Capítulo 13 #2
—¿Existe una actividad recreativa más interesante que un combate de florete por la zona? La última vez que lo comprobé, estábamos encerrados en una puta jaula dorada.
Ivy inclinó la cabeza y el cabello se le deslizó para dejar al descubierto el cuello debajo de mi chaqueta.
—¿Hablas así de tu querido reino? ¿Precisamente conmigo?
—Te hablo así porque puedo permitírmelo. Si lo repites por ahí, no te creerán. Pensarán que no eres objetiva por nuestra… —Me mordí el labio inferior mientras buscaba la definición adecuada—… situación complicada.
—Entonces, ¿por qué me amenazaste para que no le contara a nadie lo del pequeño incidente en el avión?
Mierda, en el fondo era una Abbott de manual.
A excepción de mis amigos más cercanos y de mi hermana, ningún estudiante se permitía llevarme la contraria, cuestionarme o discutir conmigo. No tenía ningún poder sobre ella, no reconocía ninguna autoridad en mí.
—Eso sí lo habrían creído —musité a mi pesar.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué motivo?
—Porque es el tipo de noticia que vuelve locos a los que nos rodean: yo, perdiendo el control y rompiendo mi única regla, una única puñetera vez, con la persona menos indicada sobre la faz de la Tierra.
Ivy torció el gesto.
—Halagador.
—Realista —la corregí—. Si no te lo han advertido, estás rodeada de gente que desea identificar tus debilidades. No pienso ponérselo fácil.
—¿La debilidad es lo de besarse o soy yo?
—Las dos cosas son un problema.
Algo en mi respuesta captó su atención y alzó la barbilla para estudiarme mejor.
Sus ojos se clavaron en los míos, en un intento imposible por descifrarme.
—¿Por qué no sales con las estudiantes?
—Bueno, las chicas de buena familia son así: sales con ellas un par de veces y avisan a los abogados para que redacten un acuerdo prenupcial ventajoso…
—¿Tu follamiga francesa no es de buena familia?
—Sí. Y también es inteligente, a trece horas de vuelo y seis husos horarios de distancia.
Acaricié sus facciones con la mirada: la irritación de sus ojos, llenos de expresividad, los labios entreabiertos. Un rubor delicioso le teñía las mejillas, que vi en un blanco y negro salpicado por un velo de color amarillo pálido, el de la tela de mi chaqueta, que la envolvía por completo.
La chica del aeropuerto estaba a un paso de mí… y era la hija del amor perdido de mi padre. El emblema de la infelicidad de mi familia.
Mi distracción inocua convertida en un instante en la quintaesencia de lo prohibido. Ese pensamiento me hirvió en las entrañas.
No solo no debía desearla, sino que tenía que despreciarla.
Pero Ivy no era una Abbott como las demás, y con ella mis reglas no funcionaban. Confundía mis certezas, cuestionaba los principios que me habían inculcado desde siempre. Me hacía desear lo imposible.
Solo quería volver atrás en el tiempo, no conocer su apellido, encerrarnos en el lounge privado de la compañía aérea con su boca sobre la mía, caer a ciegas sobre los sofás y no salir de allí hasta que la atracción destructiva por ella se hubiera consumido por completo.
Quería llevarla a mi estudio privado, detrás de la galería, cerrar la puerta, que mis manos la desnudaran, trazar con los dedos y con la boca las líneas de su cuerpo y…
—Para.
Parpadeé.
—¿De hacer qué?
—De mirarme como si no fuera un caso perdido.
«Porque no lo eres, hostia».
—¿Te he definido así?
—No con esas palabras exactas, pero me lo has dado a entender.
No me gustaba que lo pensara.
—¿Te sentiste un caso perdido cuando te suplicaba que me siguieras al lounge privado de la compañía aérea?
Ivy se quedó sin aliento antes de recuperar la compostura.
—¡Recuerdas mal, De Montfort ! «Cualquier cosa que creas que pasó entre nosotros, no ha existido jamás» —me imitó con una vocecita inocente solo en apariencia, porque la lengua le asomó por la comisura de la boca y me dieron ganas de atraparla con la mía.
Llevaba la provocación en la sangre.
Sonreí con sorna.
—Pues debí de confundirme, Abbott . —Me incliné sobre su cara. Su aliento cálido me acarició la boca como un licor demasiado fuerte que prometía una borrachera memorable—. ¿No eras tú la que estaba a punto de sentarse a horcajadas sobre mis muslos, en primera clase?
El asombro se reflejó en su rostro, pero no retrocedió ni un milímetro.
—Habría preferido más discreción. No me gusta dar un espectáculo.
—¿Habrías venido? —susurré—. ¿A la sala privada del aeropuerto?
