Capítulo 24
Ivy Rose
Recorrí a toda prisa el pasillo secundario de la galería mientras escuchaba el sonido de mis pasos, que resonaban en el silencio. Cuando llegué a la zona del estudio de Caleb , me llevé una mano al pecho para intentar regular la respiración antes de abrir la puerta de par en par.
—Lo sé, lo sé, llego tar…
Eran las siete de la tarde pasadas; en el exterior los árboles proyectaban sombras oscuras que ocupaban todo el ventanal como un enorme cuadro animado.
En el cielo soplaba un viento furioso que me había puesto a prueba mientras cruzaba el campus a toda prisa, pero el espectáculo de la naturaleza palideció ante el otro espectáculo que tenía delante.
Bajo la luz del taller, Caleb estaba sentado en el taburete con unos pantalones grises de chándal y… nada más.
Tenía el torso desnudo, los pies descalzos y la piel manchada aquí y allá de arcilla. Se inclinó sobre la mesa donde había dispuesto las herramientas y eligió un cuchillo de tallar antes de levantar la frente fruncida, sobre la que cayeron mechones de cabello revuelto.
—Llegas tarde.
—Sí. —No sabía qué más decir—. Así es.
Caleb volvió al trabajo y siguió modelando las curvas de un cuerpo provisional con una destreza que solo había conseguido con años de práctica.
No podía apartar la mirada de sus manos, que se movían con precisión, mientras capturaban el detalle de los hombros y la elegancia del cuello que emergían del bloque bruto.
Cada corte de la hoja era deliberado. Cada toque, cada fragmento de arcilla levantado era una manifestación de su dedicación, un diálogo silencioso entre él y lo que estaba creando.
—Cierra la puerta con llave, por favor.
Dejé de mirarlo embobada y obedecí, luego me quité la cálida bufanda, que ya se había convertido en una parte de mí, y la dejé sobre una silla junto con la chaqueta del uniforme.
Cuando volví a mirarlo, Caleb ya no estaba sentado en el taburete.
Se había puesto en pie, dejándome admirar cómo la goma elástica del pantalón le marcaba las caderas, los abdominales definidos por el esfuerzo de los entrenamientos y por la disciplina que requería la esgrima, las líneas largas de sus músculos que encajaban a la perfección con los rasgos aristocráticos de su rostro.
Mis manos exigieron al instante una hoja de papel y un lápiz. Quería dibujarlo así, fijarlo para siempre en su entorno natural, una especie de divinidad que destilaba soberbia y determinación, gracia y arte.
«Mío».
—Llegas tarde —repitió, y se acercó a mí.
—Sí, lo sé, yo…
Entonces me fijé en el fondo del estudio, detrás de él. Había algo nuevo en el rincón. Una chaise longue de terciopelo, con botones preciosos y brazos curvados, tan elegante que parecía sacada directamente de un catálogo francés de decoración de lujo.
—¿Y eso?
—Es un sofá. No sé si en Orlando tenéis; sirve para sentarse o tumbarse, según la situación.
Puse los ojos en blanco.
—¿Por qué hay un sofá en tu estudio?
—Para terminar.
Me aparté un poco para observarlo mejor.
—¿Terminar qué?
—Lo que empezamos ayer en clase.
No me dio tiempo a procesar sus palabras: me sujetó el rostro y lo alzó hacia el suyo. Sus labios conquistaron los míos, el torso desnudo y manchado de arcilla presionado contra mi camisa.
Se me cortó la respiración. Como cada vez que se acercaba a mí.
Cerré los ojos y dejé que su lengua buscara la mía, que sus manos descendieran a explorar la curva de mi espalda y se deslizaran bajo mi falda, que me apretaran el trasero y me obligaran a pegarme a su erección.
Caleb dejó de besarme, pero no apartó la boca de la mía mientras sonreía.
—Ahora te enseño cómo funciona.
Sentí cómo me levantaba del suelo y me agarré instintivamente a sus hombros. Un instante después, estaba tumbada de espaldas en el sofá. Él se inclinaba sobre mí, su pelvis contra la mía, una mano apoyada en el acolchado de los cojines para no descargar todo su peso sobre mí.
— Caleb …
Con la mano libre me levantó la camisa, después bajó y sentí su boca en el costado, torturándome con una estela de besos que me hicieron retorcerme. Estaba a mil. Hecha un flan.
Con él no había un principio y un final, todo tenía el sabor de las cosas que no obedecen a las leyes del tiempo.
La falda se me subió hasta la cintura en un abrir y cerrar de ojos, y sus pantalones de chándal desaparecieron con la misma rapidez.
El tiempo imprescindible para ponerse el preservativo y luego Caleb volvió a tumbarse sobre mí. Desnudo.
Completamente desnudo. Y mío.
Mío, mío.
—No. —Le planté una mano en el esternón antes de que entrara en mi interior.
En su mirada excitada vislumbré un destello de decepción.
—¿No? ¿No quieres?
—No quiero estar debajo.
Apoyé las palmas en su pecho y lo obligué a sentarse en aquel sofá nuevo, y luego me coloqué a horcajadas sobre él. La tela de la falda cayó y nos cubrió el punto donde nuestros cuerpos desnudos se tocaban. Lo sentía latir de deseo, de expectación. Y cuánto lo deseaba, maldita sea.
Caleb me sujetó por la cintura y yo guie su erección dentro de mí. Reprimí un gemido de satisfacción cuando llegó hasta el fondo, mientras sus dedos se me clavaban en el trasero.
