Capítulo 22
Ivy Rose
No podría recuperarme de eso. Nunca.
Bajé la mirada. Seguía sentada en el taburete de trabajo de Caleb , con la falda subida a la cintura y las piernas descubiertas. Todavía respiraba con dificultad, tenía los pensamientos hechos un lío y los restos del orgasmo aún me embriagaban las terminaciones nerviosas.
Y estaba sola.
Con la excusa de ir a adecentarse, Caleb se había subido los pantalones a toda prisa, apenas se los había abrochado y había desaparecido por el pasillo hacia el baño más cercano. Había salido sin añadir una palabra y yo estaba tan conmocionada que tampoco le había dicho nada.
Eché la cabeza hacia atrás e inspiré hondo. El aire olía a yeso y a productos químicos, la mezcla de aromas familiares de los talleres de arte que mi cerebro siempre había asociado con un lugar seguro.
Su estudio privado era un espacio grande y acogedor, con una serie de estanterías que llegaban hasta el techo desbordadas de materiales de escultura catalogados con un orden maniático, una zona con algunas obras apiladas a la espera de ser terminadas, caballetes y herramientas de acabado que yo nunca había utilizado.
En un rincón, junto a la ventana, había incluso una mesa con un microondas y un dispensador de agua.
Quién sabía cuánto tiempo pasaba aquí dentro. En aquel lugar, todo hablaba de él, parecía el centro de su universo, y él y yo… justo ahí…
Un escalofrío me recorrió la espalda. Aún tenía la sensación de sus labios sobre mi piel, su lengua caliente deslizándose entre mis muslos, haciéndome arquear las caderas y enloquecer contra su boca.
Nunca, nunca, nunca había sido así con Joshua , por no mencionar al novio que tuve en el instituto, al que en comparación solo le quedaba la opción de salir corriendo a esconderse.
Había sido la experiencia más intensa de mi vida y la había vivido con Caleb de Montfort . Mi rival académico, mi némesis y ahora mi nuevo compañero de taller. El chico del que debía mantenerme alejada.
Tenía cinco reglas… bueno, la quinta se había echado a perder oficialmente.
Entrecerré los ojos y me masajeé la frente, hasta que recordé que no era buena idea que me encontrara exactamente en la misma posición en la que me había dejado.
Tenía que recomponerme. Y luego saltarle encima otra vez…
o suplicarle al profesor Crawford que me cambiara de compañero, dependiendo de cómo fueran los próximos minutos.
Con un esfuerzo, me puse en pie. Agarré el borde inferior de la falda y me la coloqué bien, alisando los pliegues para que me cubrieran el trasero, y después fui a buscar las prendas que había dejado esparcidas por el estudio.
Encontré las medias rotas a los pies del taburete y, un poco más allá, los zapatos que completaban el uniforme.
Tiré las medias a la papelera y me puse los zapatos con los pies descalzos.
No tenía ni idea de dónde habían ido a parar las bragas, así que pasé a abotonarme la camisa del uniforme, que estaba arrugada.
Entre la confusión de caballetes y mesas, estanterías y estatuas a medio hacer, no había ni rastro de un espejo. Tendría que conformarme con el reflejo del enorme ventanal del fondo.
Me acerqué y me arreglé los mechones despeinados mientras contemplaba mi silueta, que se desdibujaba en el paisaje exterior.
El bosque apenas se distinguía, una masa de sombras devoradoras, copas espesas cuyas puntas, agitadas por el viento, se fundían con el cielo.
Lo que veía ahí fuera daba miedo, y aquí dentro, en cambio, me sentía protegida.
La puerta se abrió y me volví.
Caleb apareció en el umbral, metió la llave en la cerradura para encerrarnos y se apoyó con la espalda en el marco.
Cruzó los brazos sobre la camisa y se quedó quieto en el otro extremo del estudio, a la espera de que ocurriera algo horrible.
Como si él y yo, en la misma habitación, fuéramos el principio de un cataclismo inevitable.
—¿Te preocupa que te pida que me pongas un anillo en el dedo?
Una sombra indescifrable le torció la boca.
—Nada de anillos, Abbott . Lo siento.
« Abbott ». ¿Habíamos vuelto a la casilla de salida?
Dejé atrás el ventanal y recorrí el estudio con pasos ligeros, recortando poco a poco la distancia de seguridad que él había instaurado a traición entre nosotros. Pero en lugar de llegar hasta Caleb , me detuve junto al taburete en el que me había hecho morir de placer.
Él no se perdió ni un solo movimiento mientras me sentaba, cruzaba las piernas y dejaba al descubierto mucha piel desnuda. Tragó saliva. «Exacto, piensa en cómo estábamos hace un rato».
—Puedes hablar conmigo sin jueguecitos, Caleb . Ya hemos superado ese punto.
—¿Y en qué punto estamos, Abbott ?
Me estudió el rostro en busca de la respuesta; luego, se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo.
—Perdona —susurró—, ahora mismo no estoy en mis cabales.
Hice una mueca pícara.
—Yo tampoco.
—He roto mi regla de oro. —Se separó de la puerta con un impulso y llegó hasta la mesa. Apoyó las manos en el borde e inclinó la cabeza ligeramente, aplastado por una comprensión que yo solo captaba a medias—. No pensaba que fuera a hacerlo.
«Y mucho menos conmigo».
—Esta noche, yo también me he saltado un par de reglas —le concedí.
