Némesis (Monfort College 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Es la primera vez que trabajo en pareja con alguien. Ni siquiera en la UCF lo hice, allí eran proyectos individuales o de grupos pequeños, pero nunca por parejas. ¿Cómo te organizabas con tu anterior compañera?

—De ninguna manera.

—¿En qué sentido?

— Isobel está matriculada en este curso solo porque yo también lo estoy. El arte no le interesa en absoluto, una naturaleza muerta tiene más imaginación que ella.

—¡¿En serio?! ¿Y entonces qué hace…? Ah. La historia de la caza y la pesca.

Alcé una ceja en una invitación para que se explicara.

—Tu hermana me contó que vuestros padres os envían a universidades privadas carísimas porque consideran que son un entorno ideal para cazar a una posible pareja que pueda ganarse su aprobación.

—Es verdad —confirmé, impasible.

—Me alegra que eso no se aplique a mí. —Apoyó un codo en la mesa y cruzó las piernas.

La faldita se le levantó un poco y reveló una porción de muslo cubierto por las medias—.

Entonces, ¿cómo funcionaba cuando hacías pareja con ella?

¿Tú asumías todo el trabajo y ella se quedaba mirándote durante horas y luego se llevaba la mitad del mérito al entregar?

Porque te lo advierto: yo no tengo intención de ser sumisa y pasiva.

Me quedé mirándola un instante, con el corazón golpeándome el pecho y el estómago encogido.

—Nunca te querría sumisa y pasiva.

Ivy abrió los ojos como platos. Tosió.

—En nuestro trabajo —aclaré, sin pestañear.

—Ah. Sí, sí, claro, claro… sí.

Joder, no tenía ninguna esperanza. Solo quería salvar la distancia que nos separaba, desnudarla y estudiar su cuerpo, cartografiarlo con las manos, los labios, los dientes, la lengua, experimentar con cuánta intensidad reaccionaría a mí.

Desde el primer instante en que la vi, la había querido aquí.

Los dos, sumergidos en el arte, disfrutando sin freno.

—¿Te parece bien si empezamos apuntando algunas ideas? — Ivy tomó de la mesa el papel con las especificaciones del trabajo—. ¿Estas son las indicaciones? Jo, Crawford es un tío sádico.

—Lo es.

—Hoy estás más monosilábico que de costumbre. —Frunció el ceño, confusa—. ¿Es por lo que pasó en los talleres hace dos semanas?

—No, ¿por qué debería?

—Porque… —Se concentró en las puntas de los árboles que desafiaban el cielo oscuro a mi espalda antes de volver a fijarse en mí—. Tal vez no te gustó que te pusiera en una posición incómoda con Waldeck .

La única posición inaceptable era aquella en la que yo me plegaba a su voluntad, y también era la única que no podía cambiar.

— Waldeck me respeta porque me teme, y yo nunca te habría seguido el juego si no hubiera querido hacerlo.

—Ah. — Ivy chasqueó la lengua contra el paladar—. Entonces es que te gusta un poco seguirme el juego. —No dejó de observarme—. ¿Te levantas de ahí y vienes o lo hago todo yo?

Me levanté de la silla sin ser consciente de mi cuerpo. Estaba tenso, me desplazaba con movimientos torpes, y el entrenamiento durísimo no tenía nada que ver con aquello.

Pero no podía dejarla trabajar sola en el proyecto. Me obligué a acercarme y, mientras intentaba ignorarla, me incliné para leer la tarea que ya me sabía de memoria.

—Objetivo: crear una obra de arte colaborativa que combine elementos de pintura y escultura para explorar la sinergia entre las dos disciplinas.

—El tema propuesto es «El fuego en la pulsión erótica». Ah, bien. — Ivy carraspeó—. Fantástico.

Su pelo me rozó el cuello, el perfume dulce y tentador de su piel se coló en mis fosas nasales para recordarme lo bonito que había sido besarla en el cuarto de la limpieza. Joder, necesitaba estar concentrado.

—Tomemos como referencia a los neoclásicos Canova y Thorvaldsen, a los que yo añadiría La puerta del infierno de Auguste Rodin —sugerí.

—No la recuerdo, o quizá directamente no la conozco.

—Eso es porque yo esculpo y tú pintas. Yo decido la base de escultura y tú la de pintura. Yo la forma, tú el color.

Ivy reclinó la cabeza a un lado, nuestras miradas se enlazaron.

—Mmm… no —murmuró—. Quiero decidir el tema contigo. No quiero verme obligada a hacer algo que no me convenza. ¿Y si esa puerta ni siquiera me gusta?

Apoyé las manos en la mesa y cargué el peso sobre las muñecas, con los dedos enganchados al borde.

—Imposible. La puerta del infierno es una obra maestra. Captura la esencia del Infierno de Dante en una visión intensa del sufrimiento humano. —Los nudillos se me marcaron de lo fuerte que apretaba—. Es una obra compleja, llena de figuras agonizantes y desesperadas.

Ivy se removió en el taburete. Giró el torso y se quedó directamente colocada entre mis brazos.

—Tenemos que expresar pasión, no dolor.

—En este momento me parecen lo mismo.

Se mordió el labio inferior. Contuvo la respiración y, en un visto y no visto, me di cuenta de que estaba encima de ella. La tensión que llevaba horas contrayéndome los músculos empezó a disolverse en una oleada de calor que me recorría los nervios. ¿Por qué narices siempre me producía ese efecto?

