Némesis (Monfort College 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Ivy Rose

—¿Estás acostumbrada a nadar entre tiburones?

La tía Daisy rodeó la enorme isla de madera maciza de la cocina, dispuesta con todo tipo de manjares.

Al ver las tortitas con sirope de arce, mi estómago protestó.

—¿Disculpa?

—Era una metáfora. Aunque imagino que, en Florida, también es posible nadar con tiburones de verdad.

—Sí, se puede, en realidad. Mi amiga Gwen ha hecho un par de inmersiones con un guía y dice que son animales fantásticos a los que pintan injustamente como monstruos.

—Puedes coger las palabras de tu amiga y olvidarlas: en el lugar donde pasarás los próximos meses, los tiburones metafóricos son menos fantásticos y más monstruosos que sus equivalentes del reino animal.

Los hombros se me hundieron.

—Tal vez debería haberme quedado en Orlando.

—¡Cariño, no! —Mi tía trasteó con la cafetera—. Eres una Abbott en la misma medida que una Williams , tienes derecho a recibir lo que te corresponde, ¡incluida una educación de máximo nivel! Y, como nota al margen: el uniforme del Montfort College te queda de fábula.

—Parezco la protagonista de un videoclip soft porn .

Bajé la barbilla y me alisé la tela de la blusa con el logotipo de la universidad bordado en el pecho, a juego con una faldita plisada azul con rayas plateadas.

Los únicos uniformes que había llevado hasta ese momento eran los de las cadenas de comida rápida en las que había trabajado: tejidos sintéticos de pésima calidad pensados para sentar bien, como mucho, a enanos de jardín.

Este, en cambio, era de algodón orgánico y parecía hecho a medida para mí, lo cual era…

inquietante. Pero al menos evitaría más irritaciones en la piel.

—Creo que los diseñaron adrede para lucirlo, bueno… todo —concedió mi tía.

—Habría que denunciar al diseñador.

—No dudes en tomarla con sus herederos, pero hazlo con discreción.

—¿«Tomarla con discreción» es una especie de consigna local? —Las amenazas poco veladas de Caleb del día anterior todavía resonaban en mis oídos.

—Más o menos. Pero aprenderás. —Se sirvió una generosa dosis de café negro en la taza de porcelana—. Vamos, no te quedes ahí de pie esperando a que te dé permiso, toma asiento. Esta también es tu casa.

Lo cierto es que una cocina como esa solo la habría podido ver en las páginas de un catálogo de decoración, si alguna vez hubiera abierto uno. Era tan grande como mi antiguo apartamento en la UCF, habitaciones y zonas comunes incluidas.

—No tenemos mucho tiempo. Una vez cruces la verja, allí dentro estarás sola, lo que significa que nos quedan unos… —La tía Daisy miró el reloj de colección colgado en la pared—… treinta minutos, y luego tendrás que apañártelas sin mi ayuda.

¿Por qué había aceptado toda esta locura?

Ah, sí: había perdido la beca; el premio Rosenberg , la única forma de conseguir graduarme y, quizá, incluso una oportunidad de salir adelante en el despiadado mundo laboral del arte sin esperar a estar muerta para recibir una migaja de visibilidad póstuma.

Me senté en el taburete alto y cogí un plato con tortitas bañadas en sirope de arce.

—Tú formas parte del comité de la universidad, ¿no?

—Estoy en el Consejo de Administración, pero no puedo tener contacto con ningún estudiante fuera del programa, ni siquiera si forma parte de mi familia —explicó mi tía—.

Lo primero que debes saber de Montfort es esto, cariño: no es una democracia.

Y, a diferencia de otras universidades, no se toma la molestia de fingir que lo es.

Hice una mueca.

—Suena horrible…

—Menos horrible de lo que parece, si entiendes cómo funciona. Los De Montfort son la máxima autoridad entre esos muros, pero hay algo por encima incluso de su apellido rimbombante: la reputación. Una reputación impecable te protege de la mayoría de los problemas.

—Reputación que mantener, tomo nota. —Dibujé con el índice un visto bueno imaginario en el aire.

—En cuanto cruces las puertas, te requisarán el teléfono durante los días de clase.

Soy consciente de que es un incordio para alguien que ha nacido y se ha criado en la era de las redes sociales…

pero no tener distracciones te regalará mucho más tiempo.

Empléalo para estudiar, mantén una nota media alta, no te metas en situaciones comprometedoras y la mayor parte del trabajo estará hecha.

Genial, iba a meterme de cabeza en una cárcel…

—El Montfort College es cerrado y selectivo por naturaleza, lo que lo convierte en un nido de gente llena de frustraciones y secretos. Todos querrán saber cuál es tu debilidad para usarla en su beneficio. Así que cuanto menos sepan de ti, mejor.

Mi mente viajó al día anterior. ¿Qué le había contado a Caleb en el avión, aparte de «Sí, por favor, méteme la lengua hasta la campanilla, me parece una idea fantástica cabrearte cuando descubras que me verás todos los días el resto del año»?

—Tía —musité—, esto no va a acabar bien…

—Tonterías, irá genial. Sobre todo, si te mantienes alejada de los Crimson Monarchs .

—¿Son una secta satánica?

—Casi. —Me dedicó una mueca cómplice—. Es la fraternidad.

En la jerarquía, ocupan el escalafón justo por debajo de los De Montfort .

