Capítulo 6
Ivy Rose
—Tiene un currículum notable, señorita Abbott .
—Mi apellido es Williams .
—Por supuesto. —Sin alzar la vista, la administrativa hojeó mi expediente antes de dejarlo sobre la mesa—. Señorita Abbott .
Como si nada.
—No se lo tome como una ofensa, normalmente no es necesario hacer esto con las familias vinculadas a la institución, pero la señora Abbott me ha pedido expresamente que se lo explique todo como si fuera una estudiante externa…
Bueno, sí, era una externa.
—La nuestra es una de las academias más antiguas del país; somos una de las nueve universidades creadas antes de la independencia de los Estados Unidos de América. El fundador, Jacques de Montfort , quiso que recordara lo máximo posible a la arquitectura europea que tanto añoraba.
No me cabía duda. Incluso aquel despacho en la planta baja, con archivadores abarrotados en los armarios empotrados y un montón de papeleo desbordándose por cada cajón, destilaba valor histórico en los detalles de los estucos y los frescos del techo.
—Con los años hemos reunido un importante patrimonio artístico, albergamos una colección de valor inestimable. Podrá visitarla durante el horario de apertura de nuestra Galería de Arte. En especial, le recomiendo que vea el ala dedicada a las mejores producciones de los estudiantes y los alumni.
—¿Alumni?
—Sí, nuestros antiguos alumnos. Allí encontrará los mejores trabajos de los que destacaron en sus disciplinas de referencia, como su madre. Era una artista muy dotada. —Se ajustó las gafas sobre la nariz—. Por cierto, mis más sinceras condolencias.
Mi cara de póker se esfumó en ese momento.
Las condolencias llegaban con mucho retraso: mi madre había muerto cuando yo tenía poco más de un año y medio.
Conservaba un único recuerdo suyo: el fotograma borroso de una sonrisa desvaída mientras me levantaba en brazos junto a la nevera de la casa que había compartido con mi padre, pero ni siquiera estaba segura de que fuera real.
En realidad, podía ser fruto de un sueño o de otro recuerdo distorsionado.
—Eh… gracias.
—También podría resultarle de interés el cinematógrafo independiente que encontrará en Adams Hall: los estudiantes se encargan de programar los ciclos. Y, por supuesto, no olvidemos la oferta deportiva de Montfort . ¿Le interesa algún deporte, señorita Abbott ?
—No soy muy deportista.
—Nuestra especialidad es la esgrima masculina —prosiguió, como si no hubiera dicho nada—.
Tiene unas raíces muy profundas en nuestra historia.
Fuimos el primer centro de la Ivy League , junto con Harvard , en incluirla en sus programas en 1880.
Este año contamos con atletas muy preparados en las pruebas individuales, además de un equipo espectacular.
Le recomiendo que no se pierda sus entrenamientos abiertos al público de preparación del campeonato.
No pensaba ir.
—¡Por supuesto!
—Le he entregado el horario de las clases junto con los libros de texto.
Ahora pasemos a la parte más aburrida: las normas.
—Tamborileó sobre la mesa con las uñas pintadas de un tono gris ceniza—.
En el Montfort College no se permite el uso de la tecnología personal durante los días lectivos. Debe entregarme su móvil, si posee uno.
«¿Si posee uno?». ¿Quién no tiene móvil hoy en día?
—Aquí está —dije a regañadientes, y lo dejé sobre la mesa.
La mujer lo agarró y mi corazoncito, adicto a internet y a las redes sociales, se rompió. No saldría de esta. Buscaba en Google cualquier duda que se me pasara por la cabeza; ¿cómo podían pedirme que sobreviviera sin la sabiduría compartida de la red?
—¿Cuándo me lo devolverán?
—El uso está permitido solo durante los fines de semana.
Puede recogerlo el viernes por la tarde y devolverlo el domingo, pero debe saber que en el campus no hay una conexión de datos estable y el Wi-Fi de la universidad está configurado para que todas las páginas web no aprobadas sean inaccesibles.
Genial, había acabado bajo una dictadura de corte norcoreano.
—¿Hay algún sitio que disponga de ordenadores con conexión a la red que pueda usar para asuntos personales?
—En la biblioteca, pero no le servirán de mucho. En su alojamiento encontrará su ordenador portátil personal.
—Fantástico.
Me encontraba en una jaula de oro, pero una jaula al fin y al cabo, rodeada de un número indeterminado de herederos sin acceso al mundo exterior, a los vídeos estúpidos y al porno.
O eran personas competitivas, frustradas y neuróticas, o habían montado una red ilegal secreta y organizaban bacanales en cuanto los vigilantes miraban para otro lado.
Ahora entendía por qué Caleb se me había echado encima a la primera —es decir, a la última— ocasión posible…
—La tarjeta de estudiante solo está habilitada para acceder a los espacios donde su presencia está autorizada. Esto se aplica en especial a la otra residencia.
—No tengo intención de colarme en la fraternidad de los chicos, si eso es lo que teme —comenté.
