Némesis (Monfort College 1)
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Capítulo 1
Ivy Rose
—Está expulsada, señorita Williams .
Cuatro palabras y mi existencia había llegado a su fin.
Se había reducido a polvo.
Busqué un asidero en el despacho de mi tutora, en la planta baja del Departamento de Estudios de Artes Visuales. Las estanterías de mala calidad colocadas contra las paredes, el escritorio de rigor y la ventana que daba al césped soleado nunca me habían parecido tan amenazadores como hoy.
—¿No tiene nada que decir?
Me alisé el uniforme del trabajo, que me había puesto deprisa y corriendo, mientras comprobaba la hora en el reloj de la pared: unos minutos más y llegaría tarde a mi turno en el Chick-fil-A .
—Profesora, le aseguro que yo no… no fui yo.
—Es una impugnación verificada.
Empujó el fajo de documentos sobre la mesa. Bajo el logotipo de la Universidad de Florida Central, el asunto rezaba: «Procedimiento disciplinario contra Ivy Rose Williams ».
Las palabras «procedimiento disciplinario» y mi nombre en la misma frase.
Sentí una oleada de náuseas en el estómago.
—Le digo la verdad, profesora. Yo no copié.
— Joshua Foster afirma lo contrario y la comisión le ha dado la razón.
Al oír el nombre de mi ex, me quedé de piedra.
—Pero ¡eso es ridículo!
—Han presentado la misma propuesta para optar al premio Rosenberg . Y él la entregó mucho antes que usted.
«¡Porque me la robó!», estuve a punto de replicar, presa de la desesperación. Pero ¿de qué serviría?
No tenía modo de demostrar que el proyecto era mío y que había sido él quien había aprovechado mi ausencia por motivos familiares, me había copiado la idea y había presentado el proyecto antes que yo, ganándome por la mano.
Leí las palabras «Anulación de la beca» y estuve a punto de romper a llorar. Se acabó el pago completo de la matrícula. Se acabó el alojamiento incluido. Se acabó todo.
—¿Y ahora qué hago? —susurré.
—Está expulsada durante los tres primeros días de clase del semestre.
—No, me refería a… —La voz se me apagó—. La beca… está…
—Revocada. Y deberá reembolsar las cantidades que ya le han sido abonadas.
El mundo se tambaleó durante un larguísimo instante.
—¿Cómo dice?
—Es la política de nuestra universidad. He conseguido que no la expulsen de forma definitiva del centro porque sus producciones artísticas son muy buenas, pero eso es todo. Podrá seguir asistiendo a las clases si abona la matrícula y reembolsa la parte de la beca que ya había percibido.
—O sea… ¿tengo que devolver el dinero?
—Exacto. Puede solicitar ayuda a una entidad bancaria. Muchos estudiantes piden préstamos universitarios para graduarse.
Unas sacudidas eléctricas me estremecieron los nervios hasta llenarme el cerebro con los latidos desbocados del corazón.
«Este es un lugar seguro», me dije. «Estás en un lugar seguro. Estás a salvo».
Pero no estaba a salvo y todo me lo confirmaba: desde la mirada acusadora de la profesora hasta mi nombre escrito en la plaquita que llevaba colgada de la camiseta, pasando por los pantalones sintéticos que me provocaban picor en la piel.
El trabajo en el restaurante de comida rápida era mi única fuente de ingresos, del todo insuficientes para hacer frente a una matrícula en esta —o en cualquier otra— universidad.
¿Qué inconsciente me concedería un préstamo si no podía ofrecer ningún tipo de aval a cambio?
—Lo lamento. —La profesora empujó la silla de oficina hacia atrás y se puso en pie—. Espero que encuentre una solución.
No la encontraría jamás, porque no existía.
«¡Muchas felicidades, Ivy , que pases un feliz cumpleaños!».
Salí a toda prisa del despacho con el ánimo por los suelos y, cuando llegué al Chick-fil-A del campus, fiché puntual por los pelos. Me sumergí en el eterno flujo de pedidos que llovían en el ordenador sin poder concentrarme en nada más.
Aquella sería mi última semana en la UCF. La última semana de mi vida universitaria en general. Y de mi carrera artística.
Tendría que hacer las maletas y… Dios, volver a casa de mi padre y de su nueva mujer con el rabo entre las piernas.
—¿Qué demonios te ha pasado?
Un tornado de pelo rizado oscuro, sarcasmo y pecas pasó junto a los clientes que hacían cola y plantó las palmas sobre el mostrador, lo que hizo temblar la bandeja que estaba preparando en ese momento.
Apilé dos sándwiches de pollo frito y pulsé el botón para confirmar que el pedido estaba listo.
—Me han echado.
—¡Eso es absurdo! ¿Hay algo que puedas hacer?
—No.
—A lo mejor tu padre podría…
Alcé una ceja para frenar en seco la natural vehemencia de mi mejor amiga.
—Mi padre acaba de endeudarse por la boda y por la casa en la que está viviendo su maravillosa nueva vida. No puede resolver mis problemas por mí.
—¡Mierda, Ivy ! ¡No es justo!
Rocé ligeramente el hombro de mi compañera en la caja.
—Voy a tomarme ahora los diez minutos de descanso.
Me quité los guantes de látex y los tiré a la papelera. A continuación, me escabullí de detrás del mostrador y arrastré a Gwen hacia la parte trasera del local.
