Capítulo 2
Caleb
— Caleb , tienes un vuelo a Nueva York dentro de tres horas.
La voz de mi padre irrumpió desde el auricular y resonó en el ático con vistas a las avenidas rectilíneas y los inmensos prados frondosos del Champ de Mar s, pero yo la ignoré.
— Caleb , sea lo que sea lo que estés haciendo…
—Son mis últimos instantes de libertad. Los estoy disfrutando.
—… déjalo de inmediato y coge ese dichoso avión.
—Hasta que no vuelva a poner un pie en la patria, soy libre de emplear mi tiempo como me plazca.
—Durante unas horas más —recalcó mi padre—. Voy a recogerte al Burlington International cuando aterrices.
—No, puedo coger un coche de alquiler y…
Pero él ya había colgado.
«A la mierda». Lancé el teléfono contra los cojines que abarrotaban la cama y me senté.
—Y a-t-il des problèmes, mon artiste?
De pie junto a la cama, Claire se quedó mirándome los abdominales descubiertos, las piernas relajadas y estiradas, y finalmente se detuvo en los bóxers negros.
Suspiré.
—Tengo todos los problemas que quieras.
—Tal vez yo pueda ofrecerte una solución.
Trepó a gatas por el colchón, y yo intenté concentrarme en sus yemas que jugueteaban con la cinturilla que me ceñía las caderas, pero no sentía nada. Ninguna sorpresa, ningún escalofrío, ninguna excitación.
Cuando me metiera en ese avión, no volvería a tocar a una chica durante quién sabía cuánto tiempo… y estaba del todo desinteresado en lo que esta me ofrecía.
Dios, menudo imbécil.
Pero, después de haber hablado con mi padre, incluso mi breve fuga estival a París había perdido su poder. Podía fingir que era otra persona solo de forma temporal, y acababa de alcanzar y superar ese límite.
« Game over , es hora de volver a la cárcel sin pasar por la casilla de salida».
Ese pensamiento eclipsó cada gramo de excitación residual. Antes de que ella también se diera cuenta, la agarré por la cintura, la tumbé de espaldas y le ofrecí un gesto de disculpa.
—Llego tarde, petite .
—Pero no has tenido tu orgasme …
Más que un orgasmo, después de esa llamada era un milagro que no se me hubiera marchitado en el acto. Me levanté y recogí la ropa esparcida por la suite. Tomé los pantalones de la butaca y me los puse, luego me abroché la camisa.
—¿No estás feliz de volver à la maison , Caleb ?
No, no estaba feliz en absoluto de volver a casa. «Casa» era el último punto en mi lista de deseos. Pero no tenía alternativa. Debía aguantar un año más, solo uno, y luego sería libre.
—Me encantaría pasar el último año en la Sorbonne Université como tú.
—¡Y yo me pondría al servicio de tu arte! —exclamó y dio unas palmadas, encantada.
Me mordí la lengua. Desde luego, no podía decirle que, por muy mona que me pareciera, nunca se me había encendido ninguna chispa con ella. Ningún deseo de plasmarla en un boceto, ningún impulso que me suplicara moldear su figura y hacerla eterna.
Exploré la habitación en busca de la corbata. Claire se inclinó sobre la mesita y me la lanzó.
—¿Te vistes elegante incluso para volar?
—Mi padre odia la dejadez.
—¿Tu padre no te deja usar su avión privado? El mío no me dejaría moverme sin escolta, así que ni hablar de dejarme coger un avión de línea yo sola.
—Tenemos nuestros acuerdos.
Esperé a que se vistiera, cogí las maletas y, a regañadientes, me despedí de mi refugio.
En el vestíbulo, Claire trotó hacia su guardaespaldas, un treintañero corpulento que me dedicó una mirada hostil que gritaba: «No eres digno ni de rozarla».
Tarde o temprano ella también se daría cuenta de que aquel tipo estaba coladito por ella…
Mientras tanto, a mí me convenía una follamiga que no me hiciera aparecer en la portada de Page Six y protagonizar la sección de cotilleos durante días, y ella necesitaba no hacer enfadar a su padre saliendo con alguien diez años mayor que cobraba un sueldo de su propia familia.
—Buen viaje, Caleb .
Le di un beso rápido en la mejilla y, cuando tomé el taxi hacia el aeropuerto, comprobé el móvil. Deslicé la pantalla hasta el mensaje sin leer de mi hermana.
Becca : Ni se te ocurra «equivocarte» de avión y acabar en México. Otra vez. Necesito que vuelvas a casa, ¡este año más que nunca!
Tecleé una respuesta a toda prisa, guardé el teléfono y bajé del taxi frente a la zona de salidas internacionales. Después de facturar, acabé tumbado en el asiento megacompleto de primera clase. Me dormí nada más despegar; fue la azafata quien me despertó, horas después, poco antes de aterrizar.
Aturdido por el viaje, crucé el JFK arrastrando la maleta de mano por los atajos reservados a los pasajeros de perfil alto.
El pacto con mi padre contemplaba que no diera ningún espectáculo en público y, por mucho que me gustara llevarle la contraria, en ese tema estaba de acuerdo con él: era imprescindible impedir que me interceptaran los periodistas carroñeros y los voyeurs que se excitaban descubriendo hasta el más mínimo detalle de mi familia.