—No lo temo, pero ahora que lo menciona: no vaya a Waldeck Hall fuera de horario, o será sancionada por ello.
«¿Me haréis sacar brillo a los inodoros?», estuve a punto de preguntar por pura exasperación, pero me mordí la lengua a tiempo.
«Esto durará menos de un año, puedes hacerlo, puedes hacerlo…».
—Cada espacio expositivo tiene sus propios horarios, los encontrará indicados en los accesos. Sabemos que la experiencia en Montfort puede ser muy…
«¿De manicomio?».
—Intensa —concluyó la secretaria.
Exacto: ¡de locos!
—Por ello se han previsto actividades recreativas y de entretenimiento, para…
descargar la tensión, destinadas a mantener las tradiciones más arraigadas: desde la fiesta de apertura del curso académico de esta noche hasta la Fall Scavenger Hunt en otoño, pasando por el Winter Ball antes de la pausa invernal.
Espero que las encuentre agradables y estimulantes.
—¡Seguro que sí! —triné.
—Aquí tiene su tarjeta personal. —Deslizó por la superficie un sobre con mi nombre—. Su alojamiento se encuentra en Abbott Hall, última planta, habitación número dos.
Tenía que haberlo entendido mal.
—¿Cómo, disculpe?
— Abbott Hall. Es la residencia femenina.
Me señalé el pecho como una idiota.
— Abbott , como…
—Sí, Abbott como su familia. Los edificios llevan los apellidos de los benefactores que financiaron la construcción de la universidad. ¿Tiene alguna pregunta?
«¿Puedo volver a mi casa?».
Ah, claro, ya no tenía casa.
—¿La habitación es individual?
La administrativa me escrutó como si hubiera insultado al fundador en persona.
—Por supuesto que es individual, señorita Abbott . ¿Algo más?
—¿Y qué puede decirme sobre el premio Rosenberg ?
—Se trata del premio nacional de arte más prestigioso en el ámbito universitario…
—Sé lo que es —la interrumpí—. El Montfort College tiene un departamento artístico, así que sus estudiantes pueden presentarse al premio. El plazo de inscripción termina el mes que viene. Quiero presentarme y participar.
—Debería presentar su propuesta dentro del plazo. Las clases comienzan mañana y son exigentes.
—No veo el problema. ¿Puede entregarme el formulario de inscripción?
—Antes tendría que hablar con la profesora de Arte Contemporáneo, para estar segura.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene que ver el estar segura con un premio de arte?
—Nada, pero… la universidad ya ha aprobado a la persona que participará en el certamen…
Si pensaba que iba a rendirme, estaba muy desencaminada. El premio y la titulación universitaria que necesitaba a toda costa eran los motivos por los que había aceptado el traslado de centro.
—Mi tía me ha garantizado que estoy a tiempo.
—Sí, sí, por supuesto. Hagamos una cosa: hable con la profesora Mitchell y vuelva con la autorización firmada. Si presenta una propuesta conforme a las bases del premio, podrá participar.
—La presentaré —sentencié con una seguridad que no tenía. Porque no, no tenía ni la más remota idea.
—Eso es todo. —La mujer apagó la pantalla del ordenador con un par de clics—. Cielo santo, un De Montfort y una Abbott que podrían enfrentarse…
La sangre abandonó por completo mi rostro.
—Disculpe, ¿qué ha dicho?
— Caleb de Montfort es el candidato confirmado este año.
«¿Qué?».
—Es el único estudiante del Montfort College que compite por el premio Rosenberg . Si no ha visto ninguna de sus obras, le recomiendo empezar por ahí. Las encontrará expuestas en la Galería de Arte, sección «alumnos actuales». —La mujer se levantó y me tendió la mano—. Bienvenida, señorita Abbott .
El campus era más pequeño que el de la UCF, pero de muchísima mejor calidad.
Los bloques impersonales a las afueras de Orlando no tenían nada que ver con los edificios eclécticos de siglos pasados —o envejecidos adrede por la mano experta de algún arquitecto— que albergaban las aulas, los talleres y la cafetería.
Recorrí los caminos flanqueados por arces hasta un cruce donde había un plano orientativo. Busqué mi habitación y luego reparé en las indicaciones hacia la Galería de Arte De Montfort : se encontraba al noreste, justo al lado de Abbott Hall, donde empezaba el bosque que bordeaba la propiedad.
Los mensajes «Visite la sección dedicada a alumnos y alumni destacados» y «Comience por las obras de Caleb de Montfort » hicieron que mis pies se desviaran en esa dirección.
La luz violeta se derramaba sobre los reflejos anaranjados del atardecer cuando llegué a una enorme construcción neogótica hecha de bloques de piedra.
El portón estaba cerrado, pero en la entrada había una placa con los horarios.
Me prometí volver a la mañana siguiente, antes de las clases, y me dirigí a la puerta contigua. « Abbott Hall».
En el pasado, alguien de la familia por parte de mi madre había llamado «casa» a aquel lugar suntuoso y alienante.
Apoyé la tarjeta en el lector electrónico y la cerradura se activó.