Némesis (Monfort College 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

La sujeté por la nuca. Estaba al borde del punto sin retorno, y ella desafiaba el abismo conmigo.

—¿Algo más?

—No.

—Perfecto.

Salvé la última, e ilusoria, distancia y atrapé sus labios con los míos. Ivy se aferró a mi cuello, se apretó contra mí para darme acceso completo a ella, y me hundí. Me sumergí en ella.

El recuerdo del avión, que me había atormentado durante semanas, desapareció frente a la realidad de ese cuarto olvidado de la Galería de Arte De Montfort .

Me mordió el labio inferior, aceptó mis besos y yo, presa de la desesperación, le sujeté el rostro entre las manos para hundir la lengua una y otra vez en su boca.

La deseaba, pero ella también me deseaba a mí. Respondía a cada ataque con el mismo frenesí impaciente. Sabíamos que después no se repetiría, y por eso estábamos decididos a tomar todo lo que el ahora nos ofreciera.

Sentí que sus manos me subían por la sudadera y me la levantaban.

Sus dedos delicados se deshicieron de cada capa de tela hasta encontrar mi piel desnuda y recorrieron los surcos de mis abdominales y pectorales como si quisieran marcarlos con sus huellas dactilares.

Le agarré el culo con las manos abiertas y la levanté, mientras ella me rodeaba la cintura con las piernas, su espalda contra la pared.

Mi erección se apretó contra ella con fuerza, e Ivy me rodeó la nuca con sus manos y reanudó su apasionado beso. Cuando nuestras lenguas se encontraron, todos mis nervios se encendieron hasta sofocarme, en un estado de maravilla absoluta.

—¿Es como lo recordabas? —jadeó.

—Es fantástico. —Sofoqué un gemido contra su cuello—. ¿Por qué demonios es tan increíble contigo?

Se rio. Su risa era el sonido más bello del mundo.

Todo en mí gritaba que la desnudara, que me desnudara, que nos perdiéramos en ese espacio robado en ese rincón escondido. A la mierda las reglas, a la mierda la racionalidad. Lo necesitaba, solo una noche, solo media hora.

La bajé al suelo, agarré la sudadera por los extremos y me la quité antes de lanzarla a un lado. Tanteé lo que parecía un mueble y levanté a Ivy para ayudarla a sentarse encima, y entonces ataqué su cuello descubierto.

Era una locura, pero me daba igual.

La mordisqueé bajo la oreja. Ivy enlazó las piernas alrededor de mi cintura y me encadenó a ella. La sujeté por la cintura y la pegué a mi pelvis. La falda se había subido y mi erección rozaba la capa de tela que nos separaba. Solo tenía que apartarla para hundirme en ella.

—Dios mío, Caleb …

Su gemido ahogado me volvió loco.

—Shhh. —Le puse un dedo en los labios—. En silencio o nos van a oír.

—Necesi…

El sonido agudo de una sirena rasgó la burbuja en la que estábamos, y los brazos de Ivy se apartaron de mis hombros en un acto reflejo.

«No, por favor, vuelve a tocarme…».

—Esos idiotas han hecho saltar la alarma tocando alguna estatua —dedujo.

—Ya. —Me cubrí la boca, sin aliento.

¿Qué coño había sido aquello?

Una tormenta de pasos estalló al otro lado de la puerta; destellos de luz asomaban a intervalos por la rendija bajo la puerta. Los aspirantes a formar parte de la fraternidad corrían en desbandada, sin preocuparse por dónde apuntaban las linternas.

—¡Moveos! —gritó alguien—. ¡Fuera! ¡Fuera antes de que lleguen los miembros de seguridad!

El alboroto se desvaneció en la nada.

Ivy relajó el agarre de sus piernas alrededor de mi cintura y me liberó.

Me agaché y busqué la sudadera en el suelo.

La cabeza me daba vueltas, el corazón latía con rabia por la interrupción y todos mis puntos de referencia habían estallado sin piedad.

Todo me gritaba que volviera a ella… o que huyera lo más lejos posible.

Oí que Ivy se bajaba del mueble de un salto.

—¿Se habrán ido?

—Si tenemos suerte, sí. —Avancé a tientas hasta la bolsa de deporte—. Si no tenemos tanta suerte, nos encontraremos con ellos y con el equipo de seguridad del campus.

—¿Los guardias no están a tus órdenes?

—Están a las órdenes de mi padre. —Y si nos descubrieran, le dirían con quién estaba a solas…—. Vámonos. Ahora o nunca.

Abrí la puerta. Una linterna encendida, abandonada en la huida, rodaba por la esquina del pasillo. La cogí y, en cuanto Ivy se colocó a mi lado, se la tendí.

Corrimos directos hasta la sala ocho: los miembros del equipo de seguridad estaban accediendo al edificio por la entrada principal cuando nosotros cerramos el pasadizo secreto y desaparecimos de la galería sin que nos descubrieran.

Recorrimos el trayecto hacia la residencia femenina, a través de los pasadizos originales del edificio, sin dirigirnos la palabra.

Cada uno estaba encerrado en su propio silencio de juicios y remordimientos.

Cuando llegamos a la sala de mantenimiento de Abbott Hall, abrí la cerradura que daba al pasillo del segundo piso.

—Sana y salva en tu dormitorio —anuncié.

Con un gesto torpe, Ivy me ofreció la linterna.

—Toma.

—No, quédatela —dije—, por si acaso.

No le di tiempo a replicar: cerré la puerta del pasadizo y me interné de nuevo en las entrañas del edificio. Era menos peligroso recorrer todo el camino a oscuras que pasar un segundo más a solas con ella.