Capítulo 3
Ivy Rose
¿Cómo se metía una en un lío de proporciones cósmicas? Sentándose en primera clase junto a Caleb de Montfort . Era el mismo chico de la foto alucinante que Gwen había encontrado en internet.
En persona era incluso mejor. Cabello negrísimo, cejas que enmarcaban unos ojos de un azul cristalino como el océano que besaba las playas de Cocoa Beach bajo el sol del mediodía.
Pómulos marcados y una boca creada para representar la tentación.
Con la camisa estaba para chuparse los dedos, pero sin ella…
«Magnético» era la definición que buscaba. «Peligroso» fue la que apareció justo después para ponerme en alerta.
Estaba a punto de entrar en su universidad —«suya» en el sentido más literal de la palabra, dado que su familia era dueña de todo lo que había entre aquellos muros— y él no tenía ni idea.
Se había encerrado conmigo en el baño del aeropuerto y había hecho que se me disparara el corazón y me sudaran las palmas de las manos de pura agitación.
Por un momento, me había olvidado del vuelo que tenía que coger, de quién era él, del hecho de que a partir de mañana estudiaríamos en el mismo lugar hipercompetitivo…
ah, sí, y además llevaba puesta su camiseta.
Levanté el cuello de la prenda y me lo acerqué a la nariz.
Olía a tierra y cedro fresco, una fragancia que sobre la piel tenía que ser divina.
—¿Por qué vas a Vermont , Ivy Rose ?
Su voz me hizo dar un respingo.
—Nadie me llama por mi nombre completo. Ivy está bien.
— Ivy . —Lo pronunció deslizando cada letra por su lengua—. No eres de Vermont , ¿verdad?
—No.
—Déjame adivinar: Atlanta, Georgia.
—Orlando, Florida —lo corregí—. Voy a visitar a mi tía. —Técnicamente, eso era verdad.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
Crucé las piernas y maldije mentalmente no haber elegido unos pantalones mejores.
—¿Qué es esto, un interrogatorio?
—Puedes hacer lo mismo e interrogarme tú también. —Sonrió—. Si quieres.
Abrí los ojos de par en par y tragué saliva.
Aquello pintaba mal. Muy mal.
—¿Dejarías que te interrogara una desconocida, señor Soy Famoso y me Persiguen los Paparazzi ?
Caleb inclinó la cabeza con una sonrisa sesgada. Su prolongada mirada me provocó un nudo en el estómago.
—Por ti estoy dispuesto a correr el riesgo.
«Oh, mierda».
Esa clase de atención por su parte debería ser ilegal: conseguía elevarte del polvo y hacerte sentir especial sin esfuerzo alguno.
Lo propio de la gente nacida en una cuna de oro: emanaban seguridad y poder y los irradiaban a cualquiera que estuviera junto a ellos.
Por eso los tipos como él solían estar rodeados de gente que aspiraba a vivir de luz reflejada.
Apostaría a que, en la universidad, era el típico chico venerado por una cohorte de tiralevitas que le reían todas las gracietas.
—¿Algo de beber? ¿Agua, zumo, champán? —preguntó la azafata mientras empujaba el carrito por la moqueta del avión.
—Champán, gracias —respondió Caleb .
La mujer llenó una copa hasta el borde y me la tendió. El gesto me pilló por sorpresa y la acepté.
—Ejem, en realidad, yo…
«Pues nada, tomaremos champán».
—Aquí tiene, señor.
La azafata le entregó otra copa de champán a Caleb . Él la aceptó y la hizo chocar contra la mía.
—Por los cafés derramados por accidente y los fotógrafos que acechan en los baños.
—Por los encuentros afortunados —repuse.
Sus labios se curvaron antes de llevarse la copa a la boca. Observé su nuez desplazarse mientras tragaba el alcohol. Una sensación de alerta me invadió.
Lo mío no era suerte: me estaba metiendo de lleno en problemas.
