Némesis (Monfort College 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Caleb

El principio.

—¿Qué sabes de tu madre, Ivy ?

—Muy poco.

—Dame algún punto de referencia.

Ella no apartaba la mirada del cuadro de nuestros padres.

—Sé que nació y creció en Montfort . Conoció a mi padre durante unas vacaciones después de la universidad…

Fue un flechazo y no volvió a casa. Se quedó en Florida con él.

—Tomó aire—. Por lo que tengo entendido, su familia no aprobaba a mi padre, pero a ella no le importaba su aprobación.

Se fue a vivir con él y, unos años más tarde, se casaron.

—Continúa —la invité.

—Trabajó como comisaria en una galería de arte de la ciudad hasta que descubrió que estaba embarazada de mí.

Asentí.

—¿Y luego?

—Lo dejó.

—¿Por qué?

—Al parecer, fui complicada desde el momento en que me concibieron.

Mi madre tuvo que hacer reposo durante todo el embarazo.

A pesar de eso, nací prematura. Pasé el primer mes de vida en el hospital, conectada a un respirador dentro de una incubadora.

Después me llevaron a casa y… no recuerdo nada, obviamente, pero sé que era un hogar feliz.

Cuando era más pequeña, mi padre hablaba de aquella época como si hubiera sido la mejor etapa de su vida… Éramos felices, creo.

Sentí una punzada aguda entre las costillas.

—Y luego se produjo el accidente. Yo no había cumplido todavía los dos años.

La atropellaron cuando salía para ir a hacer un recado.

La llevaron al hospital, pero no sirvió de nada.

Sé que sus padres querían traerla a Montfort y enterrarla en el panteón de la familia, pero mi padre se opuso.

Organizó el funeral en Florida, y como forma de protesta nadie de su antigua vida acudió a la ceremonia y… ya está. Eso es todo.

Me puse serio.

—¿La echas de menos?

—Ni siquiera la recuerdo. Como ves, dependo de lo que los demás me cuentan de ella. —Arrastró los pies por el suelo—. Pero durante años eché de menos la idea de tener una madre, en general —añadió, pensativa—. Para mí, lo normal ha sido su ausencia, no su presencia.

—¿Cómo se lo tomó tu padre cuando le dijiste que vendrías a Montfort ?

—Bien.

—¿Bien? ¿De verdad?

Hizo una mueca culpable.

—Aún no lo sabe.

—Ah.

Recordé lo que me había confesado en el avión: se había vuelto a casar hacía poco, ahora tenía una nueva esposa. Y, nota al margen: Ivy sufría por ello.

Aparté la vista del cuadro en el que nuestros padres se morían el uno por el otro y me obligué a centrarla en ella.

—¿Tu madre dibujaba en Florida?

—No. Sé que pintaba antes de mudarse, pero este es el primer cuadro suyo que veo. —Lo señaló con un leve gesto de la cabeza—. ¿Cómo se conocieron ellos dos?

—Cuando naces en Montfort , conoces a todo el mundo desde siempre.

Medí las palabras y estudié su reacción. Ivy parecía un cordero que acababan de soltar entre una manada de lobos, pero aquella percepción también podía ser falsa en el juego de mentiras en el que estábamos atrapados.

«¿De verdad eres así, como aparentas, o estás fingiendo para engañarme otra vez?».

—Estuvieron juntos durante los años de la universidad —especifiqué.

—¿De veras? Que lo dibujara casi desnudo, mientras está a punto de morir y renacer en su boca, ya me parecía una pista bastante clara.

A mi pesar, sonreí.

—¿Tu padre también dibujaba a mi madre?

—No. —Dudé—. La esculpía.

—Oh, mierda.

—Ajá.

Se quedó sin aliento.

—Ellos eran como… o sea, como…

—Como tú y yo —confirmé—. Solo que no competían el uno contra el otro. Habían creado una alianza artística a prueba de bombas. —Giré sobre mí mismo y señalé la sala con un amplio movimiento del brazo—. Mira a tu alrededor.

—¿Qué tengo que mirar en concreto?

—Todo.

—¿Todo? ¿Todo esto lo hicieron ellos?

—La mayor parte, sí —revelé—. Mi padre ni siquiera era artista. Estudiaba en la escuela de negocios, y el arte solo era una asignatura optativa para él. Allí se acercó a tu madre y empezaron a salir.

Ivy se llevó una mano al esternón.

—Me encuentro mal.

—¿Por qué?

—Bueno, creía que jamás vería una obra de mi madre y, de repente, estoy caminando por una sala enorme llena de lo que creó junto a… ¡su ex! ¿Qué fue mal entre ellos?

—Su propia naturaleza, me temo.

—No entiendo…

—Porque nunca has visto lo que ocurre cuando un De Montfort y una Abbott están demasiado cerca.

Se volvió hacia mí buscando explicaciones en mi rostro, como si pudiera leerlas en mi expresión. Las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo.

—¿Qué pasó?

—No soportaron la presión. Las familias estaban en contra y ellos vivían la situación a lo Romeo y Julieta, como si fueran los elegidos destinados a resolver siglos de malentendidos y rencores.

Su plan era casarse y poner fin a las discrepancias, pero algo se torció —expliqué, con una pizca de amargura—.

Al amor desenfrenado se le sumaron otras locuras.

Celos desenfrenados, tensiones desenfrenadas. Termina tú la lista.

—Dios mío.

—Llegamos al final de la universidad: en la ceremonia de graduación protagonizaron una pelea monumental para espectáculo de todo el campus y las familias que habían venido para las celebraciones, y…

Su expresión se ensombreció.

