Capítulo 16
Ivy Rose
Una sensación fría y viscosa me recorrió el estómago en cuanto la oscuridad sustituyó la luz de las lámparas de neón y me vi atrapada en una ceguera absoluta.
Ningún punto de referencia.
Oscuridad. Solo eso.
—Oh, mierda —susurré.
Espirales de tensión se me enroscaron alrededor de los dedos y me treparon por las muñecas hasta congelarme los brazos y los hombros.
—¿ Ivy ? —La voz de Caleb era un hilo fino.
—Mierda. —Me palpé la falda, la chaqueta, aunque sabía que no llevaba nada útil encima—. ¡No tengo el teléfono!
— Ivy .
Di un paso atrás y choqué de espaldas contra el portón.
Era sólido. Una certeza. Pegué la espalda a él y me aferré con los dedos. Respirar. Tenía que respirar. Exhalé el aire y volví a inspirar, dentro y fuera, dentro y fuera, aunque era en parte como intentar achicar agua en una inundación con un cubo agujereado.
—Mierda, mierda…
— Ivy —gritó Caleb . Debía de estar a unos veinte metros de mí, al otro lado de la sala—. Respira.
—¡N-no puedo!
—Sí que puedes, claro que sí.
—¡N-no! ¿Dónde está el conserje? ¡Tiene que venir a buscarnos, no puede dejarnos aquí!
—No queda nadie en el edificio. Se han ido todos.
Un gemido se me escapó de los labios.
—Oh, joder…
Intenté orientarme, pero, donde antes había cuadros que estudiar y estatuas que admirar, ahora solo había un cúmulo amenazador de sombras difusas que se sumergían en la oscuridad.
Cerré los ojos con fuerza, aterrada ante la idea de que la sala se inclinara y todo lo que contenía se me echara encima.
«No puede pasar. Está solo en tu cabeza…».
Me llevé las palmas sudorosas a la frente. Me iban a engullir. Me estaba derrumbando por dentro, podía notarlo.
No, no, no tenía que pensar eso. Mi antiguo terapeuta en Orlando… sus técnicas de relajación. «Todo pasa a través de la respiración. Contrólala. Despacio, sin forzarla…».
—Este lugar es seguro. —Me puse una mano en el pecho. El corazón iba a estallarme—. Estás en un lugar seguro. Estás a salvo…
En alguna parte de toda aquella oscuridad oí un ruido amenazador de algo que se acercaba. Hacia mí.
«No es nada. Solo es el miedo».
—¿C- Caleb ? ¿Sigues ahí?
—Soy yo. Me estaba moviendo.
—¿Te estás yendo? —susurré, angustiada.
—No me estoy yendo.
—Por favor, te lo suplico —jadeé—, no te vayas.
Oscuridad. Silencio.
Me clavé las uñas en las palmas temblorosas. «Puedo no tolerarte incluso sin hacerte daño», me había dicho. Pero no me toleraba. No me debía nada.
No me ayudaría.
—¿Puedes… venir aquí?
—¿Quieres que me acerque a ti? —preguntó, cauto.
Reprimí el impulso de llorar por la humillación.
—Sí.
Dudó.
—¿Estás segura?
La respiración se me quebró en pequeños sollozos.
—¡Sí! S-sí. Estaré en deuda contigo, haré lo que quieras, no importa. Pero ven aquí. Por favor…
Durante un largo instante, no obtuve ninguna respuesta.
—Vale —susurró con un hilo de voz apenas audible—. Voy.
—Bien, gracias. Oh, Dios, gracias…
—¿Te has movido?
—Solo un… un poco hacia atrás, estoy en la entrada.
—Extiende las manos para que te encuentre sin chocar contigo. Y respira.
—¡E-estoy respirando!
Unos pasos se desplazaron por el suelo, y me temí lo peor. Un golpe metálico se propagó a través del silencio.
—Joder.
—¿C- Caleb ?
—He tirado un separador al suelo, pero ya casi estoy. Si no lo has hecho, levanta los brazos para que te pueda encontrar.
«No puedo», estuve a punto de decir. «No puedo moverlos».
Me concentré y despegué lentamente las manos de la superficie sólida del portón. Me las iban a cortar. No podría volver a dibujar.
«No es real. No son pensamientos reales».
Ignorando la ausencia de referencias, el aire denso, el vacío que se lo tragaba todo, me obligué a extender los brazos y los elevé como si pesaran una tonelada. Esperé.
Algo me rozó las yemas de los dedos. La adrenalina disparó mis pulsaciones más allá de la taquicardia. Me sobresalté, me pegué contra la puerta para sostenerme en pie, pero antes de que pudiera apartarme, algo me sujetó.
