Némesis (Monfort College 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Caleb

Cuando entré en el aula de Arte Contemporáneo, tuve la prueba fehaciente de que la marcha de la profesora Mitchell no era un problema: era una auténtica catástrofe.

El profesor Crawford ocupaba el lugar legítimo de la señorita Mitchell en la mesa, y delante de él, con el pelo suelto sobre los hombros, los pliegues de aquella faldita ilegal ondeando sobre los muslos y las piernas enfundadas en las medias negras que había empezado a llevar hacía poco, Ivy Rose Abbott parecía una maldita fantasía salida de un sueño erótico y le estaba sonriendo.

Observé horrorizado a la chica a la que había besado y casi desnudado en el cuarto de la limpieza de la galería mientras decía algo que le arrancaba una carcajada a Crawford .

Mi sistema nervioso se bloqueó, el estómago me ardía. Apreté los puños con fuerza y caminé directo hasta mi silla. Isobel Adams ya estaba sentada a mi lado y, cuando tomé asiento, me saludó radiante y yo le respondí con indiferente cortesía.

Malcolm también estaba en su sitio. Usando sus hombros hipertrofiados como barrera, controlé la situación en la mesa del profesor.

Un rostro afilado, unos rasgos simétricos y unos ojos rasgados conferían a Ian Crawford una belleza fría, casi inquietante, pero innegable. Y ella seguía sonriéndole.

—Es una zorrita, ¿verdad?

Con el codo apoyado en la mesa, Malcolm Waldeck se había girado para entrometerse entre aquella patética escena y yo.

—¿ Abbott ? —siseé.

Asintió.

—Sé lo que piensas.

No tenía la menor idea de lo que yo pensaba de ella.

—Aparece en el último año como una maldita princesita perdida, después de haber vivido de lujo quién sabe dónde, convencida de estar por encima de todas las reglas y de todos los presentes, saltándose incluso el proceso de admisión y sin tener que ganarse nada gracias al apellido que lleva.

—Rechinó los dientes—. Alguien debería darle una lección de humildad.

Seguí observándola a escondidas. Ivy se apartó del profesor y se dirigió hacia nosotros, y yo bajé la cabeza antes de que se diera cuenta de que la estaba mirando.

«No importa que sea una Abbott atípica, sigue siendo una Abbott . No importa cuánto me desate por dentro. No importa que me haga perder el dominio de mí mismo: tengo que dejarla ir».

—Me temo que vuestro último año acaba de volverse más complicado de lo previsto.

Ian Crawford apoyó el trasero en el borde de la mesa del profesor, con las manos sobre la superficie, en una pose teatral que rezumaba dominio y control.

—He estudiado vuestros expedientes: vuestro currículo, las obras que habéis producido, las que habéis presentado a premios, los clubes a los que pertenecéis, las notas de mérito y de demérito… —Hizo una breve pausa que intensificó nuestra atención—. Sois una clase muy dispar.

Alguien contuvo el aliento, pero nadie se atrevió a contradecirlo porque era la verdad.

—La profesora Mitchell me ha dado carta blanca en cuanto a los métodos. Os lo advierto antes de que corráis a quejaros a vuestros padres o tíos o abuelos que han donado generosas sumas a la universidad, pensando que eso marcará alguna diferencia. Perderíais el tiempo, os lo aseguro.

Uf, ya echaba de menos a la profesora Mitchell .

—Trabajaremos por objetivos: mi objetivo será que salgáis de esta universidad por vuestro propio pie hacia el trágico, infernal y devastado mundo del arte. Vuestro objetivo será vivir bajo presión hasta el examen final.

Nos miró uno a uno, hasta que llegó a mí.

Nuestras miradas se cruzaron y, por un instante, la imagen seria y compuesta de él como profesor se superpuso a la última vez que lo había visto, en el caos de recuerdos empapados de dolor que habían formado el funeral de Oliver : fuera de la iglesia de Montfort , con su abrigo oscuro, Ian Crawford se había acercado con la mano extendida y los ojos húmedos para darme el pésame.

Él y Oliver formaban parte de la misma promoción en la universidad: habían hecho la mitad de las clases juntos en la especialidad de Economía, mientras que Oliver había dedicado la otra mitad a Política e Ian , a Bellas Artes.

También habían compartido la misma lucha por el título de mejor estudiante y el mismo equipo de esgrima donde, más que apoyarse, se daban de lo lindo.

El funeral de mi hermano fue la primera y única ocasión en que Crawford me había parecido humano y no un imbécil programado para lanzar insultos disfrazados de bromas sarcásticas dirigidas hacia Oliver .

—He revisado la agenda y los programas —continuó, tras una pausa—. Al final de mi curso demostraréis que merecéis vuestro puesto en mi aula o, de lo contrario, suspenderéis.

Algunos estudiantes se sobresaltaron.

—Y dado que se supone que todos los que estamos aquí amamos y respetamos el arte, esta es la primera lección.

La semana pasada, los talleres sufrieron actos vandálicos por culpa de ciertas…

tradiciones académicas. —Se fijó en Waldeck y vi cómo sus hombros se sacudían por la risita satisfecha que soltó—.

Os alegrará saber que he dado orden a la empresa de limpieza del campus para que no toque nada.