—Sí.
Joder, no había dudado ni un segundo.
Llevé el pulgar hasta su labio inferior y me perdí observando cómo cedía bajo la presión de mi yema mientras le entreabría la boca.
—No te habría importado hacer esperar a tu querida tía. Habrías estado muy ocupada conmigo…
Su respiración se quebró. Se humedeció los labios y sofocó un leve gemido.
—Admítelo, Ivy .
—Yo… —Se aclaró la garganta—. Sí.
Perdí la cabeza. La agarré por las caderas y la pegué a mi cuerpo, que estaba más vivo que nunca.
La suave tela de sus pantalones de deporte no ocultaba nada.
Tenía su culo entre las manos y mi erección respondió como un soldado obediente ante su general.
Solo eran feromonas, mera química que nos quemaba y volvía locos a nuestros receptores corporales.
Instinto puro sin otro significado. Pero era potente, maldita sea. Me embriagaba.
—¿Y…? —la provoqué.
—Quería hacerlo.
—¿Qué querías?
—Verte perder el control. —Deslizó una mano hasta la base de mi nuca y enredó los dedos en mi pelo, en una sensación adictiva que desbarataba cualquier lógica—. Por mi culpa.
Suspiré con frustración.
—Joder, Ivy .
No pude resistirlo; me incliné sobre su boca, pero me detuve a un paso de lo que deseaba con cada fibra de mi ser.
Éramos rivales, enemigos declarados, y aun así la atracción que sentía por ella parecía saltarse los límites de cada definición concreta y objetiva.
—Así me vas a volver loco…
—«Los De Montfort nacieron para atormentar a las Abbott , y las Abbott existen para convertir la vida de los De Montfort en un caos».
Recitó aquella cantinela familiar sobre mis labios.
Y yo me quedé helado.
¿Qué estaba a punto de hacer?
Ya no estaba en París ni en el aeropuerto. No era libre y ella no era una desconocida con la que podía fantasear sin consecuencias.
Había vuelto a ser yo, dentro del perímetro de las reglas que me mantenían a salvo.
No las rompería, no lo haría mientras estuviera en el centro del torbellino destructivo que habían provocado nuestros padres.
Su vínculo tóxico los había elevado al Olimpo de la creación y luego los había arrojado con fuerza a la espiral de su propia devastación.
Con el corazón latiendo como el eco de una explosión en el vacío, la solté y me aparté, lejos de ella y de todo lo que representaba.
—¿ Caleb …?
Lucidez. Control. Frialdad. Tenía que recomponer mis defensas destruidas antes de cometer otro error garrafal.
—Es tarde. Volvamos.
Di un paso para alejarme, pero Ivy me sujetó por la muñeca.
—¡ Caleb , espera!
Me volví a una distancia prudencial de ella. Por dentro ardía, pero por fuera mantuve el rostro impasible.
«Bueno, Abbott , si tú también te lo estás preguntando, traerte aquí esta noche ha sido un puto error. Tocarte ha sido un puto error. Cualquier cosa que tenga que ver contigo y conmigo juntos es un puto error».
—¿Sí? —mascullé, frío.
Abrió tanto los ojos que me pareció que iba a hundirme en su propia confusión… y en algo más que no supe identificar.
—Has dicho que no obstaculizarás mi participación en el premio.
—Lo he dicho.
—¿Me garantizas una competición justa?
Me pasé la mano libre por el pelo y me lo revolví.
—Llamémoslo así.
—Ningún golpe bajo después de… —¿Después de que estuviéramos a punto de saltarnos encima, esta vez sin ninguna excusa que nos justificara tipo «no sabía quién eras»?
Recordé lo que me había contado Becca sobre el imbécil de su exnovio, que había salido con ella solo para robarle la propuesta en su antigua universidad. Dijera lo que dijera ahora, no me creería.
De todas formas, opté por la verdad.
—Ningún golpe bajo. Te ganaré porque lo merezco. No soy un miserable que necesita jugar sucio para superarte.
Encendí la linterna y, al mismo tiempo, apagué la luz de la sala.
La oscuridad nos envolvió como un manto pesado e Ivy se acercó a mí con la ilusión de que esa cercanía la protegería de cualquier peligro.
Reprimí un pequeño gesto de incredulidad.
Era sarcástica, independiente, me plantaba cara como ninguna otra, y le daba miedo la oscuridad. Increíble.
Cuando llegamos al pasadizo, le puse la linterna en las manos y maldije cada segundo del trayecto hasta su residencia. Yo había conseguido lo que quería: Ivy Rose Abbott - Williams era ajena a las maquinaciones de nuestras familias.
No sabía nada, no tenía nada que ver.
Y yo no volvería a acercarme a ella.