No era un adicto a la atención, no le daría acceso a mi vida privada a nadie.
Había aprendido a vivir con discreción: evitar lugares de alto riesgo, estar atento a lo que decía y cómo lo decía, seleccionar con un cuidado maniático a las personas con las que me relacionaba y, en especial, de quienes me fiaba.
En la práctica, las contaba con los dedos de una mano.
—El vuelo 3497 con destino a Burlington está a punto de embarcar por la puerta 46.
Los altavoces crepitaron con el anuncio de mi vuelo.
Miré el reloj de pulsera. En ese instante, mi estómago gruñó. Después de un vuelo intercontinental en ayunas, me moría de hambre. Necesitaba azúcar.
Localicé un bar y pedí un café frío de caramelo cubierto con crema de leche. Mi entrenador me mataría si me viera engullir semejante porquería, pero, de nuevo… la jaula estaba abierta, aunque fuera por poco.
Dejé una propina generosa y me dirigí a la puerta de embarque mientras me llevaba el vaso a los labios. El sabor del café me picó en la lengua al doblar la esquina.
Y un peso se estrelló contra mi esternón.
El golpe me dejó sin aliento. El vaso se me escurrió de entre los dedos. Intenté atraparlo, pero salió disparado con una pirueta. Un chorro de líquido frío y cremoso me salpicó la camisa antes de desparramarse por el suelo.
—¡Mierda! —exclamó la persona a quien había arrollado.
Una chica.
Se apartó hecha una furia y bajó la barbilla para comprobar el estado de su indumentaria. Si yo estaba sucio, su ropa era un desastre. Una mancha enorme de café con leche se le extendía a toda velocidad por la camiseta hasta llegarle por debajo del ombligo.
—Oh, no. No, no… —Se frotó la tela, mojada de líquido oscuro.
Recorrí con la mirada el algodón empapado que se le había pegado a las curvas generosas del pecho. Las ondulaciones se le amoldaban como en las estatuas que había admirado un millón de veces cuando estudié los clásicos griegos. Eran unas curvas hipnóticas.
—Ejem. —Me obligué a aclararme la voz—. Perdona…
La cabeza de mi víctima se levantó al instante.
Tenía unos rasgos finos y armoniosos, enmarcados por un cabello largo y suave que le caía sobre los hombros.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, se le hicieron enormes.
Negó con la cabeza y dio un paso atrás, como si hubiera chocado con Satanás en persona.
—¿Estás bien? —me aseguré.
—Salía del baño y… ¡no, no estoy bien! ¡Estoy impresentable y mi vuelo está embarcando!
—¿Vas a Burlington ? —aventuré.
—¡Sí!
—¿Tienes una muda a mano?
—¡He facturado la maleta!
—Vale, no hay problema. Improvisamos.
La cogí del brazo y la hice retroceder hacia los baños, de donde acababa de salir. El vestíbulo de los lavabos era común y estaba desierto. Abrí la maleta y saqué una de mis camisetas.
—Toma. —Se la lancé a las manos.
La atrapó al vuelo. Buena puntería.
Me incorporé, me quité la corbata y empecé a desabrocharme la camisa sucia. No teníamos mucho tiempo y, aun así, la chica se había quedado congelada, mirando boquiabierta cómo mis dedos saltaban de un botón a otro y descubrían poco a poco mi torso.
Me detuve y alcé una ceja.
—¿Disfrutas del espectáculo?
—Yo… he visto cosas mejores por ahí.
—Seguro —me burlé—. El vuelo no nos va a esperar, ¿sabes? Será mejor que te des prisa, en los aviones de línea no esperan a nadie.
—¿Tú también vas a Burlington ?
—Sí. —Me abrí del todo la camisa y dejé al descubierto la V de los abdominales que me asomaba por el borde de los pantalones. También me estaba mirando esa parte del cuerpo—. Si quieres ver el resto, tendré que pedirte un extra.
La chica hizo un sonido sarcástico.
—Lamento informarte de que he agotado el presupuesto semanal de «entretenimiento para adultos».
Me reí.
—Tal vez lo haga gratis por ti.
—Qué amable por tu parte.
Abrió la puerta del primer cubículo con mi camiseta entre las manos y se metió dentro.
No iba a devolverme mi dosis de desnudez con la suya. Qué pena. Empecé a sacarme las mangas de la camisa cuando un movimiento fuera de los baños captó mi atención.
Un hombre se acercaba.
A primera vista, podía parecer un turista…
de no ser porque acababa de sacarse el teléfono del bolsillo de los vaqueros y había levantado la cámara hasta el nivel de «hagamos una foto sin llamar demasiado la atención».
Agarré la manilla de la puerta más cercana —la del mismo cubículo donde se había metido la chica—, empujé la maleta hacia delante y cerré de golpe.
—¡Eh, pero ¿qué haces?! —chilló.
—Shhh. —Bajé la voz—. No puedo correr el riesgo de que me hagan fotos.
—¿Perdona?
—En la entrada de los baños. No puedo dejar que me pillen medio desnudo en los baños del aeropuerto.
—¿Que los desconocidos te hagan fotos es algo que te pasa a menudo?
—No, pero porque normalmente se me da bien evitar que me pillen, tanto solo como acompañado.
—¿Y qué tiene de malo mi compañía?