Némesis (Monfort College 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

El aire era húmedo, y la linterna temblorosa que enfocaba al frente era nuestra única fuente de luz. Lo único que veía era la espalda de Caleb cubierta por la chaqueta del uniforme, que se movía al ritmo de sus pasos.

De repente, el ritmo cardíaco se me disparó por las nubes.

Respiré hondo y me pegué a Caleb mientras me guiaba en la oscuridad.

Giró a la derecha, luego a la izquierda, luego otra vez a la derecha.

Oculto entre escaleras y salas oficiales, todo un laberinto se escondía de la vista de los estudiantes.

Tomar consciencia de dónde estábamos hizo que las manos me empezaran a sudar, lo que era extraño, porque el resto del cuerpo me temblaba.

«Estás en un lugar seguro. Estás en un lugar seguro. Estás a salvo».

Pero no. Oscuridad. Solo veía oscuridad, y esa ratonera estrecha y las paredes que convergían sobre mi cabeza, y el halo de luz de la linterna que se movía inestable, inconsistente.

Me rodeé la muñeca con los dedos y busqué la vena en el punto más sensible.

Taquicardia. El corazón bombeaba demasiada sangre, jadeaba, tenía la garganta cerrada.

El suelo se inclinó bajo mis pasos temblorosos.

Perdí el equilibrio y me golpeé el hombro contra un tabique que sobresalía en el pasadizo.

No tenía puntos de referencia, la luz se alejaba y yo me quedaría… me quedaría…

Me estampé contra una figura alta y dura y cerré los ojos, presa del pánico.

— Ivy . —Sentí que me sujetaba por los hombros—. ¡¿ Ivy ?!

Abrí los ojos. Estaba pegada contra su chaqueta.

—¿Q-qué pasa?

—Dímelo tú, joder. —Inclinó el rostro para ponerse a mi altura y me observó la cara, o lo que podía de mi cara, porque la linterna oscilaba en su muñeca y proyectaba sombras oblicuas de forma intermitente—. ¿Eres claustrofóbica o te da miedo la oscuridad?

Agaché la cabeza para rehuir su mirada.

—Nada de eso…

—Estás teniendo un ataque de pánico.

—¡N-no! —Negué con la cabeza con vehemencia; las rodillas me temblaban como dos estúpidas llamas al viento—. E-estoy bien.

Me apretó uno de los hombros con más firmeza y me soltó el otro. Usó la mano que no sujetaba la linterna para levantarme la barbilla y obligarme a encontrarme con sus ojos.

—Mírame.

Jadeante, obedecí. Me sumergí en aquellos iris azules que me recordaban al océano de mi hogar.

—Muy bien, así. Respira.

—E-estoy respirando… —farfullé.

—Sí, pero lo haces como si tuvieras los pulmones llenos de agua.

—¿Tienes experiencia ahogándote?

—Todavía no. —Me miró fijamente, serio—. ¿Tienes miedo de mí?

—¡N-no!

Frunció el ceño.

—¿Crees que te he traído aquí para hacerte daño?

—Bueno… —dudé—, me prometiste que me arrepentiría de estudiar aquí, podrías haberlo fingido todo conmigo y ahora nadie sabe que estoy aquí contigo, y este lugar es ideal para desaparecer por accidente y que nunca te encuentren…

—Desde luego, imaginación no te falta. —Sonrió con amargura—. Detesto a tu familia y no permitiré que te entrometas en mis planes, es cierto…

—¿En esa frase existe un «pero»? —murmuré, conteniendo la respiración.

—Pero. —El aroma familiar a tierra y cedro mezclado con el de su piel penetró en mi nariz mientras él seguía con la mirada clavada en la mía—. Puedo no tolerarte incluso sin hacerte daño.

Apartó los dedos de mi barbilla mientras yo respiraba por la boca, pero no me perdió de vista mientras enfocaba con la linterna una puerta que se encontraba unos metros más adelante.

