Capítulo cinco #2
—Y yo he elegido.
Ronald entendía la lógica.
Los adultos tenían la mala costumbre de decirles a los niños que podían elegir cuando en realidad querían decir que podían elegir de una lista invisible de opciones aprobadas.
—Eso es una faena —dijo.
Noah alzó la vista.
—Aun así, no podemos llevárnoslo.
—No.
—No es justo.
—No. Pero la otra familia también lo había elegido.
Noah volvió a mirar el árbol.
Ronald dejó que estuviera decepcionado. No había motivo para meterle prisa, más allá de la incomodidad de los adultos que miraban, y eso era problema de ellos.
Gary se alejó para examinar otra fila de árboles con Daniel.
Jennifer se reunió con Maddie.
Nadie le dijo a Noah que se animara.
Al cabo de un rato, Ronald preguntó:
—¿Quieres que volvamos a casa sin árbol?
Noah se lo pensó.
—No.
—Vale.
—Pero no quiero un árbol malo.
—Es razonable.
—Quiero uno como ese.
Ronald estudió la fila.
—¿Qué te gusta de él?
Noah señaló.
—Es gordo.
Ronald asintió.
—Buen criterio.
—Y no tiene huecos enormes.
—De acuerdo. Gordo y sin huecos enormes.
—Y alto.
—¿Cuánto de alto?
Noah levantó una manopla por encima de la cabeza.
—No es muy útil, pero nos servirá.
Asomó la primera señal de una sonrisa.
Ronald señaló la fila de enfrente.
—¿Quieres que veamos si hay otro que pase la inspección?
Noah asintió.
Encontraron tres candidatos.
Noah rechazó el primero porque la copa estaba inclinada. El segundo era, según sus palabras, «demasiado puntiagudo».
Ronald no sabía qué significaba aquello y decidió que tampoco necesitaba saberlo.
El tercero estaba cerca del fondo, era un poco más ancho que el original y unos cinco centímetros más bajo.
Noah le dio dos vueltas.
—Este.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Quieres que llame a un abogado?
Noah sonrió de oreja a oreja.
—No.
Llamaron a Daniel.
El árbol estaba disponible.
La crisis terminó sin aplausos.
Ronald lo prefería así.
Los demás ayudaron a atar el árbol a un sencillo trineo de arrastre que el puesto prestaba a quienes volvían a pie por la carretera de la orilla.
Daniel y Noah agarraron la cuerda delantera.
Maddie protestó porque así no quedaba claro cuál era su aportación, de modo que Jennifer le asignó la parte trasera.
Gary se acercó a Ronald mientras la familia Hart se reorganizaba alrededor del árbol.
—Has estado bien con él.
Ronald empujó los guantes más al fondo de los bolsillos del abrigo.
—Eso dijiste ayer.
—Y hoy sigue siendo verdad.
—Estaba decepcionado.
—Mucha gente se habría pasado diez minutos explicándole por qué no debería estarlo.
Ronald miró hacia Noah, que en ese momento le indicaba a Daniel cuál era el ángulo correcto para tirar del trineo.
—No deja de ser decepcionante porque alguien te lo explique.
Gary guardó silencio.
Ronald esperaba que convirtiera aquello en una de esas observaciones que hacía a veces, de esas que parecían dichas de pasada hasta que Ronald se paraba a pensarlas más tarde.
Gary solo dijo:
—No. No deja de serlo.
Emprendieron el camino de vuelta hacia la carretera del lago.
La familia iba delante con el árbol, a paso lento por la insistencia de Noah en ayudar.
Ronald y Gary se quedaron atrás.
Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. A Ronald le resultaba más fácil caminar a su lado ahora que por fin habían hablado del beso de hacía años, aunque seguía sin tener ni idea de qué quería Gary de él, si es que quería algo.
Gary empujó con la bota un trozo de nieve hasta sacarlo del borde del camino.
—Mi ex odiaba elegir el árbol de Navidad.
Ronald giró la cabeza.
El tema llegó sin previo aviso.
Sabía que Gary estaba soltero cuando se conocieron, siete años atrás. Aparte de eso, apenas sabía nada de las relaciones que habían llenado los años intermedios.
—¿Tuviste uno de verdad?
—¿Un árbol?
—Un ex.
Gary se rio.
—Varios, técnicamente. Uno serio.
—¿Cuánto de serio?
La pregunta resultó más personal de lo que Ronald pretendía.
Gary no pareció molestarse.
—Cinco años.
Ronald miró al frente.
—¿Qué pasó?
Gary caminó unos pasos más antes de responder.
—Se nos daba muy bien estar juntos sin decidir nunca adónde íbamos.
Ronald esperó.
El tono de Gary había perdido su habitual ligereza.
—Él tenía su casa. Yo tenía la mía. Pasábamos juntos los fines de semana. Las fiestas. Las vacaciones. Conocíamos a nuestras respectivas familias. Si nos mirabas desde fuera, todo iba bien.
—¿Pero?
—Yo quería que viviéramos juntos.
Ronald escuchaba.
—Saqué el tema —continuó Gary—. Él dijo que debíamos pensárnoslo. Así que nos lo pensamos seis meses.
—¿Y entonces?
—Volví a sacar el tema.
Ronald intuía lo suficiente de la respuesta para que no le gustara.
—¿No estaba preparado?
—Dijo que quería lo que teníamos y que no entendía por qué necesitábamos cambiarlo.
Se apartaron para dejar pasar una camioneta que avanzaba despacio por la carretera.
Gary alzó una mano en señal de agradecimiento al conductor.
Ronald dijo:
—¿Qué querías tú?
—Un hogar que perteneciera a los dos.
La respuesta se le quedó grabada a Ronald.
