Epílogo
THORNE
Cantaremos, cantaremos, cantaremos. Al mundo paz. Cantaremos, cantaremos, cantaremos
El árbol de Navidad en Book Hill Plaza tiene exactamente el mismo aspecto que hace un año, con esa sofisticación que Georgetown parece lograr sin esfuerzo.
La nieve cae perezosamente a nuestro alrededor, silenciándolo todo salvo el suave murmullo de la multitud navideña.
—Te quiero —dice Woodley inclinándose para besarme en la mejilla.
—Yo también te quiero. Y me encanta esta época del año a tu lado.
Acomodo a Isla más arriba en mi pecho y le ajusto mejor la manta.
Nuestra hija tiene casi cuatro meses y suelta un pequeño gruñido, el mismo que hace desde aquella primera ecografía que nos sorprendió en febrero.
El gorro le queda grande y tiene las mejillas sonrosadas por el frío.
—Está resistiéndose —dice Woodley, cogiéndome del brazo, con una sonrisa a medio camino entre el asombro y el agotamiento—. Lástima que no pueda quedarse frita en medio de una ventisca como su padre.
—Qué borde —digo—. Pero tienes razón. Ojalá hubiera heredado mis hábitos de sueño y no los tuyos. Todos descansaríamos mejor.
Woodley se ríe y su aliento forma volutas en el aire frío. Sus ojos brillan igual que brillaron bajo este árbol cuando todo entre nosotros era tan nuevo e incierto. Solo que ahora no hay vacilación en su expresión. Ni miedo. Solo esa certeza serena e inconfundible mientras se apoya en mí.
Hace un año, éramos prácticamente desconocidos y acabábamos de escapar de aquella pesadilla navideña en la que nos quedamos atrapados, justo después de hacer la presentación más importante de nuestras carreras.
No teníamos ni idea de que también estábamos creando a la pequeña personita que ahora ronca sobre mi pecho. Resulta que los DIU no son infalibles, una frase que jamás pensé que definiría mi vida.
Esta noche, todo es real. Todo es nuestro.
—¿Te acuerdas de esto? —pregunta en voz baja, dándome un golpecito con el hombro—. Justo aquí. Donde me besaste.
—Recuerdo cada segundo de aquel día —digo.
Sonríe mirando a Isla, que por fin se rinde y cierra los ojos con los labios entreabiertos en un pequeño suspiro.
—Hemos recorrido un largo camino —susurra.
—Sí —digo—. Así es.
No hemos hablado mucho de su padre desde aquel día en las aguas termales de Boston. Faber-Ward estuvo vinculado al atentado, pero nadie rindió cuentas. Todo fue política y manipulación. Ella me pidió que no siguiéramos el caso, y no hemos vuelto a mencionarlo desde entonces.
Y ahora está aquí, con nuestra hija en brazos, de pie bajo un árbol de Navidad, eligiendo la alegría sin tener que obligarse a hacerlo.
Meto la mano libre en el bolsillo del abrigo y saco el adorno. Es el avioncito de metal con purpurina en las alas, el que compramos al final de aquella semana loca y nevada.
Arquea las cejas. —Lo encontraste. Creía que lo habíamos perdido en la mudanza.
—Sí. Resulta que acabó entre los adornos navideños de mis padres. Lo encontré cuando pasé por su casa esta semana. —Lo sostengo entre nosotros—. Nuestra primera Navidad juntos.
En lugar de colgarlo del árbol, lo engancho con cuidado en la correa del portabebés de Isla. Queda suspendido sobre su puñito, reflejando las luces.
El pulgar de Woodley me acaricia la palma, y todo el año pasa ante mis ojos en ese simple gesto.
El comienzo alocado. El caos. Cómo todo cambió a una velocidad para la que ninguno de los dos estaba preparado.
Cuando volvimos a Chattanooga en enero, le ofrecieron el trabajo en D.C., el que yo había estado persiguiendo. Era mejor candidata que yo. Joder, estaba hecha para ese puesto.
Y mientras ella avanzaba hacia algo que se había ganado, yo por fin me alejé de todo lo que supuestamente debía definirme.
Renuncié a Carter Lane y le dije a mi padre que no volvería a Blackwood Industries.
En su lugar, acepté un puesto aquí en D.C.
y me mudé con ella. Mi decisión. No la suya. No la de nadie.
Desde entonces, hay una calma en mi vida que no sabía que me faltaba. Quizá eso es lo que pasa cuando dejas de seguir el guion de otro y empiezas a escribir el tuyo.
Ahora vivimos aquí. Juntos. Con nuestra hija, que tiene mi ceño fruncido, la cabezonería de su madre y un agarre capaz de competir con el de Thom Vicary.
Woodley me mira con ternura. —Cuesta creer que esta sea nuestra vida ahora. Qué locura que acabáramos en D.C. después de todo.
Le aprieto la mano. —La mejor serie de catastróficas desdichas que haya existido jamás.
La nieve se posa en su pelo. No se la sacude. —Eres un buen hombre, Thorne Blackwood.
—Solo porque tuve a la mujer adecuada en medio de una tormenta de nieve para sacarme adelante.
Su sonrisa le ilumina toda la cara. Se inclina y me besa, con ese amor que ninguno de los dos tuvo el valor de nombrar por estas fechas el año pasado.