Unos problemas enormes, muy gordos. Si hubiera sido sensata, habría huido a la clase turista sin mirar atrás; en lugar de eso, incliné la copa para dejar que el champán me mojara la lengua, bajara por el esófago y terminara en mi estómago.
—Llevo horas con el estómago vacío —recordé.
—Yo también —replicó, y aun así se bebió el champán de un solo trago.
—Eso no le hará ningún bien a tu lucidez.
—Tengo previsto estar muy poco lúcido en los próximos minutos.
—¿No estás contento de volver a tu vida de hijo de un actor famoso cuya identidad no quieres revelarme porque temes que sea más encantador que tú?
Se le escapó una risita grave.
—Mi padre es buen actor, pero no tanto como para vivir de eso. —Se mordió la lengua—. No debería haber dicho eso.
—Tu secreto está a salvo conmigo. Además, habría sido decepcionante que no tuvieras ni un solo problema con tu padre.
Inclinó la cabeza para mirarme.
—¿Tú tienes algún problema con tu padre?
—Un montón —suspiré. Y, tal vez por culpa del efecto relajante del alcohol, añadí—: Mi padre acaba de volver a casarse.
—¿Tu madrastra es tan horrible como las que salen en las pelis de Disney ?
—¡Ojalá! Stella es majísima. Siempre tiene una sonrisa en los labios y es amable hasta decir «basta».
Además, ahora formaba parte de la vida de mi único progenitor. Una vida en la que no había sitio para mí. Y, por si fuera poco…, no había hablado con mi padre de mi traslado ni de los motivos que me habían llevado a marcharme de Orlando.
Iba a dar otro sorbo para ahogar mis pensamientos, pero de la copa no cayó ni una gota. Me lo había bebido todo sin darme cuenta.
El ruido de los motores llenaba la cabina con un zumbido que se iba atenuando, por la ventanilla solo se veía una extensión blanca de nubes cegadoras, y al fin sentí la cabeza más ligera.
¿Por qué no había incluido nunca «beber champán en las alturas con Caleb de Montfort » como remedio para mis nervios a flor de piel?
La azafata volvió para llevarse las copas vacías.
Me incliné para entregarle la mía y, cuando me acomodé de nuevo, mi antebrazo aterrizó junto al de Caleb , sobre el reposabrazos que compartíamos.
El calor de su piel al entrar en contacto con la mía me trepó por todo el cuerpo en una lenta invasión.
Relajado, con el pelo revuelto y los ojos cristalinos brillando de curiosidad, Caleb deslizó perezosamente el brazo hacia arriba hasta que nuestros nudillos se tocaron.
Habría parecido un movimiento casual de no ser porque, tras colocarse bien, entrelazó los dedos con los míos y me provocó una oleada de vergüenza y calor a flor de piel.
Muy bien, las cosas ahora sí que se ponían feas.
Caleb observó pensativo el punto en el que estábamos en contacto antes de volver a mirarme a la cara.
—¿Tienes algún novio por ahí?
Tragué saliva.
—No.
—¿Qué opinas de las locuras del momento?
—Que hace mucho que no hago ninguna.
—Deberías volver a las andadas, entonces.
Con los hombros encogidos, se inclinó sobre el reposabrazos y, al instante, su rostro marcado con una expresión impaciente estuvo frente al mío, amenazando mis precarias defensas.
La alarma roja sonó con insistencia en mi cabeza, pero, por más que lo intentara, no lograba apartar la atención de aquellos ojos cristalinos, enmarcados por unas pestañas larguísimas.
Sabía que, fuera lo que fuera lo que tenía en mente, no debía permitir que ocurriera. No debía y punto.
Pero mi cuerpo opinaba lo contrario.
Había tenido una semana de mierda y él parecía… el paraíso en persona. Entreabrí la boca, inmersa en una espera febril que me aceleró el pulso.
Con toda la calma del mundo y un descaro insolente, Caleb me hundió los dedos en el cabello y me acercó a unos pocos y sufridos centímetros de su boca.
—¿Quieres que pare?
