Capítulo 18
Ivy Rose
—¡Llegas tarde! —me riñó Becca .
—¡Lo sé, lo sé! —Me abrí paso entre las gradas en ebullición y me dejé caer en el asiento que Becca y Aimee me habían guardado—. Una llamada a casa.
—¡Podías haber puesto al día a tu amiga en otro momento! ¡Están a punto de empezar!
—No he hablado con Gwen . He llamado a la otra persona que dejé en casa.
—¡¿Has llamado a tu padre?! — Becca estuvo a punto de atragantarse con una palomita—. ¡Entonemos los cánticos de la victoria!
—Qué graciosa.
—¿No se ha alegrado de oírte?
—¿Quieres decir si se ha alegrado de recibir durante semanas correos ambiguos y mensajes cortísimos mientras yo aplazaba indefinidamente la conversación con él? No. No se ha alegrado en absoluto. Al parecer, que mi teléfono estuviera apagado constantemente lo había preocupado.
—¿No sabía lo de las normas de los teléfonos en Montfort ? — Aimee me encasquetó entre las manos un cubo de palomitas gigantesco y un vaso de Cherry Cola de un litro, una combinación por la que en el estadio de la UCF te cobraban al menos diez dólares durante los partidos de los Knights .
Acepté la oferta encantada.
—No, ni siquiera sabía que me había matriculado en Montfort .
Aimee estuvo a punto de escupirme la bebida sobre las rodillas.
—¿Le has ocultado la admisión durante meses?
—Me trasladaron a toda prisa el día antes de que empezaran las clases —confesé, mientras mi atención se desplazaba por el ambiente que bullía a nuestro alrededor.
Había tenido que buscar el Gymnasium en el mapa del campus para encontrarlo.
El centro deportivo estaba al suroeste de las residencias, a unos veinte minutos a pie de la entrada.
Había llamado a mi padre desde el aparcamiento y, tras la desastrosa conversación, me habían entrado ganas de buscar la boca del metro y huir a cualquier parte, olvidando el olor de los edificios antiguos, las normas asfixiantes y ese aire profundamente propio de la Ivy League que impregnaba el ambiente.
Pero era domingo y Caleb tenía el encuentro amistoso de esgrima contra Yale , y yo le había prometido a su hermana que estaría allí.
Las gradas del pabellón rebosaban de estudiantes, todos encantados de tener en el bolsillo un salvoconducto de «puedes salir de la cárcel durante unas horas».
Aquel día no estábamos obligados a llevar uniforme y las chicas iban arregladísimas.
Yo me había permitido un par de vaqueros viejos que en Orlando solo me ponía en pleno invierno —si es que se podía llamar invierno a aquel clima suave— y uno de los jerséis de tono beige is the new black con los que mi tía me había llenado el armario.
Quería pasar desapercibida, y lo habría conseguido si Becca no se hubiera presentado con todos los accesorios que existían con los colores del equipo, saqueados de la tienda de la entrada.
Me enrolló un pañuelo al cuello, me plantó una gorra con visera en la cabeza y estuve a punto de tirar al suelo las palomitas y la cola que Aimee me había dejado sobre las piernas.
—Acepté venir a verlos, Becca , no a animar…
—Sí, pero tú dices un montón de cosas que no piensas.
—¡Esta la pensaba de verdad! —Me quité la gorra, hundí los dedos en el cubo de colores y me metí un puñado de palomitas en la boca—. ¿Y bien? ¿Cuándo vas a contarnos cotilleos?
—¡Cuando dejes de comportarte como si no hubieras visto aperitivos en tu vida! ¡Eres indecorosa, señorita Abbott !
—Dios, hacía siglos que no comía porquerías. —Me giré hacia Aimee —. ¿Te han sobrado Skittles , por casualidad?
—Solo patatas fritas. Las odio. — Aimee hizo una mueca y me ofreció su bolsa—. ¿Quieres?
—¡Oh, Dios, sí! ¡Sí! —Se me escapó un gemido de placer al meterme una en la boca.
—¡Eh, Abbott , yo también tengo una cosa que te haría disfrutar si te la metes en la boca! ¿Por qué no vienes a buscarme más tarde y te la enseño?
Mis dedos se quedaron rígidos en el aire.
Malcolm Waldeck caminaba por la fila superior de las gradas con sus amiguitos delincuentes, haciendo gestos obscenos con los dedos.
Mis amigas —o aliadas, o lo que fueran— enmudecieron. Aimee parecía una estatua de sal e incluso Becca había perdido su verborrea habitual. Tenía una mano apoyada en mi antebrazo, aunque no sabía si quería animarme o impedir que me levantara para darle un puñetazo en la nariz.
Arqueé una ceja.
—¿Las dieciocho veces que te he dicho que no estoy interesada no han sido suficientes, Waldeck ?
Su sonrisa viscosa se me pegó encima como la baba de caracol sobre la acera.
Menos mal que los asientos que había detrás de los nuestros ya estaban ocupados por un grupo de chicas de último curso que esperaban a que empezara la competición.
Ese imbécil tuvo que seguir hasta el extremo de la fila, acompañado por las risas ignorantes de sus compañeros de fraternidad.
Lo vigilé hasta que se sentó, bien lejos de nosotras.
En ese momento, Becca me sacudió el hombro.
—Tienes que mantenerte lejos de él.
