Némesis (Monfort College 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Su seguridad, rayana en la arrogancia, me provocó una oleada de calor a la altura del pecho y tuve que apretar los labios para reprimir una sonrisa.

«Al fin y al cabo, ¿para qué doblegar al supuesto número dos cuando puedes doblegar al indiscutible número uno?».

—Claro, Abbott .

Me dirigí al carrito de limpieza y cogí un par de guantes y un envase de desinfectante sellado. Luego alcé la frente. Todos me estaban mirando con estupor.

—¿Vosotros no limpiáis? ¿También tengo que ocuparme de vuestros puestos?

El silencio se rompió en una secuencia de movimientos confusos. Los demás se abalanzaron sobre los carritos, cogieron detergentes, esponjas y guantes y se fueron a sus sitios.

Ivy se puso un par de guantes de látex, me quitó el detergente de las manos y lo dejó de nuevo en el carrito.

—El limpiacristales no nos sirve, gracias.

Reprimí una mueca.

—Era solo para hacer teatro.

Rebuscó entre los frascos con la cabeza baja.

—Todavía nos están mirando.

—Claro. Somos su espectáculo favorito.

Tras examinar los productos con atención, cogió un detergente idéntico a los demás, pasó junto al montón de basura y orina, me tendió una esponja empapada de algún producto químico y empezó a frotar la pintada.

—¿Cómo lo he hecho? —preguntó en voz baja, aunque nadie estaba lo bastante cerca como para oírnos.

Los guantes de látex eran odiosos, las manos me picaban y me sudaban los dedos. Estaba deseando quitármelos.

—Me has usado como advertencia —me quejé.

Ivy se detuvo con la esponja aplastada contra la pared.

—¿No estás acostumbrado a que te usen?

—Sí, pero normalmente las chicas eligen formas más… satisfactorias. —Froté la esponja, ensañándome con las dos últimas letras—. A partir de hoy todos te recordarán como la chica que consiguió que un De Montfort se ensuciara las manos con productos de limpieza.

—Los productos de limpieza limpian, no ensucian —se burló—. ¿Crees que me las he apañado bien? —preguntó otra vez, con una pizca de incertidumbre.

No, se las había apañado incluso mejor de lo que habría hecho yo.

La observé de reojo. Ivy se había puesto a limpiar otra vez. La esponja aplastada entre sus dedos se movía sin resistencia… igual que yo había doblado mi orgullo solo porque me lo había pedido ella.

Después de varias horas de faena, el puesto de trabajo de Ivy quedó reluciente.

Nuestros compañeros se habían marchado; éramos los últimos que quedaban y los únicos que se habían pasado con creces del tiempo asignado.

Por suerte, ni siquiera Ian Crawford estaba por allí, lo que me hizo tener esperanzas de que evitaría que me castigara con la nota de demérito que había prometido.

Ivy dejó los últimos frascos en el carrito y yo me incliné para recoger mi bandolera cuando una voz nos detuvo.

—Señor De Montfort , señorita Abbott . —La cabeza de Ian Crawford asomó por el marco de lo que hasta la semana anterior había sido el despacho de la profesora Mitchell —. Una palabra.

Mierda. No se había ido.

Intercambié una mirada preocupada con Ivy antes de entrar en el despacho al que ya nos habían convocado unos días antes.

—Venid. — Crawford se apoyó en el borde de la mesa, con los brazos cruzados sobre la camisa que llevaba bordadas sus iniciales en el bolsillo—.

Mientras os dedicabais a actividades socialmente útiles, he revisado el material que me dejó la profesora, en especial las tareas que debéis realizar con vuestros compañeros de taller.

Yo también crucé los brazos, en posición defensiva.

—Según la profesora Mitchell , sois los estudiantes más dotados. —Nos miró a ambos, frunciendo el ceño en busca de una reacción—. Dos más dos, chicos.

—¿Está diciendo que… ella… que nosotros dos…? —balbuceé, sorprendido.

—Traduzco tus torpes intentos de expresarte como una petición de explicaciones, y la respuesta es: «Sí, he unido a los dos mejores estudiantes de las dos formas artísticas clásicas más relevantes para que, a partir de ahora, trabajen juntos».

Ivy encajó la noticia permaneciendo inmóvil. Yo, en cambio, sentí que el suelo se me abría bajo los pies y me precipitaba directo al infierno sin pasar por ningún nivel intermedio.

¿Ella y yo una pareja en Arte?

¿Compañeros de taller?

Oh, joder. ¿Cómo conseguiría llevarla a mi estudio sin desear…?

—No es una buena idea —solté—. La señorita Abbott y yo competimos por el premio Rosenberg .

—Creo que lo sé, teniendo en cuenta que soy el mentor de ambos.

— Ian …

—Profesor Crawford —me corrigió, lapidario.

—Profesor —farfullé—, yo… no puedo…

—¿Qué es exactamente lo que no puedes hacer, De Montfort ? ¿Trabajar con la señorita Abbott ? ¿Sentarte a su lado como una persona civilizada? ¿Respirar el mismo aire sin desencadenar una guerra dinástica? —Me estudió sin pestañear—. Ilumíname, tengo curiosidad.

—No. No quería decir eso, pero…

—Complacer una disputa familiar no entra en mis objetivos del semestre: sacar lo mejor de vuestra creatividad, en cambio, sí.

Lástima que su descabellada decisión no fuera «lo mejor» para nosotros. Sería nuestra destrucción, y Crawford lo sabía. Tenía que saberlo.

Miré a Ivy con la esperanza de que protestara, pero había enmudecido.

Crawford aprovechó nuestro desconcierto para tenderme una hoja impresa.

—Si quieres aprobar mi asignatura, presentarás el próximo proyecto con la señorita Abbott . Si prefieres suspender, patalea y no lo hagas. Estoy seguro de que a tu padre le encantará verte fracasar en su asignatura favorita.

«¡Cabrón!».

—La fecha límite es en diciembre, al final del semestre. Ahí encontraréis las indicaciones para llevar a cabo la obra que tenéis que preparar.

Su maletín aterrizó con un golpe sordo sobre la mesa. Crawford lo abrió y guardó dentro un juego de plumas estilográficas personalizadas, como el esnob que era.

—Una última petición. —Alzó la cabeza y nos dedicó una breve mirada de advertencia—. Cread algo que me apetezca mirar durante más de dos segundos sin que me entren ganas de sacarme los ojos.