Woodley
DIECINUEVE
Noche de paz, noche de amor / Todo duerme en derredor.
La zona de recogida de equipajes bulle con el bullicio navideño.
Las maletas golpean el suelo cuando las levantan de la cinta, los anuncios de embarque resuenan por los altavoces, y un niño pequeño canta un villancico desafinado como si le pagaran en galletas de azúcar. El aire huele a café y abrigos húmedos.
Todavía no me creo que consiguiera un asiento en el mismo vuelo a D.C. que Thorne. No pudimos sentarnos juntos, pero los dos llegamos.
Nos abrimos paso entre la multitud hacia el carrusel. Su madre está cerca del final de la cinta, recorriendo los rostros con la mirada, convencida de que lo verá en cualquier momento. Yo la veo primero: los mismos ojos, la misma sonrisa fácil a punto de desplegarse.
—Ahí está —dice, y su paso se vuelve más ligero, casi más joven.
Ella levanta una mano cuando lo ve, y el alivio suaviza cada línea de su postura. Cuando él la alcanza, lo atrae sin aspavientos, con ese abrazo apretado de madre. Es una calidez que nunca compartí con mi propia madre, pero la aprecio cuando la veo.
—Dios, estás aquí —dice ella, con la voz amortiguada contra su abrigo—. Con toda esa nieve, te imaginaba varado en una zanja.
—No anduvimos lejos —dice él, riendo entre dientes—. Pero lo conseguimos.
Ella retrocede lo suficiente para tomarle el rostro entre las manos, y le acaricia el pómulo con el pulgar como si buscara algún daño. Satisfecha, le alisa el cuello de la camisa aunque no lo necesita.
Entonces su atención se vuelve hacia mí.
—Y tú debes ser Woodley.
Sin apretón de manos. Sin sonrisa educada. Simplemente abre los brazos como si fuera lo más natural del mundo y me envuelve en un abrazo.
Me deja sin aliento de un modo íntimo y discreto. Es cálida y huele a crema de manos con menta y a ropa limpia.
—Es un placer conocerte —dice junto a mi oído, y luego me aparta para mirarme—. Gracias por cuidar de mi hijo. Lleva un tiempo hablando maravillas de trabajar contigo.
¿Lleva un tiempo hablando maravillas de mí? Seguro que solo está siendo amable.
—Es un placer conocerla también, señora Blackwood —logro decir—. Ha criado a un buen hombre.
Se me escapa antes de pensarlo. Thorne me lanza una mirada rápida, sorprendido, complacido, un poco cohibido.
—Anne —dice ella—. Por favor.
—Anne —repito, saboreando el nombre, su familiaridad.
El carrusel se pone en marcha con un golpe. Nuestras maletas pasan con sus etiquetas brillantes de la aerolínea. Thorne coge la mía primero, luego la suya.
Coge las dos asas sin dejarme protestar, como por puro instinto. Nos dirigimos hacia la salida, esquivando a una familia que intenta controlar a tres niños y a un labrador con chaleco de servicio.
Fuera, el aire invernal me abofetea las mejillas y me espabila. El cielo tiene ese azul limpio de diciembre que hace que cada contorno se vea más nítido. El aparcamiento huele a metal frío y a gases de escape.
Seguimos a Anne hasta su coche, un todoterreno plateado con una corona navideña de pino sujeta con bridas a la rejilla.
Me deslizo en el asiento trasero. Los asientos calefactados se encienden, y Anne conduce como quien conoce esta ruta de memoria.
Pregunta por los vuelos y los retrasos, y si el chocolate del hotel estaba bueno. Thorne toma la iniciativa y repasa los puntos principales: la nieve, las carreteras cortadas, la pista de trineos en el campo de golf, y la niña que invitaron al vestíbulo a cantar con los villanciqueros.
Escucho. Él sigue mirándome por el retrovisor como si quisiera incluirme en la historia incluso cuando solo me dejo llevar por ella. No me había dado cuenta de lo ruidosos que son los aeropuertos hasta ahora, cuando su voz es lo único en lo que quiero concentrarme.
—¿Era seguro lo de los trineos? —pregunta Anne con fingida severidad.
—Peligrosos dentro de lo permitido —dice Thorne—. Te enseñaré el vídeo luego. Woodley casi se estampa contra un montón de nieve.
—Yo no «casi me estampé» contra nada —protesto—. Guié mi trineo con precisión.
—¿Precisión? —dice con una sonrisa burlona.
—Vale. Suerte.
Me inclino hacia delante entre los asientos.
—Tu hijo gritó en la bajada.
—Me reí —corrige.
—Mientras gritabas —digo.
Anne se ríe, encantada.
—Ya os estáis aliando contra él. Me caes bien.
Una calidez me recorre al oírlo. Es nueva e inmediata. Me dejo caer contra el reposacabezas, de repente en silencio. Así suena la tranquilidad. Así suena la familia cuando no es una actuación.
La revelación me oprime el pecho. No son celos. Solo duele en ese lugar que olvidas que existe hasta que algo bueno lo presiona.
Me quedo quieta. Ese viejo reflejo: cuando algo me toca demasiado de cerca, me repliego y me callo para mantener el control. Miro por la ventana. El Potomac destella entre los árboles desnudos, el río gris bajo el sol tenue.
Mi mente se desvía hacia otro coche, otro diciembre, otro silencio donde cualquier palabra podía resquebrajarse como el hielo.
