Némesis (Monfort College 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Ivy Rose

—¡¿Esta la ha hecho él?!

Rodeé la estatua expuesta en la sala dedicada a las obras más destacadas de los alumnos actuales. Estaba convencida de que él pintaba, igual que yo, pero me había equivocado por completo. Caleb esculpía.

Jamás habría imaginado lo que era capaz de hacer antes de verlo con mis propios ojos; ahora, de hecho, no podía concebir que pudiera dedicarse a otra disciplina artística.

—Sí. — Becca sofocó un bostezo con la mano.

Eran apenas las ocho de la mañana, la galería había abierto sus puertas hacía tan solo unos minutos y, aparte de nosotras y el vigilante, no había nadie más.

Habíamos venido directamente desde la residencia, adormiladas y bastante hambrientas, y es que ninguna de las dos había desayunado todavía—. Mi hermano es…

—… increíblemente bueno —concluí en voz baja.

Me situé a un lado y examiné con atención Nebulous , una de sus obras.

Del caos de una suave nube emergía la parte inferior de un rostro perfecto.

Parecía real. Todo. Las volutas de humo, la duda desgarradora que emanaban los rasgos del rostro semicubierto.

Las proporciones y la expresividad eran asombrosas.

Levanté la mano para acariciar su creación, pero cambié de idea antes de activar alguna alarma. ¿Cuánto habría trabajado para alcanzar semejante resultado?

— Becca , tiene muchísimo talento.

—Sí, sí… lo sé. No hacen más que repetirlo.

Vaya, vaya. Si ese era su nivel, no lo ganaría nunca. Ya era improbable en circunstancias normales, así que mucho menos con poco tiempo disponible, bajo presión y en un entorno al que aún no me había adaptado.

—Tú también eres buena, ¿no? —preguntó la hermana de mi «rival».

La noche anterior había regresado al salón, temblando y alterada tras hablar con Caleb , mientras recibía una cantidad inhumana de miradas cuando me acercaba con disimulo a Becca .

Estaba convencida de que Becca me ignoraría para seguirles el rollo a las chicas que la habían rodeado durante mi ausencia.

Sin embargo, en cuanto me vio, volvió a agarrarme y susurró: «Cuando estás conmigo, las atenciones se reparten entre las dos, así que he decidido que no voy a soltarte en toda la noche».

¿Me fiaba de Rebecca de Montfort ? Ni una pizca. Pero, por ahora, era mi única aliada y conocía bien al soberano reinante, así que…

—¿Por qué quieres que supere la fase de selección?

—Porque Caleb no sabe perder. Ya va siendo hora de que aprenda.

¿Por qué iba a perder? Era tan bueno que parecía de otra galaxia.

—Me cuesta mucho admitirlo, pero merece ganar. —«Tal vez incluso más que yo».

—¡Eh, eh! No te rindas, ¿por qué no ibas a conseguirlo?

—Si ha presentado una obra como esta al premio, ¿quién podría hacer algo mejor? Tal vez con la idea que propuse en mi antigua universidad tenía alguna posibilidad, pero…

—¡Ah, entonces ya presentaste una!

—No con mi nombre —revelé—. Es una larga historia.

Becca rodeó Nebulous .

—Cuéntamela.

Abrí la boca y entonces recordé dónde me encontraba.

Y las reglas de mi tía. La noche anterior había infringido la número cinco, «mantente lejos de Caleb de Montfort ».

Otra vez. Me había llevado a un pasillo desierto y luego había tenido sus dedos sobre mi cuerpo y…

Dios, me había hecho sentir una electricidad que habría podido restablecer todo el sistema de iluminación del edificio si hubiéramos sufrido un apagón.

No podía volver a ponerme en peligro.

Becca parecía amable, pero no dejaba de ser su hermana: si tuviera que tomar partido, optaría por el otro bando, y yo me quedaría sola. Contarle lo que había ocurrido en Orlando equivalía a revelar información que Caleb usaría en mi contra.

—Los secretos son moneda de cambio —recordé en voz alta.

—Oh, sí, lo son. — Becca me observó de reojo—. Hagamos una cosa: yo también te contaré una historia. Y, créeme, quieres oírla. Empieza tú.

No estaba muy convencida, pero acabé cediendo.

—Salía con un chico, el mejor en mi antiguo curso de Arte Contemporáneo.

—Di unos pasos para descargar tensión—. La profesora lo tenía en un pedestal, los demás estudiantes lo envidiaban y consideraban que era prácticamente un genio.

Yo llevaba meses tras él. En aquel momento no fui consciente, pero se fijó en mí solo cuando la profesora me firmó la autorización para competir por el premio Rosenberg .

