Némesis (Monfort College 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Ivy Rose

—¡Estás viva! —Desde la otra punta del país, la voz de Gwen sonó pastosa por el sueño.

—Estoy viva.

—¡Veinte días, Ivy ! ¡He tenido que conformarme con correos que parecían telegramas y llevo veinte malditos días sin oír tu voz!

Hundida en la silla acolchada, me apreté el teléfono inalámbrico contra la oreja.

Me encontraba en la sala contigua a la secretaría.

Filas de escritorios de madera maciza, cada uno dotado con un teléfono moderno, estaban separadas por elegantes biombos que encajaban con el estilo georgiano del edificio.

Incluso allí los techos también estaban ornamentados.

Si Stanley Kubrick siguiera vivo, habría metido esta especie de centralita de lujo en el Hotel Overlook de El resplandor.

—¡Lo sé, perdona! Es que solo nos devuelven el móvil los fines de semana y aquí la vida funciona de un modo distinto respecto a Orlando. El último finde casi no salí de la habitación.

—Vivíamos al margen de las reglas —rio Gwen , y me provocó una punzada de nostalgia.

En la UCF gestionaba mi tiempo como quería.

¿ Gwen me invitaba a una fiesta en un local de Church Street ?

¿Cine improvisado al aire libre? ¿Ir hasta Cocoa Beach para pasar el rato en una hoguera en la playa, bebiendo cerveza caliente y sin gas?

Mientras llegara puntual al trabajo o a clase al día siguiente, no suponía ningún problema.

Aquí, en cambio, aparte de las comidas con la pequeña de los De Montfort y la fiesta inaugural del curso, mi único evento social había sido una incursión nocturna en un museo con el soberano del campus.

—¡No pierdas tiempo disculpándote y cuéntamelo todo! ¿Qué hay del premio Rosenberg ?

—Casi lo tengo.

—¿Estás satisfecha?

—Si pudiera, tiraría el trabajo a la basura y empezaría de cero. Pero esta mañana he dado los últimos retoques, esta noche tengo una reunión con la profesora para entregarlo y… ya no hay vuelta atrás.

—¡Eres increíble! No sé ni cómo lo has conseguido.

—Yo tampoco.

Había pasado días y noches encerrada en mi habitación diseñando, esbozando y pintando sin parar. Había dormido demasiado poco, me había estresado un montón y, en un momento dado, por mis venas corría una cantidad de cafeína equivalente a lo que consumía medio estado.

¿La ironía del destino? La idea se me había ocurrido gracias a Caleb y a su visita improvisada a la galería, a la Sala de los Recuerdos Rotos o como demonios se llamara. Y, ya que estábamos…

—Oye, Gwen , tengo que decirte una cosa.

—¿Solo una? ¡Espero que al menos sea una montaña de cosas!

—Sí, eso es.

Tamborileé con los dedos sobre el escritorio mientras organizaba el resumen de todo lo que había ocurrido desde que había llegado al aeropuerto de Nueva York hasta hoy.

En los correos electrónicos había omitido todo lo que tenía que ver con Caleb de Montfort : desde los besos increíbles en el avión hasta el maldito momento de la semana pasada.

Nosotros dos solos en un edificio gigantesco, rodeados de arte, con él a punto de romper la barrera invisible que nos separaba desde que aterricé en Nueva Inglaterra, yo que debía mantenerme lejos de él y terminé a un milímetro de sus tentadores labios, sumergida en el deseo imposible de volver a sentirlos sobre los míos.

Habían pasado unos días y, aun así, solo con pensarlo, mi cuerpo se revolucionaba y el corazón me latía desbocado. Había aguantado sin hablar de ello con nadie, pero estaba al límite.

— Gwen , ¿recuerdas que cuando llegué a la casa de mi tía te escribí para decirte que el viaje había ido bien?

—Eh, sí.

—Pues decir que fue «bien» es simplificar un poco…

Unos pasos que se arrastraban, mezclados con voces masculinas somnolientas, me interrumpieron y me giré hacia la entrada.

Malcolm Waldeck estaba cruzando el umbral junto a otro chico.

Ambos llevaban el uniforme de la universidad, con la chaqueta abierta y la corbata con el nudo sin apretar sobre la camisa.

El compañero que me habían asignado de Arte Contemporáneo —con el que todavía no había tenido el placer de trabajar, ya que la profesora me había librado temporalmente por el Rosenberg — recorrió con la mirada los puestos vacíos. En cuanto me vio, una chispa cruel le cruzó el rostro.

Lo observé acercarse con un creciente rechazo que alcanzó su punto álgido en el instante en que agarró la silla giratoria junto a la mía y se dejó caer en ella.

Cruzó los brazos sobre el respaldo y se impulsó con los pies, invadiendo mi espacio al otro lado del biombo y mirándome como si yo sobrara en este planeta, mientras el otro chico marcaba un número en el teléfono.

—Hola, Abbott .

¿Qué había dicho la tía Daisy ? Los De Montfort ocupan el escalafón más alto, los Crimson Monarchs están en el segundo, y la reputación es la «tarjeta para salir de la cárcel» que te protege.

Le devolví el saludo antes de decir al teléfono:

—Bueno, sí, mi estancia aquí es… aceptable.

—¿ Ivy ? ¿Qué pasa? —se alarmó Gwen .

—La ropa te la recogen y lavan cuando lo pides. Luego te la encuentras en el armario, doblada, limpia y perfumada.

