Capítulo 11
Caleb
—Teoría y práctica avanzarán a la par. —La profesora Mitchell nos condujo a través del vestíbulo de la Galería de Arte, el museo que albergaba la colección privada de Montfort —.
Como sois los estudiantes de último curso, este año las mesas de trabajo más amplias de los talleres serán para vosotros.
Fingí que me peleaba con la cremallera de la bandolera mientras inspeccionaba furtivamente a los alumnos en busca de mi rival.
A poca distancia de los demás —y a mucha de mí en concreto—, con la falda del uniforme balanceándosele sobre los muslos y la camisa que se le había salido por la espalda, Ivy Abbott caminaba con la barbilla levantada entre cuadros y estatuas centenarias, girando sobre sí misma mientras registraba cada detalle del botín que nuestros antepasados habían acumulado por métodos más o menos honorables a lo largo de los siglos.
La profesora avanzó por el laberinto de salas y pasillos de exposición en dirección a la parte posterior del edificio, donde se encontraban los talleres.
Esperé a que la mayoría de los estudiantes me adelantaran antes de situarme junto a Ivy en la retaguardia.
—Tienes que ver una cosa —susurré, adaptándome a su ritmo con un movimiento casual.
El eco de nuestros pasos resonaba al unísono entre las paredes llenas de obras del Renacimiento español.
—¿Qué?
—Un cuadro.
—¿Y por qué debería interesarme?
—Porque lo pintó tu madre.
Se detuvo en seco.
—¿Está de camino a… donde sea que estemos yendo?
—No.
Metí la mano en el bolsillo y saqué mi tarjeta magnética.
Le había hecho un agujero en una esquina y le había añadido una anilla con un gran manojo de llaves: algunas eran de latón, de la época en que se fundó la universidad, hacía siglos, mientras que había otras más recientes, de una simple aleación de acero.
Al verlas, Ivy abrió los ojos de par en par.
—Eso de ahí es… ¿qué?
—Justo lo que piensas.
—¡¿Tienes un manojo de llaves maestras para abrir todas las puertas de este lugar?!
Me limité a sonreír.
—Dios mío, Caleb , eso es…
En cuanto los estudiantes que iban delante de nosotros desaparecieron tras la esquina, actué por impulso.
La agarré del codo y, con la otra mano, apoyé la tarjeta en el lector de una puerta de servicio camuflada en la pared.
La cerradura hizo clic y nos metí a los dos en el interior antes de volver a cerrar la puerta, que golpeó el marco con el sonido de una sentencia definitiva.
El veredicto era «estás haciendo una estupidez» y me declaré plenamente culpable.
Pero no tenía muchas alternativas si quería llevarla a la sala privada, así que exploré la pared con los dedos hasta dar con el interruptor de la luz.
Nos encontrábamos en un atajo cerrado al público, un pasillo desnudo que permitía al personal pasar de una sala a otra sin tener que recorrer todo el itinerario guiado.
—Pero ¿qué demonios se te ha metido en la cabeza? No puedes…
Claro que podía.
—Ven.
—¿Ven? —repitió, furiosa—. ¿Tienes el valor de secuestrarme y encima darme órdenes? ¡Estás loco si crees que voy a seguirte por un pasillo que vete a saber a dónde conduce!
Me llevé una mano al pelo y me aparté los mechones rebeldes de la frente.
—El pasillo desemboca en una zona restringida al público y tenemos el tiempo justo.
—Nada de «tenemos» en plural, ¡me vas a meter en un lío!
Tenía razón, pero yo más.
Le di la espalda y me dirigí hacia la salida. Pocos pasos después, comprobé que Ivy no había movido ni un solo músculo para seguirme: tenía los pies plantados en el suelo y los brazos le colgaban a los lados. Su determinación por contradecirme era asombrosa.
Reprimí un suspiro.
— Ivy …
—¡La profesora se enfadará, y ella es quien tiene que firmarme la autorización para competir por el premio Rosenberg !
—Te garantizo que el secuestro no tiene nada que ver con el premio.
—Tus garantías no me sirven de nada, ¡porque no te creo!
Qué cabezota.
Regresé sobre mis pasos. Había dicho que no la volvería a tocar, pero era necesario. Aprovechando su desconcierto, me incliné para tomarle la mano.
Ivy dio un respingo. Abrió la boca, pero sus protestas se evaporaron en cuanto deslicé mi palma sobre la suya y entrelacé nuestros dedos. En su rostro vislumbré el mismo matiz sombrío que había visto en el avión, justo antes de meterle la lengua en la boca y olvidarme hasta de mi nombre.