¿Siempre sería así con él? ¿Irracional, salvaje, infinito?
—Hostia, Ivy . —Dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá; tenía los ojos húmedos—. ¿Por qué contigo no soy capaz de controlarme?
—Yo tampoco puedo —confesé.
Lo quería todo de él.
Lo devoré con la mirada. Estaba desarmado, despeinado, desnudo. Disfrutaba gracias a mí. Apoyó las manos en mis caderas y empezó a guiarlas al ritmo de sus embestidas, lo que desató una sensación de plenitud absoluta en cada célula de mi cuerpo.
—Eres estupenda, joder.
Me incliné sobre su rostro y lo aturdí con un beso lento y sensual que pareció descomponernos en nuestra propia esencia; el mundo solo estaba allí.
Yo sobre su boca, él dentro de mí. Él y yo y nada más.
Y cuanto más lo besaba, más crecía el orgasmo en mis nervios, una oleada de deseo que terminó por arrasarlo todo.
Apreté los labios contra los suyos y me dejé invadir durante largos segundos que volvieron a reescribirnos.
Todavía estaba temblando cuando Caleb hundió los dedos en la carne de mis caderas, lanzó un gemido desordenado en mi boca, una mezcla de placer y derrota, y se abandonó a su orgasmo.
Dejó de besarme, con la frente apoyada en la mía.
Éramos un reflejo el uno del otro. Sin aliento, desbordados, exhaustos.
Durante un rato, ninguno de los dos se movió. No existía nada más que el modo en que nuestros cuerpos compartían la paz después de haberse torturado de placer.
—Dios. —Levantó los dedos para acariciarme la espalda, como si necesitara comprobar que todo era real—. No consigo entender cómo es posible que sea así…
—¿Cómo?
—Tan maravilloso. —Posó sus suaves labios sobre mi clavícula—. Contigo tiene una intensidad desmesurada.
—Porque soy la chica a la que no deberías ni mirar, mucho menos llevarte a la cama.
—No es solo lo prohibido. —Me acarició la piel con la boca hasta llegar a mi oído—. ¿Eso es lo que te excita? ¿Mi apellido? ¿El caos que se desataría si nos descubrieran?
¿Cómo podía pensar eso?
—¡No! Solo…
—¿Solo qué?
—Solo tú.
Recordé la frase que lo había puesto a la defensiva semanas antes, en la galería, y la repetí de memoria.
—Los Montfort nacieron para atormentar a las Abbott …
Los dedos de Caleb se quedaron inmóviles sobre mis vértebras.
—No lo digas.
—¿Por qué?
—Es cruel.
—¿Por qué? —insistí.
—Cuando Oliver murió… —Su voz se apagó.
Temí haber ido demasiado lejos, pero esta vez no se apartó; me estrechó con más fuerza entre sus brazos, como si necesitara un ancla en la realidad para no ahogarse en un dolor sumergido que guardaba en su interior.
«Cada vez que te miro pienso que desaparecerás al segundo siguiente. Cada vez que te toco pienso en cuánto me costará…».
—Tu abuela se lo dijo a mi padre —continuó—. En el funeral de Oliver , estaban hablando en privado mientras enterraban el cuerpo de mi hermano en el panteón familiar. Yo estaba escondido detrás de una estatua del cementerio monumental y los oí por casualidad.
—A mí me lo dijo mi tía la mañana antes de empezar el curso académico. Ya sabes, junto con la advertencia de… eh… mantenerme lejos de ti.
Miré nuestros cuerpos entrelazados, su pene todavía dentro de mí, yo entre sus brazos.
—Lo has seguido al pie de la letra, qué buena chica. —Tal como había llegado, su buen humor desapareció—. Pero da igual, esa frase es falsa. Mi vida ya era un caos antes de que llegaras tú.
Me levantó por la cintura, me sentó en el sofá y se quitó el preservativo, que ató con un nudo antes de tirarlo a la papelera.
—Debería… —Señaló la puerta del estudio—. El baño.
—Es una pena que no puedas pedir que te pongan uno privado en el estudio, como has hecho con el sofá —bromeé.
Se levantó, mostrando toda su desnudez.
—No me desafíes.
—¿Podrías hacerlo? ¿De verdad?
Se encogió de hombros y asintió como si no fuera nada.
«Porque para ti no es nada del otro mundo. Eres el heredero de los De Montfort , este lugar te obedece».
Me quedé mirándolo mientras se vestía y salía al pasillo, y luego me vestí yo también. A partir de ahora, ¿sería siempre así? ¿Yo llegaría a su estudio y él me saltaría encima? ¿Cuánto duraría antes de que se cansara?
No sería una historia a largo plazo, obviamente.
Nos habíamos sentido atraídos desde el primer instante y ahora habíamos dejado de reprimir nuestro deseo, dando rienda suelta a esa atracción.
Me encantaba tenerlo para mí, a escondidas, en un espacio y un tiempo que existían solamente para nuestro beneficio.
Pero sabía que era algo temporal. Empezaba y terminaba entre aquellas cuatro paredes.
La puerta se abrió y Caleb entró en el estudio. Se había recompuesto, pero en su rostro permanecía el buen humor de las endorfinas para relajarle los rasgos.
—¿Has tenido algún imprevisto mientras venías? —me preguntó mientras cerraba con llave, antes de apoyarse en la mesa de trabajo.
—No, ¿por qué?
—Llegabas tarde.
—Ah. Sí, claro.