Capítulo 18 #3
—No. —Me masajeé el hombro, contraído por la tensión—. Estoy buscando el modo de quitármelo de encima sin meterme en problemas.
—Si te diera un consejo, ¿lo seguirías?
—Depende del consejo.
—Tú eres importante —dijo tras una pausa—. Eres la segunda en el ranking .
—Pensaba que los segundos eran los locos de la fraternidad.
—No en mi escala. —Me dedicó un destello de complicidad—. Tu querida tía tiene un montón de abogados; haz que los utilice por una buena causa. Los Waldeck odian acabar ante un abogado.
Fruncí el ceño.
—¿Debería denunciarlo? No me ha hecho nada.
—No respeta tus límites personales —dijo entre dientes.
—Por ahora, el único que ha invadido mis límites personales eres tú.
—Mejor así. —Inclinó la cabeza hacia la mía y fijó los ojos en mis labios con una seriedad mortal—. No me gusta compartir.
De repente, se me secó la garganta y se me contrajo el estómago. ¿Estaba pensando en la otra noche? Yo, desde luego, lo estaba haciendo.
Tragué saliva.
—¿Eres territorial, Caleb ?
—Honestamente, me sorprende descubrir que tengo curiosidad por saber si mi hoja está lo bastante afilada como para hacerle daño si se atreve a tocarte sin tu consentimiento.
Dudé.
—¿Lo haría?
—El día de la iniciación es un estercolero. En el pasado, otras chicas tuvieron menos suerte que tú.
Ahora entendía por qué la otra noche no quiso que saliera del cuarto de la limpieza.
—¿Y nadie ha intentado echarlo de una patada en el culo?
—Ya te lo dije, dentro de las reglas de convivencia entre el campus y la fraternidad, Waldeck es intocable.
—Madre mía, Caleb , ¡este sitio es una locura!
Hizo una mueca burlona que parecía decir «¿me lo dices o me lo cuentas?
», y yo noté que se me relajaba el cuerpo, consciente de repente de lo solos que estábamos.
El pabellón se había quedado desierto, solo oía a lo lejos el zumbido de una máquina de limpieza con agua a presión.
Incluso en los vestuarios reinaba el silencio, aunque estaba segura de que sus compañeros de equipo no andaban lejos.
No abandonarían a su rey, o capitán, o como lo llamaran.
Caleb apoyó el hombro desnudo en la pared, en el mismo punto donde había estado Malcolm poco antes. Nos encontrábamos en un pasillo apartado, él era mi rival y, sin embargo, no me sentía amenazada. Desafiada, fascinada, electrizada…, pero en ningún momento asustada.
Levanté la vista hacia sus ojos y lo encontré mirándome con una intensidad que reverberó en cada célula de mi cuerpo. Caleb alargó el brazo libre con lentitud, y sus largos dedos se detuvieron en el pañuelo con el escudo de Montfort que llevaba atado a la muñeca.
Una oleada de satisfacción le cruzó el rostro.
—¿Me has animado a mí?
—Tal vez…
Sentí las yemas de sus dedos descendiéndome por la piel hasta llegar a la palma.
Era un contacto delicado, ligero, y aun así una descarga eléctrica me atravesó el sistema nervioso.
Mi cuerpo respondía como si le perteneciera.
Entrelacé mis dedos con los suyos y apreté la mano mientras contenía la respiración.
Reprimiendo una mueca de dolor, Caleb se inclinó hasta apoyar su frente contra la mía. Su boca, borrosa a una distancia tan corta, era lo único que veía.
—Vete, Ivy —susurró.
—¿Por qué?
—Porque, si no lo haces, tendré que inventarme más motivos para no empujarte contra la pared y continuar donde lo dejamos. Y, créeme, ya he descartado demasiados mientras hablábamos.
Dios mío.
—Podrías haberle dicho eso a Isobel en vez de soltarle la típica excusa de «estoy muy concentrado en los estudios».
Su risa era un sonido que te dejaba sin aliento.
—¿Lo sabes?
—Tu vida sentimental es un tema de interés público. Me mantengo informada incluso sin quererlo.
—Es el lado negativo de ser la principal atracción del zoológico. —Giró el cuello a un lado y se apartó un mechón rebelde—. Vete. Si alguien nos viera, sería un problema diplomático enorme que tendríamos que gestionar.
No quería irme así; quería que recordara cómo perdía el control cuando se dejaba llevar conmigo.
Levanté la mano y rocé su pecho con la punta de los dedos.
Tenía la piel caliente, tal vez por el combate de esgrima o quizá porque él también estaba a punto de perder la cordura.
Abrí la mano y apoyé la palma, hipnotizada, como si él fuera una estatua prohibida y yo, solo por el placer de tocarla unos segundos, estuviera rompiendo todas las normas de conservación de los materiales.
Caleb me agarró la muñeca y detuvo la exploración.
—Cuidado —me advirtió—, o pensaré que no te arrepientes en absoluto.
Con un esfuerzo inhumano, dio un paso atrás, me soltó la mano y me hizo un gesto para que me marchara.
Aturdida, me moví y lo dejé atrás, pero, cuando llegué al principio del pasillo, no pude evitar darme la vuelta. Caleb estaba en la misma posición, inmóvil, como si luchara contra su propia voluntad y estuviera perdiendo.
—Y tú —me aventuré a preguntarle—, ¿cuánto te arrepientes?
—Oh, no tienes ni idea.
Bajé los hombros, dispuesta a marcharme, pero su voz resonó una última vez en el linóleo.
—¿ Ivy ?
—¿Sí?
—Ten cuidado.