El vestuario daba a un callejón sin salida, el reino indiscutible de los contenedores de basura. Inspiré el aire sofocante y húmedo de agosto, que se me pegaba a la piel y me quitaba todas las ganas de vivir. Aunque tampoco es que me quedaran muchas…
—En cualquier caso, hoy es tu cumpleaños.
Mi amiga se metió una mano en el bolsillo trasero de los shorts y sacó un sobre arrugado.
— Gwen , no hacía falta.
Levanté la solapa. En el interior encontré un vale para material artístico, junto a una tarjetita que decía: «Yo apoyo tu arte». Al pensar que se había gastado dinero para nada, se me humedecieron los ojos.
—No tendrías que haberlo hecho, de verdad.
—Oh, deja de decir eso.
Me agarró por los hombros y hundí la cara en el hueco de su cuello, inhalando su perfume de melocotón mezclado con el olor a fritanga del que estaba impregnada de la cabeza a los pies.
Una vibración me hizo temblar el muslo. Rompí el abrazo y saqué el teléfono del bolsillo del uniforme.
—¿Es tu padre? Querrá felicitarte.
—No. —Negué con la cabeza—. Es… la tía Daisy .
—¿La tía rica?
—Sí, la misma.
Por un instante, me pregunté cómo habría sido mi vida si mis padres no hubieran cortado la relación con la familia acomodada de mi madre tras una pelea épica que tuvo lugar antes de que yo naciera.
Había sido la tía Daisy quien había retomado el contacto conmigo.
Cuando cumplí los dieciocho años, me envió un paquete lleno de pinceles de alta gama junto a una nota que decía: «De lo que más me arrepiento en esta vida es de no haber conocido lo suficiente a mi hermana. Espero tener esa oportunidad contigo».
Desde entonces, hablábamos en las ocasiones especiales: cumpleaños, Acción de Gracias, Navidad y Cuatro de Julio.
Eran unas largas llamadas telefónicas que me hacían poner en duda la decisión de mis padres de cortar la relación con ella, con la abuela y con la pretenciosa ciudad donde había nacido mi madre.
No podía poner la mano en el fuego ni por la abuela ni por toda la gente que vivía allí, un lugar que nunca había pisado, pero mi tía era buena persona. Me caía bien.
—Podrías pedirle el dinero a ella…
—No tenemos ese tipo de relación y, además, no quiero que piense que solo hablo con ella para recibir algo a cambio. —Pulsé el botón verde para aceptar la llamada—. ¡Tía, hola!
—¡Cariño, dime que estás celebrando tu cumpleaños!
Un nudo me cerró la garganta y me impidió hablar.
—¿Tesoro? —se alarmó mi tía—. ¿ Ivy Rose ? ¿Estás bien?
Gwen me masajeó la espalda. Luego, al caer en la cuenta de que no iba a articular palabra, me quitó el teléfono y se lo llevó a la oreja.
—Le han anulado la beca. Está en shock.
Apenas oí la respuesta de mi tía.
—¡Y además tiene que devolver el dinero de los años anteriores! Sí, un desastre… Lo sé, ¡es muy injusto! ¿No le parece?
¿Ese era su plan? ¿Darle pena para que me firmara un cheque? Me abalancé sobre ella para recuperar el teléfono, pero Gwen hizo una pirueta sobre sí misma y me esquivó.
—Ah, ah, sí, ¡perfecto! Gracias, señora. Se lo digo ahora mismo. Hasta luego. —Me tendió el móvil victoriosa—. No hay de qué, amiga.
—¡ Gwen ! ¿Qué has hecho?
—¡Mi deber! Ni de coña vas a dejar la universidad por culpa de un gilipollas inseguro que te robó el proyecto para ese premio estratosférico.
—Pero ¡yo no quiero recibir caridad de la familia de mi madre!
—Sin ánimo de ofender, Ivy : hace mucho tiempo que tu madre dejó este mundo. Tú, en cambio, sí estás viva. ¡Solo te queda un año para graduarte! Mereces recibir un poco de ayuda. Tu tía ha dicho que lo arreglaría todo y que hablaría con secretaría de inmediato.
— Ivy , se te ha acabado la pausa. —Mi compañera asomó la cabeza por la puerta exterior del vestuario para reclamar mi presencia.
—Entro ahora mismo.
Me despedí de Gwen y, durante las horas siguientes, preparé un número infinito de bandejas de sándwiches.
Al finalizar el turno, con el pelo impregnado de los olores de la cocina y los músculos de los brazos agarrotados, volví a comprobar el teléfono.
Sin batería. No me quedé en el vestuario para asearme: caminé directa a los bloques grises y angulosos que acogían las residencias de estudiantes y, al llegar a mi edificio, subí cuatro plantas por las escaleras, abrí la puerta de par en par y corrí hasta mi habitación para conectar el móvil al cable del cargador que yacía sobre la mesita.
En cuanto el teléfono se encendió, empezaron a llegar notificaciones de llamadas perdidas y correos electrónicos.
Las llamadas eran de mi tía. Los emails, en cambio, eran un largo intercambio entre dos secretarías universitarias: la de la UCF y la de otra universidad, que lucía un escudo refinado y un altisonante lema latino al más puro estilo Ivy League .
El asunto de la conversación rezaba: «Traslado de la estudiante Ivy Rose Abbott - Williams ».
Ivy Rose Abbott - Williams .
Esa era yo y, al parecer, ahora me iban a trasladar.
Por último, encontré un mensaje de mi tía.