—Eh, soy yo.
Sentí sus dedos entrelazarse con los míos. Eran largos y cálidos; las tiritas que llevaba en los nudillos me rozaron la piel.
Se me escapó un sollozo ahogado y me lancé hacia delante para hundir el rostro en su sudadera con el mismo alivio desesperado de una náufraga que se aferra a una boya.
Caleb absorbió el impacto sin moverse. Apoyé la sien en su pecho y escuché sus pulmones expandirse y contraerse con un ritmo tranquilizador.
Lo estaba usando como ancla. Una salvación, aunque fuera temporal.
Y él me lo permitía.
— Caleb …
Noté que inclinaba su cabeza hacia la mía.
—No corres ningún peligro. Estás a salvo.
Apoyada en su pecho resultaba más fácil respirar, y el sonido de su voz era… agradable. Inspiré y solté el aire de forma controlada.
—Pensaba que no lo conseguiría.
—Te garantizo que no he contratado a asesinos despiadados apostados en la sombra para acabar contigo en el primer apagón programado —bromeó.
Me apreté más contra él y volví a respirar.
—Sé que ya soy lo bastante mayor como para no tener miedo a la oscuridad…
—No tienes que darme explicaciones.
Dudó, y luego su brazo me rodeó la espalda con delicadeza. ¿Cuánto le estaba costando consolarme? ¿Ahora tampoco me toleraba?
No importaba, ahora no. Aceptaría cuanto estuviera dispuesto a concederme.
Cerré los ojos y aspiré su aroma sofisticado a tierra y cedro mezclado con el olor natural de su piel.
La vista no servía de nada, así que mi mente reconstruyó el momento utilizando la imaginación.
Con los ojos cerrados, nos vi a él y a mí, abrazados en la oscuridad.
No éramos dos rivales, solo dos personas en el mismo bando.
—He ido a terapia, conozco los ejercicios de respiración, sé lo que son los pensamientos intrusivos y cómo gestionarlos —confesé en el silencio—. Normalmente se me da mejor controlarlos, pero me cuesta cuando ocurre de repente.
—Vale. No pasa nada.
—¿Se lo dirás a alguien?
—Bueno, al principio pensaba publicar un anuncio en internet para compartir algún secreto tuyo con millones de personas, pero ahora que me has descubierto ya no me resulta tan satisfactorio.
—Qué gracioso.
—Apuesto a que estás sonriendo —me provocó.
Sí, estaba sonriendo.
Caleb me alzó la barbilla con los dedos.
—Mira, por las ventanas de arriba entra un poco de luz.
—Es tan poca que ni siquiera te veo. Si no te estuviera tocando, pensaría que estoy sola.
—Y yo que creía que te gustaba tenerme de rehén —bromeó.
—Te tengo de rehén porque me has prometido que no me harías daño.
—Al parecer, te hago muchas promesas, Abbott .
Con la bolsa de deporte meciéndose junto a nuestras caderas, Caleb me recorrió la espalda hasta el centro de los omoplatos y luego presionó la palma para atraerme por completo hacia su cuerpo.
Su corazón latía contra el mío.
—Otra promesa: ahora tus ojos se acostumbrarán a la oscuridad y este lugar te dará menos miedo.
—¿Y… tus ojos?
Se tensó.
—¿Lo sabes?
—Me lo dijo tu hermana. ¿No te avisó?
— Becca solo me cuenta lo que le conviene —respondió entre dientes—. Y no, en la oscuridad mis ojos ven lo mismo que los tuyos. No soy un gato.
—¿Cómo encendemos las luces?
—No las encendemos.
—¿La profesora seguirá en el despacho? ¿También la han dejado a oscuras?
—Las salas que hay en la parte trasera tienen otra línea eléctrica. Esa no se corta, pero la de la galería sí. De todos modos, creo que ya se habrá ido hace rato.
—¿Tienes tus llaves encima? —le pregunté.
—Siempre.
—¿También pueden abrir el portón?
Asintió, en silencio. Y entonces contrajo hasta el último músculo de su cuerpo escultural en señal de alarma.
—¿Qué pasa? —Me agité entre sus brazos.
—Alguien… hay alguien al otro lado del portón.
En realidad, más de una persona. Se oía un vocerío numeroso y alegre, esa especie de despreocupación sintética alimentada por alguna sustancia que, por supuesto, el reglamento de la universidad no aprobaba.
—Por eso la señorita Mitchell nos citó juntos y tenía tanta prisa por terminar —murmuró—. Es el primer viernes de otoño. ¿Cómo he podido olvidarlo?
—¿Olvidar el qué, Caleb ?
—Es la noche de iniciación de los nuevos miembros de los Crimson Monarchs .