Capítulo seis
Luces sobre el agua
Gary había llevado la segunda caja de faroles hasta la mitad del embarcadero cuando se dio cuenta de que Ronald ya estaba allí.
Estaba ayudando a Walt Meyer a llevar una mesa plegable por la nieve apisonada hacia el árbol comunitario. Se detuvieron una vez porque Walt protestó por el sitio y dos veces porque Ronald señaló que el terreno estaba desnivelado.
—La pones ahí todos los años —dijo Walt.
—Y todos los años alguien derrama el café porque la mesa queda inclinada.
—Es tradición.
Ronald miró a Gary.
—¿Tengo autoridad para llevarle la contraria?
—En absoluto.
—Bueno es saberlo.
Walt gruñó.
—Al menos uno de vosotros entiende cómo funcionan las cosas.
Gary dejó la caja de faroles junto al tablón de anuncios.
El árbol comunitario tenía esa noche otro aspecto que el día en que lo decoraron.
Alguien había reparado el tramo de luces fundido, y los adornos resistentes a la intemperie destacaban contra las ramas oscuras.
Unos faroles de pilas bordeaban el aparcamiento.
Varios vecinos habían traído termos, latas de galletas y sillas plegables que nadie usaría mucho rato, porque hacía demasiado frío para quedarse quieto.
Nada hacía juego, y eso le gustaba a Gary.
La Navidad en Lake Emma nunca había dependido de la perfección.
Si una guirnalda de luces fallaba, alguien encontraba otra.
Si se acababa el café, aparecía una segunda cafetera.
La gente se quedaba veinte minutos o dos horas, según los niños, el tiempo y lo que aguantaran con los pies entumecidos.
Ronald, que había llegado como si esperase que cada tradición viniera con instrucciones por escrito, parecía estar aprendiéndolo.
Gary lo observó mover la mesa otro palmo.
Walt la probó apoyando las dos palmas.
—Está bien.
—Eso ha sonado doloroso —dijo Ronald.
—¿Para quién?
—Para ti.
Gary se rio antes de poder evitarlo.
Ronald se volvió. La mirada que le dirigió se le había vuelto familiar en los últimos días: ligeramente complacida, disimulada al instante.
Gary empezaba a notar la frecuencia con que Ronald buscaba su reacción.
Lo disfrutaba bastante más de lo debido.
Jennifer cruzó el aparcamiento con una bandeja cubierta de papel de aluminio.
—Gary, ¿sabes dónde ha puesto June los vasos?
—En el maletero de su coche.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho.
—Cómo no.
Ronald se irguió.
—Ahí está.
Jennifer frunció el ceño.
—¿El qué?
—La red de información de Gary.
Gary volvió a coger la caja de faroles.
—Ya te lo he dicho. Conozco gente. Eso no es lo mismo que…
—Que deberles todo —completó Ronald.
Gary se detuvo.
El tono de Ronald era ligero, pero recordaba con exactitud lo que Gary había intentado explicar.
Jennifer, ajena a todo, dijo:
—¿Puede alguno ayudarme a encontrar los vasos?
Ronald le cogió la bandeja.
—Yo me encargo. Gary puede seguir sin dueño.
Jennifer se lo quedó mirando.
Gary se rio.
—Eso no es lo que he dicho.
—Era el resumen ejecutivo.
—Trabajas en seguros. No uses esas palabras conmigo.
—Contaminación laboral.
Jennifer miró a uno y a otro.
—Tengo la sensación de que me he perdido algo.
—Pues sí —dijo Gary.
—Mejor.
Se dirigió hacia el todoterreno de June.
Ronald llevó la bandeja hasta la mesa.
Gary lo observó alejarse y recordó la cantidad de pequeños detalles que él mismo guardaba en la memoria por la gente de alrededor del lago: el café sin azúcar, las alergias, los cumpleaños, el vecino que necesitaba una silla con reposabrazos, qué niño odiaba las pasas en las galletas.
La mayoría lo agradecía. Eso al menos lo sabía.
Resultaba agradable que, por una vez, fuera Ronald quien le prestara atención a él.
La reunión fue creciendo a medida que la oscuridad se instalaba sobre el lago.
Las familias llegaban en pequeños grupos, se sacudían la nieve de las botas y saludaban a los que conocían.
Los niños se agrupaban cerca del árbol comunitario, mientras los adultos discutían amigablemente sobre si las luces parecían más brillantes ese año.
Gary circulaba entre la gente, aunque esa noche prestaba más atención a dónde estaba Ronald.
Había esperado a medias que Ronald se quedara lo bastante cerca de su familia para estar incluido y lo bastante lejos para que nadie tuviera que ocuparse de él.
En lugar de eso, Ronald ayudó a Daniel a sujetar un farol que no dejaba de inclinarse con el viento.
Le sostuvo el chocolate caliente a Noah mientras el niño se ajustaba los guantes.
Cuando June le dio una caja de vasos de papel y le señaló la mesa de las bebidas, Ronald la cogió sin el chiste automático que quizá habría hecho tres días antes.
Hablaba cuando le hablaban, escuchaba bien y se ocupaba de las tareas prácticas sin intentar convertirse en el centro de nada.
Cuando Carol Danner lo atrapó en una conversación sobre el tráfico de Chicago, respondió con educación durante varios minutos y luego dijo, sin disculparse, que iba a por más café.
Gary admiró la retirada.
—No te hagas el impresionado.
Se volvió.
Maddie estaba a su lado comiéndose una galleta.
—No lo estoy.
—Sí que lo estás.