—No lo digas.

Era lista.

Esbocé una sonrisa de circunstancias.

—Y luego tu madre se marchó sola a Florida, por despecho. Allí perdió la cabeza por un jardinero y no volvió jamás.

—¿Y tu padre?

—No se comportó mejor —admití—. Invitó a salir a la chica predilecta de su familia, la que aprobaban mis abuelos, aunque ella no le importaba en absoluto. Al mes siguiente, la chica estaba embarazada.

—¿Tu madre?

Asentí.

La sorpresa le dibujó en la boca una O perfecta.

—¿Tienes un hermano mayor?

—Tenía.

—Espera. —La comprensión le inundó la mirada—. Él…

—Se estrelló con un jet privado. Pilotaba él.

—Dios mío. —Se cubrió la boca con las manos—. Lo siento, Caleb … No tenía ni idea…

Ahuyenté su compasión con un gesto de la mano.

—Pasó hace unos años. Lo he superado.

—Bueno, lo siento igualmente. Perder así a un hermano tuvo que ser…

«Horrible».

Fue horrible, pero no quería hablar de ello.

Y ella lo entendió, porque apretó los labios mientras fingía que observaba la sala y se frotaba los brazos con las palmas para darse calor.

Tenía la piel de gallina; la camiseta desteñida de su antigua universidad no era adecuada para la temperatura que había en la galería, y mucho menos para el frío que hacía en la calle.

—Tienes frío.

—No… bueno, sí. No estoy acostumbrada al clima nocturno de Vermont .

Sin pensarlo, me quité la chaqueta y se la ofrecí.

—Toma.

Salvo por una ceja alzada, como si le pasara una granada de mano ya desactivada, Ivy no movió ni un solo músculo.

Me quedé perplejo.

—¿No la quieres?

—Sí —contestó—, pero no puedo aceptarla.

—¿Por qué?

—Porque la otra vez, cuando me prestaste algo de ropa para ponerme, después no fuiste amable.

Cuando llegó a la universidad la insulté de una forma que, ahora lo veía claro, no merecía. O era una actriz digna de un Óscar, o realmente era lo que parecía: una chica que llevaba años sin tener ningún contacto con la familia que había destruido a la mía.

—Yo… mira —me aclaré la voz—, quizá me equivoqué contigo.

Le puse la chaqueta delante de las narices, pero la ignoró.

—¿Alguna vez en tu vida te has disculpado?

¿Era tan evidente que esa no era mi especialidad?

Me rasqué la nuca con la mano libre, incómodo.

—Eh… ¿me comporté como un imbécil?

—Puedes hacerlo mejor.

—Perdona. —Me animó a continuar—. No volverá a pasar. ¿Ahora la aceptas?

Ivy cogió mi chaqueta y se la puso por las mangas. Le quedaba enorme en los hombros y casi podía nadar allí dentro, pero al menos había dejado de temblar.

—Si sigues prestándome ropa tan a menudo, te quedarás con el armario vacío antes de Navidad —murmuró.

Si supiera que una parte de mí quería quedarse sin ropa con ella… y que no esperaría hasta Navidad para hacerlo…

—No puedes ponerte enferma ahora; necesitas estar en forma para trabajar en la propuesta del premio. Por cierto, no me has dicho por qué te importa tanto.

—¿Hace falta otra motivación aparte de «es el premio Rosenberg »?

—Esta noche te he traído aquí y he sido sincero contigo. Podrías decírmelo como… un intercambio justo.

—Ya te lo he dicho, Caleb . No es solo por el prestigio, aunque eso siempre es útil. Necesito quedar en el primer puesto porque yo no tengo vuestras mismas… posibilidades.

—¿Necesitas los doscientos cincuenta mil dólares? —deduje, confundido.

—¡Sí!

—¿Y eso? Tu fondo fiduciario tendrá al menos diez veces esa cantidad. Si necesitas dinero, sácalo de ahí, ¿no?

Se cruzó de brazos y se quedó mirando las puntas de sus zapatillas, las mismas Nike gastadas que llevaba puestas en el avión.

—No tengo un fondo fiduciario.

Una carcajada espontánea se me escapó de los labios.

—Claro que lo tienes. Puede que incluso más de uno. El fondo fiduciario, el fondo para la matrícula de la universidad, las participaciones hereditarias…

Alzó la cabeza, ofendida.

—¡No, de verdad que no tengo ninguno! No soy como…

—¿… cómo?

—¡Como vosotros! —La exasperación le tiñó la voz.

Bueno, pues yo también estaba seguro. Y, en la misma medida, estaba convencido de que Daisy Abbott jamás habría dejado a su única heredera sin liquidez. Era inaceptable incluso para su familia.

—Habla con tu tía cuando la veas. Será una conversación reveladora. —Me arremangué la camisa y miré el reloj—. Volvamos. Es tarde y mañana tengo entrenamiento. Mi entrenador no es una persona comprensiva.

—¿A qué juegas?

—No juego a nada. Practico.

—¿Acaso hay una diferencia?

—Abismal.

—Déjame adivinar: la joya de la corona en las actividades deportivas de los De Montfort . —Puso los ojos en blanco—. Eres uno de los atletas del equipo de esgrima, ¿verdad?

—Soy uno de los atletas y soy el capitán por motivos institucionales.

—¿No eres lo bastante bueno para ser capitán por méritos deportivos?

—Soy bueno. —La miré con desdén—. Si quieres comprobar cómo manejo una espada, dentro de un par de semanas tenemos un amistoso con Yale .

—Espero tener algo mejor que hacer.