Capítulo 7 #2
—No quiero tener una conversación contigo, a menos que empieces con «perdóname por haberte tratado mal sin motivo».
—Lo que tú quieres no cuenta nada aquí.
—¿Y lo que quieres tú cuánto cuenta?
—Mucho más. —Y aun así no lo suficiente—. Estás incómoda.
Dejó de golpear el suelo con el pie que asomaba bajo el dobladillo del vestido.
—Odio que todo el mundo me mire.
Por el rabillo del ojo, observé el ambiente. Estaba acostumbrado a ser el centro de atención y sí, era cierto, aquella noche el nivel de interés que despertábamos resultaba inédito incluso para mí. Estábamos monopolizando todas las conversaciones.
—Si quieres un poco de privacidad, solo tienes que pedirla. —Le quité la copa, todavía llena, de los dedos y la dejé sobre la mesa.
A continuación, le hice un gesto a Benedict , que se desplazó hasta el centro del salón, se acercó a la profesora Perkins y le tendió la mano, lo que provocó su indignación.
Risitas y codazos se contagiaron entre la multitud. Aproveché el momento, agarré a Ivy Rose Abbott por la cintura y la empujé hacia atrás con cuidado para que no se tropezara con el bajo del vestido.
—Pero ¿qué…? —Retrocedió como pudo sobre los tacones hasta cruzar el umbral del pasillo, lo que me regaló unos segundos de silencio consternado mientras yo cerraba la puerta.
El golpe sordo de la madera contra el marco redujo el murmullo y la música a un eco apagado.
Y ahora estaba con una Abbott , a solas, los dos apartados en un pasillo desierto.
Qué brillante idea de mierda.
Me pellizqué el puente de la nariz y, mientras me ordenaba a mí mismo no cometer ninguna estupidez, me volví. Ivy estaba en el centro, su figura encantadora emergía de la penumbra contra una hilera de cuadros de menor importancia colgados en las paredes.
Metí las manos en los bolsillos y di un paso adelante calculado.
—Le has dicho a mi hermana lo del avión.
—No pensaba que fuera un secreto.
Otro paso. Aunque iba con tacones, yo era más alto que ella, pero no se sentía intimidada. Ojalá lo hubiera estado: habría facilitado el desenlace de la conversación.
—No se lo dirás a nadie más —sentencié.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo, Abbott .
—¿Y eso debería tener algún valor?
—Mi palabra aquí equivale a una religión.
—Entonces acabo de descubrir que soy atea —se burló.
Entrecerré los ojos. Aunque la escasa luz ayudaba, las lentillas llevaban horas molestándome.
—¿No tuviste suficiente con aprovecharte de mí? ¿Ahora también quieres usar a mi hermana?
—Tu hermana no me parece manipulable.
Cualquiera era manipulable si sabías qué hilos tocar.
—Mantente lejos de ella —repetí.
Ivy frunció el ceño y me miró como si me hubiera vuelto loco.
—No acato tus órdenes.
—Las acatarás.
Di otro paso con la esperanza de hacerla retroceder, pero Ivy permaneció quieta. Inmóvil en la penumbra del pasillo, alzó el mentón para sostenerme la mirada.
—Sigue soñando, De Montfort . Y luego olvida tus sueños, porque nunca tendrás ningún poder sobre mí.
Un último paso. Me acerqué tanto que su rostro apareció bajo el mío con una definición altísima. Las cejas oscuras y arqueadas, los iris claros, la curva armoniosa de los pómulos. Aquella boca escandalosa y prohibida que una parte de mí se moría de ganas de volver a probar.
Todo en ella sabía a fuego indomable. Vi llamas, tela ardiendo, fragmentos de chispas en el aire, y luego sus ojos…
Dios, si el concepto de color hubiera tenido un significado para mí…
Sentí que mis dedos enloquecían ante la necesidad de detener aquel fotograma y fijarlo en un boceto antes de que se desvaneciera de mi horizonte.
Pero no podía.
—¿Qué quieres realmente, Abbott ?
«¿Por qué has venido a arruinarme el año o, peor aún, la vida?».
—Quiero que te apartes y me dejes volver con la única persona que ha sido amable conmigo.
—Descartado.
Ivy soltó un bufido frustrado.
—En el aeropuerto no eras un cabrón…
—En el aeropuerto no estábamos en Montfort .
—¿Es una especie de geolocalización? ¿Pones un pie en tu universidad y entras en modo «Soy un narcisista egocéntrico con delirios de grandeza»?
