Némesis (Monfort College 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Caleb

Un haz de luz intensa se filtró por las ventanas que había en la parte superior, y luego se desvaneció en la oscuridad. Linternas. Claro que llevaban linternas. Joder.

Moví a tientas los brazos hasta encontrar el rostro de Ivy y lo sostuve en el hueco de las manos.

—Escúchame. —En la oscuridad solo podía intuirla, pero su respiración vacilante me hizo cosquillas en la boca, lo que indicaba lo alterada que estaba—. Están ahí fuera. Ahora no podemos salir. Si abrimos el portón, entrarán.

—Bien. Ellos entran y nosotros salimos…

Negué con la cabeza.

—No es buena idea. Para nada. Están en modo incursión.

—¿Y eso qué significa?

—Hay reglas para esta noche. Para formar parte de la fraternidad, cada novato tiene que hacer algo ilegal. Y los veteranos no se echarán atrás, llevan todo el año esperando esta noche. ¿Lo entiendes? Si hacen algo ilegal, se lo perdonarán.

—¿Qué se les perdonará?

—Cualquier cosa, Ivy . —Joder—. Solo hoy, esta noche, tienen permiso para hacer lo que quieran, siempre que no hagan saltar las alarmas y se presente el equipo de seguridad.

—Cuando dices «hacer lo que quieran», ¿te refieres también… a las personas?

—Sí.

—¿A nosotros?

Incliné la cabeza a un lado.

—A mí no me tocarán, no son tan estúpidos.

Pero se divertirían de lo lindo dándole caza a ella.

Eran las reglas, estúpidas y arcaicas, pero seguían siendo las reglas: Ivy estaba fuera de la residencia, el territorio seguro acordado para la noche de la iniciación.

Y, por supuesto, Malcolm Waldeck estaría supervisando la incursión.

Era el nuevo presidente y una auténtica bomba de relojería.

Ella lo había rechazado dieciocho veces seguidas delante de mis narices durante las últimas clases de Arte, y él la trataba con la misma impaciencia que un niño pequeño a un juguete nuevo.

Si la encontrara… si la atrapara, yo no podría intervenir, lo único que podría hacer sería involucrar a la seguridad del campus.

Y sería demasiado tarde.

Un ruido metálico captó nuestra atención. Alguien estaba forcejeando con la cerradura, al otro lado del portón.

Ivy dio un respingo.

—¿También tienen las llaves para entrar?

¡Joder!

—Se las habrán robado al conserje. —Le agarré la mano—. Tenemos que irnos. Ahora mismo.

Quise tirar de ella para sacarla de allí, pero Ivy opuso resistencia con su brazo.

—¡Espera! En ese lado está oscuro. ¿Estás seguro de que…?

—¡ Ivy , no hay tiempo! ¡Tienes que confiar en mí!

Le estaba pidiendo lo imposible. No podía confiar en mí. Seguro que su querida tía ya la habría puesto en guardia respecto a mi familia.

Y, sin embargo, comía casi siempre con mi hermana. Aunque Becca hubiese escogido acercarse a ella para cabrear a nuestro padre, parecía que se llevaban mejor de lo previsto.

—De acuerdo —se rindió—. Te sigo. A oscuras. De noche. ¡Con unos locos irrumpiendo en un edificio prohibido! ¿Por qué no? No tendrás por casualidad la linterna de la otra vez, ¿no?

—No, la dejé en la mochila de los libros. Si no, ya la habría usado.

—¿No llevas nada en la bolsa que pueda ayudarnos?

—Tengo un florete, pero preferiría no tener que amenazar a nadie con ensartarlo.

La cogí con firmeza de la muñeca, me orienté con el brazo extendido para esquivar los obstáculos y me moví guiándome por la memoria entre las obras expuestas. Gracias a Dios, conocía bien el edificio: en los últimos años, había pasado la mayor parte del tiempo allí dentro.

Esquivé las dos instalaciones centrales, el poste que había tirado antes y aceleré el paso. Ivy voló tras de mí, tan impaciente como yo por salir de allí.

Unos golpes en el portón nos hicieron correr más.

Giramos a toda prisa hacia el pasillo, y entonces la cerradura cedió, las hojas de madera maciza se abrieron con un chirrido pesado, y risas de camaradería y gritos estruendosos estallaron en la entrada.

Unos haces de luz llegaron hasta nosotros y nos regalaron una visibilidad mínima.

Llevaban linternas. Nos sacaban ventaja.

Y eran demasiados.

— Caleb —susurró Ivy .

Me detuve en seco, buscando frenéticamente una vía de escape. El pasadizo que conducía a Abbott Hall estaba lejos de allí. ¿Podríamos llegar si echábamos a correr? Tal vez sí, tal vez no. Si nos seguían, descubrirían el pasadizo y la cogerían a ella. Y el error no lo pagaría yo.

Podía desenvainar el florete y mantenerlos a raya. Podía ordenárselo.

Pero, si me entrometía, rompería el equilibrio político de Montfort . Mi padre se enteraría en un abrir y cerrar de ojos. Exigiría explicaciones que yo no podía proporcionarle.

Miré el pasillo: estaba oscuro como la boca del lobo. No veíamos nada.

Estábamos atrapados.

—Cambio de planes. —Rebusqué en el bolsillo exterior de la bolsa y saqué mi manojo de llaves—. Busquemos la puerta de servicio más cercana.

Las voces excitadas se aproximaban. Los teníamos casi encima.

Ivy me tocó el hombro. Era un manojo de nervios.

—¿Nos sirve esa?

Asentí.

—Corre.