—¿Con qué?
Señaló a Ronald con la galleta.
—Mi tío.
Gary se quedó mirándola.
Maddie dio otro mordisco.
—Quiero decir porque se libró de la señora Danner.
Gary se recuperó.
—Muy hábil.
—Una vez le habló a papá cuarenta minutos seguidos de la sal para el camino de entrada.
—Me acuerdo.
—Pensé que iba a fingir una urgencia médica.
—A tu padre le falta compromiso.
Maddie asintió con solemnidad.
—Yo lo habría hecho.
Jennifer la llamó y Maddie se alejó.
Gary soltó el aire en silencio.
A los niños de doce años no se les debería permitir observar a los adultos.
Era demasiado peligroso.
El embarcadero público se animó en cuanto llegó todo el mundo.
Alguien encendió el pequeño altavoz que había junto al tablón de anuncios.
La música navideña sonaba baja, por debajo de las conversaciones.
El café estaba suficientemente fuerte. El chocolate caliente, demasiado dulce.
Las galletas de jengibre de June desaparecieron antes que nada.
Gary encontró a Ronald junto a la placa de Emma Sullivan.
—Ya la has leído.
Ronald se volvió hacia él.
—Lo sé.
—¿Comprobando si hay cambios?
—Necesitaba un sitio donde quedarme mientras Noah le explica los collares luminosos a un niño de siete años.
Gary miró al otro lado del embarcadero.
En efecto, Noah había acorralado a un niño más pequeño y le estaba enseñando varios modos de parpadeo.
—Eso puede llevar un rato.
—Soy consciente.
Gary se detuvo a su lado.
La placa era sencilla: el nombre de Emma Sullivan, unas fechas aproximadas y unas líneas sobre la primera comunidad asentada junto al lago.
Nada grandioso. Ningún mito dramático sobre la fundación del lugar.
El lago había acabado adoptando su nombre porque la gente lo usaba así y, con el tiempo, también los mapas.
Ronald volvió a leer la última línea.
—Te gusta esta historia.
No era una pregunta.
Gary se metió los guantes en los bolsillos del abrigo.
—Me gusta que sea algo corriente.
—La mayoría de la gente quiere que la historia de su pueblo sea más dramática.
—Casi todas las historias locales dramáticas acaban siendo alguien intentando vender algo.
Ronald sonrió.
—¿Entonces a Emma Sullivan simplemente le gustaban el lago y la gente?
—Básicamente.
—¿Ninguna tragedia?
—Nada que nadie haya demostrado.
—¿Ninguna fortuna enterrada?
—Walt la habría encontrado.
—¿Ningún amor prohibido?
Gary lo miró.
Ronald se dio cuenta de lo que acababa de decir.
—Bueno —añadió—, estadísticamente alguien de por aquí tuvo uno.
—Ahí sale el historiador que llevas dentro.
—Yo no soy el historiador.
—Eres tú el que se inventa escándalos del siglo XIX.
Ronald miró hacia el lago.
—Estoy intentando mejorar la placa.
—La estás estropeando.
—Eso me parece un poco duro.
Gary sonrió.
—Este lugar no necesita una historia mejor.
Ronald lo miró de reojo.
Gary hizo un gesto hacia el embarcadero.
—A la gente le gustaba venir aquí. Siguió viniendo. Y sus hijos también. Alguien le puso al lago el nombre de una mujer a la que recordaban con cariño. A mí me parece bien que eso sea suficiente.
La mirada de Ronald lo rebasó y fue hasta el árbol, donde Jennifer le estaba colocando bien el gorro a Noah.
—Sí —dijo—. Lo entiendo.
Gary quiso preguntarle qué estaba pensando, pero lo dejó estar.
La ceremonia de encendido fue casi vergonzosamente breve.
Walt se quejó del alargador. June hizo la cuenta atrás desde cinco porque los niños lo exigieron. Daniel accionó el interruptor.
El árbol se iluminó y, detrás, los faroles que bordeaban el embarcadero.
Todos aplaudieron, sobre todo porque lo hicieron los niños.
Gary lo había visto decenas de veces. Seguía siendo bonito.
Las luces se reflejaban tenuemente en la nieve endurecida y en las ventanas de las casas cercanas. Más allá, el lago quedaba casi a oscuras, con alguna luz de porche visible en la orilla opuesta.
Gary se quedó al fondo del pequeño grupo.
Ronald acabó a su lado, con los hombros casi rozándose a través de los abrigos.
Noah gritó que la estrella de la punta brillaba más que el año pasado.
Walt dijo que era la misma estrella.
Noah insistió en que eso era imposible.
Gary sonrió.
—Tenías razón —dijo Ronald en voz baja.
—¿En qué?
—Sí que se ve mejor de noche.
Gary recordó haberlo dicho después de decorar el árbol.
—Te has acordado.
Ronald se volvió hacia él.
—Siempre pareces sorprenderte cuando lo hago.
Gary volvió a mirar hacia delante.
—Probablemente no debería.
—No.
Gary sonrió para sus adentros mientras los niños empezaban a discutir sobre qué luz deberían haber encendido primero.
Cuando las luces llevaban encendidas el tiempo suficiente para que todos coincidieran en que seguían funcionando, la gente empezó a marcharse. El frío tenía la virtud de acabar con las reuniones vecinales de forma eficaz.
Jennifer recogió a Noah, que protestaba porque no se había acabado el cacao.
—Puedes bebértelo en casa —dijo ella.
—No será lo mismo.
—Será literalmente el mismo cacao.
—El coche lo cambia.