Némesis (Monfort College 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Caleb

—Eres lento.

Lukas se desplazó hacia un lado, en posición de defensa. Lo ataqué.

Amago de estocada directa. Parada de medio contra.

Librar el hierro.

Estocada, asalto.

Toque directo de primera.

—¡Alto! —grité victorioso, señalando el punto.

Lukas maldijo mientras saltaba hacia atrás.

—Soy lento, ¿eh? —lo desafié a contradecirme.

Estábamos entrenando sin máscara, a cara descubierta. Lukas se pasó el antebrazo por la frente. Yo también tenía la cara perlada de sudor. Bajo la chaqueta de esgrima estaba acalorado y necesitaba darme una ducha.

En circunstancias normales, habría sido una noche decente.

El estrépito de las hojas de mis compañeros llenaba el Gymnasium con una sinfonía de sonidos familiares; me estaba entrenando con mi mejor amigo; después arrastraría los pies hasta los vestuarios, me daría una ducha y cenaría en el comedor mientras Ambrose y Benedict discutían sobre a quién llevarse a la cama para celebrar su futura cuarta victoria consecutiva en la Fall Scavenger Hunt .

Habría sido una noche como cualquier otra tras otro día como los demás… si Ian , el maldito Crawford , no hubiera decidido trastocar mi rutina y poner mi vida patas arriba.

Miré el reloj colgado en la pared: faltaban apenas quince minutos para las seis.

—Por hoy basta.

Me puse en primera posición e hice el saludo llevando la hoja paralela al rostro.

Lukas me imitó y al final nos estrechamos la mano desarmada, como de costumbre.

—¿Tienes planes? ¿Y por qué no sé nada? —Mi mejor amigo caminó conmigo hacia los bancos para recoger las bolsas.

—Sí. Planes —respondí evasivo.

—¿Algo interesante? Igual dejo estar la timba clandestina de los desgraciados de la residencia y te acompaño…

Levanté la bolsa del suelo, buscando la funda para guardar el florete.

—Veo a mi compañera de taller de Arte.

—¿Desde cuándo Isobel viene a esculpir contigo? ¿No habíais acordado que tú lo harías todo y ella no se metería?

—Mi compañera de taller ya no es Isobel .

—¿Ah, no? Entonces estará encantada de cómo ha acabado la enorme operación de corrupción que montó para que la emparejaran contigo. Su plan se ha desvanecido antes de poder seducirte… —Rio—. ¿Quién es la nueva?

Dudé.

— Abbott .

—Espera, espera. ¿Tu rival jurada, la Abbott ?

Me encogí de hombros con indiferencia.

—¿La misma Abbott de «ven a limpiar conmigo el pis de los perros»? —chilló—. ¿Ella?

Lo fulminé con una mirada silenciosa, pero Lukas me la devolvió con intereses.

—Perdón, Su Alteza, ¿he herido tus sentimientos o no estoy autorizado a hablar de ella?

—Para.

—Oh, mierda. —Cerró la cremallera de su bolsa con un tirón seco y se la colgó al hombro—. Todavía te pone, ¿verdad? Si no, ¿por qué no me lo habrías contado?

—No te lo he dicho porque no era relevante.

Lukas se detuvo a medio camino hacia los vestuarios.

—¿Qué pasa, Cal?

—Nada.

—¿Seguro? ¡Porque yo creo que la abstinencia forzada no te está sentando bien! ¡¿Por qué no estás usando la reserva de preservativos que te he metido en cada bolsa con alguna de las chicas que matarían por acostarse contigo?!

—Dices muchas tonterías, Cavendish . Me provocas dolor de cabeza.

—Yo digo que te duele la cabeza porque esa chica en concreto te vuelve loco. Niégalo.

—Ha sido Ian Crawford quien nos ha emparejado —lo corté—. Ninguno de los dos lo quería.

—¿Después del numerito que montó en los talleres? Como para no aprovechar la ocasión otra vez…

—Te equivocas. Habría preferido seguir soportando a Waldeck antes que formar equipo conmigo.

Aceleré el paso, me metí en los vestuarios, me quité la ropa y por fin me encerré bajo el chorro caliente y reconfortante de la ducha.

El agua me resbaló por la cara, me empujó el pelo hacia atrás y me cayó en cascada por los músculos tensos de la espalda y los abdominales, hasta los muslos.

Solté la tensión masajeándome los hombros, me lavé a fondo y me concedí unos minutos disfrutando del vapor antes de volver al caos del mundo exterior.

Cuando salí de la zona de duchas, Lukas estaba sentado en el vestuario, esperándome. Ya no estaba solo. Ahora también estaban los gemelos Seymour .

—El Círculo reunido —canturreé mientras me dirigía a las taquillas—. ¿Queréis hablarme de algo?

Un silencio de más en la conversación me dio a entender que, fuera cual fuera el tema, ya lo habían discutido entre ellos antes de que yo llegara.

—Los Crimson Monarchs se están pasando.

Y habían enviado a Lukas para decírmelo, así que sabían que iba a reaccionar mal.

Cogí una de las muchas camisas de la percha y me la puse por la cabeza.

—Me he dado cuenta.

—Bien, genial. ¿Y piensas hacer algo al respecto, Su Alteza?

Mis dedos se detuvieron antes de abrochar el tercer botón.

—Sí, lo que ya estoy haciendo. Me graduaré y, cuando tenga el Rosenberg en el bolsillo, me largaré de este sitio dejado de la mano de Dios sin mirar atrás.

