Némesis (Monfort College 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Caleb

La bolsa de deporte con la muda me golpeaba la cadera al ritmo de mis zancadas mientras avanzaba a toda prisa por el pasillo secundario hacia el despacho de la profesora Mitchell .

La luz de la tarde ya se había difuminado para dar paso a un atardecer oscuro, señal de que el entrenamiento se había alargado mucho más allá de la hora a la que mi tutora me esperaba.

Odiaba a la gente que llegaba tarde, y yo llegaba tarde ahora.

En mi defensa, había avisado con tiempo al entrenador Jones de mi reunión, pero él, con mucha calma, había fingido que lo había olvidado: el domingo teníamos el amistoso contra Yale y estaba empeñado en «machacarlos», así que nos retuvo en la pista hasta que estuvo un poco menos asqueado de lo habitual.

Había atacado tanto con el florete en las últimas horas que los ligamentos de los hombros me ardían, los brazos suplicaban piedad y los nudillos me volvían a sangrar. Ahora solo soñaba con una cena decente y mi cama.

Al llegar a la parte trasera de la zona de exposición de la galería, cerca de los talleres, reduje el paso. Regulé la respiración, recorrí los últimos metros con más calma, para presentarme en condiciones, y abrí la puerta del despacho.

—Profesora, disculpe el retraso.

Me detuve en seco.

La señorita Mitchell no estaba sola.

En el caótico desorden organizado del despacho, con la mesa invadida por papeles, bolígrafos y una lámpara vintage de latón, una chica me daba la espalda.

El pelo recogido en una cola de caballo se le balanceaba sobre la blusa, metida por dentro de la falda del uniforme.

Entonces, giró el torso y me encontré cara a cara con la persona que llevaba días evitando.

Ivy Rose Abbott .

—Señor De Montfort —carraspeó la profesora Mitchell —, la señorita Abbott - Williams y yo no hemos terminado.

—Pero mi reunión era hace casi una hora…

—Exacto, hace una hora. Yo he esperado. Y después le he dado paso a ella.

Reconocí la documentación del premio Rosenberg esparcida sobre la mesa, pero cualquier detalle perdió relevancia ante la enorme estructura que se alzaba junto a ella.

Era un lienzo de algodón de superficie lisa que había absorbido los pigmentos acrílicos en lo que solo podría describirse como una explosión de color.

Seguí con mirada hambrienta las líneas de la composición.

Era una chica pintada de perfil, de medio busto, y de su cabeza se erigía, pieza a pieza, un castillo de muros y nubes, una casa hecha de pensamientos y recuerdos.

Mil escenas dentro de un solo cuadro. Era como habitar su alma.

Era enorme y… no permanecía quieto. Tan solo había que desplazarse un poco para que cambiara la emoción que representaba. Era imaginativo.

Ivy debía de haber trabajado día y noche.

La profesora Mitchell se apartó a un lado para que pudiera verlo mejor.

—Es la propuesta de la señorita Abbott - Williams para el premio Rosenberg .

No podía ser otra cosa.

—¿Qué opina, señor De Montfort ?

Miré a la profesora.

—¿Análisis técnico o emocional?

—Ambos.

Apreté los labios.

—Bueno, es… interesante. La técnica es buena, y la creación de los detalles también es notable. Se nota que la artista no se ha dejado nada en el tintero.

Ivy adoptó una postura defensiva.

—Suelta ya el «pero».

—El resultado también es confuso.

—¡¿Confuso?! —estalló, indignada.

—Explíquese mejor, Caleb —intervino la profesora Mitchell .

—Aunque está bien pensada, la composición parece…

emocionalmente desordenada. Demasiados elementos compiten por la atención en detrimento de un único punto focal de fuerza.

—La miré directamente a los ojos—. La próxima vez considera el uso de líneas guía o una estructura más definida para dirigir el ojo.

El orgullo le brillaba en los iris.

—Pero qué pedazo de…

—Y aquí. —Me acerqué al lienzo y levanté los dedos, pero sin tocarlo—. Algunas imprecisiones en la gestión de la perspectiva.

—¿A qué se refiere con que parece emocionalmente desordenada? —me preguntó la profesora Mitchell .

Lo pensé un poco.

—Creo que la artista estaba enfadada y asustada, y que esos sentimientos se han volcado sin control, en perjuicio del mensaje original que quería transmitir.