Cuando se aparta, le ajusta el gorro a Isla y susurra: —¿Listo para la cena de Nochebuena de tu madre?
—Ni un poco —digo—. Pero no me la perdería.
Echamos a andar, con pasos lentos y cuidadosos sobre la acera helada. Su mano busca la mía y entrelazamos los dedos como si lleváramos años haciéndolo en lugar de meses.
A mitad de la manzana, Isla suelta un ruidito adormilado que suena casi a curiosidad. Woodley la acerca más a ella y le murmura algo cálido al oído.
Las miro, a mis chicas, y algo sereno y poderoso me recorre con un escalofrío.
Esto es todo. La vida que no sabía que necesitaba, la familia que no sabía que merecía, el amor que nunca vi venir.
Woodley levanta la vista hacia mí, como si pudiera oír el pensamiento tomando forma.
—¿Todavía crees que el Victory Motel fue una idea terrible? —pregunta con voz cálida y burlona.
—No —digo, mientras le aprieto la mano—. Creo que nuestro apartamento necesita alfombra naranja. Y doy gracias a Dios por ese termostato roto y la caldera del infierno.
Esboza una sonrisa y me da un golpecito con el hombro. Seguimos caminando, con nuestra hija acurrucada a salvo entre nosotros.
La nieve cae en espirales lentas, de esas que transforman el mundo entero en algo más silencioso y lleno de posibilidades.
Pasamos junto a las luces, las familias, el sonido de villancicos que llega flotando desde un café cercano, y seguimos hacia la pequeña casa adosada de ladrillo en D.C.
que ahora llamamos hogar, antes de ir a la cena de los Blackwood.
Hizo falta una ventisca en Boston para unirnos. Hizo falta un año eligiéndonos el uno al otro para que esto fuera real.
Y ahora, esto —caminar junto a ella con Isla dormida sobre su pecho— es la verdad más clara que he vivido en mi vida.
Mientras Woodley se enamoraba de Thorne en una ventisca, su amiga Rives estaba a punto de enfrentarse a su propia tormenta.
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Léelo ahora: Christmas With My Ex
Aquí tienes un adelanto del primer capítulo:
UNO
RIVES
Así que esto es Navidad / ¿Y qué has hecho?
La nieve es impecable. Intacta, brilla bajo la luz y se extiende como un lienzo en blanco frente a mí.
La naturaleza exhibiendo su perfección en todo su esplendor. Un paraíso para una loca de la nieve virgen como yo.
Hay algo mágico en esquiar sola. Soy consciente de los riesgos, claro. Pero es el tipo de soledad que te hace sentir dueña de toda la montaña.
Trazo curvas en la nieve virgen, cada giro nítido y suave. Mi cuerpo se mueve al ritmo de la pendiente.
El aire frío me muerde las mejillas, pero apenas lo noto. Estoy demasiado concentrada, en mi elemento.
Esto es lo que me apasiona. Cero distracciones. Solo la montaña y yo. Nací para esto.
Cada curva, cada salto, cada segundo volando por el aire... aquí es donde me siento más viva.
El mundo a mi alrededor es un paraíso invernal. Pinos imponentes, con las ramas cargadas de nieve, enmarcan el estrecho sendero que he trazado. El horizonte es de un azul brillante…
Las nubes aún no han empezado a acumularse, pero sé que vienen. Es la calma antes de la tormenta.
Por eso tenía que salir hoy. Necesitaba una buena bajada antes de que llegara, aunque fuera en solitario.
Woodley, una de mis mejores amigas de la infancia, debería estar aquí, pero llamó anoche tarde para decirme que llegaría un día después. Su voz sonaba tensa y llena de disculpas, pero supe antes de que dijera la segunda palabra que iba a dejarme plantada.
Surgió una emergencia de trabajo y tuvo que cambiar de planes. Típico de Woodley. Siempre salvando a los demás, aunque eso arruine sus propios planes.
No estoy enfadada. Solo decepcionada.
Llevamos meses hablando de este viaje navideño. Se suponía que iba a ser nuestra gran escapada a dos de nuestros lugares favoritos: las Montañas Rocosas por la adrenalina, y Telluride por el après-ski que siempre viene después.
Woodley y yo prácticamente nacimos juntas. Es una del grupo de amigas al que cariñosamente llamamos «Las Seis de Holly Ridge».
Las seis nos dispersamos después de la graduación, pero de alguna manera seguimos en contacto y nos ponemos al día cuando podemos.
Fiestas, mensajes random, alguna que otra quedada.
Ella es la que me mantiene informada de todo, la organizadora que se asegura de que nuestra conexión no desaparezca por completo, aunque todas tengamos nuestras vidas.
La tormenta todavía está a horas de distancia, así que esta es mi última oportunidad antes de que llegue la nevada y baje la temperatura. Con suerte, dejará varios centímetros más de nieve como sorpresa navideña para que Woodley y yo nos lancemos a por ella en cuanto llegue.
Pero tengo que aprovechar este momento.
Por no hablar de que no podía esperar a estrenar este increíble traje de esquí nuevo que compré para el viaje. Es todo blanco con rayas rosas, amarillas y azules en el costado y un cinturón fucsia. Me siento y me veo espectacular, la verdad.
¡Joder, me encanta esta mierda! Cada segundo.