Sentí su sonrisa sobre los labios. El aroma a tierra y a cedro fresco, mezclado con el de su piel, me subió directo al cerebro y apreté los muslos.
—No.
¿Esa había sido mi voz? No se parecía en nada. Abrí la boca. Justo entonces, Caleb desintegró la distancia que nos separaba, y yo, por puro instinto, probé sus labios suaves. Sabían a champán y a malas decisiones, a inconsciencia y caos irrefrenable.
—Oh, joder.
Caleb dejó escapar un sonido ronco, apretó la mano en mi nuca y profundizó el beso. Su boca se abalanzó sobre la mía, la dejó por un instante y volvió a tomarla con movimientos hambrientos y sensuales. Y yo perdí el control.
Hundí las manos en su pelo y le devolví el beso con la misma intensidad porque lo necesitaba. Nuestras lenguas chocaron y, en ese punto, dejó de importarme dónde estábamos y quién era él. Me perdí en aquella sensación deliciosa que me hacía olvidar cualquier problema.
—Dios santo —gimió, empujando con ansia su boca contra la mía.
Me agarró por la cintura, luego sus manos buscaron la camiseta que me había prestado y la levantaron para colarse por debajo.
Eran cálidas, grandes, me tocaban como si estuvieran cartografiando una obra de arte prohibida.
Una descarga de excitación surgió desde mi cuello, me recorrió los brazos y me hizo estremecer entre las piernas—.
Dios, Ivy —murmuró en un hilo de voz—, estás tan buena…
—Tú también —jadeé.
—Con mi ropa puesta deberías ser ilegal.
—Sin ropa estoy mejor.
—Acepto la invitación. —Subió a mordisquearme el lóbulo de la oreja y se me encogieron los dedos de los pies.
—Esto es algo ocasional, ¿verdad? Esto… mañana lo habrás olvidado.
—Claro, seguro. —Me dejó un reguero de besos ardientes en el cuello y ahogué un gemido extasiado.
—Sí, o sea, son cosas que sueles hacer… con chicas a las que no conoces…
—Nunca —sentenció.
Entonces me giró el rostro hacia el suyo y hundió la lengua en mi boca una y otra vez, con el mismo ritmo que habría usado si estuviera dentro de mí. Sentía que me derretía en un baño de excitación. Joder, eso no estaba bien, ¡no estaba nada bien!
Tenía que detenerlo y decirle que no iba a ser una chica desconocida por mucho tiempo —o, al menos, ser honesta y confesarle que conocía su identidad—, pero…
bueno, era como tomar una droga: las consecuencias desastrosas no importaban mientras me ahogaba en la ilusión de que todo era maravillosamente encantador.
Le tomé el rostro entre las palmas y respondí a sus embestidas como si estuviéramos solos y le diera permiso para hacer conmigo lo que quisiera.
—Ejem, ejem. Señores, estamos a punto de aterrizar. Deberían abrocharse los cinturones —nos interrumpió la azafata.
—Claro —respondió Caleb . Su aliento se estrelló contra mi boca cuando añadió en voz baja—: La próxima vez cogemos un vuelo privado: sin normas y sin dar un espectáculo en público.
De hecho, al otro lado del pasillo, un señor de unos setenta años nos observaba con desaprobación mientras mascullaba una retahíla de quejas hacia su esposa sobre la falta de pudor de los jóvenes de hoy en día.
Mientras trataba de sofocar la vergüenza, me coloqué bien en el asiento y me abroché el cinturón de seguridad. Caleb me rodeó los hombros con un brazo, me atrajo hacia él y me acarició con pequeños movimientos concéntricos que me hicieron sentir como una auténtica criminal.
Lo miré de reojo. Ahora ya no parecía una estatua intocable. Tenía el rostro sonrojado, una expresión relajada y despreocupada, y las marcas de mis besos en los labios.
Y la verdad me golpeó de lleno en el pecho.
Me había enrollado desvergonzadamente con Caleb de Montfort , el heredero de la familia propietaria de la universidad a la que me habían enviado a traición.
«Mierda».