—Y yo que tenía planeado saltarle encima y suplicarle que me tratara como si fuera basura…
— Becca tiene razón —susurró Aimee —. Es asqueroso.
No podía creer que alguien pudiera pavonearse así por el campus.
—¿De verdad puede meterse con la gente sin que le pase nada?
—Con los de la fraternidad hay reglas no escritas —suspiró Becca —.
Waldeck es un imbécil fanfarrón, pero ni siquiera él se atrevería a romperlas; sabe que tendría que pagar un precio muy alto por ello.
Su táctica consiste en provocarte lo suficiente para que tú pierdas el control.
Y cuando cometes un error contra él, puede devolverte el favor asestándote el golpe.
—¿Sugerís que debería dejar que me insulte como si nada?
Aimee sorbió de la pajita.
—Intenta… ignorarlo…
—¿Ignorarlo me evitará la humillación?
—No, pero te mantendrá lejos de los problemas —puntualizó Becca .
Fruncí el ceño.
—¿Alguna chica ha aceptado alguna vez su invitación para «divertirse»?
—Más de las que imaginas, en realidad.
—¿En serio? —Estaba sorprendida.
Becca me miró de reojo.
—Es un Waldeck , al fin y al cabo.
—¿Y qué?
—Muchas chicas lo considerarían una gran elección. Como está matriculado aquí, forma parte del territorio adecuado de caza y pesca.
—Por favor, no me digas que eso es algo real.
—Claro que sí. ¿Por qué crees que nuestros padres nos encierran en universidades privadas de lujo? — Becca señaló las gradas—. Los míos esperan que elija a alguien de su mismo «nivel».
Intercambié una mirada con Aimee .
—A los míos les vale cualquiera, siempre que no tenga antecedentes penales y no sea fan de los Dallas Cowboys ; y a mí no me interesa nadie de la universidad. Solo quiero graduarme y volver corriendo a casa.
Empezaba a entender lo que tenía en común nuestro extraño trío.
Becca me apoyó la barbilla en el hombro.
—Adivina quién es el más codiciado del reino —susurró, sin que nadie más la oyera, aparte de mí.
Casi me atraganto con una patata frita. Con razón las estudiantes se habían arreglado tanto para venir. Los chicos estaban allí por respeto al rol institucional, pero las chicas…
Algunas imágenes fugaces de dos noches antes me invadieron la mente. Caleb y yo en el cuarto de la limpieza del museo, yo luchando con su sudadera para quitársela, él devorándome a besos, nuestros cuerpos atraídos como imanes.
A las otras ni siquiera las rozaba para llevárselas a la cama y nada más, pero conmigo no se había contenido. Yo me encontraba tan abajo en la escala de las «buenas chicas», era tan improbable como candidata, que ni siquiera me consideraba una amenaza.
Era la chica que había accedido a que pasara algo en el avión, y que también habría accedido sobre cualquier otra superficie.
Aimee hizo un gesto para señalar las pistas a nuestros pies.
—Están entrando.
Dirigí la mirada hacia el centro del pabellón y vi a un grupo de atletas encabezado por cuatro figuras masculinas que avanzaban abriéndose paso.
Eran altos, imponentes, iban enfundados en una especie de traje blanco que dejaba poco espacio a la imaginación: la tela se ajustaba a los muslos y la parte superior destacaba las líneas del pecho y los hombros.
Caminaban como los jinetes del Apocalipsis, con la cabeza descubierta, con Caleb en el centro del desfile.
Los nombres de los demás me los sabía de tanto oírlos en los pasillos.
A su izquierda estaba Lukas Cavendish : rubio, futuro político, con aire de quien te promete la luna y las estrellas por la noche y por la mañana ya lo ha olvidado todo.
A su derecha estaban Ambrose y Benedict Seymour : hermanos gemelos, fiesteros, alborotadores, aparentemente sin una sola preocupación.
Todos llevaban bajo el brazo el casco que se pondrían cuando empezara la competición.
Las hojas desnudas de los floretes brillaban bajo los focos mientras saludaban a las gradas.
Caleb fue el primero en llegar a la pista y se colocó la máscara protectora en medio de un expectante silencio general.
—¿Verdad que es increíblemente follable? —suspiró una chica detrás de mí.
— Isobel le ha pedido salir con él —comentó otra—. De nuevo.
—¡Me imagino la respuesta!
—«Eres muy amable, Isobel , pero ahora mismo estoy centrando toda mi atención en los estudios» —imitó la otra.
—Podría centrarse en mi estudio… anatómico. Me ofrezco como conejillo de Indias —rio la primera.
—No tienes ninguna oportunidad con él. ¡Y eso que sus mejores amigos se acuestan con cualquiera! ¿Por qué él no puede relajarse un poco también?
—Su novia francesa.
—No son novios como tal.
—Pero cuando él va a París, siempre está con ella, ¿no?
—Nunca pasará de ahí, daddy De Montfort apunta mucho más alto para su heredero. Cualquiera de nosotras sería mejor opción que esa, créeme.
—No precisamente cualquiera —la corrigió su amiga.
Sí, hablaban de mí.
Di un largo sorbo por la pajita y dejé de escucharlas. La Cherry Cola me descendió por el esófago y me inflamó el estómago con su ácido de sabor a cereza, mientras me concentraba en Caleb , inmóvil en la línea central de la pista.