Capítulo 10
Ivy Rose
Mientras seguía las indicaciones para llegar al aula de mi primera clase de Arte Contemporáneo, solo podía pensar en que el Montfort College rezumaba Ivy League se mirara donde se mirase.
Emanaba solemnidad y prestigio. Incluso parecía que los árboles de las avenidas hubieran pasado un casting antes de que los plantaran.
Mi destino era el edificio central, el más imponente y majestuoso del campus. Dejé atrás el atrio y llegué a una escalinata que se elevaba para conducir a los pisos superiores.
—¿Así que te fue mal con tu noviete?
Una sombra apareció a mi lado en el vestíbulo atestado de estudiantes que se dirigían a clase.
El corazón se me detuvo durante un estúpido segundo, aunque en realidad no debería estar tan sorprendida. Becca no había tardado en venderme. Esperé que, al menos, hubiera conseguido algo a cambio.
—No sé de qué me hablas.
Caleb acompasó sus pasos al ritmo de los míos.
—Fue tu ex quien te saboteó en la universidad donde estudiabas antes.
—¿Y por qué te interesa?
—Me interesa todo lo que pueda tener que ver conmigo.
—Yo no tengo nada que ver contigo, De Montfort .
—Pues resulta que sí —respondió con indiferencia.
Llegué a la escalinata y entonces me percaté de la anomalía: ya no chocaba con nadie ni tenía que abrirme paso entre codos que sobresalían y bolsas en bandolera que se balanceaban en el aire.
El camino se había despejado por arte de magia y todos nos miraban.
Mejor dicho, lo miraban a él, se apartaban de su trayectoria y le dejaban el paso libre como harían ante una divinidad en persona.
—Inquietante…
Caleb fijó la vista en un punto más allá de mi hombro.
—¿Qué?
—Pareces Moisés cuando separó las aguas.
Una comisura de sus labios se curvó.
—Eso no me lo había dicho nadie hasta ahora.
—Y no lo repetiré, ya eres bastante egocéntrico.
—Cuidado, Abbott —me advirtió—. Acabo de decidir que no interferiré con tu propuesta para el premio Rosenberg , no me hagas cambiar de idea tan rápido.
Me detuve a mitad de la escalinata. Una estudiante chocó conmigo por detrás y estuvo a punto de echarme la culpa, pero entonces se cruzó con la mirada de Caleb por encima de mi cabeza. Su expresión pasó de un «quitaos de en medio» a un «Dios mío, eres Caleb de Montfort » en menos de un nanosegundo.
—¡P-perdonad, no os había visto!
—Discúlpame tú, ha sido culpa mía —repliqué.
La chica murmuró algo ininteligible y se alejó, avergonzada. ¿En serio?
—¿De verdad podrías interferir? —le pregunté.
Caleb se limitó a esbozar una mueca que más o menos significaba «aquí dentro puedo decidir hasta la cantidad de oxígeno del aire».
—¿Y por qué no vas a interferir? —insistí.
—Sé que has visto Nebulous .
Ante el recuerdo de su obra, que me había dejado sin aliento, asentí.
—Es mi trabajo más insignificante. Me parece aburrido. El que he presentado al premio lo supera infinitamente, sin duda.
«Oh, mierda».
—Ah —siseé.
—Estoy convencido de mi trabajo. Sé que no me ganarás.
Probablemente, no.
—Puede que te gane mi ex, con mi idea que se quedó en Orlando —lo provoqué—. Y, si crees que me sacas ventaja porque sabes de su existencia, te equivocas. No es mi punto débil y no permitiré que me veas las costuras para usarlas en mi contra.
Un destello de desafío se le imprimió en la expresión junto con una sombra densa y amenazadora, y esperé a que hiciera algún comentario obsceno sobre lo que había estado a punto de mostrarle voluntariamente en aquel avión.
—¿No era una relación seria? —preguntó en cambio.
—¿Y tú, alguna vez has tenido una relación seria?
—No, nunca.
—¿Por qué?
—Es complicado de explicar…
—¡Oh, Dios, Caleb , lo siento mucho! —Le apoyé una mano en el hombro, sobre la chaqueta, en un gesto de falsa solidaridad que le hizo abrir los ojos de par en par ante la sorpresa—.
¿Lo has hablado con algún médico? No tienes que avergonzarte si tienes problemas con tu pene, ¡es más común de lo que crees!
—Mi pene está de maravilla —masculló entre dientes.
