Navidad en Lake Emma El Calendario de Navidad
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El Calendario de Navidad

Capítulo tres

No mencionaba que las galletas tenían que existir primero.

Jennifer se había adueñado de media cocina.

Las rejillas para enfriar cubrían la mesa del desayuno.

Dos bandejas de horno esperaban junto a los fogones.

Una tercera tanda de galletas de azúcar se había desparramado en formas que apenas recordaban a unas estrellas, y Noah estaba echando azúcar verde de decorar con la concentración de un hombre que desactiva explosivos.

Ronald se detuvo en el umbral con el café.

—Pensaba que el intercambio consistía en que otros nos dieran galletas.

—Así es —dijo Jennifer.

—Entonces, ¿por qué estamos fabricando las nuestras?

Ella se lo quedó mirando.

—Eso es lo que significa «intercambio».

—Esperaba una interpretación menos literal.

Maddie, sentada a la isla de la cocina con una manga pastelera, dijo:

—Se creía que solo íbamos a coger galletas.

—Nada de eso.

—Claro que sí.

Ronald bebió otro sorbo.

Daniel, agachado frente a un armario bajo abierto, rebuscaba algo.

—¿Qué falta?

—Mi rejilla grande para enfriar.

—Está en la despensa —dijo Jennifer.

—Ya he mirado.

—No, has abierto la despensa y te has quedado mirándola.

—¿Hay diferencia?

—La hay si quieres encontrar algo.

Ronald se apartó mientras Jennifer cruzaba la cocina con una bandeja. La casa ya estaba caliente cuando bajó. Ahora hacía tanto calor que había dejado el jersey sobre una silla del comedor.

Fuera, el lago había desaparecido tras un cielo bajo y blanco. La previsión había cambiado dos veces desde el desayuno. Se esperaba nieve por la tarde, aunque lo más fuerte no llegaría, en teoría, hasta después del anochecer.

Ronald había consultado la previsión sin que nadie se lo pidiera. También había mirado la carretera de vuelta a Chicago, más por costumbre que por intención, y había cerrado la aplicación del tiempo de inmediato, porque ya oía la respuesta de Jennifer si lo veía.

El móvil le vibró en la encimera.

Un mensaje de Daniel.

Ronald miró al otro lado de la cocina, hacia su cuñado, que seguía rebuscando en la despensa.

Daniel: Gary trae latas de más. Que Jen no compre más.

Ronald lanzó una mirada a Jennifer.

—¿Cuántas latas tenemos?

—Las suficientes.

Al móvil de Daniel le llegó un aviso en el bolsillo. No le hizo caso.

Ronald contestó.

Ronald: Define «suficientes».

Daniel sacó una rejilla de la despensa con un ruidito de triunfo.

Jennifer dijo:

—Esa no es la buena.

Daniel la miró.

—¿Por qué tenemos dos tamaños?

—Porque la comida viene en tamaños distintos.

El móvil de Ronald volvió a vibrar.

Daniel: Más de las que ella cree. Menos de las que quiere.

Ronald dejó el móvil boca abajo.

Había empezado a entender por qué el nombre de Gary salía tan a menudo en el calendario. Más que un invitado, Gary era una cadena de suministro.

Ese pensamiento seguía rondándole cuando Gary entró por la puerta trasera, poco después de las dos, cargado con tres latas de galletas encajadas una dentro de otra, un mantel doblado y una caja de cartón que tintineó al dejarla.

Jennifer señaló la caja.

—¿Qué es eso?

—Cosas para servir.

—Yo ya tengo cosas para servir.

Gary miró hacia Daniel.

A Daniel le entró de repente un gran interés en meter galletas en una lata.

Gary dijo:

—Me han pedido que trajera cosas para servir.

Jennifer se volvió lentamente.

—Daniel.

—En el centro social tienen cucharas.

—Tienen algunas cucharas.

—No vamos a dar una cena de Estado.

—No, vamos a recibir a gente que espera coger galletas de una bandeja sin tocarlas todas.

Ronald se apoyó en la encimera.

—Esto se vuelve más sofisticado por momentos.

Gary alzó la vista.

—Todavía no has visto el sistema de etiquetado.

—¿Hay un sistema de etiquetado?

—June se toma los alérgenos como algo personal.

—Me parece razonable.

—Y lo es. Espera a que alguien traiga una galleta con seis ingredientes y la llame «sorpresa navideña».

Ronald no pudo evitar reírse.

Gary había cambiado desde el día anterior. O quizá lo que había cambiado era el entorno.

En el embarcadero, abrigado con un chaquetón de invierno entre otras veinte personas, Gary parecía completamente en su elemento.

Aquí, con las mangas subidas y discutiendo con Jennifer sobre si tres docenas de galletas de jengibre necesitaban dos latas, parecía parte del desorden habitual de la familia.

Ronald llevaba menos de cuarenta y ocho horas en Lake Emma, y Gary ya había aparecido en la cena, en el árbol comunitario, en la planificación por mensajes a la hora del desayuno y ahora en el intercambio de galletas.

Cabía la posibilidad de que Gary estuviera, simplemente, en todas partes. Ronald, desde luego, lo veía en todas partes.

—Tío Ronald.

Noah estaba a su lado con una galleta a la que le faltaba una punta.

—¿Sí?

—¿Puedo comerme esta porque está rota?

Ronald sopesó la pregunta.

—¿Ya estaba rota antes de que la cogieras?

Noah vaciló.

—Qué decepción —dijo Ronald.

—Estaba débil.

—¿Estructuralmente?

—Sí.

—Será mejor que la retires de la circulación.

Noah se la comió.