Gary se encajó mejor el gorro sobre las orejas.
—No le estaba pidiendo que comprara una granja y que pusiéramos nombre a nuestros hijos.
Ronald sonrió levemente.
—Supongo que eso habría sido otra conversación.
—Sobre todo porque ninguno de los dos quería hijos ni una granja.
—¿Y qué me dices de las gallinas?
—Ni de broma.
—Entonces estaba condenado al fracaso.
Gary se rio.
El humor se disipó enseguida.
—Al final le dije que necesitaba saber si estábamos construyendo algo o si nos limitábamos a repetir un buen año una y otra vez.
Ronald entendía esa frase mejor de lo que habría querido.
—¿Qué dijo?
—Que me quería.
Gary torció la boca.
—¿Y?
—Eso fue prácticamente todo.
Ronald miró al frente, hacia el árbol, que avanzaba a tumbos sobre la nieve apisonada.
—Esa no era la pregunta.
—No.
—¿Qué pasó?
—Esperé otro mes, más de lo que debería haber esperado. Después lo dejé.
Gary lo dijo con sencillez, sin acusar a un hombre que no estaba allí ni presentarse como el héroe herido de la historia.
Ronald lo respetó por ello y, casi de inmediato, deseó no hacerlo.
—¿Lo querías?
—Sí.
Gary rodeó con cuidado una placa de hielo.
Ronald lo siguió.
—Lo siento.
—Gracias.
Al cabo de unos segundos, Gary dijo:
—Por cierto, no te lo cuento con ninguna intención.
Ronald lo miró de reojo.
—¿Qué significa eso?
—Que no estoy intentando convertir lo de anoche en algo más.
Ronald se detuvo.
Gary dio dos pasos más antes de darse cuenta.
Se volvió.
La distancia entre ellos y la familia Hart había aumentado. Jennifer y Daniel aún se veían más adelante, mientras Noah caminaba de espaldas junto al árbol hasta que Maddie le ordenó que se diera la vuelta.
Ronald dijo:
—No pensaba que lo estuvieras haciendo.
—Bien.
—¿Creías que yo lo pensaba?
—No estaba seguro.
Ronald sintió el extraño impulso de ofenderse.
Al parecer, Gary necesitaba eliminar cualquier posible expectativa antes de que Ronald pudiera objetar. Aquel hábito le resultaba incómodamente familiar.
—Soy capaz de escuchar cosas sobre tu vida sin dar por hecho que me estás pidiendo algo.
La expresión de Gary cambió.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
La respuesta llegó lo bastante rápido como para que Ronald lo dejara pasar.
Gary se metió las manos en los bolsillos del abrigo.
—Es que no quiero que pienses que un beso de hace años significa que me he pasado siete años esperando.
—No lo pienso.
—No lo he hecho.
—Te creo.
Gary asintió.
Volvieron a echar a andar.
Ronald aguantó unos treinta metros.
—¿Y tú lo has hecho?
Gary lo miró.
—¿El qué?
—Pasarte siete años esperando.
Era una broma estúpida, y Gary la trató como tal.
—No. De hecho, durante parte de ese tiempo tuve una relación de cinco años. Ya hemos hablado de esto.
—Solo comprobaba las cuentas.
—Deberías dejar de hablar.
—Ya me lo han sugerido.
Gary se rio.
Ronald esperaba que lo hiciera.
La casa de los Hart apareció entre los árboles, más adelante.
Daniel y Noah habían conseguido arrastrar el árbol hasta la entrada, donde ahora yacía en la nieve, a la espera de cualquiera que fuese el siguiente paso.
Jennifer abrió la puerta principal.
Maddie anunció que se moría de hambre.
En cuestión de minutos, todos se quitaban la ropa de abrigo mojada y metían en casa botas, guantes y restos del árbol.
Ronald se quedó fuera con Daniel el tiempo suficiente para ayudar a subir el árbol al porche.
Gary se sacudió la nieve del abrigo.
Le quedaba un montoncito de nieve en un hombro.
Ronald alargó la mano y se la sacudió antes de pararse a pensarlo.
Gary se quedó inmóvil.
Ronald también.
Ronald retrocedió.
—Te habías dejado un poco.
Gary miró la mancha de nieve que ahora había en las tablas del porche.
—Al parecer.
Daniel apareció por el otro lado del árbol con un serrucho pequeño en la mano.
—Si ya habéis acabado con la inspección, necesito que alguien sujete esto.
Ronald sujetó el árbol.
Más tarde, una vez recortado el tronco y después de que Daniel anunciara que lo meterían en casa cuando se derritiera algo de nieve, la familia volvió a la caja de adornos del día anterior.
Noah quería colgar algo de inmediato en un árbol que todavía no estaba en el salón, así que Jennifer le dio varios adornos para el árbol pequeño que ya estaba junto a la chimenea.
Gary se quedó a comer y después a tomar café.
Ronald se dio cuenta, aunque no le preguntó si pensaba quedarse.
Gary estaba ayudando a Noah a ordenar los adornos cuando cogió una pequeña estrella de madera, pintada de rojo años atrás y desgastada hasta la madera en una de las puntas.
Se la tendió a Ronald.
—Esta debería ir más arriba.
—¿Por qué yo?
—Eres alto.
—Una habilidad rara y valiosa.
—Por fin sirve de algo.
Ronald cogió el adorno.
Se rozaron los dedos y ninguno de los dos se movió de inmediato.
Gary lo soltó.
Ronald se volvió hacia el árbol, escogió una rama cerca de la copa y colgó la estrella con firmeza en su sitio.
Cuando volvió a mirar, Gary ya estaba rebuscando otra vez en la caja.
Ronald no hizo ninguna broma.
Gary tampoco.