—¿En serio? ¿Nada de lavanderías comunitarias en el sótano con colonias de cucarachas? ¡Joder, yo también quiero que alguien me lave la ropa gratis! — Gwen cerró de un portazo una alacena destartalada—. Ya veo, estás en la mierda.

—Ajá.

—¿Alguien te está dando problemas?

—Sí, pero estoy trabajando en ello. —Lancé una mirada de advertencia a Malcolm . ¿Creía que iba a asustarme? Antes de trabajar en Chick-fil-A , lo había hecho en McDonald’s , así que estaba curtida en todo tipo de tragedias.

—¿Un estudiante?

—Sí —confirmé.

—¿Uno rico y problemático?

Intenté ganar algo de tiempo.

—Aquí no hay de otro tipo.

La única que había crecido con una vida normal era yo. Y menos mal que Caleb no había compartido esa información porque, de lo contrario, el capullo que tenía delante la usaría para humillarme.

« Caleb también te dijo que no estás a su altura», susurró una vocecita en mi cabeza, pero la silencié porque era falsa. Caleb había intentado enrollarse con Ivy Williams y quería volver a verla en Acción de Gracias; era Ivy Abbott a quien había rechazado con todas sus fuerzas.

En cambio, la mayoría de los estudiantes trataban a Ivy Abbott con el respeto distante que suele reservarse a quien podría echarte si te equivocas con una sola palabra. ¿ Ivy Williams ? Se divertirían pateándola solo para comprobar cuántos golpes aguantaba antes de caer. Nada más.

—Maldita sea, Ivy . Usa cualquier medio, correo electrónico, cartas, telegramas, manda una paloma mensajera a Florida si hace falta, pero mantenme informada.

—Sí, mamá. Yo también te quiero, adiós.

Colgué y cerré los ojos, reuniendo fuerzas antes de enfrentarme al gigante amenazador que me vigilaba de cerca.

—¿Tu madre no la había palmado?

Abrí los ojos. Por encima de sus brazos cruzados, Malcolm se reía.

Vale, podía con él.

«Eres una Abbott . La sangre de la segunda familia más importante en la jerarquía corre por tus venas.

Puede que no te respeten, pero temen a los tuyos.

Waldeck , por su parte, sin sus secuaces de la fraternidad, no es más que un orangután con dos neuronas que juegan al escondite con demasiado tiempo libre».

Giré despacio el cuello y le devolví la misma mirada helada que Caleb me había dedicado a mí aquella noche en la galería.

—¿Quieres reformularlo, Malcolm ?

—O sea, quería decir que lo siento, Abbott . —Acompañó sus disculpas hipócritas con una sonrisa cruel que ojalá hubiera podido arrancarle y metérsela por la garganta—. Oye, ¿ya has entregado la prueba para ese premio que te obsesiona?

—Casi. —¿Por qué le importaba? A menos que…—. Tú no participas, ¿verdad?

—No, yo no hago ciertas estupideces.

—Pero estás matriculado en Arte…

—Claro, soy un Waldeck .

—¿Y?

—¿No sabes nada de mi familia? —Apretó los labios, molesto—. ¿No soy lo bastante noble para entrar en tu radar, Abbott ?

El otro chico llamó su atención poniéndole una mano en el hombro.

—Eh, Mal, mamá quiere saludarte.

Mantuvo el contacto visual conmigo mientras se llevaba a la oreja el teléfono inalámbrico que le tendía su hermano.

Aproveché la ocasión para levantarme y escabullirme de allí. Debería llamar a mi padre para ponerlo al día sobre el traslado, pero no podía hacerlo con Waldeck escuchando, así que salí al exterior mientras miraba hacia atrás a menudo para asegurarme de que no me seguía.

Recorrí la larga avenida arbolada mientras la brisa que bailaba entre los edificios me mecía el cabello. La temperatura estaba bajando y las hojas se empezaban a caer, revoloteando por los caminos que atravesaban el campus como arterias vitales.

De camino a la cafetería, me palpé los bolsillos para apuntar una nota en el móvil —«Buscar en Google a mis compañeros de clase y a sus familias»— y, por enésima vez, recordé que el uniforme no tenía bolsillos y que mi teléfono seguía requisado.

Malcolm Waldeck tenía razón al menos en una cosa: no saber lo suficiente sobre los demás estudiantes empezaba a ser un problema.

—¡ Ivy !

Aimee Anderson abrió la puerta de la cafetería justo cuando yo iba a hacer lo mismo.

Se apartó a un lado y entré. El aroma a cruasanes recién horneados mezclado con el olor a pan caliente, mantequilla derretida y beicon tostado despertó mi estómago vacío.

—Me muero de hambre. —Se puso a mi lado—. ¿Te apetece que desayunemos juntas?

Aliadas. Necesitaba más aliadas aparte de la hermana de mi «rival», lo que implicaba ser amable con alguien. ¿Qué sabía de Aimee ? Se estaba especializando en creación digital, me había ayudado cuando pensaba que lo necesitaba, le gustaban los jerséis de colores y parecía simpática. Me bastó.

—¡Claro que me apetece!

Fuimos al mostrador y me tendió una bandeja.

—¡Ya era hora! —Una mano se deslizó por mi espalda, por encima de la chaqueta del uniforme—. ¿Dónde te has metido esta mañana? He llamado a tu puerta durante unos cuantos minutos, ¡creía que te habías muerto!

Miré por encima del hombro y vi a Becca , ofendida, con una bandeja en las manos.

—He llamado a casa.

—¿A tu padre?