Capítulo 23 #2
Desde que el profesor había reasignado las parejas del taller, Isobel no había vuelto a aparecer en clase; el asiento a mi lado estaba vacío.
El aula, en cambio, estaba bastante llena y poco después también llegó Ivy , envuelta en una chaqueta gruesa y una bufanda vaporosa de cuadros que delataba lo poco acostumbrada que estaba al otoño de Nueva Inglaterra.
La vi sentarse en la fila de delante, y luego observé a Malcolm Waldeck entrar y caminar con soberbia hasta su sitio, demasiado cerca del de Ivy .
— Abbott —escupió.
— Malcolm —lo saludó ella entre dientes.
Se sentó invadiendo su espacio y su mano quedó peligrosamente cerca de su culo, sobre el banco. Dos centímetros más y la tocaría.
Que no se atreviera.
Ni ahora ni nunca.
—El último en entrar que cierre la puerta y buenos días, clase. Antes de empezar… — Crawford se colocó frente a la tarima como un rey ante su pueblo—. Espero que estéis trabajando en vuestros proyectos en pareja con la dedicación que merecen.
Un murmullo a medio camino entre una afirmación y una preocupación recorrió el aula.
—Muy bien. Es importante que mantengáis una sinergia constante con vuestro compañero artístico, y eso significa que depende de vosotros cultivar ocasiones para compartir lo máximo posible con el otro.
Nadie se atrevió a abrir la boca.
—Veo que no todos estáis siguiendo las clases con vuestro compañero de taller. —Nadie reaccionó—. No era una sugerencia. Sentaos con el compañero que se os ha asignado. Ahora.
El murmullo en el aula se intensificó. Algunos estudiantes se levantaron, recogieron sus cosas y empezaron a moverse entre el caos de chaquetas y bandoleras.
Vi cómo la espalda de Ivy se tensaba y luego giraba el cuello para buscarme.
—El asiento a mi lado está libre. —Solté la información como si fuera lo más obvio del mundo, con una expresión neutra al límite del aburrimiento.
—Lo veo.
—¿Vienes?
—Solo porque me lo ha ordenado el profesor.
Se levantó sin prisa, recogió sus cosas y las llevó desde su fila a la mía. Por último, cogió la bandolera, rodeó el banco y se sentó a mi lado.
Los ojos de todos los estudiantes se clavaron en nosotros como si fuéramos dos almohadillas de alfileres, mientras Ivy cruzaba las piernas, incómoda.
Crawford retomó la clase y ella trató de concentrarse en el profesor, aunque por el rabillo del ojo seguía tomando nota de las reacciones de los demás ante nuestra repentina proximidad pública.
Cogí el cuaderno de bocetos y el lápiz, garabateé una sola palabra y lo deslicé hacia ella para llamar su atención.
«Relájate».
Ivy se lo acercó y debajo me respondió:
«¿Nos miran a la espera de que montemos un espectáculo?».
«Siempre», escribí. Luego añadí: «¿Te sigue molestando?».
«No pensé que lo diría (o escribiría), pero no. Me alegra mucho que el profe me haya cambiado de sitio». Había subrayado la palabra mucho con unos trazos profundos que casi habían rasgado el papel.
Me regodeé.
«Genial».
Lo pensé un momento antes de escribir rápido:
«Tengo muchas ganas de que llegue mañana por la noche».
Ella se inclinó sobre la hoja.
«¿Qué pasa mañana por la noche?».
«Tú», le hice leer, y luego añadí: «en mi estudio».
«¿Me lo estás pidiendo?».
«Ya acordamos aumentar el número de encuentros». Garabateé deprisa, vigilando que el profesor no se fijara en nuestro intercambio clandestino.
«Cierto».
«¿Es un sí?».
«Es un “ya te diré si estoy ocupada”».
«¿Ocupada haciendo qué? ¿Tomando infusiones con mi hermana? ¿Dándote masajes en el spa de la residencia femenina? Porque, si lo que quieres es un masaje…».
Ivy se mordió el labio para evitar sonreír.
«No me tientes. Anoche debí de hacer movimientos raros, tengo todos los músculos entumecidos…».
Se llevó las manos al trasero y arqueó la espalda, dejando que una cascada de cabello le cayera por el hombro. Su perfume dulce me llenó las fosas nasales y me entraron ganas de sentarla a horcajadas sobre mí y volver a probar esos labios prohibidos.
Cogí el bloc y escribí:
«¿Hoy llevas bragas?».
En respuesta, cruzó las piernas.
«¿Quieres comprobarlo?».
Oh, joder.
«Me vas a volver loco de verdad».
« Crawford nos está mirando».
Enderecé la espalda hacia el profesor. El aula se había sumido en un silencio repentino y, en el centro, con los brazos cruzados, Crawford esperaba a que le prestáramos atención.
—Señor De Montfort , señorita Abbott , ¿quieren compartir su conversación con la clase?
—Disculpe, profesor —dije—, la señorita Abbott y yo estábamos tomando apuntes antes de que la idea para nuestro trabajo se nos fuera de la cabeza. Estamos… cultivando las ocasiones, como nos ha sugerido.
—¿De verdad? Me muero de curiosidad por ver qué presentaréis en el examen.
Qué falso era. Al obligarme a trabajar con una Abbott solo quería verme fracasar miserablemente.
—Tanto la señorita Abbott como yo estamos decididos a que la nuestra sea una obra maestra de los sentidos.
Ivy reprimió una tos y mantuvo la mirada fija en el pupitre a causa de la vergüenza.
«Capullo», garabateó.
Sonreí todavía más.
—Ya veremos, De Montfort . Ya veremos. — Crawford volvió a la carga con la clase y yo recuperé el bloc sobre el pupitre, pero me detuve antes de escribir nada más.
El perfil del rostro de Waldeck había entrado en mi campo de visión. No me miraba a mí: miraba a Ivy como si quisiera borrarla de la faz de la Tierra.
Recordé lo que Lukas me había contado sobre sus planes. «La odia a muerte. Quiere aprovechar la Fall Scavenger Hunt para actuar. Lo hace porque quiere llamar tu atención».
¿Quería mi atención?
Acababa de ganársela.