Son estúpidos, egocéntricos, misóginos, se vuelven malvados cuando no consiguen lo que quieren, en especial si quien se lo niega es una chica.

Es decir: son peligrosos. No llames su atención.

—Los ricachones no saben resistirse al encanto de las fraternidades de corte patriarcal, ¿eh?

Mi tía alzó una ceja para recordarme que ella también era «una ricachona» y que, aunque solo fuera a medias —una mitad que hasta ahora no había usado—, yo también lo era.

—Eh… bromeaba. —No, no bromeaba—. ¿Tienes más consejos? Quizá debería apuntármelos en algún sitio.

—Te los escribo yo, cariño. Tú come. —Abrió uno de los cajones labrados y sacó un elegante bloc de notas y una pluma estilográfica—. ¿Por cuál íbamos? Punto uno, punto dos, punto tres… Punto cuatro: no confíes en nadie.

Se me cayó el bocado de tortita de la boca.

—¿No es un poco drástico?

—No tanto.

—¿Tengo que pasar varios meses ahí dentro y no puedo hacer ni un mísero amigo?

—Entre los muros de Montfort , la amistad es un concepto relativo. ¿Quieres buscar aliados? Buena idea, te lo recomiendo. ¿Quieres hacer amigos? Buena suerte.

Reprimí el impulso de enviarle un mensaje a Gwen para decirle: «Al final el futuro está sobrevalorado, freiré alitas de pollo de por vida, pero al menos estarás tú para hacerme sentir una persona normal».

—Tía, yo…

—Pronto entenderás que ser una Abbott es un privilegio y una condena. Pero, sobre todo, te enfrentarás a una verdad absoluta: los De Montfort nacieron para atormentar a las Abbott , y las Abbott existen para convertir la vida de los De Montfort en un caos. Lo que nos lleva a mi último consejo.

—Me siento mal.

—Irás al mismo curso que Caleb .

—Sí, ya lo había deducido —respondí, sarcástica.

—Mantente lejos de él.

Para eso ya era tarde.

—Hablo en serio, Ivy Rose . Sé que Caleb es… —Hizo un gesto con la mano, como diciendo «demasiado»—. En fin, posee el paquete completo «De Montfort »: atractivo, linaje, riqueza, poder…

Yo añadiría: besa de maravilla.

Pero mi tía no tenía por qué saberlo.

—Si no existiera una historia entre nuestras familias, tal vez…

—¿Hay historia? ¿Cuánta? —pregunté.

Puso los ojos en blanco.

—Una avalancha.

—¿En plan Montesco y Capuleto?

—Digamos que sí —confirmó, con una sonrisa tirante—. Mantente lejos de él.

—Ayer dijiste que él sería el «rostro conocido» que me presentaría a los demás.

—Claro, cariño. Relaciones públicas. Mentía.

—Pero…

—Aquí es algo habitual. Si no sabes mentir, cállate y mantén un perfil bajo hasta que aprendas a moverte. —La alarma de su móvil sonó—. Se acabó el tiempo.

—Mierda —se me escapó.

—Solo es traumático al principio, te lo prometo. —Pasó junto a mí y me acarició el hombro.

Me bebí el café de un trago y tropecé siguiendo sus pasos hasta el vestíbulo.

Más allá de la escalinata de entrada, el Bentley negro reluciente esperaba aparcado en el camino, rodeado de un jardín italiano besado por un sol pálido, con filas de árboles y setos, arbustos perennes podados al milímetro, fuentes y estatuas clásicas.

La noche anterior no había reparado en lo extensa que era la propiedad de los Abbott y ahora, a la luz del día, la finca me pareció interminable y la villa familiar, imponente hasta resultar intimidatoria.

Mi madre había nacido y vivido aquí hasta que se enamoró de mi padre y lo dejó todo por él.

Me pregunté si el hecho de encontrarme en el lugar que la había empujado a marcharse debería hacerme sentir algo, porque, en ese caso, estaba defectuosa.

No sentía nada. Ese sitio no significaba nada para mí, y mi padre siempre había sido conservador en sus opiniones sobre los Abbott .

Había respetado la voluntad de mi madre manteniéndome lejos de Montfort y no los había llegado a conocer nunca.

Si existía un motivo por el que mi madre no había querido volver jamás ni criarme aquí, tal vez fuera sensato y debía tenerlo en cuenta.

—Un momento —dije—, ¿mi maleta?

—Ya la he enviado a la residencia. —Mi tía me adelantó bajando los escalones.

En cuanto la vio, el chófer bajó del coche y le abrió la puerta. La seguí en silencio, me acomodé en los asientos traseros y luego saqué el móvil de la bandolera.

Mi tía lo señaló con un gesto.

—¿Estás lista para decirle adiós?

—Para nada.

Desbloqueé la pantalla y abrí mi red social favorita.

El feed estaba poblado de imágenes de otra vida: Gwen y yo en un concierto de rock en la playa; un carrusel de fotos de la exposición benéfica organizada con el grupo de estudio de la UCF en un edificio de segunda mano; otra vez, Gwen y yo posando en el aparcamiento de un Seven Eleven para celebrar su examen de Clínica Avanzada.

El chófer sacó el coche de la propiedad de los Abbott ; la sombra afilada de las verjas se proyectó sobre la pantalla.