Capítulo 12
Ivy Rose
—No vas a ir. Punto.
El espejo de cuerpo entero reflejó mi cara descompuesta, rodeada de caos.
Tenía el pelo revuelto, los ojos cansados y una marca de carboncillo que me cruzaba el pómulo.
Y mi habitación no estaba mucho mejor. La cama con dosel estaba invadida por bocetos y garabatos para la propuesta que tenía que presentar al premio, un montón de ideas empezadas y descartadas.
Durante toda la vida había soñado con tener un refugio propio donde poder guardar el material de dibujo y perderme pintando sin pensar en nada más. Y ahora que me encontraba en una suite del tamaño del miniapartamento donde había vivido con mi padre de pequeña, todo me parecía… demasiado.
Demasiado espacio, demasiada atmósfera, demasiado silencio.
Aquel día también llegaba a su fin sin que tuviera nada digno de ser presentado entre manos. Miré el reloj de pared, un antiguo artilugio con las esferas esmaltadas en pan de oro: faltaban pocos minutos para las diez de la noche… y para la cita con el soberano reinante del campus.
Con resignación, la regla número cinco me recordó que existía, parpadeando en mi mente como una luz con las pilas agotadas. ¿Infringirla repetidamente se consideraba un agravante o, una vez que eso sucedía, tenía vía libre para seguir infringiéndola?
—Puñetas.
Me saqué el pincel que me sostenía el moño improvisado y me solté el pelo con los dedos. Luego me miré al espejo y me borré el rastro de carboncillo de la cara.
Si pudiera pedirle consejo a Gwen … ella sabría qué hacer. Como toda buena amiga, intuía el rumbo de mi vida mejor que yo misma.
Pero allí, entre los muros del Montfort College , estaba sola, desconectada del mundo exterior, encerrada en un lugar que no comprendía y que la mayor parte del tiempo me hacía sentir como una persona inadecuada y extraña.
El único motivo por el que estaba en esta universidad era el nepotismo.
Necesitaba participar en el premio Rosenberg : por el prestigio, si llegaba a ser finalista, y por el dinero, si lo ganaba.
Pero antes debían aceptar mi propuesta para demostrar que no era solamente una enchufada.
Y, para conseguirlo, tenía que trabajar todas las horas del día y no perder el tiempo deambulando de noche con el heredero legítimo, la última persona en quien podía confiar.
Solo que Caleb tenía información sobre mi madre. Yo no sabía nada de su vida antes de que empezara a salir con mi padre y, después de haber visto aquel cuadro espectacular… quería saber más.
«De acuerdo. Tú ganas, De Montfort ».
Me quité la camiseta sucia, me puse la vieja de la UCF con el logo desvaído por los muchos lavados, me calcé las zapatillas deprisa y respiré hondo antes de dirigirme a la puerta.
Bajé la manija y, con disimulo, comprobé si había alguien en el pasillo.
Despejado. Salí de puntillas, deslizándome por el parqué como un fantasma, y bajé los escalones inmersa en un estado de alerta.
Desde el hueco de la escalera llegaba el sonido de los pasos y las risas de mis nuevas compañeras de la universidad, mezclados con el último disco de Taylor Swift . Debía de haber algún tipo de reunión en marcha en alguna parte.
Acababa de llegar al segundo piso cuando alguien salió del pasillo y casi me dio un infarto.
— Ivy , ¡hola! ¿Tú también vas al spa?
Casi no reconocí a Aimee Anderson , vestida con unos vaqueros desgastados a propósito y un colorido jersey cortado sobre el ombligo. Era la chica que me había «ayudado» después de que Caleb se hubiera inventado la lesión de mi tobillo.
—¡Eh! Hola. No, estaba yendo a… ¿qué spa, perdona?
—En la planta baja de Abbott Hall hay una piscina climatizada con sauna, zona wellness , ya sabes, ese tipo de cosas.
—Ah.
—Normalmente vamos al final del día para relajarnos, tomarnos una infusión antes de irnos a la cama, pasar el rato… ¿Quieres que te enseñe dónde está?
—Eh, no, gracias, yo… iba a salir para que me diera un poco el aire.
—¡Entonces tienes mejor el tobillo! Bueno, si te apetece pasarte cuando vuelvas a entrar, me encontrarás allí. —Con un gesto señaló más allá de la baranda de mármol—. Y… bueno, tendrías que venir una noche. Quiero decir, me gustaría que vinieras.
Logré esbozar una especie de sonrisa educada. Aimee parecía agradable, pero yo tenía un problema con la gente amable sin motivo aparente. La experiencia me había enseñado a desconfiar.
—Te recomiendo que te pongas una sudadera para dar el paseo. Fuera hace fresco.
—Claro. Sí, tienes razón. —Me obligué a asentir—. Subo a ponerme una. Que te lo pases bien en el spa.
—Que disfrutes del paseo. —Vaciló, como si fuera a añadir algo más, pero al final se dio la vuelta y bajó hacia la planta baja.
Subí lentamente unos cuantos escalones y, cuando estuvo lo bastante lejos, regresé con sigilo al segundo piso.
El pasillo, iluminado por unas luces tenues, estaba desierto; allí había más habitaciones, y las puertas estaban más cerca que en mi planta.
Seguí las indicaciones de la nota y giré a la izquierda, esperando que todo aquello no fuera una broma estúpida.
