Némesis (Monfort College 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Tenemos que trabajar juntos durante las próximas semanas.

Crawford me detesta, no me cambiará de pareja ni aunque se lo pida un millón de veces.

Si luego ya no quieres…, estaremos obligados a vernos todas las semanas hasta el final del semestre.

Y después yo ganaré el premio, me graduaré y me marcharé.

—O bien seré yo quien gane el premio, me graduaré y me marcharé con la victoria en el bolsillo.

Sus dedos se desplazaron hasta mis nalgas, apretaron con fuerza y me atrajeron hacia él. Volvía a estar erecto.

—No puedo encariñarme.

—No nos encariñaremos. —Subí la mano hasta su nuca y acerqué nuestras bocas—. De todos modos, entre nosotros nunca funcionaría a largo plazo.

—Solo por curiosidad, ¿por qué lo crees?

—Porque yo soy yo y tú eres tú. Discutiríamos todo el tiempo. Portazos, gritos, lágrimas, épica y sangre…

—Se llaman preliminares, Abbott .

—¿Discutir conmigo te excita?

—Me excita cualquier cosa si tiene que ver contigo. Lo que nos lleva a un tema serio: si te tengo en mi estudio, no podré concentrarme en el proyecto.

—Es atracción, Caleb .

—Es un problema.

—Pero es un problema bueno. —Le mordí suavemente los labios, y él respiró el mismo aire que yo, robándomelo.

—Una vez por semana no será suficiente, tendremos que aumentar el número de sesiones de trabajo. Al menos dos. Incluso tres. —Una mano se deslizó para desabotonarme la camisa—. Y quiero que la obra te represente.

Tosí de la sorpresa.

—¡No! ¡Ya puedes olvidarte de eso!

—Pues yo diría que sí. Te voy a regalar tantos orgasmos que me aprenderé de memoria la reacción de tu cuerpo ante el placer. Y después quiero esculpirla.

«Oh, mierda».

—Pero ¿estás loco?

La mano bajo mi falda se deslizó traidoramente hacia mi hendidura. Su frente cayó sobre la mía.

—Dios… ya estás preparada otra vez.

Yo también lo acaricié por encima de la tela de los pantalones.

—Tú también lo estás. —Le desabroché los pantalones, que le cayeron a los tobillos.

Caleb se bajó los bóxers y sacó otro preservativo de la caja que había quedado sobre la mesa.

—Fuera de mi estudio seguiremos como siempre —susurró mientras se inclinaba para atormentar mi boca con besos.

—¿Rivales en público, orgasmos en privado? —Aferré toda su longitud y lo guie hacia mi interior—. Suena perfecto.

En cuanto lo sentí hasta el fondo, arqueé la espalda para acoger la sensación embriagadora de plenitud que me inundó. Esta vez estábamos preparados; sabíamos que nos dejaríamos llevar por la sintonía, la química, una suma de sensaciones que yo nunca había experimentado antes.

Caleb se tomó todo el tiempo del mundo para saborear la precisión de cada movimiento. Me exploraba como se meditan los enigmas sin solución.

—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja.

—Siempre he querido lo que no podía tener. —Me acarició los labios entreabiertos con el pulgar—. Y siempre me ha aburrido lo que podía conseguir con facilidad.

—Conmigo no has tenido que luchar demasiado.

Alzó una ceja.

—Contigo cada instante es una conquista. Cada vez que te miro, pienso que vas a desaparecer al cabo de un segundo. Cada vez que te toco, pienso en cuánto me costará…

—¿Y cuánto te costará?

—No lo sé. —Se hundió de nuevo con una embestida divina—. No quiero descubrirlo.

Recorrió con los dedos la curva de mis pechos, el esternón, las costillas, descendió hasta el ombligo.

Sabía que estaba memorizando mis detalles para mantenerlos a salvo en su recuerdo.

Y él sabía que yo estaba atesorando los suyos con la misma minuciosidad obsesiva.

Éramos artistas, al fin y al cabo: robar de la realidad era lo que se nos daba mejor.

Pero el hecho de que hubiera elegido hacerlo conmigo… él, que para todos los demás era inalcanzable, y que ahora contemplaba mi cuerpo como si lo venerara…

Él, que en ese instante era mío.

Solo mío.

El orgasmo llegó con ese pensamiento, y mis gemidos desencadenaron el suyo. Dejé que me sostuviera mientras volvía a hundirme en el placer, en el estudio sumido en la noche.

Cuando abrí los ojos de nuevo, Caleb seguía dentro de mí, con las manos en mis caderas, perdido en sus pensamientos.