Un silencio atónito se formó en el aula.

—¡¿Perdón?! —protestó Malcolm .

—Señor Waldeck , como presidente de la fraternidad, estará de acuerdo conmigo en que la destrucción de los talleres artísticos fue… excesiva.

—¡Fue una iniciación reglamentaria! ¡Está contemplada en el reglamento del centro!

Crawford se encogió de hombros.

—Claro.

—¡Podíamos hacerlo!

—Por supuesto. Del mismo modo que yo puedo ordenar a esta clase que arregle el desastre. Porque ningún reglamento lo prohíbe. —Dio una sola palmada, con autoridad—. Ahora mismo.

Malcolm se puso en pie de un salto.

—¡Está de broma, espero!

—Como tendréis ocasión de aprender, yo no bromeo nunca. —Se dirigió a la puerta y la abrió de par en par—. Esta es vuestra primera tarea. Espero que los talleres estén en perfectas condiciones dentro de tres horas, junto con un inventario completo del material nominal dañado o faltante.

—Usted está loc…

—Quien no colabore —lo interrumpió el profesor— recibirá una nota de demérito que influirá en la obtención del título.

Se dirigió hacia el pasillo sin mirar atrás y, después de un momento de estupor general, todos los alumnos se levantaron en un torbellino de libros y mochilas y salieron para ir tras él.

Suspirando, yo también me levanté. Caminé absorto en mis pensamientos hasta la entrada de la galería y allí, por un momento, volví a vernos a Ivy y a mí cobrar vida en la oscuridad. Ella suplicándome que caminara hasta llegar a ella, yo abrazándola mientras hacía todo lo posible por consolarla.

La busqué entre los estudiantes. Ivy caminaba por delante, junto a Aimee Anderson .

Pasó frente al cuarto de la limpieza en el que nos habíamos encerrado días antes y, en un acto reflejo, me buscó entre los alumnos.

Aparté la mirada, aunque las yemas de los dedos me ardían porque sufrían la ausencia de su piel.

Me clavé las uñas en las palmas de las manos para borrar el recuerdo de ella arqueada contra mí, el riesgo que habíamos corrido, lo que habría pasado si la alarma no nos hubiera interrumpido, rompiendo el hechizo.

Era pura atracción física.

No cambiaba nada, no significaba nada.

Solo tenía que seguir el plan. Una vez graduado, me construiría la vida que siempre había querido; para hacerlo, necesitaba ganar el Rosenberg . Ella era el principal obstáculo que se interponía en mis sueños.

Me sumé a la multitud detenida en la entrada de los talleres. Exclamaciones y suspiros llenaron el espacio y estiré el cuello para ver el motivo de la sorpresa.

Los puestos de trabajo estaban destrozados.

Lienzos rasgados, frascos volcados, pintura esparcida por las paredes y el suelo.

Dibujos obscenos manchaban todas las superficies libres, incluso habían destrozado el sitio de Malcolm Waldeck , y probablemente lo había hecho él mismo, teniendo en cuenta lo mucho que odiaba la asignatura.

Su zona de trabajo era la más destrozada… después de la de Ivy .

Su puesto parecía un vertedero. Alguien había destrozado el caballete y rajado los lienzos en blanco, habían echado a perder litros de pintura, y todo estaba amontonado en un cúmulo del que emanaba un hedor rancio a orina. Habían meado encima.

Levanté la vista, horrorizado.

En la pared de enfrente, en letras grandes, se leía la palabra «puta». La pintura roja indeleble había chorreado y se había solidificado como sangre seca.

¿Cómo se habían atrevido?

Movido por una furia gélida, me abrí paso entre los estudiantes hasta llegar a la primera fila. Ivy estaba de pie, con las piernas separadas y los labios apretados, frente al altar de su humillación.

Alternaba la vista entre nosotros y los puestos destrozados, indecisa entre terminar la obra de destrucción rompiendo lo que se había salvado… o mandarnos al diablo y marcharse.

Reprimí el impulso que me empujaba a ponerme a su lado y declarar que era intocable. Si hubiera movido un solo músculo, habría provocado un desastre diplomático. Tenía que quedarme mirándola como todos los demás, y ella debía apañárselas sola.

«¿Cómo vas a jugar la partida, Ivy ?».

Enderezó la espalda, sin mirar a nadie a la cara.

—Profesor, mi puesto está peor que los demás. Arreglarlo requiere mucho más tiempo.

Crawford no se inmutó.

—Es cierto.

—¿Puedo pedir ayuda?

—Me parece justo. —La expresión de Ian Crawford se iluminó—. Elige a un estudiante para que te eche una mano, señorita Abbott .

Todos se giraron hacia Malcolm Waldeck , que chasqueó la lengua contra el paladar con la mirada inexpresiva y sin brillo. Una sonrisa que gritaba venganza se expandió en el rostro de Ivy , la primera desde que había entrado en el taller.

—De Montfort —pronunció con una calma sobrenatural.

Ah, así que esta era su jugada.

La miré con una expresión neutra.

—¿Sí, Abbott ?

—Tu puesto no ha sufrido daños.

Por el rabillo del ojo observé mi espacio de trabajo, el único intacto.

—Eso parece.

—Tienes mucho tiempo libre. ¿Me ayudas?