Némesis (Monfort College 1) Capítulo 18 #2
34%

Capítulo 18 #2

El adversario de Yale se colocó en posición al otro lado, y entonces ambos alzaron verticalmente las hojas ante las máscaras en una especie de saludo.

El presentador anunció a los contendientes de Montfort y Yale , y en el pabellón se palpó la tensión; tan solo el leve zumbido de los fluorescentes rompía el silencio.

Caleb adoptó la posición de guardia, con la hoja empuñada y lista para danzar en el aire.

Concentrada, esperé el primer movimiento.

Mi corazón se detuvo cuando se lanzó contra su adversario con la velocidad de una bala.

Y entonces el chico de Yale reaccionó. Caleb se lo esperaba y bloqueó el ataque antes de que llegara a tocarlo, volvió a atacar, paró.

El sonido metálico de las hojas al chocar llenó el espacio como una sinfonía.

Eran tan veloces que me costaba seguir sus movimientos.

Caleb atacaba y se retiraba, dominando el espacio entre él y su adversario.

Era astuto. Anticipaba los movimientos mientras buscaba una brecha en la defensa del otro.

Sus golpes eran precisos, una mezcla de ataques directos y fintas para confundir.

No dejaba nada al azar. Cada movimiento estaba calculado, cada paso rezumaba control.

Su físico imponente se movía con elegancia, moldeado por una estrategia bélica. Debían de haberlo educado así: plenamente consciente de lo que podía obtener de sí mismo.

El chico de Yale intentó un contraataque y todo el mundo en las gradas soltó una exclamación colectiva cuando Caleb reaccionó para defenderse. Le faltaba un solo punto y ganaría el combate.

Becca se inclinó hacia mi oído.

—¿La esgrima es mejor de lo que esperabas?

—Es… pasable.

—«Pasable» —me imitó, volviendo a contemplar la competición.

Caleb lanzó un ataque directo, la hoja impactó en el pecho del rival y le dio la victoria. Un aplauso ensordecedor estalló entre el público. Los dos esgrimistas se saludaron y luego se quitaron las máscaras.

El rostro de Caleb estaba sudado, la mirada le brillaba. Se había divertido. La esgrima le gustaba. Despeinado y satisfecho, con los músculos todavía tensos, la fuerza que le corría bajo la piel, estaba…

—¿Pasable, eh? —me susurró Becca .

Le di un codazo para evitar responder.

Con el pañuelo de la universidad colgando absurdamente de mi muñeca, giré hacia un enorme pasillo con el suelo de linóleo brillante en el que resonaban mis pasos solitarios.

La competición contra Yale acababa de terminar y, en teoría, estaba siguiendo las indicaciones de Aimee para encontrar los baños. En la práctica, no obstante, me había perdido entre «al fondo a la derecha» y «no puedes equivocarte».

Recorrí una amplia curva y, por fin, el cartel de los servicios apareció al principio de un pequeño pasillo sin salida, en una zona silenciosa y desierta. Lo recorrí hasta el fondo y entré en el baño. Maldita Cherry Cola.

Una vez que solventé el asunto, me lavé las manos en el lavabo y eché un vistazo a mi reflejo en el espejo para arreglarme el pelo. Becca y Aimee me esperaban fuera del pabellón, así que salí deprisa para reunirme con ellas.

—¿Esto es tuyo?

En cuanto salí por la puerta del baño, di un respingo y me llevé una mano al pecho del susto.

Malcolm Waldeck estaba apoyado en la pared del pasillo, a un suspiro de mí. Si hubiera dado un paso más, me habría chocado con él.

¿Qué demonios hacía allí?

—¿Y bien, Abbott ? ¿Es tuyo?

Bajé la mirada para ver de qué hablaba. Sostenía una goma negra con un lazo de raso bordado con la «A» de Abbott . Era una de las que había encontrado en el armario de mi baño privado, un amable regalo de parte de mi tía.

¿Me había seguido para devolverme una goma del pelo? ¿En serio?

Siguiendo el consejo de Becca , mantuve la calma con la esperanza de que perdiera el interés y desapareciera.

—Sí, la habré perdido.

Deseé que me la devolviera y se marchara, pero permaneció inmóvil.

—¿Sabes? Es extraño.

—¿Qué es extraño? —dije con indiferencia.

—Tu goma.

«Dios, no seas sarcástica, no seas sarcástica…».

—Es una goma para el pelo.

—Sí, pero la encontré el viernes por la noche. —La hizo girar entre los dedos—. Durante la iniciación de mi fraternidad.

Tragué saliva.

—Ah.

—Estaba en el suelo, justo en la entrada de la galería. ¿Te suena?

Mierda. Seguro que se me cayó cuando huía con Caleb .

—Supongo que la perdí en clase.

—Pero el viernes no teníamos clase en la galería —canturreó—. ¿La otra noche no estarías fuera de la zona segura, Abbott ? Porque, en ese caso, tuviste mala suerte de no cruzarte conmigo.

—¿Mala suerte?

—Ajá. Si te hubiera encontrado fuera de la zona protegida, habrías quedado bajo mi… tutela. Y solo el infierno sabe cuánto te convendría un aliado como yo en la guerra entre tú y De Montfort .

Qué idiota. Me sentía un millón de veces más segura discutiendo con Caleb que intercambiando dos palabras con él.

—Hablando del diablo…

Con una sonrisa de gato de Cheshire , Malcolm inclinó la cabeza hacia la entrada del pasillo. Un par de siluetas habían aparecido y charlaban entre ellas. Estaban a contraluz, pero supe de inmediato que quien se había detenido a mirarnos era Caleb .

Quizá se preguntaba qué demonios hacíamos apartados en un rincón perdido del Gymnasium mientras el resto de los estudiantes ya habían salido.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó, y yo suspiré aliviada.

Era él.

—¡ Caleb ! ¡Mira qué ratoncito he encontrado merodeando por la zona reservada a los atletas!

— Malcolm se acercó a ellos y vi cómo los nudillos de Caleb se tensaban junto a su muslo mientras el otro me señalaba—.

Yo nunca he estado aquí, por cierto… ya sabes —añadió con una sonrisa cómplice—. Nos vemos.

Pasó junto a nosotros y se marchó.

Tras un momento en que permaneció paralizado, Caleb hizo un gesto a su compañero de equipo.

—Ve tirando. Te alcanzo en un momento.

Lukas Cavendish asintió y desapareció tras los pasos de Waldeck , y Caleb esperó a que no quedara nadie por la zona antes de acercarse.

Cuando estuvo frente a mí, el reflejo de la luz dejó de formar aquel halo alrededor de su figura y me di cuenta de que no llevaba camiseta; la había metido dentro de la máscara protectora.

Tenía el torso desnudo, una obra de arte hecha de abdominales y músculos definidos.

Estaba sudado, despeinado, tenía algunos arañazos en las clavículas.

—¿Estás bien? —preguntó.