—Esta vez tampoco voy a pedirte un anillo —lo tranquilicé.

Pero él parecía demasiado absorto incluso para reparar en la broma. Me recorrió el esternón con el índice, llegó al ombligo y se detuvo en el monte de Venus.

—Quiero esculpirte así.

—Ni hablar.

—Es mi cláusula. La única que establezco para que trabajemos juntos. —Se inclinó un poco—. Y también es una ventaja para ti…

Me puse roja como un tomate.

—¡No!

—Corrígeme si me equivoco, pero me debes un favor. —Su tono adquirió un matiz sucio y malicioso—. Para ser exactos, tus palabras fueron «estoy en deuda contigo» y «haré lo que quieras».

—¡¿Entre todas las cosas que podrías pedirme, eliges precisamente esta?!

—Sí.

—Odio este lugar. —Resoplé. Una promesa era una promesa, no tenía elección—. Si me retratas…

—Lo haré. Lo haremos —se corrigió.

—Si ocurre… no debo ser reconocible.

—De acuerdo.

—En serio, no quiero que nadie me reconozca. No puede aparecer mi cara ahí encima. No me convertiré en otra estatua de la colección «Historia desastrosa de nuestras familias» para colocarla en la Sala de la Vergüenza.

La expresión de Caleb se ensombreció. Salió de mi cuerpo y me dio la espalda mientras se ocupaba del preservativo. Poco después, los bóxers volvieron a cubrir su trasero escultural.

Aproveché la ocasión para arreglarme la falda y la camisa, en el silencio tenso que se había instalado de repente.

—¿He dicho algo malo?

—No eres tú. —Se inclinó, volvió a ponerse en pie y se abrochó los pantalones mientras me mostraba su espalda musculosa, definida gracias a las sesiones de entrenamiento—. Es este lugar. Por un momento me había olvidado de que estaba aquí.

—¿Qué problema tiene tu universidad?

Por fin se volvió. Se había recompuesto, aunque bajo la superficie percibía las grietas emocionales que se le daba tan bien esconder.

—No me fío del lugar que enjauló a mi hermano, hizo huir a tu madre y cegó de orgullo a mi padre.

Lo dijo sin filtros, con una sinceridad que me pilló por sorpresa.

—No quiero acabar como ellos. Y tampoco quiero que tú lo hagas. —Se agachó sin darme tiempo a procesarlo y volvió a ponerse en pie enseguida. Sobre la mesa había aparecido una bolsa de papel de comida para llevar—. ¿Has cenado?

—¿Qué?

—Tenías Laboratorio de Pintura Moderna antes de venir aquí, ¿no? ¿Te ha dado tiempo a pasar por el comedor?

Ah, ¿así que de verdad conocía mi horario? ¿«Vigilo al enemigo» no era solo una frase ingeniosa?

—Eh… no. No me ha dado tiempo.

Deslizó la bolsa sobre la mesa.

—¿Quieres?

—¿Qué es?

—Comida china.

Salté al taburete.

—¿De verdad? ¡Me encanta la comida china!

Caleb sonrió. Una sonrisa auténtica, que le llegó hasta los ojos e inundó aquel azul de una emoción luminosa. Sacó los palillos y los dejó sobre la mesa, luego llevó las dos cajitas al microondas. Por eso tenía uno en el estudio.

El zumbido familiar del motor del aparato llenó el aire y, poco después, el olor de la comida hizo gruñir mi estómago hambriento. Caleb volvió a la mesa con la cena, se quedó una cajita para él y me tendió la otra. Cogió los palillos, enrolló en ellos los fideos y se los llevó a la boca.

Arte, orgasmos y comida a domicilio. ¿Era triste pensar que no había compartido tanto con ninguno de mis ex? ¿Que nadie se había tomado la molestia de tratarme como él lo hacía, a pesar de que nosotros no éramos nada?

—¿No te gusta?

Di un respingo al oír su voz. Bajé la mirada hacia la cajita intacta, manejé torpemente los palillos y me llevé a la boca un puñado de fideos con verduras.

—Está buenísimo —confirmé, con un extraño aleteo que me vibraba en el estómago.

Él se limitó a mirarme con cautela.

—Bien.

Me regodeé en la tranquilidad nocturna del estudio. Caleb comía, yo comía, y fuera el viento sacudía los árboles alborotados. Durante unos largos minutos que acabaron convirtiéndose en una pequeña eternidad, ninguno de los dos sintió la necesidad de decir nada.