Volamos hasta la puerta y nos estampamos contra ella. Ya había localizado la llave correcta y, sujetándola con firmeza, la metí en la cerradura.

— Ivy , entra. —Le puse una mano en la espalda y la empujé hacia dentro.

Se metió con rapidez y yo la imité. Cerré la única barrera que nos ocultaba de aquellos dementes y, en ese preciso instante, vi un haz de luz alargarse hasta la entrada del pasillo.

Justo a tiempo.

Giré la llave deprisa. Al cabo de un segundo, los aspirantes a formar parte de la fraternidad invadieron el punto exacto en el que estábamos hacía unos instantes.

Me dejé caer de espaldas contra la puerta y espiré lentamente.

La bolsa se me resbaló del hombro y se estrelló en el suelo con un golpe sordo.

Por suerte, afuera estaban armando demasiado jaleo como para darse cuenta.

Ni siquiera sabía dónde estábamos, probablemente en algún cuarto de limpieza, pero al menos allí nadie nos buscaría.

Una línea de luz se filtró por debajo de la puerta cuando pasaron por delante. Alcancé a distinguir una hilera de detergentes. Una estantería con varios productos. Un armario bajo. Y luego… otra vez la oscuridad.

—¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí? —susurró Ivy .

—Lo que haga falta para no provocar incidentes diplomáticos que puedan comprometer nuestro año académico.

—Fantástico.

Se movió y aterrizó en algún punto a mi izquierda. Su respiración era demasiado acompasada y profunda para ser natural. La estaba controlando.

Despegué la espalda de la pared.

—Ahora voy a tocarte. No te asustes.

—No estoy asustada —gimió—. Bueno, vale, quizá solo un poquito…

Tanteé el aire hasta encontrar el perfil de sus hombros y la atraje hacia mí, abrazándola con fuerza.

Tras un instante de vacilación, Ivy dejó caer la cabeza contra mi pecho. Se acomodó con naturalidad, sin decir una palabra, y a mí se me formó un nudo en la garganta que no sabía cómo deshacer.

Yo nunca había sido el De Montfort que cuidaba de los demás.

Ese era el papel de Oliver , no el mío. Racionalmente, sabía que debía interrumpir aquel contacto y restablecer la línea de demarcación que debía separarnos, pero aún tenía la adrenalina por las nubes y cada fibra de mi cuerpo me suplicaba un poco más.

Solo un poco más de ella, eso era todo lo que pedía.

Apoyé los labios en su frente.

—¿Por qué te da miedo la oscuridad?

—Me hace imaginar… cosas.

—¿Cosas malas?

—Las peores —admitió—. En esos momentos, no puedo razonar ni fiarme de mis sentidos. Es como si reviviera despierta cada una de mis pesadillas; y no importa que no existan de verdad, mi cerebro se las traga todas como si nada…

—Creas miedos del mismo modo que creas arte —murmuré.

—¿Qué arte, ese demasiado desordenado y emocional?

Sonreí ante ese deje beligerante de su voz.

—¿Quieres que te diga que eres buena?

—No —murmuró.

—Mentir no es uno de tus talentos, Ivy .

—No —repitió—, quiero que reconozcas que soy buena.

Contuve el aliento, tratando de mantener la compostura. ¿Cómo narices se las arreglaba para ser tan directa, como si no necesitara ningún tipo de filtro cuando se trataba de mí?

—¿No recibías suficientes halagos de tu exnovio?

—Ya te dije que no puedes usar a Joshua contra mí.

—Ah, así que el perdedor se llama Joshua …

— Caleb , déjalo estar.

Torcí la boca.

—No lo voy a dejar estar, sobre todo si ese tío está usando una idea tuya y piensa presentarla al premio contra mí.

—¿Estamos dando por hecho que a la fase final llegarás solo tú?

—Sí.

Se escabulló de mis brazos. Chocó con algo y sofocó una maldición en voz baja.

—Deja de hacer jaleo, Abbott , o llamarás su atención.

—¡Y tú deja de llamarme por el apellido de mi madre!

—También es el tuyo.

—¡No! No, ¡yo soy una Williams ! ¡No soy una hija de papá aburrida, esnob y cruel como vosotros!

El estómago se me revolvió por el enfado.

—¿Hace dos segundos estabas pegada a mí y ahora, de repente, soy un hijo de papá aburrido, esnob y cruel?

—Solo quiero salir de este zoo de psicópatas y volver a mi vida normal…

Ahora también era un psicópata.

—Entonces, vete —siseé entre dientes.

—¿Cómo, perdona?

—Sal de aquí y vete.

Que se las apañara. Que Waldeck o cualquiera de los Crimson Monarchs que estaban deseando experimentar con el poder que les regalaba esa estúpida fraternidad se entretuviera con ella. ¿Por qué me importaba?

«Porque aspiras a ser un hombre decente, y ella no merece que la traten sin respeto».

El eco de lo que habría dicho Oliver , si estuviera vivo, me propinó una dosis de nostalgia y remordimiento que hacía tiempo que no sentía.

Sofoqué el recuerdo de mi hermano, pero aquellas palabras siguieron resonando en mi cabeza como una advertencia.

—¿Sigues ahí? —pregunté, dirigiéndome a la nada.

—Sí, pero ahora me voy.

Ivy pasó a mi lado con un leve roce y me moví a ciegas para cortarle el paso.

—No salgas.

—Pero acabas de decir…

—Lo he dicho porque estaba enfadado. No salgas —repetí—. Podrías arrepentirte, créeme.

—¿Y por qué debería confiar en ti?

Resoplé con ironía.

—No lo sé, pero espero que encuentres un buen motivo que te convenza para hacerlo.