Estábamos entusiasmados por participar juntos y me hizo creer que estaba trabajando en una idea que dejaría al jurado extasiado.

Yo, en cambio, estaba más insegura, así que rompí la normativa de confidencialidad y le enseñé mi proyecto para saber qué opinaba.

—Ay…

—¿Sabes ese proyecto maravilloso que tenía él?

No existía. Estuvo conmigo para estudiarme de cerca y deshacerse de la competencia.

Se me adelantó y presentó una copia de mi obra mientras yo estaba fuera de la ciudad, y luego me dejó e insinuó que había perdido la cabeza porque estaba «herida» por el final de nuestra relación.

—¡Qué asqueroso! —se indignó Becca —. Entonces, ¿cabe la posibilidad de que compitas contra tu ex y tu propia idea?

« Caleb competirá contra él y contra mi idea», estuve a punto de responder.

—¿Por eso te marchaste?

—Sí. —No quería hablar más del tema—. ¿Y qué hay de tu historia?

—Érase una vez un niño adorable. Su madre estaba enamorada del mundo de la moda y él esperaba con muchas ganas que llegara el sábado, porque era el día de la semana en que podía visitarla en el atelier.

Allí, las ayudantes de su madre le ponían en las manos telas, lápices, bocetos, colores… su idea del paraíso.

—Imagino que el niño adorable es Caleb .

Becca no lo confirmó.

—Su madre lo animaba a crear y él era muy feliz… pero sus dibujos siempre tenían un problema. Se equivocaba en todos los colores. Cielos violetas, mares verdes, elefantes rosas…

Fruncí el ceño.

—Espera, ¿qué?

— Caleb tiene un defecto en la vista.

«¿Cómo?».

—Ve casi todo en blanco y negro, con algunos destellos de amarillo apagado. O sea, no distingue los colores. Nació así, no los ha visto nunca en la vida.

Pensé en la noche anterior, en cómo me había mirado a mí y al vestido, pensé en la atención con la que me estudió la primera vez que me vio, como si yo fuera un enigma incomprensible y él no tuviera ninguna clave para descifrarme. Cuando me conoció, ¿se habría preguntado de qué color eran mis ojos?

—¿Es algo que la gente sabe o…?

—Solo está al corriente su círculo más cercano de amigos. Ha aprendido a pasar desapercibido en la vida cotidiana.

Volví a contemplar aquella estatua increíble. No tenía colores, solo luces y sombras. Por eso había elegido la escultura de entre todas las disciplinas artísticas. Tenía talento, pero ¿esa forma concreta de arte era su primera opción o había sido un plan B?

—No sé qué decir.

—Entonces no digas nada, Ivy .

—A él… no le gustaría saber que me lo has contado.

—En absoluto. —Me cogió del brazo y me condujo hacia la salida—. Caleb es monocromático hasta el alma; ha tomado esa debilidad para convertirla en su punto fuerte.

—Y lo ha hecho monstruosamente bien.

—Bueno, tú también puedes tomar tu peculiaridad y usarla para destacar.

Más allá del portón abierto, se entreveía el campus aún adormecido: edificios en calma, hileras de arces a punto de adoptar tonos amarillentos, extensiones de hierba que pronto quedarían cubiertas por alfombras de hojas.

Dentro de poco, el paisaje se convertiría en una paleta acrílica que cobraría vida.

No existía un lugar mejor que Nueva Inglaterra para disfrutar de los colores otoñales.

Y Caleb jamás los vería.

—¿Por qué me has contado algo tan privado sobre él? —murmuré, absorta.

—Porque mi hermano no besa a desconocidas en los aeropuertos, no deja que lo desafíen y no arrastra a estudiantes a los pasillos durante las fiestas de inicio de curso para mantener conversaciones en privado con ellas.

—Realmente no fue una conversación como tal, sino una secuencia de amenazas pasivo-agresivas… —que estuvo a punto de culminar con mi corazón desbocado en la caja torácica, el sistema nervioso colapsando y mis labios ansiosos por volver a sentir el efecto adictivo de los suyos.

—Ahora sabes cuál es su punto débil, y él sabrá que tú no volverás a confiar en otro artista, lo que hace casi imposible que se gane tu confianza.

¿Había admitido como si nada que le revelaría lo que acababa de contarle?

—A tu hermano no le interesa ganarse mi confianza, y yo no tengo intención de volver a tratar con él.

Becca frunció los labios y se contuvo para no decir nada. Por la mueca escéptica que me dedicó, comprendí que no me creyó ni por un instante.