Némesis (Monfort College 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Caleb

El curso académico había empezado hacía solo unas horas y ya tenía ganas de salir corriendo.

La corbata me asfixiaba, la luz que caía de las lámparas me molestaba más que las lentillas.

Me acerqué la copa a los labios con la esperanza de que las burbujas se me subieran a la cabeza.

El sabor delicado y familiar del champán me devolvió a la última vez que lo había bebido, en el vuelo de Nueva York a Burlington . Por poco me atraganto con el sorbo.

Me acomodé mejor en el sofá de Waldeck Hall, en el entresuelo elevado desde el que dominaba toda la sala y que compartía con mi equipo.

Íbamos vestidos con chaqueta y corbata, como marcaba el protocolo, y estábamos en el salón reservado para las ocasiones mundanas, amenizado por música en directo y desfiles de ropa de alta costura.

Volví a echar un vistazo por la sala. Al menos, Abbott había tenido la decencia de no presentarse.

—La hornada de novatas es decepcionante —masculló Benedict .

—¡Pero si he localizado al menos a una veintena de chicas prometedoras! —replicó Lukas .

—Prometedoras en el sentido de que te prometen un buen portazo en la cara si intentas ligar con ellas —se burló Ambrose , el gemelo de Benedict .

—Espera a que me vean en la pista —lo torpedeó Lukas —. Tendré sus bragas en los bolsillos esta misma noche.

—¿Esta misma noche? Entonces has perdido facultades. Antes lo conseguías en media hora —lo provoqué.

Meterme con él me divertía: mi mejor amigo era competitivo, orgulloso y tenía la pésima costumbre de tomarse las cosas como algo personal, igual que yo.

—Al menos yo me esfuerzo, Su Alteza. ¿Este año también piensas abstenerte como un monje?

—Fuera de estos muros, soy cualquier cosa menos un monje —atajé.

—Entonces… ¿no tienes los pantalones cerrados a cal y canto porque te lo ha pedido la francesita?

—Se llama Claire y no, no es ella quien decide.

—Veo que tampoco quieres darle una alegría a ninguna alumna este año —intervino Benedict .

—Que no me quejo de tu castidad autoimpuesta, ojo —añadió Lukas —. Es una ventaja para los que queremos tener una vida sexual activa.

—¿Y eso? —Esbocé una media sonrisa.

—Porque al principio se centran en ti, pero, cuando se cansan de tus rechazos, vienen a nosotros. Después de que les niegues tu atención, están tan agotadas que incluso no hacer nada es un paso adelante —rio Benedict .

Lukas asomó la cabeza por encima del respaldo del sofá.

—Hablando de nuevas incorporaciones, tu hermana está increíble y hasta se ha traído a una amiga.

—¿Bebé De Montfort está feliz por empezar la universidad, o tampoco va a follar este año para expresar su crisis existencial?

—Vete al diablo, Ambrose —murmuré—, y si vuelves a incluir en la misma frase a mi hermana y el verbo «follar», te encontrarás encima a todo el equipo de seguridad del campus.

—¿Quién es la tía que va con tu hermana? —preguntó Ben.

Lukas alzó la mano.

—La he visto antes que tú, soy yo quien tiene derecho a ir tras ella.

—Mientras dejes en paz a Becca , puedes llevarte a la cama hasta a las estatuas del cementerio monumental.

Dejé la copa en la mesa y me levanté. Mi mirada vagó por la zona de la entrada en busca de mi hermana. Ahí estaba. Llevaba el vestido diseñado por nuestra madre. Qué preciosidad.

Era extraño que hubiera decidido asistir al evento; normalmente, solo lo hacía si nuestro padre la obligaba. Y no solo había venido, sino que lo había hecho acompañada. La chica con la que había llegado le susurró algo al oído, Becca echó la cabeza hacia atrás y se rio.

Me quité un peso de encima y eso me permitió respirar por primera vez desde que había puesto un pie en la prisión llamada «casa». No reconocía a su amiga, pero hacía feliz a una de las personas más importantes para mí y por eso, de forma automática, también me gustó a mí.

Debía de ser una compañera de clase de la escuela preparatoria: ella también llevaba un vestido de la colección de mi madre, ceñido a la cintura y ancho hasta los pies.

No le veía la cara, pero lo poco que entreví era…

interesante. Su forma de mover los dedos en el aire, la curva del cuello que asomaba entre el cabello suelto, las ondas suaves que caían sobre el escote.

Y la tela… cómo se adaptaba a sus formas…

—Tal vez podría hacer una excepción a mi regla —murmuré.

Quería ver esas líneas más de cerca, examinarlas, a ser posible sin ropa de por medio.

Todavía la estaba mirando cuando la chica alzó el rostro sin buscar a nadie en particular y el corazón se me detuvo.

—Mierda.

Parpadeé varias veces con la esperanza de que la imagen desapareciera de mi vista.

Era culpa de mis ojos defectuosos: no funcionaban como debían.

No podía ser ella. Becca jamás la habría traído consigo…

pero ¿qué decía? Becca sentía debilidad por los desastres, ¡pues claro que la habría traído a la ceremonia!

Lukas se situó a mi lado y silbó.

—¿Ves lo mismo que yo?

—¿Una pesadilla que cobra vida?

—Hablo de la tía follable que está con Becca .

—Yo también. Es la sobrina de Daisy Abbott .

