Némesis (Monfort College 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Ivy no dijo nada durante unos largos segundos que pesaron como una losa.

—Si eres el hijo de la familia que dio nombre a esta universidad, ¿por qué no eres el presidente de la fraternidad?

—Porque la fraternidad es un compromiso político.

—No parece una gran explicación.

—Es terreno de los extremistas. Cuando se fundó la universidad, mi familia aportó gran parte del dinero necesario, pero otras familias también tuvieron un papel decisivo.

Los Waldeck y sus aliados eran los más conservadores…

y tenían una cierta inclinación a la agresividad y la intolerancia.

La fraternidad fue el acuerdo al que llegaron para que se desahogaran de forma controlada.

—¿Y todos los Waldeck han sido así?

—No todos. Pero las familias tienden a fomentar su propio legado en las generaciones sucesivas: mantienen las tradiciones conservándolas lo más intactas posible.

—¿Como en la nobleza europea?

Apreté los labios.

—En el fondo, venimos de ahí, ¿no?

—¿En serio?

¿Ni siquiera sabía eso?

—Sí, así es. Y también vale para ti, Ivy , al menos a medias. La familia de mi padre es de origen francés; la de tu madre, en cambio, es inglesa.

—¡Imposible, lo más inglés que corre por mis venas es el té que bebo de vez en cuando!

—Dices eso porque creciste lejos. Y, en parte, entiendo que para ti solo seamos unos chavales aburridos que se creen el ombligo del mundo. Pero no cometas el error de pensar que todo nos resulta fácil.

—¿Vas a soltarme ahora el discurso de «los ricos también lloran»? Porque, si es así, para el carro. No creo que pueda soportarlo.

Qué subversiva.

—Nunca vas a reconocerme ninguna autoridad, ¿verdad?

—Nunca —confirmó.

Busqué con la mano el contorno de su cuerpo hasta encontrar su cintura y sujetarla del modo que sabía que le gustaba. Ivy dejó escapar un leve gemido de aprobación que me disparó los latidos hasta la estratosfera. Puso su mano sobre la mía y sus dedos recorrieron las tiritas de mis nudillos.

—¿Te has hecho daño?

—Un pequeño incidente en la pista. Deberías ver cómo ha quedado Lukas .

—Muy tranquilizador —rio.

Su risa me estremeció la piel.

No la veía, ella no me veía a mí, pero podría haberla esbozado sin margen de error con los labios entreabiertos, los ojos como platos en el instante previo a perder el equilibrio, la curiosidad bailándole en la mirada como una promesa que espera el momento en que se cumplirá.

Ejercí una leve presión y la hice retroceder hasta la pared.

—Eres un incordio, Abbott —murmuré.

—Hago todo lo posible por no decepcionar tus expectativas.

La forma en que me hablaba, con sarcasmo, sin deferencia, sin buscar mi aprobación (de hecho, pretendía conseguir todo lo contrario), me encendía.

—Se te da de maravilla.

Sus caderas me rozaron las palmas cuando se puso de puntillas. Estábamos tan cerca que mi polla lo malinterpretó y se puso erecta dentro de mis pantalones de deporte. Mierda, con ella reaccionaba de forma inoportuna. Ya no era dueño de mi propio cuerpo.

¿Por qué la deseaba tanto? No podía ser solo la atracción por lo prohibido. Cuando la conocí, ni siquiera sabía quién era, y aun así anhelaba tocarla, besarla, follarla. Y luego volver a empezar.

Incliné el rostro y nuestras narices se rozaron.

—¿Te apetece pintar la oscuridad, Ivy ?

—¿Cómo?

—Llenémosla con algo que te haga pensar en cualquier cosa menos en los monstruos que se alimentan de tu miedo.

—¿Alguna sugerencia?

Bajé las manos para jugar con los pliegues de su falda. A pesar de que muchas habían intentado ligar conmigo hasta la extenuación, en los últimos tres años no había tocado a ninguna estudiante. Ni a una sola. Nunca.

Ella era la primera.

Tenerla bajo mis dedos mientras vestía el uniforme de mi universidad inyectó más sangre en mi erección.

Llegué hasta el dobladillo de los pliegues y, por fin, encontré sus muslos desnudos. Un vacío lógico se adueñó de mi cerebro en el instante en que le toqué la piel suave, subiendo poco a poco, mientras la tela de su falda se amontonaba a la altura de las muñecas.

—¿Todavía tienes miedo de la oscuridad?

Ivy tragó saliva.

—Ahora mismo no…

—Déjame adivinar. —Mis manos siguieron subiendo hasta acariciar la costura de sus braguitas y recorrieron la curva de su culo—. Esto es un poco menos desagradable que tus pesadillas.

— Caleb —suplicó.

Una descarga de excitación me traspasó el sistema nervioso. No soportaba su presencia inesperada, odiaba el hecho de que pudiera ganarme y arrebatármelo todo sin ni siquiera saberlo, detestaba a su problemática familia. Y aun así la deseaba como nunca había deseado a nadie.

Haberla tenido unos minutos, con el tiempo contado, encajados en un asiento de avión o en la zona de recogida de equipajes del aeropuerto, no había bastado para saciar mi hambre de ella. No podía dejar de desearla.

—Besarte en aquel avión me condenó.

—¿Soy una condena?

Jugueteé con la goma de su ropa interior.

—Eres una maldición…

—Bien. —Se acercó a mi boca y nos empujó a un paso del desastre—. Porque tú para mí eres lo mismo.

—Dame un motivo para detenerme.

—Mañana nos arrepentiremos los dos.