Némesis (Monfort College 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Frente a mí se extendía un amplio salón con lámparas de cristal y ventanales que llegaban hasta el techo pintado al fresco, sofás elegantes y una zona de bar que evocaba la época de la Prohibición de los años veinte.

Y, en medio de todo eso, había grupos de alumnas a la espera de que anunciaran su presencia en un baile de debutantes.

Yo todavía llevaba el uniforme, mientras que ellas sostenían copas de cristal, envueltas en suntuosos vestidos de noche que solo había visto en algún reportaje de Vogue.

Parecía una especie de aperitivo de bienvenida versión Realeza Deluxe del que nadie me había hablado, previo a la verdadera fiesta de inauguración del curso académico.

—Ejem… ¿hola? —Alcé una mano y ondeé los dedos hacia nadie en particular—. ¿Alguien sabe dónde están las habitaciones?

—Por ahí —indicó una chica que llevaba un vaporoso vestido rojo.

—Gracias. —Me escabullí a hurtadillas, ignoré el ascensor y me dirigí a la imponente escalinata de mármol.

Aquel lugar era increíble, a medio camino entre una novela de fantasía y una pesadilla gótica de la que era imposible huir.

«No puedes escapar, es así. ¡Tienes que cambiarte, reunirte con las herederas de abajo y empezar a buscarte alguna aliada!».

Lástima que el único vestido que tenía fuera un minivestido con tachuelas que compré con un setenta por ciento de descuento en Target…

Ya en la última planta, desbloqueé la puerta cortafuegos que separaba la escalera del rellano. Había un pasillo largo, con un suelo de parqué oscuro en el que se reflejaban las luces de cortesía. Avancé leyendo los números de latón de las puertas. Habitación seis, cinco, cuatro, tres…

Habitación dos, la mía.

Una placa con el apellido « Abbott » grabado destacaba sobre el lector electrónico donde apoyé la tarjeta. Por un momento, temí haber acabado en un gigantesco malentendido y que la puerta no se abriera. Pero el mecanismo funcionó sin problemas.

Más allá de la entrada, entreví una enorme suite dotada de un escritorio con un ordenador portátil, un armario empotrado y una cama con dosel.

Una. Cama. Con. Dosel.

«Menuda locura».

Rebusqué en la bandolera para sacar el móvil y enviarle una foto a Gwen , pero entonces recordé que lo había dejado en la secretaría.

—«Ninguna conexión con el mundo exterior» —imité a la secretaria con una vocecilla estúpida—. «¡En Montfort protegemos nuestros secretitos como cualquier secta de psicópatas!». Mensaje recibido, muchas gracias. ¿Cómo se sobrevive en esta prisión?

—No se sobrevive.

Giré sobre mis talones.

Una chica estaba medio recostada en el alféizar del mirador, al fondo del pasillo. Una elegante trenza le caía sobre el escote de un vaporoso vestido verde bosque que no habría desentonado en la planta de abajo.

—Eres nueva, ¿eh?

—Sí. —Recordé la advertencia de mi tía sobre los aliados—. ¿Tú también eres nueva?

—Es mi primer año. ¡Bienvenidas a nosotras! —exclamó, con un deje sarcástico, y se incorporó.

El bajo del vestido susurró al contacto con el suelo y reveló una falda acampanada y un corpiño con bordados elaborados que se fundían en tonos dorados. ¿Esos eran los estándares de la fiesta inaugural? No pensaba acudir.

Le hice un gesto con la barbilla.

—Bonito vestido.

—Gracias. —Recorrió las líneas gráciles del corpiño con las yemas de los dedos—. ¿Tú qué te vas a poner?

—Nada.

—Excelente elección, muy perturbadora, lo vas a petar. Lo apruebo.

—Me refiero a que no iré, pero ya lo habías entendido —aclaré.

—Sabes que no puedes faltar, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

—¿Y quién lo dice?

La chica se acercó unos pasos. Incluso en la penumbra advertí que tenía un rostro dulce, con unos grandes ojos azules, una nariz respingona y una boca sugerente en forma de corazón.

—Lo dice eso. —Señaló la placa con el apellido de mi madre—. Eres una Abbott .

«Soy una Williams », estuve a punto de puntualizar, pero me contuve. Allí dentro, las Williams no importaban nada, y yo necesitaba desesperadamente contar con cualquier arma.

Alcé una ceja.

—¿Y?

—Hacía años que la universidad no contaba entre sus alumnos con una Abbott . No sois una familia numerosa, a diferencia de otras que contribuyeron a la fundación.

No entendía adónde quería llegar.

—¿Y…?

—Tienes que venir por fuerza. ¿Qué vestido te pondrás?

—Ninguno.

—¿Tienes un fetiche con el nudismo?