Mierda. Terreno prohibido.
El plan era averiguar hasta qué punto estaba implicada con el lado problemático de su familia y luego volver a ignorarla e interpretar el papel habitual del heredero perfecto e intocable hasta que terminara el curso. Era sencillo. Podía hacerlo.
Tiré de su mano hacia la otra salida.
—Tenemos que darnos prisa o no podré enseñarte nada.
Bajo esa capa de desconcierto, una duda le iluminó la cara.
—¿Qué pintó mi madre que no pueda exponerse al público?
—Qué lista es mi niña —me regodeé—. Justo ahora me preguntaba cuánto tardarías en entenderlo.
—¡No me llames lista y, desde luego, no soy tu niña!
—La sala al final del pasillo. —La ignoré—. Es ahí a donde vamos, preferiblemente antes de que se den cuenta de que no estamos.
—Tu ausencia se nota más que la mía.
—La tuya también se nota, Abbott .
Dejó de oponer resistencia mientras la guiaba hasta el extremo del pasillo. La luz artificial inundó la zona reservada de la galería, con cuadros, estatuas y bustos protegidos en vitrinas que solo eran accesibles a un grupo muy reducido de personas.
—Dios mío. — Ivy me soltó la mano y giró sobre sí misma, devorando cada detalle como la había visto hacer desde que había llegado a Montfort —. ¿Me he muerto y he llegado al paraíso?
—Estás viva y caminas por el infierno llamado Tierra, como todos.
Le hice un gesto para que me siguiera hasta el cuadro en cuestión. Ivy avanzó mientras observaba todo lo que nos rodeaba, los detalles, las obras de arte, hasta que algo capturó su atención por completo.
—Oh —exclamó con la voz ahogada—. ¿Eso lo hizo mi madre?
—Sí.
Yo también me detuve ante el cuadro, aunque nunca lo vería del mismo modo que ella.
En una mezcla de técnicas procedentes de siglos distintos, una chica que se parecía a Ivy , con el cuerpo desnudo envuelto en una toga mal anudada, se inclinaba sobre un chico que se parecía muchísimo a mí, también desnudo salvo por la sábana que le cubría las partes íntimas.
Él estaba sentado en un banco de piedra en un paisaje bucólico y ella estaba de pie a su lado, con una mano en su hombro, el rostro sobre el suyo, la mirada rebosante de un deseo desesperado, sus bocas a un suspiro, condenadas a anhelar eternamente un beso que nunca llegaría.
Ivy tragó saliva.
—Ella es mi madre…
—Y él es mi padre.
—Ellos… —Las palabras se le atascaban en la lengua—. Estuvieron juntos.
Su sorpresa genuina me llevó a pensar que hablaba con sinceridad.
Lo desconocía por completo. Recopilé la información de la que disponía.
Su madre falleció cuando ella era muy pequeña, y había crecido lejos de aquí, con su padre.
Había estudiado, trabajado en lugares casi indignos, se había divertido con sus amigas como si la sobreexposición mediática no fuera un problema.
Era una Abbott , pero no poseía el legado de los Abbott .
—Es más complicado —dije entre dientes.
—Terminó mal, teniendo en cuenta que ella se casó con mi padre y él se casó con… quienquiera que sea tu madre.
—Exacto.
—Lo que pasó entre ellos… ¿tiene que ver con la disputa actual?
Comprobé la hora en el reloj de mi muñeca.
—Ahora no. Tenemos que volver.
—Espera. —Miró una última vez a nuestros padres, inmortalizados cuando eran jóvenes, como si temiera no volver a verlos, y luego bajó los hombros y me siguió hacia la salida.
Dejé que entrara primero en el pasillo y, al otro lado, abrí la puerta con cautela mientras me aseguraba de que estuviéramos solos.
El pasillo estaba desierto, pero unos pasos rápidos se acercaban a toda prisa. En cuanto apareció la punta de un zapato en la esquina, entré en modo alerta. Me agaché, pasé un brazo por la espalda de Ivy y el otro bajo sus rodillas y la levanté del suelo en un movimiento rápido.
—¡Eh, ¿qué haces?! —protestó.
—Improviso.
—¡Señor De Montfort , señorita Abbott - Williams ! —La profesora apareció agitada a pocos pasos de nosotros. Y se quedó de piedra—. ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien?
Ivy me rodeó el cuello con los brazos y ocultó medio rostro tras mi hombro por la vergüenza.
—Profesora, la señorita Abbott - Williams se ha torcido el tobillo. La estaba ayudando a ponerse en pie.
