Capítulo 1 #2
Tía Daisy : Olvídate de las deudas con tu universidad.
He hablado con secretaría y hemos llegado a un acuerdo: tu expediente escolar permanecerá inmaculado, de modo que todavía podrás presentarte al premio Rosenberg , a cambio de tu traslado inmediato.
He pedido que preparen la documentación de admisión. Te adjunto el billete de avión.
Tía Daisy : Prepara las maletas, cariño. Te espero en Montfort .
—¡Cuando dije que tu tía lo arreglaría todo no me refería a esto! — Gwen irrumpió en mi habitación y me quedé congelada, con el brazo suspendido en el aire a punto de meter una camiseta en la maleta.
—¿Ah, no?
—¡No hagas las maletas! ¿Te has vuelto loca? —Me arrebató la prenda y se la escondió detrás de la espalda—. ¡No puedes irte a ese lugar!
Yo también lo había pensado. Una y otra vez. Y luego había considerado las alternativas y me había dado cuenta de que, ups, no existían.
—«Ese lugar» se llama Montfort College .
—Se llame como se llame, es un sitio de ricos malcriados.
—Como toda la Ivy League .
—Sí. ¡Sí! Exacto. ¡Y nosotras no somos gente de la Ivy League ! No tenemos nada que ver con esos lugares elitistas a los que van los hijos de los millonarios. ¡Tú tenías que quedarte aquí!
Por supuesto, yo también preferiría quedarme aquí, pero, de nuevo: ¿qué alternativas tenía?
Me encogí de hombros.
Gwen estuvo a punto de tener una crisis de ansiedad.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila ante la idea de vivir durante meses en ese nido de esnobs competitivos?
—No estoy tranquila; simplemente, me he resignado.
—¡Tu tía debía pagarte las deudas y la matrícula de esta universidad!
En lugar de eso, había pagado las deudas y me había trasladado al querido pueblo donde ella había crecido y a la misma universidad donde ella había estudiado.
—En la UCF no habría tenido una vida fácil después de la acusación de Joshua y el procedimiento disciplinario. Además, su familia contribuyó a la fundación del Montfort Col…
—Vuestra familia —me corrigió. Deslizó los brazos a lo largo de su cuerpo—. ¿Cómo demonios ha conseguido que te trasladen en medio segundo? ¿Es que no tienen un sistema de admisión?
Fruncí el ceño.
—¿He dicho ya que su familia es una de las que contribuyeron a la fundación de la universidad?
—Dios, qué cosa más clasista.
Lo era, sin duda.
Gwen se dejó caer de espaldas sobre el colchón y sus rizos oscuros se esparcieron por la colcha arrugada.
—Vamos, que te ha salvado el culo y, a cambio, te ha secuestrado. ¿No te parece inquietante?
«Un poco».
—No.
—¡ Ivy ! Una cosa era sacarle algo de dinero de su enorme patrimonio y adiós muy buenas, pero otra muy distinta es que haya tomado la decisión sin dejarte elegir a ti…
Me encogí de hombros.
—La tía Daisy siempre ha sido amable conmigo. Y viviré en la residencia, así que la veré poco.
—Espero que no sea una idea terrible, que es lo que todo esto parece. Te quiero de vuelta vivita y coleando cuando te gradúes.
—No cambiará nada, Gwen . —Le dediqué una sonrisa alentadora—. Voy, presento otro proyecto al premio Rosenberg , esta vez sin que nadie me lo robe, me gradúo y hasta la vista, lluvioso pueblecito de Nueva Inglaterra perdido en la nada.
—Investiguemos sobre lo sociópatas que son tus nuevos compañeros. —Se colocó el móvil delante de la nariz y tecleó algo a toda velocidad—. Maldita sea, no hay nada de información sobre quién estudia en esa universidad. Están blindados.
—A los millonarios les gusta mantener oculta a su preciada prole.
—¡Me parece increíble que ningún estudiante tenga un perfil en redes sociales para espiarlo!
—Sobreviviré sin saber de antemano con qué niños hijos de papá con chófer privado y mocasines de no-sé-cuántos-miles de dólares tendré que andarme con cuidado.
—Tú sí, pero ¡yo no! —La mueca de Gwen se transformó en una exclamación ahogada—. Oh, oh. Caleb de Montfort va a tu mismo curso.
—¿Quién es?
—De Montfort —repitió—, ¿no te dice nada?
Metí mis vaqueros favoritos en la maleta, entre el neceser deshilachado y la sudadera con el logo de la UCF.
—Se apellida como la universidad. Y como el pueblo donde está la universidad.
—Ajá. Su familia es dueña del Montfort College —dijo, absorta—.
Ojo al dato: «Millones de dólares en el banco, un aspecto claramente atractivo, heredero de una de las carteras inmobiliarias más boyantes de Estados Unidos, no resulta sorprendente en absoluto que a Caleb de Montfort se le considere uno de los partidos más prometedores de su generación».
—Se detuvo—. Hay una foto suya. Es reciente.
—No quiero verla.
—Espero que al menos quieras verlo en persona.
—¿Por qué lo dices?
Gwen giró la pantalla de su teléfono en mi dirección y esbozó una mueca elocuente a modo de explicación. La imagen a pantalla completa de un chico de rasgos perfectos me golpeó de lleno.
Instintivamente, di un paso atrás, pero no pude apartar la mirada de aquel hermoso rostro.
La línea de la mandíbula, la boca seductora, la nariz recta.
Los ojos de un azul cristalino, de mirada seria e impenetrable.
El único detalle fuera de lugar era su pelo oscuro, que le caía rebelde sobre la frente.
Por lo demás, era el equivalente a una estatua clásica traída a la vida como en los mitos griegos.
Vestido con lo que supuse que era el uniforme de la universidad, con una chaqueta oscura, una camisa blanca y corbata a juego, emanaba majestad y determinación, además de una lista infinita de otras sensaciones que lo situaban en otro planeta respecto a los chicos con los que pasaba el rato en la UCF y que los viernes por la noche se atiborraban de cerveza barata en alguna fiesta universitaria.
Definitivamente, era el chico más atractivo que había visto jamás.
Una belleza que me provocó un hormigueo en las yemas de los dedos.
Pensé en las líneas que trazaría para dibujarlo, en cómo se plasmarían sobre el papel en lo que sería un intento imposible de hacerle justicia.
—¿Y bien? —me apremió Gwen .
Me obligué a bajar la mirada e ignorar la magia que daba inicio al proceso creativo.
—Hijo de papá número uno: fichado. Faltan todos los demás y luego habré terminado con la lista de personas que evitar.
—Me lo he pensado mejor. Si todos son así, ¡yo también quiero el traslado inmediato a esa universidad!
Ojalá. La realidad era que tendría que apañármelas sola.
—¿Me ayudas con la maleta? Tengo el primer vuelo dentro de unas horas y todavía he de recoger media habitación.
—Con una condición: prométeme que, cuando te gradúes, volverás a Orlando.
—¡Claro que volveré!
«Volveré con el premio Rosenberg entre las manos y los doscientos cincuenta mil dólares del ganador en el bolsillo. Aunque sea lo último que haga».