—¿Seguro?
Sentí que su mano se posaba en el centro de mi espalda. Me empujó suavemente hacia el aula mientras se inclinaba para susurrarme:
—A menos que quieras comprobarlo…
Las mejillas me ardieron.
—Has dicho que no tocas a las estudiantes.
—Cierto.
—Me estás tocando otra vez.
Sus dedos desaparecieron de la tela de mi camisa y dejaron un vacío debido a su ausencia.
Llegamos al centro de la clase, un espacio no demasiado grande, aunque tenía la misma disposición que un aula magna, y no pude más: señalé la primera silla libre y lancé mi bandolera antes de dejarme caer en ella.
—No te sientes ahí.
—Ya te he dicho que no acato órdenes tuyas.
—Es un consejo, no una orden. —Tomó asiento en la fila detrás de la mía—. Este curso es la continuación del del año pasado, y la silla que hay a tu lado es donde suele sentarse Malcolm Waldeck .
Lo miré sin entender nada.
— Malcolm es un psicópata —aclaró sin pestañear.
—¡Ah, entonces tienes competencia en esta jaula de locos! Y yo que creía que eras el único.
Sus labios se apretaron en una línea plana.
—No estoy bromeando, Ivy .
—Y yo no necesito consejos de alguien que ha declarado que quiere perderme de vista. Por lo que sé, estás intentando manipularme.
Dejé de hablarle en cuanto la silueta de un chico se acercó a mi fila. Alto, con el pelo rubio clarísimo y cara de portero de discoteca enfadado, el recién llegado llenaba el uniforme como si durante el verano se hubiera alimentado a base de batidos de proteínas.
—¡Hola, tú debes de ser Malcolm ! —exclamé con un entusiasmo fingido—. Me llamo Ivy .
— Abbott —completó.
Lanzó una mirada inquisitiva a Caleb , que respondió encogiéndose de hombros.
—Fantástico. — Malcolm volvió a dirigirse a mí—. Seremos compañeros de taller durante todo el curso.
—¿Ah, sí?
—La profe siempre forma las parejas con quien se sienta a nuestro lado. —Un brillo siniestro le cruzó la mirada mientras invadía mi espacio y arrojaba su mochila hacia mí—. A lo mejor después de clase puedes enseñarme lo buena que eres con un pincel en la mano, Abbott .
Noté que los hombros de Caleb se tensaban. Maldita sea, tenía razón: Malcolm Waldeck era un tío asqueroso que no me gustaba un pelo.
—Eh, bueno, estoy muy ocupada —dije con cautela.
—Seguro que encuentras un hueco para pasarte por Waldeck Hall.
Fruncí el ceño.
—Si supiera lo que es…
Caleb se llevó la mano a la boca. Se estaba divirtiendo a lo grande, el puñetero.
—Es la sede de mi fraternidad. —La sonrisa altanera de mi nuevo compañero de taller perdió algún centímetro para dar paso a un pequeño tic nervioso.
—Ah —farfullé.
—La entrada es exclusiva, va por invitación.
Abrí los ojos de par en par.
—Eh… ¿vale?
—Soy el nuevo presidente de la fraternidad.
El papelito en el que mi tía había garabateado las normas y que yo llevaba en el bolsillo interior de la bandolera se materializó en mi mente.
—¿Los Crimson Monarchs ? —traté de adivinar.
«Por favor, que haya muchísimas fraternidades en este lugar dejado de la mano de Dios».
Todo su (nulo) savoir-faire se transformó en una mirada furiosa de «¿te estás quedando conmigo?».
—Sí, es la única fraternidad masculina autorizada.
Regla número tres: no llames la atención de los Crimson Monarchs .
Infringida.
—Entonces, ¿esta noche?
Ese tono de «te estoy haciendo un favor enorme solo por el hecho de considerarte» me revolvió el estómago.
—No puedo —respondí de inmediato—, pero gracias por pensar en mí —añadí con demasiado sarcasmo.
Se puso lívido. Aunque era más bajo que Caleb , era corpulento y… tosco. Tenía los hombros rígidos y la expresión de quien no encaja un «no» después de haberme honrado con su horrible atención.
—¡Buenos días a todos! —La profesora entró en el aula y los estudiantes se levantaron.
Yo, por mi parte, traté de recuperar la calma.
—¡No os sentéis! —se apresuró a añadir—. Coged vuestras cosas y seguidme. Empezaremos vuestro último curso en la Galería de Arte.