Némesis (Monfort College 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—Quiero arrancarte las medias y apartarte las bragas a un lado, y luego quiero entrar dentro de ti hasta el fondo, muchas veces, una y otra vez, y hacerte disfrutar sin pensar en nada más.

Ivy se humedeció los labios mientras contenía la respiración.

—Quiero verte arquear las caderas contra las mías. Quiero oírte jadear por mi culpa y ver cómo tienes un orgasmo mientras me corro dentro de ti, y después quiero que me pongas las piernas sobre los hombros y disponer de todo el tiempo del mundo mientras hago que te corras con la lengua.

Ivy respiró de forma entrecortada.

—Entonces, hazlo —murmuró.

Iba a volverme loco.

—Deberías pararme los pies, no animarme…

—Tú deberías pararme los pies a mí.

Me sujetó la nuca con una mano, me levantó el mentón con la otra y su boca se posó sobre la mía, exigente y letal. Con la mente ya estábamos follando, nuestros cuerpos rogaban que sucediera.

—Te juro que lo he intentado, pero soy incapaz de no desearte.

—No veo por qué no deberías…

Le acaricié el rostro y hundí la lengua en su boca. Ivy se movió con impaciencia contra mi pelvis y ya no pude resistir más. Le levanté la falda plisada y rasgué aquellas medias que me separaban de mi objetivo.

Ivy se quedó inmóvil.

—Has… de verdad has…

—Antes no bromeaba.

Me abrí paso entre el nailon roto y la exploré por encima de la tela de las bragas, que ya estaban húmedas.

Ivy dejó escapar un susurro ahogado cuando por fin la sentí bajo las yemas de los dedos.

Estaba caliente y mojada, y yo me puse todavía más duro.

Moví los dedos con una intención placentera y dolorosa a la vez, sin apartar los ojos de los suyos.

—Oh, mierda. —Dejó caer la cabeza hacia atrás, con los codos apoyados en mi mesa, los párpados entrecerrados, mientras se abandonaba a los movimientos de mis dedos sobre su clítoris.

Nunca la había tenido así. No me bastaba.

Dejé de tocarla y apoyé las manos en sus rodillas. Ivy levantó la cabeza y yo me alimenté de su expresión interrogante mientras me arrodillaba ante ella.

— Caleb —me llamó—, ¿qué…?

Le levanté la falda hasta el vientre, hechizado por las curvas de sus muslos, por el modo en que los pliegues de la tela caían desordenados, por la belleza de sus líneas seductoras y perfectas.

Una maldita obra de arte.

—Vas a volverme completamente loco —murmuré.

— Caleb …

—Puedes decir mi nombre todo lo que quieras.

Mi rostro contra su bajo vientre redujo su voz a un jadeo. Aparté la tela de las bragas y llené su ausencia con la boca. Posé los labios sobre ella y dejé que la lengua se deslizara primero despacio, luego rápido, liberando un calor que sabía que la estaba volviendo loca.

—Oh, Dios, Caleb …

Presté atención a sus gemidos para entender cómo le gustaba.

Prefería cuando era lento y delicado, cuando le regalaba una tortura indolente y despiadada.

Los músculos de sus muslos se relajaron.

Cuanto más la lamía, más me hundía Ivy los dedos con fuerza en el pelo.

Levanté su pierna y me la coloqué sobre el hombro.

Estaba tan embriagada que no opuso ni una pizca de resistencia.

Saber que estaba rendida ante mí era la experiencia más excitante que había tenido nunca.

Ahora entendía por qué, en el avión, con los papeles invertidos, había sentido tanta satisfacción al verme sometido ante su poder.

La miré.

Mi némesis estaba ofuscada por el placer, con el pelo suelto sobre los hombros, la mirada obscena, abandonada al deleite. Magnífica.

—Por favor —gimió.

—¿Qué me pides?

—No pares.

—Como desee, señorita Abbott .

Hundí la lengua en ella, me embriagué con sus gemidos y cambié el ritmo mientras la provocaba.

No le di tregua hasta que los músculos de su vientre se tensaron y luego se relajaron, regalándole un orgasmo largo.

Cuando me puse en pie, satisfecho, Ivy me agarró de la camisa medio desabrochada y me atrajo hacia ella. Mis labios sabían a ella, y me besó.

—Te quiero dentro —murmuró—, ahora.

—No seré delicado.

—No quiero que lo seas. —Dudó—. Pero no tengo protección.

—Yo, sí.

Me acerqué a la bolsa y rebusqué entre el uniforme y la ropa de muda hasta encontrar una cajita envuelta en celofán.