En aquel recodo no había habitaciones, solo la puerta de un almacén de servicio con un cartel que indicaba «Prohibido el paso». ¿Cómo iba a llegar Caleb hasta allí? ¿Y en qué momento me había vuelto tan loca como para hacerle caso?
Giré el pomo por curiosidad. Cerrada.
—Fantástico.
Oí unos pasos procedentes de la escalera y me pegué a la pared.
Arrastré los pies por el parqué; no sabía si quería que Caleb llegara pronto o que no apareciera y punto.
No sabía cuánto faltaba exactamente para nuestro encuentro; no tenía reloj y siempre había usado el teléfono para ver qué hora era.
¿Qué excusa daría si alguien me sorprendía allí?
Al oír el chirrido de unas bisagras procedente del almacén, me separé de la pared de un salto.
Con un nudo en el estómago, me quedé mirando la puerta, que se abrió.
Una silueta alta, con el pelo oscuro revuelto y los ojos cristalinos, apareció en la rendija, y entonces Caleb la abrió del todo y se apoyó en el marco, con los brazos cruzados y una expresión satisfecha en el rostro.
—Has venido.
Enarqué las cejas, como diciendo «me parece algo evidente, dado que estoy aquí».
—¿Qué haces ahí dentro?
Señaló el almacén de servicio en el que se había escondido.
—Sígueme.
—¿Por ese almacén? ¿Quieres que juguemos a siete minutos en el paraíso?
—Apariencias, Abbott . Solo apariencias. —Me hizo un gesto para que fuera tras él.
Mi curiosidad fue más fuerte y me asomé para echar un vistazo.
En el interior vi un cuadro eléctrico que controlaba la instalación de ese piso, un armario metálico que llegaba hasta el techo, cubierto de una fina capa de polvo, un carrito de limpieza con varios botes de detergente.
Y, al fondo, otra entrada. Una puerta antigua, abierta, por la que se vislumbraba un pasillo oscuro y estrecho, pero transitable.
Había llegado por ahí.
—Un pasadizo secreto…
—Eres cada vez más perspicaz. El aire de Vermont te sienta bien.
Puse los ojos en blanco.
—Idiota.
—Insúltame mientras entras; si me pillan en la residencia de chicas, ni siquiera mi apellido me salvará.
—Quizá te lo merecerías —farfullé entre dientes.
Esbozó una mueca despreocupada.
—¿Has cambiado de idea? ¿Ya no quieres la información?
—Puede que no tengas información de mi interés y solo quieras distraerme y engañarme para que no compita contigo por el premio.
Sus rasgos aristocráticos se endurecieron.
—Estoy corriendo el riesgo de que me sancionen por venir a buscarte. Si has cambiado de idea, no me hagas perder el tiempo y vete. No voy a estar a tu disposición toda la noche.
Imágenes muy poco apropiadas de él «a mi disposición toda la noche» me vinieron a la mente y me sacudieron el sistema nervioso.
—No en ese sentido, Abbott . Ya lo hemos hablado.
Cómo olvidarlo. Aun así, ayer por la mañana podrían haberlo sancionado por llevarme a una zona prohibida. Y luego me llevó en brazos y me tocó de un modo que…
—¿Vienes o me voy? —susurró.
—¿A dónde debería ir?
—A la galería. —Sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba—. Te llevaré otra vez al cuadro de tu madre.
Mi punto débil. Sabía que lo era.
La imagen de los bocetos a medio hacer que cubrían mi nueva cama de princesa me llenó de culpa, pero quedarme encerrada en mi cuarto era inútil.
Necesitaba una idea y recargar mi energía creativa.
Si volvía a la sala secreta, respiraría arte, fluiría dentro de mí, encendería mis atrofiados receptores.
Además, quería conocer la historia de mi madre.
Aunque quien me la contara fuera Caleb .
—De acuerdo.
Pasé junto a él y entré en el almacén. Olía a humedad y a cerrado; la luz de la bombilla parpadeaba débilmente sobre nuestras cabezas.
—Vayamos en fila india. Yo iré delante.
Estiré el cuello.
—Ahí dentro hay luz, ¿verdad?
—No, pero tengo esto.
Se sacó una pequeña linterna y enfocó hacia delante. Antes de empezar a caminar, se pegó a mí y apoyó una mano en la cornisa.
—Quédate cerca, ¿vale? —Inclinó la cabeza, lo veía de perfil—. Esto es un laberinto; si te pierdo, nos meteremos en un lío.
¿Un laberinto a oscuras?
«Oh, mierda».
Regla número cinco bis, «No sigas a Caleb de Montfort por solo-Dios-sabe-dónde a través de un lugar que parece sacado de tus peores pesadillas»: infringida.
Debía echarme atrás. Estaba muy oscuro, demasiado oscuro, para mí. Pero al otro extremo estaba el cuadro de mi madre… Recordé los consejos de mi antiguo terapeuta en el instituto y, armándome de valor, lo seguí.
El pasadizo era tosco, con suelos de madera que crujían, paredes y vigas a la vista; debía de remontarse a la época en que construyeron la propia universidad, hacía cientos de años.
Habría sido un lugar interesante de observar, si no hubiera estado demasiado ocupada prestando atención a las señales que me indicaban que estaba a punto de tener un ataque de pánico.