La señorita Mitchell examinó a Ivy como si considerara más probable que nos hubiéramos amenazado de muerte con nuestros carboncillos afilados en cuanto nos había perdido de vista.
—¿Señorita Abbott - Williams ? —la interrogó—. ¿Es cierto?
—Yo… he apoyado mal el pie en el suelo. No estoy acostumbrada a los zapatos nuevos del uniforme. Lo siento.
La profesora nos observó alternando la mirada entre uno y otro. Su gesto severo habría intimidado al rector en persona.
—Si ha sido un accidente…
—Sí, sí. Caleb me está ayudando —murmuró—. Me disculpo si la he preocupado.
Yo vivía entre personas que de día mentían a los demás y de noche se mentían a sí mismas. Acababa de ver a Ivy admitir algo falso y eso me lo confirmó: era una mentirosa bastante lamentable.
Tal vez la señorita Mitchell pensara lo mismo, porque lo dejó estar y se centró en mí. Le ofrecí la sonrisa más angelical de mi repertorio. ¿Acaso no era su mejor alumno, el que nunca había causado un problema y, de hecho, el que servía de ejemplo para los demás? Eso tenía que contar para algo.
—Señorita Abbott - Williams , si lo prefiere puedo llamar a la enfermería para que le hagan una revisión —se rindió la profesora.
—No, gracias. No me gustaría perderme la clase.
—¿Puede caminar hasta los talleres?
Fruncí los labios.
—La llevo yo.
—De acuerdo —cedió la señorita Mitchell —. Vayamos con sus compañeros. Sin dramas, por favor.
Me repartí el peso de Ivy entre los brazos y seguí a la profesora, mecido por el balanceo de su cuerpo acurrucado contra el mío, que seguía el ritmo de mis pasos.
Mandé al diablo la prohibición de fantasear con ella y dejé que mi dedo índice trazara un círculo perezoso en la parte interna de su rodilla, donde la delicada piel estaba desnuda. Dios, qué suave era.
Ivy se sujetó con fuerza a mi cuello para no caerse. Su aliento cálido me erizaba la piel, y aspiré durante unos segundos su dulce perfume, que despertó mis sentidos y la necesidad de volver a probarla.
—¿Por qué no podías torcerte tú el tobillo?
—Porque, si hubiéramos invertido los papeles, me habrías dejado agonizando en el suelo del pasillo.
—Tú también me habrías dejado agonizar si no hubieran aparecido testigos.
Bajé la voz hasta un susurro.
—Es una lesión inventada, Abbott . No estás herida de verdad.
Al final del pasillo, en la entrada de los talleres, la clase de Arte nos esperaba en un silencio contemplativo. Debido a la desesperación, Ivy se aferró todavía más a mí.
—¿Se están preguntando cuánto tardaremos en sacarnos los ojos?
Sonreí.
—Es probable.
—Quiero que me cuentes qué pasó entre nuestras familias.
—No tengo tiempo suficiente ni con todo el curso académico.
—Entonces me conformo con la parte de nuestros padres.
Cuando llegamos con los demás, localicé un asiento libre y la ayudé a sentarse sin responderle.
La profesora retomó la explicación sobre la organización de las prácticas y los nuevos espacios de trabajo, y yo me coloqué en el lado opuesto, saqué mi cuaderno de apuntes y no volví a mirar a mi rival, a mi némesis, durante todo el tiempo que permanecimos allí.
Cuando terminó la clase, la profesora se acercó a Ivy y le preguntó si se encontraba mejor. Su mirada se deslizó rápidamente hacia mí, pero la evité. Como nadie más lo hizo, Aimee Anderson se ofreció a ayudarla e Ivy se levantó apoyándose en ella, fingiendo que aún le dolía un poco.
Crucé la galería en sentido contrario, entre los cuadros, los objetos antiguos y las estatuas magníficas, testigos de tiempos perdidos, manteniéndola a una distancia de seguridad.
Cuando la puerta de salida apareció en el horizonte, me puse a su lado entre la columna de estudiantes y, disimulando, le deslicé un trocito de papel doblado entre los dedos, le cerré la mano en un puño y la dejé atrás como si nada.
En el aula, vi que tomaba asiento delante de mí. Ivy comprobó que Malcolm Waldeck no estuviera llegando antes de abrir la nota bajo el pupitre y leerla a escondidas.
Veámonos mañana a las diez de la noche en el segundo piso de tu residencia. Cuando cruces la puerta cortafuegos, gira a la izquierda.
C.