—Recuérdame que le debo un favor enorme a mi mejor amigo. —Me bajé los pantalones y los bóxers de un tirón y me puse el preservativo.

Ivy seguía en el taburete. En mi estudio privado, entre bocetos y obras en proceso, ideas sin realizar y estanterías llenas de materias primas, nada competía con la imagen que me estaba regalando ella.

Se había quitado las medias y las bragas, y tenía la falda del uniforme subida sobre el vientre.

El deseo que leía en su cuerpo reflejaba exactamente el mío.

Sin aliento, me acerqué. Una mano fue a su cadera, la otra a mi erección. Estaba tan excitado que rozaba el dolor. Deslicé la punta por su abertura y luego me introduje en ella.

Ivy arqueó la pelvis, impaciente.

—Más —me suplicó.

Bajé la mirada al punto donde nuestros cuerpos se unían y di otro empujón, que Ivy recibió con un sonido de aprobación.

—Más, Caleb .

Una descarga de satisfacción me recorrió. Con la lengua le gustaba lento, y esto, en cambio, lo quería enérgico. La sujeté por las caderas y, con un embate profundo, la penetré hasta el fondo.

—Dios, sí —suspiró, mientras se apretaba contra mí.

El mundo se contrajo de repente, limitando su existencia al espacio que ocupaban nuestros cuerpos. Me retiré y volví a hundirme, sumergiéndome en una espiral de placer feroz, de condena sin apelación.

La camisa de su uniforme estaba medio abierta y no reduje el ritmo hasta que sus pechos captaron mi mirada. Cambié de cadencia y recorrí con el índice sus maravillosas curvas. Ivy echó la cabeza hacia atrás, contuvo una exclamación ahogada, y supe que estaba cerca otra vez.

Le rodeé la nuca con la mano y acerqué su rostro a un suspiro del mío.

—¿Vas a correrte otra vez?

—S-sí —jadeó.

La besé en los labios, en el cuello, detrás de las orejas. Me estaba volviendo loco, estaba perdiendo el último atisbo de control sobre mi cuerpo y mi mente.

—Te siento por todas partes, Caleb .

—Bien.

«Pues ya somos dos».

Dejé de besarla y volví a regalarle una serie de acometidas rápidas y decididas que se transformaron en un nuevo y repentino orgasmo que hizo que explotara en torno a mi polla. Le dejé tiempo para que lo disfrutara, y luego me retiré, la levanté del taburete y la giré hacia la mesa.

Ivy apoyó los codos en la superficie plana y la penetré de nuevo.

Volví a entrar en ella, esta vez con mi pecho contra su espalda flexible, mi mano junto a la suya sobre la mesa de trabajo.

Con la otra bajé por su pecho, le acaricié el esternón, el ombligo, seguí una línea imaginaria hasta el monte de Venus.

Me detuve en el clítoris y lo atormenté con pequeños movimientos circulares que hicieron que se desplomara entre la mesa y yo.

Quería que me sintiera dentro, fuera, quería que solo me sintiera a mí, nada más.

—Así conseguirás que me corra otra vez —susurró.

—Genial. Es lo que quiero.

Aceleré las embestidas en un ataque combinado que no le dio tregua, ni a mí tampoco. Sentí que se deshacía entre mis brazos en otro pico de placer y, por fin, descubrí cuál era mi límite con ella.

Este.

Ivy seguía temblando cuando una descarga de excitación sacudió mi sistema nervioso. La abracé con fuerza mientras el orgasmo más intenso que recordaba me recorría los huesos, los músculos y el cerebro, haciéndome morir y renacer en cada célula.

Cuando las olas de placer dejaron de cubrirme, comprendí lo que acababa de pasar: Ivy Rose Abbott - Williams medio desnuda entre mis brazos, yo medio desnudo dentro de ella, nuestras respiraciones rotas y agitadas, mi corazón latiendo frenéticamente contra su espalda.

El silencio del edificio desierto me golpeó como una bofetada por primera vez desde que Ivy había puesto un pie en el estudio. Inmerso en el olor de los barnices y el yeso, en mi santuario, me obligué a dejar de sostenerla como si pudiera desaparecer de mis brazos en cualquier momento.

Y entonces, en un relámpago, volvió la maldita frase que había escuchado a escondidas en el funeral de Oliver y que, en aquel momento, no había comprendido del todo.

«Los De Montfort nacieron para atormentar a las Abbott , y las Abbott existen para convertir la vida de los De Montfort en un caos».

Acababa de dejar entrar el caos.