— Caleb —me suplicó mi mejor amigo—. Montfort es tuyo por derecho…

Lo fulminé con una mirada que no admitía réplica.

—En caso de que aceptara la herencia familiar, lo primero y único que haría sería poner a salvo las obras de arte y luego derribar cada edificio hasta dejar los cimientos. ¿Eso es lo que queréis?

Ambrose y Benedict intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada. Fue Lukas quien retomó la conversación.

—Al menos podrías recordarles a esos despojos que no están al mando.

Terminé de abotonarme la camisa.

—Ya me he puesto del lado de Abbott contra Waldeck .

—Según me han dicho, ese numerito adorable fue una demostración de poder de Abbott sobre ti. Fue Crawford quien desafió a los Crimson Monarchs , él y solo él. Tú no tomaste partido.

— Waldeck está cabreado —añadió Benedict .

Me puse los pantalones y me los abroché deprisa.

—Mientras respete las normas, es intocable. Son las reglas y, oye, no las he escrito yo.

—Pero… —intervino Ambrose .

—Ya he entendido que vosotros aquí os sentís la mar de bien y queréis preservar vuestro idílico rincón de paraíso en versión Ivy League . Mensaje recibido. ¿Sabéis por qué os sentís a gusto? Porque estáis de paso y nadie os obliga a considerarlo una tumba en la que morir. ¡Por eso!

— Caleb —titubeó Lukas —, no queríamos…

—Llego tarde. —Cogí la bolsa y me la eché al hombro—. Nos vemos.

Ignorando sus caras atónitas, salí del vestuario y crucé el vestíbulo desierto del gimnasio.

En el campus ya había caído la noche. Las farolas iluminaban los senderos, el aire otoñal me golpeó la cara mientras casi corría hacia el comedor. Alyssa, la responsable del turno de noche, me entregó una bolsa de papel con la cena que pedía cuando trabajaba en el estudio hasta tarde.

Una vez fuera, caminé rápido bajo los conos de luz amarillenta que teñían los caminos peatonales, con un nudo de irritación en las entrañas. Pasé junto a la entrada principal de la galería, ya cerrada, y rodeé el edificio hasta la entrada secundaria donde había quedado con Ivy .

Las campanas de la Torre Montfort dieron la hora. Las seis de la tarde, y ni rastro de ella. Ni siquiera se había tomado la molestia de llegar puntual.

Recorrí el pasillo hasta el final, pero, en lugar de girar hacia los puestos de trabajo de los talleres, me detuve ante una de las puertas de los estudios privados.

La abrí, dejé la bolsa en el suelo junto a la mesa de trabajo, invadida por herramientas que no había ordenado, y me dejé caer en la silla, con las piernas abiertas.

La quietud de mi lugar favorito contrastaba con el tumulto de pensamientos que me llenaban de frustración, como una ola nacida a lo lejos que crecía enorme e implacable antes de abatirse sobre todo.

—¿ Caleb ? ¿Estás aquí?

La voz dulce de Ivy rasgó el silencio y puso todavía más en alerta mis nervios a flor de piel.

Oí sus pasos mientras se acercaba al estudio, y entonces su silueta pasó por delante de la puerta abierta que daba a la zona compartida de los talleres.

Suspiré.

—Aquí dentro.

Esperé con resignación a que volviera atrás. Cuando su rostro asomó por la entrada, Ivy abrió la boca para decir algo, pero las palabras murieron en la punta de su lengua.

Su mirada se volvió inmensa mientras exploraba mi refugio personal.

Se detuvo en las paredes cubiertas de estanterías repletas de herramientas, cajas y materiales; en la gran mesa invadida por bocetos y nailon; en el rincón manchado de yeso donde estaba trabajando en las proporciones anatómicas de mi obra en proceso, un busto humano con el bazo arrancado del costado, del que brotaba el esbozo de una flor.

Después advirtió la gran ventana a mi espalda, con vistas al bosque que se extendía detrás del edificio, y allí se quedó. La lámpara que colgaba del centro no iluminaba el exterior, la noche era una mescolanza de manchas oscuras apenas salpicada por las estrellas en el cielo.

Observé con un nudo en el pecho su asombro, que parecía no saciarse nunca con los detalles que la rodeaban.

Mierda, ¿cómo iba a permanecer impasible?

—Llegas tarde —siseé.

—Solo unos minutos.

—No quiero excusas. Cierra la puerta.

Ivy se adentró en mi territorio.

—Pensaba que nos encontraríamos en los talleres.

—Prefiero no tener testigos. Cierra con llave.

—¡Sí, hombre! ¿Y qué más?

Soltó una risa grave, giró la llave que ya estaba en la cerradura, se quitó la bandolera del hombro y la dejó caer al pie de la mesa de trabajo, junto a mi bolsa.

—Si quieres acabar conmigo, ese bosque oscuro y amenazador es mejor que tu estudio secreto. Para un trabajo limpio, te sugiero que me invites a pasear por allí y luego me abandones como si nada. No creo que pudiera salir viva. —Sacó el taburete de debajo de la mesa—. ¿Has tenido un mal día?

Estaba relajada. Yo era un manojo de tensión y rabia mal contenida, y ella estaba tan tranquila con mis nervios a flor de piel.

—Bastante —respondí con cautela.

—¿Y la causa no soy yo? Qué sorpresa, podría emocionarme.

Sonreí. Maldita sea, sonreí de verdad. ¿En serio el hecho de no tener problemas conmigo la ponía de buen humor?

Ivy se subió al taburete. No dejaba de mirar a su alrededor.