Me observó de reojo.
—¿Tu querida tía te había ordenado que te mantuvieras lejos de mí?
—Fue una advertencia amable, no una orden. Pero, cuando me lo dijo, ya era demasiado tarde. Nosotros ya habíamos… ya sabes, en el avión… y en las cintas de recogida de equipaje…
Su mirada se llenó de curiosidad.
—¿Por qué lo hiciste?
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué accediste cuando intenté ligar contigo en el aeropuerto?
Me ruboricé, lo cual era ridículo teniendo en cuenta que me acababa de provocar tres orgasmos y me había visto desnuda.
Pero a veces era más fácil mostrar un poco de piel que revelar los propios pensamientos, porque la piel solo era piel, y los pensamientos, en cambio, también contenían un trocito del alma.
—¿No es evidente? —dije, evasiva.
—No. Dímelo.
Otra oleada de calor me subió por el cuello.
—Me gustabas, Caleb .
Entrecerró los ojos, como si acabara de ofrecerle un concepto muy doloroso de procesar.
—¿Sin segundas intenciones?
—No. Te reconocí porque Gwen me había enseñado una foto tuya en internet, pero no sabía que nuestras familias no se llevaban bien. Solo sabía que te llamabas como este sitio… y ya está.
—Deberías haberme advertido que iba a verte todos los días.
—Quería hacerlo, de verdad. Pero, mira…
—¿Sí? —me animó a continuar.
—Había tenido una semana de mierda. Merecía un premio de consolación, desconectar el cerebro, no pensar en nada y disfrutar del momento…
Una especie de hilaridad incrédula le cruzó el rostro.
—¿Fui tu premio de consolación?
—Un fantástico premio de consolación. —Posé la mano sobre la suya, encima de la mesa de trabajo, junto al folio del trabajo de clase que seguía abandonado.
Caleb entrelazó los dedos con los míos, despacio. Inclinó la cabeza y suspiró con frustración.
—¿ Caleb ?
—¿Sí?
Me acomodé mejor en el taburete.
—He perdido las bragas.
—Joder.
Abrí ligeramente los muslos.
—¿Quieres comprobarlo?
—¿Quieres matarme? —replicó con voz ahogada.
Asentí.
—Necesito sentirte dentro otra vez.
Me miró, con los ojos llenos de sorpresa.
—¿Otra vez?
—Sí.
Su atención descendió hacia mis piernas desnudas. Volvió a subir.
Bajó otra vez.
—Esto va a acabar mal, Ivy .
—En mi opinión, irá tan bien como hace un rato —lo provoqué.
Me lanzó una mirada fulminante, pero no se me escapó la forma en que seguía observándome, como si estuviera sopesando los pros y los contras de la propuesta.
—Muy mala idea —concluyó.
Y, sin embargo, al cabo de un segundo sus manos volvieron a posarse en mis muslos. Su tacto era delicioso, delicado pero indecente. Preparatorio. Excitante.
—Aunque quisiera considerar a alguna, y no quiero, tú serías la última opción en mi lista.
—Lo sé.
—Nuestros árboles genealógicos se detestan.
—Me lo han dicho.
—Competimos entre nosotros por el premio Rosenberg …
Emití un chasquido.
—Sí.
—Juntos, por hacer una comparación artística, somos el equivalente a la destrucción de la Biblioteca de Alejandría.
Separé un poco más las piernas.
—Qué drástico eres…
Deslizó las palmas hasta mis rodillas, no pudo resistirse y me las abrió.
—Todavía no he hecho las paces con tu apellido y no sé si alguna vez podré hacerlo.
—Mucho mejor que la típica excusa de «estoy muy concentrado en los estudios», ¡la mía sí que es una lista de motivos de verdad! Estoy impresionada.
Caleb se colocó entre mis piernas y recuperó el lugar que le estaba ofreciendo.
—Eso es porque, cuando las demás me miran, solo ven la oportunidad de solucionarse la vida, el buen partido que pueden presentar a la familia para que sus padres se sientan orgullosos.
—A mi padre no le gustarías nada.
—Ya me lo imaginaba —replicó con un matiz de sarcasmo. Luego volvió a ponerse serio—. Contigo no necesito fingir. Sé que puedo ser sincero. Por eso no te suelto mentiras piadosas inútiles.
—Soy la única con la que puedes ser tú mismo —comprendí.
Ser consciente de ello le hizo enmudecer. Como si acabara de darse cuenta de cuánto nos habíamos entregado el uno al otro sin ni siquiera advertirlo.
—Ser uno mismo no está muy de moda por aquí —concluyó con tristeza.
—Quién se lo habría imaginado.
Lo que era injusto. Cualquiera que tuviera la suerte de conocerlo más allá de su máscara se daría cuenta de lo increíble que era, y no por su apellido ni por el prestigio que lo rodeaba.
Le saqué la camisa de los pantalones.
—Esta noche me recuerdas mucho a un chico que conocí en el aeropuerto.
Una comisura de su boca se elevó.
—¿Es competencia? ¿Tengo que deshacerme de él?
—No, al contrario, se parece mucho a ti…
Subió las manos bajo mi falda, llegó a mis caderas y apretó los dedos. Acababa de descubrir que no había mentido sobre la ausencia de ropa interior.
—¿Qué estamos haciendo, Ivy ?
—Sea lo que sea, es bonito.