Su provocación de pacotilla me hizo cosquillas en los labios.
—Estoy a un paso de hacer que revisen el reglamento de arriba abajo para encontrar un motivo para expulsarte, Abbott .
Se encogió de hombros, aunque algo en su expresión se agrietó.
—No eres el primero que lo intenta. Ponte a la cola, pero te aviso: tú tampoco lo conseguirás.
Bajé la mirada hacia su pecho comprimido por el corpiño, la caja torácica que subía y bajaba con rapidez, y el aire se me quedó atascado en la garganta. Me notaba los músculos tensos, la razón anulada. Joder.
—Estás jugando a un juego peligroso, Ivy .
—Tú también, Caleb —me imitó, registrando el paso informal a los nombres. Sus ojos indescifrables se clavaron en los míos como astillas afiladas—. Tu hermana me ha dicho que no tocas a las estudiantes de esta universidad.
—Es cierto.
—También dice que yo me he convertido en tu excepción —añadió, victoriosa.
—Una excepción que no se repetirá nunca más.
—Entonces, ¿por qué tu mano me está acariciando el costado?
—Yo no…
Dejé de mover los dedos y me los encontré justo donde ella había dicho: sobre la tela que mi madre había diseñado para las mujeres de mi familia. El hecho de que ella llevara aquel vestido era un insulto.
Ivy entreabrió los labios; la punta de su lengua rozó primero la comisura izquierda y luego la derecha. Me quedé hipnotizado ante esos movimientos —aparentemente naturales, pero perfectamente calculados— de pura provocación.
—Apuesto a que estás pensando en ello —susurró.
—¿En qué?
Contuvo el aliento.
—En el aeropuerto.
—En absoluto.
—Mentiroso…
Estaba a un suspiro de hacerla retroceder hasta la pared, aplastarla con mi cuerpo y volver a tener su boca sobre la mía, condenándonos a los dos.
—No te humilles, señorita Turno de Tarde en el Chick-fil-A de la Universidad Pública de Orlando. No estoy interesado.
Su rostro se incendió en una obra maestra de indignación.
—¡No era consciente de que sabías usar internet! Estoy impresionada.
—Publicas demasiadas cosas en redes sociales para ser una Abbott .
—¡Y tú me has espiado en las redes! ¿Acaso sientes debilidad por mí?
Apreté la mandíbula.
—Solo he estudiado al enemigo. Ya te he dicho que no me interesan las chicas como tú.
—¡Bien, porque a mí no me interesan los hijos de papá clasistas incapaces de tratar bien a las chicas!
—Ah, ¿en serio?
Le apreté el costado con los dedos y ella dejó escapar un pequeño gemido que fue directo a la punta de mi polla.
Se ruborizó, con los ojos empañados por la excitación y los labios entreabiertos en una invitación para que la conquistara.
Un segundo más y la habría besado hasta hacerla suplicar por el pack completo, y luego le habría levantado el vestido, me habría arrodillado y habría hecho que se corriera contra la pared, y si alguien nos pillaba, bueno, podía irse al diablo.
Dios, estaba perdiendo la cabeza.
Retiré la mano de su cuerpo como si de verdad estuviera hecha de fuego y salté hacia atrás, a una distancia prudencial.
Tenía que recuperar el control. Ella no era especial. Solo era un exceso de atracción no consumada. Éramos un asunto que tenía que cerrarse en el aeropuerto y que había quedado pendiente por error. Nada más.
—Mañana iré a ver tus maravillosas obras de arte. —Su voz burlona me detuvo justo antes de darle la espalda hacia la salida.
—¿Y me lo dices porque…?
—Presentaré mi proyecto a tiempo y competiré por el premio Rosenberg contra ti. Y luego lo ganaré.
Ahogué una risa sarcástica.
—Es bonito que te hagas ilusiones, Abbott .
—Estoy segura de que lo ganaré. ¿Y sabes por qué? —dijo, con las manos temblorosas.
—No, ¿por qué?
—Porque, a diferencia de ti, no tengo alternativa.
Yo tampoco la tenía, pero ella no debía saberlo.
Nadie debía saberlo.
—Muy bien, entonces seremos rivales.
—¿Debería sentirme amenazada?
Me acerqué a la puerta y agarré la manilla, pero me demoré un instante antes de volver a la única vida que conocía. Incliné la cabeza hacia el hombro y grabé en mi memoria su silueta borrosa en la penumbra, rodeada por un torbellino de silencio y de arte.
—Dímelo cuando hayas perdido, Hiedra Venenosa.