Lukas dio un respingo.

—¿Una Abbott del brazo de tu hermana y con el vestido que Becca llevó en el evento benéfico del pasado marzo?

—Es preocupante que te sepas de memoria el armario de Becca .

—¿Y todo lo demás no lo es?

Lo era, claro.

Mi mejor amigo la examinó desde la distancia.

—Es guapa…

—Ni se te ocurra —le advertí.

—Su Alteza, ¿algo ha despertado tu atención, por lo general muerta y enterrada?

La había despertado y mucho más que eso.

Becca avanzó por el salón con ella del brazo, lo que atrajo una avalancha de miradas curiosas.

—La situación huele a problemas desde aquí hasta Vancouver —prosiguió mi amigo.

—Yo me encargo. —Dejé atrás la posición privilegiada del altillo y, a mi pesar, bajé las escaleras para sumergirme entre la multitud.

En el instante en que puse un pie en la pista del salón, los demás estudiantes se apartaron para abrirme paso. Llegué a la espalda de mi hermana con paso lento, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, sin haber rozado a nadie.

—Ponerte mi ropa se está convirtiendo en una costumbre.

Becca giró sobre sí misma, radiante.

—¡ Caleb , hola! Ella es…

—Hiedra Venenosa —terminé por ella.

Dejé a mi hermana a un lado y centré mi atención en la chica que se estaba dando la vuelta, sorprendida.

Dios, en ese momento me habría encantado poder ver los colores.

Nunca los había echado tanto de menos. Había ido hasta allí para recordarle cuál era su lugar en la jerarquía, pero una parte de mi cerebro solo quería conocer hasta el último detalle de aquel vestido, cómo contrastaba con su piel, el tono del cabello que caía sobre la tela y completaba el conjunto.

—¿Me has puesto un apodo? Qué original.

Le dediqué una mueca lacónica antes de dirigirme a Becca .

—Sea lo que sea lo que te haya contado, es mentira. Mantente alejada de ella.

Incómoda, Becca simuló una sonrisa.

— Caleb , nos está mirando todo el mundo.

—Que miren. Solo le estoy dando la bienvenida oficial a mi hermana y poniéndola en guardia respecto a las manipuladoras que infestan este lugar.

—Estás exagerando. Ivy ha venido porque se lo he pedido yo.

—Tú crees que lo has hecho, pero en realidad lo ha decidido todo ella a tus espaldas.

—¿Hablas por experiencia propia, De Montfort ? — Ivy se pasó la lengua por los dientes mientras fingía una sonrisa.

Maldita manipuladora.

Cerré los puños dentro de los bolsillos, con las uñas clavadas en la carne de las palmas. No podía permitirme montar una escena en público, así que no lo haría.

— Caleb , para —me pidió Becca —. Ivy no me ha mentido, sé quién es y también me ha hablado de vuestro flechazo de ayer en el aeropuerto.

La miré, incrédulo.

—¿De verdad lo has hecho?

Ivy no dijo nada. Permaneció callada mirándome con aire desafiante.

—¡Sí, ha sido sincera! Así que, venga, para ya.

Joder, esto lo cambiaba todo.

—Sígueme, Abbott .

—Bueno, eres tan amable, De Montfort , ¿cómo voy a resistirme? —se burló sin mover ni un solo músculo, plantada en el suelo.

El impulso de agarrarla del brazo y escoltarla hasta el pasillo contiguo al salón principal, lejos de miradas indiscretas, emergió del estrato de apatía que solía envolverme.

Entre estos muros no me había enfadado nunca, jamás me había sentido amenazado, no había perdido los papeles. Y, como mi autoridad estaba reconocida, en ningún momento había necesitado ejercerla sobre nadie.

Hasta que había llegado ella.

Impasible, le ofrecí el brazo.

— Ivy Rose Abbott , ¿me concederías el gran honor de acompañarme para mantener una conversación en privado?

El ruido y la música de la fiesta impregnaban el aire, pero sabía que estábamos acaparando la atención colectiva.

Bajé la voz.

—Tienes dos opciones: aceptas y te ganas el odio de tus compañeras, o te niegas y te ganas el odio de todo el alumnado, con la excepción de mi hermana, que, por lo visto, siente una incomprensible, y espero que temporal, simpatía por ti. Tú decides, Abbott .

Ivy observó mi brazo mientras sopesaba los escenarios. Podía desafiarme todo lo que quisiera, pero este era mi territorio, gobernado por reglas escritas hacía siglos que corrían por mis venas.

—De acuerdo —cedió.

Vacilante, alzó la mano y la posó en la manga de mi chaqueta, con los dedos entre mi bíceps y el torso.

Su contacto delicado me proyectó de golpe hacia el recuerdo del avión.

La forma voraz en que nos habíamos abalanzado el uno sobre el otro, el deseo avivado por la cuenta atrás, los intentos desesperados por alargar el momento.

Y después la rabia que me había corroído el estómago cuando descubrí quién era.

Pero no debía pensar en eso.

Borrando cualquier rastro de vacilación, la conduje al otro lado del salón hasta la mesa de las bebidas alcohólicas. Observé la selección de vinos refinados procedentes de Italia, Francia y el valle de Napa, y al final elegí una copa de champán para ella.

Ivy se la llevó a los labios, pero no bebió ni una gota. Esta vez quería mantenerse lúcida.

—¿Nada que decir? —la apremié.