—¡Porque estaba enfadada y asustada! ¿Y qué? Mis emociones no restan valor a mi trabajo, ¡en todo caso, lo aumentan!

—Pero se convierten en un problema si no se percibe un sentimiento unificador en el resultado final —repliqué.

—El señor De Montfort es extremadamente controlado en su proceso creativo. —La señorita Mitchell se apoyó en la mesa y estuvo a punto de tirar al suelo todos los papeles—. Es planificador y le gusta tener bajo control cada fase.

—¿Eso en el diccionario no se llama trastorno obsesivo-compulsivo?

—Las mentes de los artistas no son lineales.

—La profesora nos observó con una ternura que parecía reservada a quienes todavía no han entendido los secretos del mundo adulto—.

Ninguna mente es lineal, en realidad. Por mucho que nos guste creer lo contrario, no existe una alineación completa entre nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras acciones.

¿Saben por qué los seres humanos somos los únicos que producimos arte?

Ivy negó con la cabeza, en silencio.

—Somos criaturas estratificadas en pasiones y cimentadas en convicciones; instinto encauzado por la razón. No existen dos seres humanos que vean el mundo de la misma manera, y en esa diferencia reside todo nuestro potencial. Por eso cada visión es, al menos en teoría, única.

—¿Está diciendo que el juicio de Caleb no es objetivo debido a nuestro pasado?

—Al contrario, señorita Abbott - Williams . Nunca le había oído hablar tan bien de la obra de otro estudiante antes de esta noche.

Ivy me miró con escepticismo.

—¿Eso era «hablar bien» ?

Esbocé una mueca enigmática. Era la verdad, pero mejor que permaneciera la duda.

—Señores, pensaba hablar con ustedes por separado, pero, dadas las circunstancias, seré breve.

Dos informaciones. La primera: señorita Abbott - Williams , a partir de ahora ocupará su puesto designado en los talleres.

La semana que viene se les asignarán los trabajos para el examen final del semestre y usted comenzará a trabajar con su compañero de taller.

«Con Malcolm Waldeck ».

Una maldición muda se reflejó en su rostro.

—Sí, profesora.

—Y la segunda: no seré yo quien les asigne esos trabajos, porque esta es mi última semana en el Montfort College .

Un dolor físico me atravesó la cabeza de sien a sien.

—¿Ha pasado algo? ¿No ha alcanzado un acuerdo económico para este curso? Le duplico el sueldo, hablaré con el Consejo de Administración si ha habido problemas con la valoración de los estudiantes o…

— Caleb , no. —La señorita Mitchell me detuvo antes de que también le ofreciera participaciones de la universidad—. He solicitado una excedencia por adopción. Me han llamado para conocer a mi futuro hijo, me marcho la semana que viene.

Tras unos segundos de desconcierto, Ivy sonrió con cortesía.

—Enhorabuena, es una noticia excelente.

—Lamento dejarlos justo ahora, pero mi sustituto ya está al tanto de su participación en el premio, les dará el apoyo que les habría dado yo.

Lo dudaba.

—¿Es un profesor con buenas referencias?

—Por supuesto. Es joven, está motivado y es competente. Es un antiguo alumno; lo formé yo misma. Iba al mismo curso que su hermano Oliver .

Una alarma sonó en mi cabeza.

—¿Quién es?

— Ian Crawford .

«Oh, mierda».

—Durante mi ausencia, el profesor Crawford les acompañará en las próximas fases del premio y hasta la graduación. Estoy segura de que se sentirán a gusto con él.

Cómo no. Era un egocéntrico prepotente que odiaba a Oliver y tenía una predilección malsana por todo lo que orbitaba en torno a las Abbott .

Era un «amigo de la familia» de las Abbott .

Seguro que Daisy Abbott lo había recomendado en persona.

Maldición. Necesitaba el apoyo del profesor de Arte, ¡y con él no lo tendría nunca!

—Ya pueden marcharse. No es buena noche para estar fuera de las residencias.

—Maravilloso —mascullé.

—Y ¿señores?

Su voz nos detuvo antes de llegar a la puerta y nos volvimos al mismo tiempo.

—Ustedes son los estudiantes más brillantes de su curso. —La señorita Mitchell se tomó unos instantes para observarnos, mientras el silencio nos dejaba en ascuas—. Espero que se comporten como tales también durante mi ausencia.