—Tengo un problema, Ivy .

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—No puedo concentrarme en estas condiciones.

Ella arqueó una ceja.

—¿En qué condiciones?

—Estas.

Separé los dedos del borde de la mesa y los deslicé hasta el centro de su espalda, resiguiendo con calma la línea de su columna bajo la tela de la camisa. Cuánto había echado de menos tenerla bajo mis manos. Tocarla.

—¿Tu problema es mi uniforme?

—El problema es que querría quitártelo.

Ivy abrió la boca. La punta de su lengua apareció para humedecerle las comisuras, primero una, luego la otra.

—Creía que no era una opción.

—Yo también intento convencerme de eso —susurré.

—¿No está funcionando?

—Ni una pizca. —Dejé caer la frente contra la suya y tiré de su camisa de algodón para sacarla del borde de la falda, por encima de su trasero. Me tomé mi tiempo, como si fuera un regalo demasiado hermoso y no quisiera estropearlo con las prisas por abrirlo—. No sé qué más hacer para contenerme.

El deseo se estaba convirtiendo en lava. Ella, en mi espacio personal, derretía todas mis barreras protectoras. Todo en mí gritaba que la reclamara.

Todo en mí gritaba que hacerlo sería un error monumental.

—Dime que no me deseas.

Ivy me sujetó el rostro entre las manos.

—No te deseo, Caleb .

Fue como recibir un puñetazo en el estómago.

Abrí los párpados todo lo que pude, la vi borrosa, como si incluso mis ojos se negaran a aceptar la realidad.

Retrocedí, pero Ivy fue más rápida. Me agarró de la camisa y me atrajo de nuevo hacia ella.

Y en ese momento, cuando mi boca encontró la suya, el corazón se me subió a la garganta.

La resistencia se había terminado. El muro estaba derribado.

Los fragmentos irregulares de nuestras defensas tintinearon en un torbellino, cayendo como lluvia entre bocetos y estatuas inacabadas, estrellándose contra el suelo de mi estudio.

Ivy abrió las rodillas en un gesto instintivo y me coloqué entre sus piernas.

Le sujeté el rostro entre las manos y ella entreabrió la boca, dándome acceso total.

Hundió los dedos en mi pelo mientras su lengua empujaba contra la mía en una danza voraz.

Y yo me preguntaba por qué, maldita sea, por qué con ella todo se amplificaba, por qué cada gesto estaba teñido de una intensidad absoluta y eterna.

—Mierda —musité—, no tienes ni idea de cuánto necesitaba esto.

—Lo mismo que yo. —Me succionó el labio inferior—. ¿Ha sido un día tan horrible?

—He discutido con mis amigos. —Volví a besarle los pómulos y luego descendí hacia su oreja—. No pasa nunca.

Ivy abrió los ojos de par en par, quizá por la confesión, o quizá porque la última vez que habíamos estado así habíamos recuperado el control por un solo motivo: una alarma nos había interrumpido.

—¿Y por qué habéis discutido?

—Nosotros… tenemos visiones distintas del futuro. —Apoyé una mano en su muslo cubierto por las finas medias negras. Moví las puntas de los dedos sin una intención concreta, lentamente—. Para ellos es más fácil, tienen más libertad de elección que yo.

—¿Qué es lo que no puedes elegir?

Deslicé las manos bajo la falda hasta rodearle las nalgas con las palmas y la atraje hacia mí. Ivy se deslizó hacia delante en el taburete y su pelvis presionó mi erección.

Me concedí unos segundos para observarla. Jadeaba, tenía los ojos brillantes. Cristalizada entre la adrenalina y la sorpresa. Tras unos segundos, capturó con las piernas mis caderas, lo que me impedía escapar de allí.

Ni que tuviera la más mínima intención de ir a algún otro sitio…

—Hay expectativas sobre mí —revelé.

—¿Qué tipo de expectativas?

—Del tipo más absurdo que puedas imaginar.

—Le miré los labios, quería volver a adueñarme de ellos—.

Esperan que herede el papel de Oliver y que siga los pasos predispuestos para el primogénito como un buen soldadito.

Que abandone mis sueños y sacrifique mi tiempo por la misión de la empresa familiar, que me case con una chica que ellos aprueben y que la deje embarazada todas las veces que pueda.

Los pantalones del uniforme rozaron sus medias finas, la faldita cubría el punto en el que nuestros cuerpos estaban en contacto. Mi pelvis contra la suya, mi polla latiendo sobre ella a través de las capas de tela.

—Y tú, en cambio, prefieres el camino rebelde.

—Sí, pero normalmente no entre estas paredes —repliqué—.

Por eso no salgo con estudiantes, con ninguna en la que no confíe.

No puedo permitirme acabar con una chica encantada de formar parte de los planes de mi padre para mí.

Me aterra dejar embarazada a alguien porque no me he protegido lo suficiente.

Si eso sucediera, acabaría atrapado en una prisión de por vida. Y yo no quiero eso, Ivy .

—¿Y qué quieres?

—¿Ahora?

—Sí. —Subió las manos para rodearme el cuello—. ¿Qué es lo que más deseas?

Apoyé la frente en la suya, dividido entre el placer y el sufrimiento.