—No, yo… me perdí el recordatorio de «Lleva contigo un vestido de Oscar de la Renta». Dejé toda mi ropa elegante en casa.

—Este no es de Oscar, es de la diseñadora de la familia —me corrigió—. ¿Necesitas que te presten uno?

Regla número cuatro: no confíes en nadie. Tenía el «no» en la punta de la lengua, pero… aliados. Necesitaba aliados, y al fin y al cabo solo se trataba de un vestido.

—Sería genial, sí —me forcé a decir.

—Más o menos vestimos la misma talla, creo que tengo uno que te quedaría de maravilla. Voy a buscarlo.

—Gracias. Por cierto, me llamo Ivy Rose .

—Rebecca —se presentó.

Me dio la espalda y aproveché la ocasión para entrar en la habitación.

El mobiliario era clásico, pero la puerta entreabierta del baño (¡privado!) reveló una ducha muy moderna, un espejo gigantesco y un lavabo de mármol negro de infarto.

Mi maleta estaba a los pies de la cama. La levanté, pero resultó que estaba vacía.

Me dirigí al armario empotrado y abrí las puertas de par en par.

Alguien había colocado mi ropa en el interior, doblada y ordenada.

Y… había otras prendas que no había visto nunca.

Un abrigo de invierno, jerséis de cachemira, pantalones suaves en tonos neutros.

Un vestido de noche. Era de mi talla, nuevo, de un tejido precioso y lleno por todas partes de flores bordadas.

Tía Daisy .

Salí corriendo al pasillo.

—Oye, Rebecca, creo que no necesito tu vesti…

La chica apareció en el marco de su puerta y lo que vi me hizo enmudecer. Sostenía una funda para ropa, pero mi atención pasó por alto ese dato y se fijó en el número de la puerta de la que acababa de salir.

Habitación número uno.

La número uno en una universidad que se llamaba Montfort , donde la gente bautizaba los alojamientos con los apellidos de las familias más prestigiosas.

Rebecca me puso el bulto entre los brazos.

—Te quedará bien, estoy segura.

Me tensé.

—Rebecca.

—Prefiero que me llamen Becca . ¿Tú usas tu nombre completo, solo Ivy o solo Rose ?

La observé como habría hecho con una modelo en persona. Solo había visto dos veces a Caleb , pero muy de cerca, y decir que se me había grabado en la mente era quedarse corto. Sus rasgos eran distintos, pero la similitud en las expresiones, el corte de los ojos del mismo azul penetrante…

—Eres una De Montfort —caí en la cuenta en voz baja.

—Y tú eres la Abbott más atípica que he visto jamás.

—Tú… tienes un hermano…

—Imagino que te refieres a Caleb .

Era su hermana. Ella también era propietaria de aquellos muros, de los suelos, de las ventanas, ¡de todo!

—¿Por qué no estás en la reunión de estudiantes en la planta baja?

—¿Y tú por qué no estás allí? —replicó.

—¿No deberías ser, no sé, su nueva reina?

—¿Y tú no deberías ser la bruja mala? —Expulsó el aire con un bufido—. Y pensar que me gustabas, hasta hace treinta segundos.

—Si te he ofendido, ni siquiera sé cómo lo he hecho.

—Has empezado a hablar como los demás, así es como lo has hecho.

Me mordí la lengua, culpable.

—Creía que… me han dicho que nuestros apellidos son incompatibles…

—A mí, en cambio, me enseñaron a no juzgar a la gente sin conocerla. ¿Qué opción prefieres? ¿Nos odiamos porque eso es lo que decidieron nuestros parientes, o aceptas mi vestido y bajamos?

Era oficial: Rebecca superaba por goleada a Caleb en diplomacia.

Aliados. A él lo podía dar por perdido, pero ella…

¿hasta qué punto era una temeridad presentarme a la inauguración del curso académico acompañada por la hermanita del soberano reinante del lugar, al que ya había conseguido enfurecer más que de sobra?

—¿Por qué no estás en el salón comportándote como una abeja reina con las demás estudiantes? Dímelo y aceptaré tu vestido y bajaré contigo.

—¡Porque yo ni siquiera quería venir aquí, por eso! Y, por lo que he entendido hace un momento, ¡tú tampoco has podido elegir! Mientras que los demás…

Entrecerré los ojos.

—Los demás, ¿qué?

—Son adictos a la posición social y al prestigio de Montfort . Créeme, hay gente que mataría por estar donde tú estás ahora.

Añadí «probables amenazas de muerte» a la lista de contras de mi nueva universidad.

—¿Qué dirán si ven a una De Montfort y a una Abbott juntas? —opté por preguntar.

«¿Qué dirá tu hermano?».

Rebecca reprimió una sonrisa justo mientras se le formaba en los labios.

—No lo sé, ¿por qué no bajamos y lo descubrimos?