—Sí, profesora Mitchell —respondió Ivy con docilidad.

—Buena suerte a ambos.

«¡Buena suerte, y una mierda!».

Ivy se despidió y desapareció por el pasillo. Yo, al contrario, no moví un músculo. Esperé a que se alejara antes de retomar la conversación.

—Profesora, en cuanto a mi situación…

—No cambia nada. El veredicto del jurado del premio es independiente de los profesores mentores.

— Ian Crawford no me ayudará.

—Hará lo que debe, en calidad de su profesor de referencia.

«No, no es verdad. En cuanto conozca a Ivy , perderá la cabeza por ella».

—Sé lo que significa el premio para usted, Caleb , pero nunca le dejaría en manos de alguien que abusa de su poder. Y hablando de respeto por lo que hacemos… ¿le están sangrando esos nudillos?

Abrí y cerré los dedos de la mano izquierda: las tiritas que me había puesto hacía un rato estaban manchadas de rojo.

—Un pequeño accidente en el entrenamiento.

—Vaya con más cuidado: no puede trabajar con los dedos rotos o heridos, el arte tiene prioridad sobre lo demás.

—Por supuesto, profesora.

—Confío en usted para mantener la paz entre estas paredes.

Habría querido decirle que la paz tan solo era un sueño utópico, pero no servía de nada, así que salí con el corazón sangrando mucho más que los nudillos. Aparté la bolsa con un codazo brusco mientras el eco de mis pasos resonaba al avanzar por el corredor.

La señorita Mitchell había sido mi faro tras la muerte de Oliver . Fue ella quien me sugirió que fuera a por el Rosenberg como vía de escape, quien me hizo desear un futuro distinto al que los demás habían programado para mí. Y ahora el tiempo se agotaba… y todo estaba a punto de desmoronarse.

Me detuve. En los talleres reinaba un silencio sepulcral, pero alguien se dirigía hacia la galería.

¿Por qué narices Ivy había ido a la zona de exposición? Llevaba rato cerrada, el guarda ya había echado la llave en la entrada principal por la que debía de haber entrado. La única salida viable por la noche estaba al otro lado de la planta baja, más allá de los estudios privados.

Las amplias y desiertas salas del museo se cristalizaban en el silencio.

«Ni se te ocurra. Tienes que ignorarla».

«Mantente lejos de ella, es mejor para todos».

Cerré los ojos con fuerza para intentar convencerme.

Pero era obvio que se había perdido. Y la señorita Mitchell también se estaba marchando.

Y en breve el guarda también cerraría la salida secundaria.

Si no se daba prisa, corría el riesgo de quedarse encerrada sola toda la noche, sin poder pedir ayuda.

Recorrí con paso firme el laberinto de salas hasta llegar a la entrada.

Giré en la última esquina y distinguí el eco de sus murmullos irritados.

Me asomé para espiarla. De espaldas, con la cola del pelo balanceándosele sobre los hombros, Ivy tiraba del enorme portón principal sin hacerlo ceder ni un solo milímetro.

—¿Es que intentas echar abajo la puerta de mi galería?

La espalda se le puso rígida y se volvió, con un destello de temor en el rostro.

—Soy yo. —Salí de la penumbra y apoyé un hombro en el marco que separaba la sala del pasillo—. Te has equivocado de salida.

—Y tú has vuelto a dirigirme la palabra sin que te haya obligado el cuerpo docente —replicó—. ¿Ya te has cansado del plan de ignorarme hasta que termine el curso?

Crucé los brazos sobre el pecho, pero no di ni un solo paso.

—Ignorarte es más difícil de lo previsto.

—¿Piensas quedarte mirándome mucho rato?

—Hasta que dejes de maltratar mis propiedades. —Intenté no fijarme demasiado en sus manos mientras se alisaba la falda—. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte ahí antes de dejar el orgullo a un lado y seguirme hasta la salida?

—Todo el tiempo que haga falta. —Plantó las manos en sus caderas con exasperación—. Multiplicado por diez.

—Eres testaruda a escala cósmica.

—Y tú un arrogante presuntuoso.

—Dime algo que no sepa, Hiedra Ven…

Un chasquido repentino me puso en alerta. Levanté la cabeza hacia el techo, luego no vi nada más. Las luces del edificio se apagaron y nos quedamos a oscuras.