Capítulo 2 #2
El espacio reducido del cubículo hizo que nuestros cuerpos estuvieran demasiado cerca.
Un miserable paso más y estaríamos uno encima del otro.
La observé de arriba abajo, dejando que mis ojos se deslizaran por ella.
La chica se había quitado la camiseta, se había secado la piel empapada de café y ahora estaba en ropa interior: un sujetador push-up oscuro le elevaba el pecho en dos curvas llenas y perfectas.
Se me secó la garganta.
—Nada. —Tragué saliva—. No tienes nada de malo.
La recorrí con una mirada lenta hasta detenerme en su rostro. Yo, por mi parte, tenía el torso prácticamente desnudo, y ella me observaba a su vez, con las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos. Maldita sea, le brillaban.
Era guapa.
Era guapa y sentí el impulso visceral de tocarla. No lo había experimentado con Claire en días y ahora quería sentir la piel de una desconocida, averiguar cómo reaccionaría al tacto de mis dedos, aprenderme su textura para reproducirla del modo más fiel posible.
Una imagen fugaz se reprodujo en mi cabeza: la empujaba contra la pared, le ponía las manos en las caderas y presionaba los labios contra los suyos mientras me suplicaba que no parara. ¿Cuántos segundos tardaría en recibir un rodillazo en las pelotas si lo intentaba?
Analicé los motivos por los que sería mejor no averiguarlo.
Uno: era un desconocido que le sacaba unos cuantos centímetros de altura y acababa de encerrarme con ella en un baño público. Si hubiera malinterpretado sus señales y acabara denunciándome, los abogados de la familia me despellejarían vivo.
Dos: estábamos a punto de perder el avión.
Y tres: yo era un De Montfort . Me pareció oír la voz de mi padre reprendiéndome con desdén: «Los De Montfort no se juntan con chicas cualesquiera en los baños de los aeropuertos, Caleb ».
Bueno, este De Montfort lo estaba haciendo… y, encima, le gustaba.
—Te recomiendo que no te hagan fotos conmigo. —Volví a entrar en razón—. Si la noticia saliera en los periódicos, mis abogados te harían firmar un acuerdo de confidencialidad horrible y te obligarían a contar un montón de mentiras a cambio de un cheque la mar de generoso.
La chica frunció el ceño.
—¿Tengo pinta de ser alguien que firmaría un contrato de confidencialidad a cambio de un cheque la mar de generoso?
Sí, pues claro que la tenía, pero mejor no admitirlo en voz alta.
—Si tan famoso eres, ¿por qué no tengo ni idea de quién eres? —continuó.
Cogí mi camiseta, que ella había colgado en el gancho, y se la tendí.
—Date prisa o nos dejarán en tierra.
—¿Eres el hijo de un político? ¿O de un famoso?
—Soy quien está evitando que toda la sección turista del vuelo te mire las tetas.
—Claro, porque ya lo estás haciendo tú por ellos.
Tocado y hundido.
Se puso la camiseta y la tela cayó sobre sus curvas con un leve susurro. Si desnuda era guapa, con mi ropa puesta era la hostia de excitante. El deseo de empotrarla contra la pared para recorrerla con las manos volvió a correrme con fuerza por las venas.
—¿Y tú eres…? —Esperé que hablar me distrajera.
—Alguien que no está interesada.
—¿Y por eso no dejas de mirarme?
No se inmutó.
—Eres un maniaco en potencia con las comisuras de la boca manchadas de café, te vigilo por eso.
Era mentira. Tenía la boca limpia y yo no le era indiferente en absoluto. Anhelaba otra migaja de libertad. Solo una, la última antes de que fuera demasiado tarde. Me la merecía.
Pero ya no tenía tiempo.
Me puse la camisa limpia y, con cautela, eché un vistazo al exterior. No vi a nadie, así que salí al pasillo y ella hizo lo mismo. Los ruidos caóticos de la terminal regresaron con toda su fuerza, junto a los anuncios de tono metálico de los altavoces.
—Última llamada para los pasajeros Ivy Rose Williams y Caleb de Montfort . Ivy Rose Williams y Caleb de Montfort , preséntense en la puerta 46 para el embarque del vuelo 3497 con destino a Burlington .
Genial, ahora sí que pasaría desapercibido.
La chica alzó el mentón con gesto interrogativo.
—Somos nosotros, supongo.
Asentí.
—¡Corre!
Nos lanzamos por el pasillo, las ruedas de las maletas chirriaban al compás de nuestros pasos, los zapatos golpeaban las baldosas en una carrera en zigzag para esquivar a los viajeros que desbordaban las filas de los demás embarques.
Llegamos jadeando al mostrador, que estaba desierto a excepción de la azafata de tierra.
Frené en seco y dejé que ella presentara su documento de identidad primero.
Gracias a Dios, no había hordas de paparazzi para darnos la bienvenida.
«¡O tal vez están apostados a distancia, te están haciendo fotos mientras subes al avión con una chica y las utilizarán para ilustrar doscientos mil artículos! ».
Me coloqué detrás de mi improbable compañera de viaje y la observé de reojo. Tenía un cuerpo curvilíneo y esbelto, incluso los pantalones de chándal de cuatro duros le hacían un culo precioso.
—Que tenga un buen vuelo, señorita Williams —concluyó la azafata, que le devolvió el documento de identidad y la tarjeta de embarque.
La chica — Ivy Rose — le dio las gracias y desapareció por el finger . Yo también le mostré mi documento de identidad y el billete, aceleré el paso y la alcancé en la entrada del avión.
—Bienvenidos a bordo, señores. Sus asientos están en primera clase.
¿Ella también viajaba en primera clase? Debían de haberle hecho un upgrade mientras yo estaba distraído mirándola.
La seguí por el pasillo; avanzó entre los asientos a medida que comprobaba el número de la tarjeta de embarque y luego se hundió en la tapicería mullida del asiento libre junto a la ventanilla.
Mi asiento estaba justo a su lado. Coloqué el equipaje de mano en el compartimento superior y me dejé caer a su lado.
La chica no llevaba consigo ni un libro ni una tableta, y tampoco había encendido la pantalla para que el vuelo fuera más llevadero, como la mayor parte de la gente que había a nuestro alrededor.
—Hola otra vez. —Le sonreí, girando la cabeza hacia ella.
—Hola —murmuró.
Quién sabe de qué color eran esos ojos expresivos que me devolvían la mirada, llenos de sorpresa y de algo más, un matiz turbio que no lograba descifrar, pero que sentí la necesidad visceral de atrapar antes de que se desvaneciera.
—Me llamo Caleb .
— Ivy Rose . —Apretó los labios—. Bueno, encantada de conocerte, Caleb .
Me acomodé, separando las piernas envueltas en los pantalones elegantes. Con el rabillo del ojo, noté cómo su mirada seguía el leve movimiento de los muslos al abrirse, el roce de la tela contra el asiento. Yo no le era indiferente en absoluto.
Sopesé las alternativas. Al aterrizar, mi padre me recogería y, a partir de mañana, estaría recluido en la universidad que llevaba mi apellido para enfrentarme al último año de cárcel. Y luego ganaría el premio Rosenberg , mi salvoconducto para el futuro.
Pero aún me quedaba una hora y media de libertad. Y quería disfrutarla.
La desconocida era perfecta, dado que no volvería a verla jamás. Sería la última locura antes de unos largos meses tristes marcados por el deber.
Elevé las comisuras de los labios mientras el avión se deslizaba por la pista, preparándose para el despegue.
—El que está encantado soy yo, Ivy Rose .