—¿La ves?

Desconcertada, asentí.

—Solo unos pasos más y habremos llegado. —Me mostró el llavero que colgaba de la tarjeta agujereada en una esquina y buscó una llave sencilla de latón.

—¿Te las sabes todas de memoria?

—Las puertas de servicio se abren con la misma. Pero sí, las otras las distingo de memoria. Pasa tú primero.

—¿Qué…?

Con un gesto rápido como un rayo, me agarró por la cintura y me puso delante de él antes de colocarme la linterna en la mano.

—Vale, ahora tú tienes el control.

Sorprendida, rodeé aquel cilindro de plástico amarillo como si fuera un salvavidas. Una cálida descarga eléctrica fluyó por mis terminaciones nerviosas y respiré de nuevo, esta vez lentamente, y me llené los pulmones de aire.

Un paso tras otro y llegué a la puerta, que Caleb abrió.

—Estamos en la galería. Sala ocho.

Salí tambaleándome a la amplia sala, con techos altos, cuadros enormes y vitrinas en el centro, cuyas sombras se alargaban plácidamente por el suelo. Si las obras expuestas procedían de colecciones privadas, me pregunté cuántas de estas pertenecían a la familia de mi madre.

—¿Podemos, ejem, encender la luz?

—Así que la respuesta era «miedo a la oscuridad».

—Esa no es la respuesta a la pregunta que te acabo de hacer.

—No, no podemos encender la luz. Esa ventana da al campus. —Señaló la ventana que había a un lado—. Y el campus, por la noche, tiene equipos de seguridad. Si la encendemos, llamaremos su atención.

—¿Los guardias no harán la vista gorda si descubren que has sido tú?

Percibí una sonrisa sofocada.

—La prohibición de colarse en los edificios cerrados también vale para mí.

—¿Cuánta gente conoce el pasadizo secreto?

—Poca —reveló con reticencia.

—¿Y cuánta gente tiene las llaves?

—Si te refieres a los estudiantes, solo yo. —Enfocó el suelo con la linterna—. ¿Por qué te da miedo la oscuridad?

—Me dan miedo muchas cosas. —Me encogí de hombros como para decir que no importaba, con la esperanza de que me creyera—. ¿Cuántos pasadizos secretos hay en estos edificios?

Caleb rio.

—Muchos.

—Muchos, ¿cuántos?

No respondió. «Los secretos son moneda de cambio». Recibido alto y claro.

Se dirigió hacia la salida y yo me coloqué sigilosamente a su lado, caminando por aquel laberinto de pasillos y salas separadas por imponentes columnas de mármol que nos observaban como centinelas.

Atravesamos un par de estancias; luego, Caleb abrió una puerta cerrada con llave y accedimos de nuevo a la sala oculta.

A diferencia de los demás espacios de exposición, esta estancia no tenía ventanas, así que Caleb avanzó a tientas y accionó el interruptor de la luz.

Entrecerré los ojos hasta que me acostumbré al resplandor artificial que inundó el espacio.

Él también se protegió los ojos mientras procesaba el cambio brusco a la luz de neón.

Esa mañana, había memorizado el camino hasta el cuadro de mi madre, así que me abalancé hacia él sin esperar a Caleb . Por fin podía estudiarlo sin una cuenta atrás.

Con el mentón elevado, me quedé embobada mientras contemplaba boquiabierta la fisonomía del rostro de mi madre, autorretratada más o menos a mi edad, ante la delicadeza del trazo, ante la belleza increíble del joven que sufría eternamente junto a ella, con el cuerpo tenso en un deseo imposible.

Con las manos en los bolsillos del pantalón, Caleb se colocó a mi lado.

—Era buena —susurré.

—Sí. —Pronunció esa única sílaba con un esfuerzo desmedido.

—¿Me cuentas la historia de los dos?

Dudó.

—No sé por dónde empezar…

—¿Por qué no empiezas por el principio?