—¿Pasar la noche en el estudio creando mientras te alimentas a base de comida basura es algo que haces a menudo? —pregunté.

—Sí, aunque no suelo comer porquerías. Eso es para ti.

Oh. «¡Oh!».

—Encajas en este lugar —comenté, antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme—. Parece hecho a tu medida.

—Eso es porque no entra nadie.

—¿ Isobel ?

Negó con la cabeza.

—Ya te lo dije, nunca ha puesto un pie aquí.

—¿Ni una sola vez?

—No. Lo último que hubiera querido era encerrarme en mi espacio privado con una chica cuyo único objetivo era que le quitara las bragas, mientras yo intentaba concentrarme en mis deberes.

Estuve a punto de atragantarme.

—¿Lo intentó tanto?

Masticando, puso los ojos en blanco, como si dijera: «No quieres saberlo».

Y tenía razón, no quería.

—O sea, no querías hacer con ella lo que estás haciendo conmigo. Sin la parte del anillo, que, por cierto, tampoco hoy voy a pedirte.

—No es lo mismo. —Se limpió la boca con la servilleta—. Tú eres artista, contribuyes al trabajo. Por cierto, esta es mi propuesta.

Aparté los envoltorios vacíos de la comida, me limpié los dedos y, tras despejar la mesa, tomé el boceto.

Representaba el cuerpo de una joven medio recostada, alzándose entre llamas, dibujado por manos expertas a medio camino entre el dolor y el placer.

—Dios mío.

La chica estaba desnuda; la forma en que la había plasmado reflejaba la belleza de sus curvas femeninas, resaltadas por la precisión de su trazo. La había despojado de todo lo superfluo y le había insuflado vida.

— Caleb , es precioso…

—¿Cómo lo perfeccionarías?

—Mmm… —Cogí un lápiz del centro de la mesa y empecé a estudiar las proporciones, el espacio, la arquitectura de la obra antes de apoyar la punta sobre el papel—. ¿Puedo?

—Adelante.

Me incliné sobre el dibujo y, poco a poco, mi mano comenzó a moverse, primero vacilante y luego cada vez con más decisión.

Añadí y borré detalles sin fin. No sé cuánto tiempo le dediqué, pero, cuando levanté la cabeza, vi que Caleb se había sentado en el taburete, con el codo apoyado en la mesa y la barbilla descansando sobre la palma, y me pregunté si se había pasado todo el tiempo observándome.

«Por supuesto que lo ha hecho».

Le devolví la hoja, un poco arrugada.

—¿Qué te parece?

La tomó y la examinó. Enroscada bajo la mujer, ahora había una figura masculina, desnuda, presa de las mismas llamas. No se distinguía dónde empezaba ella y dónde terminaba él. «El fuego del impulso erótico» en estado puro.

—¿Y bien? —pregunté con impaciencia.