Gary, que había oído toda la conversación mientras apilaba latas, dijo:

—Sólido liderazgo ético.

—Evalué las pruebas.

—No preguntaste nada más.

—Sabía lo que había pasado.

—Él también.

Noah sonrió con la boca llena de galleta y salió corriendo antes de que Jennifer se diera cuenta.

Gary llevó las latas a la mesa del comedor.

Ronald lo siguió con la caja de utensilios para servir.

—Que sepas —dijo— que mi plan navideño original incluía bastante más tiempo sentado.

—Solo llevas tres días.

—Eso no me tranquiliza.

—Luego tienes la noche de los adornos.

—Ya me han informado.

—¿Varias veces?

—Tu nombre aparece en el calendario más veces que el mío.

Gary le lanzó una mirada divertida.

—Es el calendario de Jennifer.

—Eso no lo explica.

—Explica casi todo.

Ronald dejó la caja junto a las latas.

Gary iba a responder, pero Jennifer avisó a voces desde la cocina de que se iban en diez minutos, lo que Ronald ya había aprendido que significaba veinte.

A las tres y cuarto, el Centro Social de Lake Emma albergaba azúcar suficiente para que un pueblo pequeño sobreviviera a un invierno duro.

El edificio era sencillo. Paredes beige. Mesas plegables marrones. Un suelo de madera desgastado que parecía haber acogido cincuenta años de reuniones municipales, fiestas de graduación, desayunos de tortitas y discusiones sobre quién quitaba la nieve.

Alguien había pegado copos de nieve de papel en las ventanas.

En una esquina había un pequeño árbol artificial decorado con lazos rojos y luces de pilas. Una de las tiras ya se había apagado.

A Ronald le gustó de inmediato.

Nada en aquella sala pretendía impresionar a nadie.

No podía decirse lo mismo de las galletas.

Había árboles glaseados, galletas de huella, muñecos de jengibre, flores de mantequilla de cacahuete, galletas de chocolate agrietadas, pastas de manga, pastas de mantequilla, galletas de melaza y, en la mesa de June Alvarez, algo que parecía una vidriera y que probablemente exigía un título de ingeniería.

Jennifer puso a Ronald a llevar bandejas.

Lo hizo de buena gana. Llevar cosas tenía sus reglas.

Conversar, no.

—¿Ronald Cole?

Acababa de dejar una bandeja de galletas de jengibre cuando una mujer con una rebeca roja se acercó a él.

Ronald sonrió porque ella parecía esperar que la reconociera.

—Me temo que me lleva ventaja.

—Carol Danner. Conocí a la madre de Daniel.

—Eso explica que no la recuerde.

Ella se rio como si el chiste hubiera tenido más gracia de la que tenía.

—Es usted el hermano de Jennifer, el de Chicago.

—Lo soy.

—No viene mucho por aquí.

Ronald cogió una pila de platos de papel y los enderedó, aunque no lo necesitaban.

—No tanto como le gustaría a Jennifer.

—He oído que esta vez se queda toda la semana.

Se preguntó brevemente quién habría difundido aquella información.

Probablemente Jennifer; puede que incluso en un folleto.

—Ese es el plan.

—Chicago debe de ser una locura en Navidad.

—Sobre todo hace más frío de lo que cree la gente de fuera y más calor de lo que cree la gente de aquí.

Carol volvió a reírse.

—Gary me ha dicho que subió el jueves.

Aquello le llamó la atención a Ronald.

—¿Ah, sí?

—Comentó que la familia de Jennifer estaba toda reunida. Conoce a Gary, claro.

—Sí.

—Es un hombre estupendo. Siempre ayuda a todo el mundo.

Gary apareció junto a ellos con un termo de café en las manos.

—Carol, voy a pararte antes de que me apuntes de voluntario para algo.

—No iba a hacerlo.

—Tenías el tono.

—¿Qué tono?

—Ese con el que acabo cargando muebles.

Ella le dio un manotazo en el brazo.

—Le estaba diciendo a Ronald que eres un buen hombre.

Gary dejó la cafetera en el extremo de la mesa.

—Eso es peor.

Carol se rio y se alejó cuando alguien la llamó desde el otro lado de la sala.

Ronald miró a Gary.

—Qué eficiente.

—La conozco desde que tenía nueve años.

—Lo cual, al parecer, es tiempo suficiente para detectar una emergencia con muebles.

—Una vez me preguntó cómo tenía el fin de semana y, no sé cómo, acabé ayudando a su sobrino a mover un sofá modular.

—Y dijiste que sí.

—Una vez.

Ronald observó cómo Gary comprobaba el cable de la cafetera.

—Parece que dices que sí muy a menudo.

Gary dejó de toquetear el enchufe.

El cambio fue sutil, pero Ronald supo de inmediato que había pisado otro terreno.

—Digo que sí cuando quiero.

—No quería decir que…

—Lo sé.

Gary enchufó la cafetera.

Ronald volvió a intentarlo.

—Aquí participas en muchas cosas.

—Eso es distinto.

—¿Lo es?

Gary se volvió del todo hacia él.

—Conozco a la gente —dijo Gary—. A algunos los conozco de toda la vida. Eso no significa que le deba a cada uno lo que me pida.

Ronald miró hacia Carol, que estaba colocando galletas con otra mujer.

—Supongo que desde fuera parece que…

—Que estoy disponible.

La palabra cayó con más fuerza de la que Ronald esperaba.

Gary cogió una caja de cartón vacía.

—No lo estoy.

Y se dirigió hacia la cocina.

Ronald se quedó junto a la cafetera con la vaga sensación de haber recibido una reprimenda, lo cual le irritaba sobre todo porque Gary tenía razón.