Noto un roce en la rodilla. Es ligero, pero me ancla. La mano de Thorne se extiende hacia atrás entre los asientos, con la palma hacia arriba. No me mira. Sigue hablando del fuego del vestíbulo, del ponche de huevo y de la casi catástrofe del árbol de Navidad. Deja la mano donde está.
Pongo los dedos en los suyos. El apretón es breve, un latido que dice «te veo». Los hombros se me aflojan un poco.
—Suena a toda una aventura —dice Anne mientras la autopista da paso a calles secundarias—. Vosotros dos contra los elementos.
—Lo fue —dice, mirándome por el espejo—. Hicimos un buen equipo.
Le sostengo la mirada y asiento.
—Así fue.
El barrio de Anne es uno de esos rincones antiguos de D.C. con casas coloniales de ladrillo y entradas estrechas. La nieve festonea los setos. En cada ventana hay una corona, como si todo el vecindario se hubiera puesto de acuerdo.
Cuando entramos en el camino de acceso, Anne le da una palmadita en la pierna a Thorne. —Yo empiezo con la cena. Vosotros dos salid a tomar el aire. Enséñale a Woodley lo mejor de la zona. Georgetown es mágico esta semana.
—Mamá...
—Nada de discutir —dice ella—. Tengo mis planes, y entre ellos está daros de comer. Venga, id.
Él le aprieta la mano, luego abre mi puerta y me ofrece la suya como si estuviéramos en una gala. La acepto porque quiero, no porque necesite apoyo. El frío me pellizca la nariz. El cielo va tiñéndose de dorado.
—Volveremos en un par de horas —anuncia él.
—Tomaos vuestro tiempo —responde Anne.
Dejamos las maletas en la entrada y nos cambiamos los zapatos cómodos del viaje por botas. Él me enrolla una bufanda gris marengo alrededor del cuello como si lo hubiera hecho cientos de veces. Me remete el extremo con el pulgar, con cuidado, y se detiene.
—¿Te apetece caminar un poco, estirar las piernas? —pregunta en voz baja, para que quede entre nosotros.
—Sí, me encantaría —le sostengo la mirada.
Asiente una vez, como si esa fuera la respuesta que esperaba. Me ofrece el brazo y lo acepto. Salimos de nuevo a la tarde.
Georgetown es una postal. Luces centelleantes se entrecruzan sobre Wisconsin Avenue.
Los escaparates brillan con pueblecitos en miniatura y máquinas de nieve artificial.
En algún lugar, un cuarteto de metales toca «Hark!
The Herald Angels Sing», y el sonido flota calle abajo como mantequilla caliente derritiéndose.
Caminamos, y su hombro roza el mío cuando alguien pasa a nuestro lado apretujándose, con una bolsa de compras enorme y un carlino con jersey.
El aire huele a café, almendras tostadas y ese mordisco dulce del invierno que te renueva los pulmones. No paro de pillar mi reflejo en los escaparates y casi no me reconozco: la versión con las mejillas sonrojadas y la mano entrelazada con la de otro.
—Dos días —dice—. Hay que equiparte. Primero lo esencial.
—Siempre tan planificador —bromeo.
—No se lo digas a mi madre —dice—. Pensará que he madurado.
Me río y dejo que me arrastre a una pequeña boutique con buena iluminación y básicos preciosos. Una dependienta aparece con una sonrisa. —¿Fondo de armario navideño? —pregunta—. Últimamente preparamos muchos.
—Eso —dice Thorne, y me lanza una mirada—. Pero que lo apruebe todo ella.
Paso la mano por un perchero de jerséis suaves. Azul marino. Verde bosque. Un tono nube que me hace parecer más cálida de lo que soy. Elegimos tres.
Luego cojo unos vaqueros oscuros que me sientan de maravilla y unas botas negras de tobillo con suela antideslizante.
En total: tres jerséis, unos vaqueros y dos vestidos, uno de día y otro de noche. Él añade una bufanda que yo nunca me compraría porque cuesta más que unos zapatos. Pero es una época especial, así que ¿por qué no?
En la caja, busco la cartera. Él me cubre la mano. —Déjame a mí —dice en voz baja—. Te invité yo. Quiero que estés cómoda.
Dudo. El viejo cálculo intenta activarse. Pienso en ataduras, expectativas, cuentas pendientes. Le examino el rostro. Solo veo intención sincera.
—Esto no va de llevar la cuenta —dice, leyéndome sin esfuerzo—. Tú invitas al café.
—Hecho —digo, porque quiero aceptar y no estropear un pequeño gesto con una pelea que ya no me corresponde.
La dependienta lo dobla todo con papel de seda y esmero, y ata la bolsa con cinta de terciopelo.
Salimos de nuevo a la calle. La gente pasa apresurada con listas de compras y mejillas sonrojadas. A lo lejos suenan campanas pidiendo donativos. Me pego más a él, más para calmar lo de dentro que lo de fuera.
—¿Demasiado? —pregunta.
—Es... —miro hacia el río—. Bonito. Ese es el problema. No tengo memoria muscular para esto.
—¿Para Georgetown?
—Para que me incluyan —carraspeo—. Mi familia celebraba las fiestas como eventos.
No como esto. Había fotógrafos, miembros del consejo, hombres turbios trajeados que no se parecían a nosotros.
A mi padre le gustaba aparentar generosidad, pero mantenía la generosidad real a distancia.
No estoy acostumbrada a la calidez sin teatro.