Capítulo 4
Caleb
Cuando cogí el vuelo internacional en el aeropuerto Charles de Gaulle, en París, jamás habría imaginado que muchas horas después aterrizaría en el Burlington International junto a una chica de la que no sabía casi nada.
Habíamos atravesado juntos la terminal de llegadas, y ahora nos dirigíamos a la cinta de equipajes como dos jóvenes normales y corrientes que acababan de regresar de las vacaciones para asistir a la misma universidad.
Al entregar la tarjeta de embarque a la azafata, eché un vistazo a sus datos personales: sabía que Ivy Rose Williams había nacido en Orlando hacía veintiún años y que era ciudadana estadounidense.
Sabía que la foto de su carnet de identidad no le hacía justicia, que tenía un padre viudo o separado, que ahora se había vuelto a casar, y que compraba la ropa en Gap.
Sabía que tenía una tía y sabía con absoluta certeza que quería volver a besarla, y también quería reproducirla en esteatita o incluso en mármol.
No importaba que el Montfort College tuviera una política muy estricta con los visitantes.
La universidad era mía, tenía las llaves de todas las puertas.
La llevaría a mi estudio, la sentaría en el taburete y pasaría horas estudiándola para dibujarla en primer lugar y, después, convertirla en una pieza tridimensional.
Sus proporciones me estimulaban, algo en su mirada esquiva y burlona me incitaba a mantener el contacto visual con ella, los dedos me hormigueaban ante el anhelo de trazar hasta el último centímetro de su cuerpo.
Follar con ella habría sido deletéreo; cuando colisionaban, artistas y musas siempre daban vida al caos. Aun así… bueno, si ella hubiera querido, lo habríamos hecho, de eso no había duda.
—Esta es la cinta de equipajes de nuestro vuelo.
Ivy se detuvo en seco, se giró y acabé chocando con ella.
Los últimos minutos de libertad me resonaban en la cabeza como la cuenta atrás de un verdugo cruel e implacable.
La agarré por la cintura y me incliné hacia su oído.
—Dime que encerrarnos en esos baños de allí al fondo es una idea pésima.
—Lo es. Siendo optimistas, estarán hechos un asco.
—Pues en la sala vip. Tengo acceso a salas privadas.
— Caleb … —pronunció mi nombre como una promesa sucia.
—Dime que me dirías que no, si te lo pidiera.
Su mirada, a medio camino entre el deseo y la súplica, gritaba: «Te diría que sí».
—No es más que una reacción química —dijo en cambio.
—La química acaba de convertirse en mi asignatura favorita.
—Y mañana… no…
—No me volverás a ver nunca, lo sé —concluí.
A mí tampoco me gustaba esa idea. En la entrada de Montfort , me confiscarían el móvil durante la mayor parte del tiempo y no volvería a salir de aquella dichosa prisión en meses.
—¿Tan importante es que nos volvamos a ver? —repliqué.
—No.
—Genial.
Le tomé el rostro entre las manos y le robé otro beso. Ivy me lo devolvió como si ella también acabara de descubrir una nueva adicción. Le rodeé la nuca y sentí cómo todas mis terminaciones nerviosas se derretían y rompían las cadenas que me contenían.
¿Era eso la normalidad? ¿Conocer a una chica por casualidad y permitirse fantasear con ella sin consultarlo con los abogados de la familia? Además, si un beso en público con ella me dejaba así, ¿cómo sería lo demás?
Joder, era un juego peligroso y tenía que parar antes de que mi mente urdiera planes de fuga irrealizables. Al otro lado de las puertas automáticas de llegadas, listo para devolverme a mi sitio, estaba mi padre.
Una serie de golpes sordos anunció la llegada del equipaje. Cogí mi maleta de la cinta y ayudé a Ivy a bajar la suya, que era enorme y estaba muy gastada y cubierta de pegatinas.
— Caleb , escucha…
—Dame tu número —me adelanté mientras nos dirigíamos hacia la salida—. Los próximos meses serán una locura, pero para Acción de Gracias debería tener unos días libres.
— Caleb …
—Lo sé, en noviembre ni siquiera estarás en Vermont , pero da igual. Te escribiré para preguntarte cómo estás, dónde andas, qué tal te va. Sin compromisos.
Las puertas automáticas se abrieron de par en par. Ivy las miró como si fueran la boca del infierno y, a continuación, las cruzó sin mediar palabra.
Estiré el cuello para echar un vistazo más allá del cordón que delimitaba la salida, con la esperanza de que mi padre hubiera enviado a otra persona en lugar de venir él, o, incluso mejor, que no hubiera nadie.
Sin embargo, primero distinguí a sus guardaespaldas apostados con discreción en puntos estratégicos.
Y, por último, en primera línea, lo distinguí a él.
Verlo impecablemente vestido con su traje de tres piezas no me sorprendió, pero sí lo hizo la persona que estaba a su lado. Una mujer alta, mucho más joven que él, con un traje femenino clásico que le realzaba la figura de reloj de arena.
Mi padre ni siquiera la miraba a la cara. Normalmente, no toleraba su presencia en la misma habitación, así que mucho menos en las distancias cortas.
— Caleb . —Se guardó el móvil en el bolsillo y desplazó la atención de mí a la chica que se encontraba a mi lado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si acabara de ver un fantasma en carne y hueso.
—Papá.
—¡Buenas tardes! —intervino la mujer, que adoptó una expresión cálida.
Fruncí el ceño. ¿Por qué demonios Daisy Abbott le hablaba a la chica con la que me había enrollado?
—Cariño, ¿ha ido bien el viaje? —Se inclinó para abrazarla.
Ivy le devolvió el abrazo, y yo me quedé helado.
«Cariño». Ivy Rose .
«Su tía».
Los puntos se conectaron en mi cabeza como un boceto en proceso, pero parpadeé mientras rechazaba esa hipótesis. No había sido nada prudente, lo admitía, pero tampoco del todo ingenuo.
El apellido de la chica era Williams . No era rica, no pertenecía a mi mundo: ninguna Abbott iría por ahí vestida como ella. Jamás había oído hablar de una pariente de los Abbott , ¡nunca!
Me giré de golpe para observar a la chica, que me devolvió la mirada con aire culpable.
«No es posible», me repetí. Y, sin embargo, tenía el nombre de una maldita flor… como todas las Abbott .
— Caleb , buenas tardes. —La voz de Daisy Abbott se abrió paso con fuerza entre el caos de mis pensamientos—. Has conocido a mi sobrina, por lo que veo.
«Su sobrina». Una sobrina que viajaba con una maleta demasiado grande para unas simples vacaciones.
—Me alegro de que ya os hayáis presentado, así Ivy Rose mañana conocerá a alguien que podrá introducirla en su nueva vida.
—¿… nueva vida? —balbuceé—. ¿Qué nueva vida?
La tía Abbott dio una palmada, feliz.
—¡En la universidad! Se graduará en Montfort , como todas las Abbott antes que ella.
Me quedé pálido.
Ivy Rose Williams tenía mi edad.
Estaría en mi curso.
—Dice tu padre que tendréis algunas asignaturas en común. Ella también es artista, ¿sabes?
«Artista».
La recorrí de arriba abajo, como si me hubiera dado una puñalada por la espalda. Ella estaba a punto de entrar en Montfort College y yo llevaba el apellido de la institución.
Así que… ella sabía quién era yo. Lo sabía como mínimo desde que la megafonía había gritado nuestros nombres en la terminal de embarque, o tal vez incluso desde antes, porque seguro que su querida tía la había puesto al corriente.
Le había prestado mi camiseta, había flirteado con ella porque creía que podía permitirme ser otra persona, me había ilusionado ante la idea de que… en fin, sus labios me habían vuelto loco. Y ella, todo el tiempo, había jugado conmigo.
Me había engañado como las Abbott habían hecho siempre con los De Montfort .
—¿ Caleb …?
Su patética vocecilla de arrepentimiento me inundó de una furia helada.
—Es hora de irnos. —Mi padre me hizo un gesto para que lo siguiera, pero no moví ni un músculo.
La miré de la cabeza a los pies, deseando que percibiera hasta el último gramo del desprecio que sentía.
—Será un placer darte la bienvenida como te mereces, señorita Abbott . —Añadí una sonrisa burlona y la miré como si no valiera nada.
A continuación, agarré mi equipaje y le di la espalda antes de alcanzar a mi padre en el pasillo. No quería permanecer ni un segundo más cerca de aquella manipuladora.
—No sabía que los Abbott tuvieran una pariente lejana —dije, una vez salimos de la terminal del aeropuerto, en la zona reservada a taxis y chóferes privados.
—Es la sobrina de Daisy . Se ha criado con su padre.
La sobrina de Daisy , es decir, la hija de… oh, joder. ¡Joder! Su padre se había vuelto a casar… y antes era viudo. El viudo de Lilac Abbott .
Había besado a la hija de Lilac Abbott .
Me giré para buscarla, para recibir una confirmación de hasta qué punto la vida tenía un sentido del humor tan cruel. Dos coches más atrás, con mi camiseta enorme sobre su cuerpo, Ivy se acercaba a un Bentley negro de cristales tintados.
—No la mires —me reprendió mi padre mientras abría la puerta.
—No la estoy mirando.
Mentira. La estaba devorando como si no hubiera tenido suficiente.
—Es una Abbott , Caleb .
—Lo sé —repuse, sin ocultar la irritación.
Y, aun así, no podía dejar de espiarla mientras desaparecía en el interior del enorme vehículo.
—Dicen que sus trabajos son un estallido de alegría colorida, combinaciones de felicidad en estado acrílico. De esas creaciones que un jurado considera hipnóticas.
Todavía con la puerta en la mano, me quedé helado.
—¿Creaciones? ¿Qué creaciones?
—Justo las creaciones en las que estás pensando —sentenció mi padre desde el asiento trasero—. Ivy Rose Abbott - Williams es un prodigio del arte visual. Daisy ha dejado claro que será una de las estudiantes que competirán por tu premio, y que tiene unas probabilidades muy altas de ganarlo.
Lo dijo con una mezcla de desprecio y complacencia que me hizo hervir la sangre. Percibí la rabia ardiendo en las yemas de los dedos, trepándome por los brazos y lanzándose incandescente al centro de mi pecho.
Ivy Rose Abbott - Williams y su sonrisa intrigante, la testarudez de aquellos ojos de un color indescifrable. La forma descabellada en que me había correspondido, besándome como si yo fuera su oxígeno en un mundo en llamas. Y mientras yo la creía, ella planeaba convertirse en mi veneno.
Se había divertido engañándome y ahora pretendía robarme la única vía de escape. Mi única esperanza.
Me había equivocado, no era en absoluto una distracción inocente.
Hiedra * Venenosa era un peligro mortal.
Y que se me llevase el diablo si le permitía que contaminara mi mundo.
* Ivy en inglés significa ‘hiedra’, y Caleb hace un juego de palabras con la variedad venenosa de la planta. (N. de la T.)